Elegía

 

 

Entonces, sí, supimos porque era necesaria la castidad del viento.
Para apagar tanto dolor y tanta
amargura posada entre las ramas del corazón.
Morías, y en eso, que es una sencilla palabra,
muchas veces sabida y repetida,
se agolpaba una sombra que cubría los árboles.
Aprendimos entonces la inutilidad del soneto,
del agua encarcelada y las noches heladas;
el dolor como maza nos golpeaba el pecho
e inevitablemente las manos se apretaban
como si no pudieran soportar tanta rabia.
Ahora ha pasado el tiempo y han cubierto sus hojas
mucha tierra y despojos y ceniza y escombros.
No ha podido cubrir la amargura de todas esas cosas
que nos hubieras dicho.
A veces, los humanos se encuentran en la calle
y hablan sencillamente de la rosa y el mármol,
agitan sus palabras bajo un húmedo alero
y soportan la muda acusación del mundo.
A veces, nos reunimos para hablar del silencio,
o de esa muerte clara con que todos soñamos,
o de esta muerte oscura en que todos vivimos.
Y alguien te nombra, dice
tu nombre; a todos nos detiene
tu recuerdo: estaba tan presente
que es casi una blasfemia posarlo sobre un labio.
Alguien pide que demos norma a nuestro recuerdo,
serenidad a tu presencia inagotable;
alguien dice que pasa el dolor, que es un pájaro,
un pez, algo que escapa.
¿Pero esta soledad?
Si fuera cierto que el dolor fuese un río
que una mañana clara estuviese lejano,
cuyas aguas de niebla no volviesen atrás;
si fuera cierto que este martillo hondo
que golpea el corazón vertiginosamente,
de pronto se parase; si fuera cierto que este velo de bruma
que nos tapa los ojos como una venda fría,
que hace andar con las manos,
se esfumase... siempre nos quedaría una pregunta:
¿Pero esta soledad?

Marcelo Arroita-Jaúregui

(Fragmento: LA HORA, num. 3, 19 noviembre 1948)