|
José Ataz
En 1936, mi padre, Joaquín Ataz
Hernández, trabajaba como fogonero en la compañía de ferrocarriles
Madrid-Zaragoza-Alicante (MZA). Era un oficio duro, hoy casi desaparecido, que
consistía en alimentar la caldera de la locomotora de vapor con grandes
briquetas de carbón mineral (entonces llamado “carbón de piedra”), a base de
pala y músculos. Era Secretario del Sindicato ferroviario de UGT de Murcia, un
sindicato poderoso porque tenía muchos afiliados, la mayoría personal de
tracción y de talleres, gente decidida, y contaba con mayores recursos
económicos que los demás sindicatos. Por este puesto, figuraba en la Ejecutiva
del PSOE de Murcia.
Cuando se crearon los Tribunales Especiales Populares, por Decreto de agosto de
1936 (parto “genial” de mi paisano el Catedrático de Derecho Penal D. Mariano
Ruiz-Funes), su partido socialista lo designó miembro del Jurado de este
Tribunal que contaba con tres jueces de derecho (Magistrados) y 14 jueces de
hecho (los designados por los partidos políticos del Frente Popular). El TP de
Murcia, se constituyó el 2 o el 3 de septiembre, y el día 4 ya estaba
funcionando porque el Decreto fundacional disponía que los Jueces Especiales de
Instrucción (en Murcia, eran dos para toda la provincia) tenían que remitir al
TP las causas al quinto día como máximo, desde que hubieran firmado la primera
diligencia. Y los juicios también tenían que desarrollarse con la mayor rapidez.
Por eso, llamaban a estos procedimientos “sumarísimos”. El 11 de septiembre, el
Tribunal dictó sus primeras sentencias: De 27 procesados, condenó a muerte a 10,
a 8 les impuso cadena perpetua, y, al resto, penas de muchos años de prisión.
Los condenados a muerte fueron fusilados en el patio de la cárcel de Murcia, la
mañana del domingo 13 de septiembre de 1.936. Pero este asesinato merece párrafo
aparte.
Entre los condenados a muerte, estaba el primer Jefe provincial de la Falange
murciana, Federico Servet Clemencín, varios falangistas de la provincia, otras
personas cuyo delito era tener una posición económica acomodada y el Párroco de
la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, D. Sotero González Lerma, en la que yo
había sido bautizado. Años después, mi padre me dijo que en el poco tiempo que
había actuado en el TP, sólo había votado con bola negra a favor de la pena de
muerte solicitada por el Fiscal dos veces: una, la de Federico Servet, por
orden expresa, tajante e inexorable de su partido y, otra, en un juicio
posterior contra un miliciano de la FAI que había violado a una mujer y matado a
un cabo y a un guardia de Asalto, cuando fueron a detenerlo, veredictos que
fueron ratificados por la sección de Derecho del Tribunal. Mi padre conocía a
Federico desde que eran muchachos, casi niños. No eran amigos, pero se caían
bien y se respetaban. Por ello, cuando terminó el juicio, mi padre se acercó al
que acababa de votar su muerte y empezó a decirle: “Federico, lo siento
mucho...” Sin dejarle terminar, Federico le interrumpió: “No te preocupes
Joaquín, yo hubiera hecho lo mismo contigo, dame un cigarro”
Antes he calificado de asesinato el fusilamiento de Federico Servet y los otros
condenados a muerte, porque los acontecimientos de aquel domingo, día 13 de
septiembre de 1936, en plena Feria de Septiembre murciana (con corrida de toros
por la tarde) me marcaron para toda la vida. Por la mañana, muy temprano, me
despertó el ruido de muchos camiones, llenos de hombres y mujeres huertanos, de
los que algunos hacían sonar las caracolas, como cuando avisaban de que venía la
riada, y otros gritaban “U.H.P. la cabeza de Servet”. Esta muchedumbre, más la
que iba entrando por otros accesos de la ciudad, se concentró ante la Cárcel
Provincial, porque “alguien” había hecho correr el rumor de que el Gobierno iba
a indultar a los condenados a muerte, “y el pueblo estaba dispuesto a tomarse la
justicia por su mano” (reseña de los periódicos locales). De la Prisión avisaron
al Gobernador Civil que la multitud iba a asaltarla y, para “resolver la
situación”, la máxima autoridad provincial dispuso que se fusilara a los
condenados allí mismo, en el patio de la cárcel, y que se abrieran las puertas
para que el pueblo comprobara que se había cumplido la “justicia popular”. Estas
órdenes se ejecutaron inmediatamente, a pesar de que el Gobernador sabía
perfectamente que las sentencias no se habían aprobado por el Gobierno y que, de
acuerdo con la legalidad vigente, cuando en las resoluciones de los Tribunales
Populares figuraban penas de muerte, se remitía copia literal –por telegrama
urgente- al Gobierno por conducto del Ministro de la Guerra, quien una vez vista
la sentencia decretaba o no su conmutación. Por consiguiente, la ejecución fue
completamente ilegal porque no contaba con el preceptivo “Enterado, cúmplase” y,
en teoría, ¡sólo en teoría, claro!, alguna pena de muerte se podría haber
conmutado por reclusión perpetua. Por eso, no hubo ejecución sino asesinato, y,
además, el permitir la entrada de las hordas en la cárcel que profanaron,
mutilaron y se ensañaron ferozmente con los cadáveres, es una dejación de
autoridad que transforma, al que no reacciona como es su obligación, en un
miserable y criminal de la peor especie.
Yo lo ví, cuando todavía no había cumplido nueve años, y, desde entonces,
aborrecí al sistema político que azuzaba, alentaba o permitía esas atrocidades.
Que la primera autoridad provincial, ceda ante la presión del populacho, si es
que no la provocó con unos intencionados rumores, la deslegitima y convierte en
un rufián de la peor especie a quien, teniendo el remedio en su mano, lo
permite. Y no hay incontrolados que valgan. Han pasado casi 70 años y lo tengo
retratado en mi mente como si lo estuviera viviendo otra vez: A media mañana de
ese nefasto domingo, estaba yo jugando en la calle cuando ví y oí venir a un
vociferante gentío, que parecía arrastrar algo con unas cuerdas de las que
tiraban hombres y mujeres. Con la curiosidad y agilidad, propias de un niño, me
acerqué y lo que ví me hizo vomitar y ponerme enfermo. Era un cuerpo
sanguinolento, hecho jirones del choque con los adoquines del empedrado, que
venían arrastrando desde la cárcel, a unos dos kilómetros desde donde yo estaba.
Recuerdo que se adivinaba que estaba en ropa interior de felpa, con calzoncillos
largos y camiseta de mangas largas. Cuando me recuperé (ninguna de aquellas
viragos intentó detenerme para que no viera lo que una criatura no debe ver, ni
tampoco me hicieron el menor caso cuando devolví y caí inconsciente al suelo),
me fui a casa llorando. Mi madre me consoló y cuando vino mi padre le preguntó
que cómo se toleraba que se cometieran esas salvajadas. Casi no respondió porque
estaba avergonzado y eso que, en aquel momento, no sabíamos, que al cadáver que
yo había visto, el de Don Sotero González Lerma, cura párroco de la Iglesia del
Carmen, le habían cortado los testículos, se los habían puesto en la boca, y las
piltrafas que quedaban de su maltrecho cuerpo, las colgaron de una farola de
brazo colocada en la pared de su Iglesia, las rociaron de gasolina y les pegaron
fuego, después de que un “heroico” miliciano le cortara una oreja y se metiera
en una taberna para que se la hicieran a la plancha y comérsela acompañada de un
vaso de vino.
Mi padre se dedicó en cuerpo y alma a librar de la injusticia de aquellos
tiempos a todos los que pudo, y lo sé no sólo porque me lo dijera años después,
sino porque tengo mi evidencia personal, por manifestaciones de los propios
interesados, de que salvó la vida, amparó de la persecución y libró de la
cárcel, a muchos perseguidos.
Aunque no se lo confesara ni a sí mismo, las convicciones de mi padre se vieron
muy afectadas por los crímenes, atropellos e injusticias que se cometieron en
aquellos meses de 1936, de los que fue testigo de excepción, desconcertado y, lo
que es peor, impotente para evitarlos en la mayoría de los casos, como le
hubiera gustado, no solo por su hombría de bien sino porque su sentido común le
decía que por aquél camino ni se iba a ganar la guerra, ni se merecía ganarla.
Ni que decir tiene que su puesto en el Tribunal Popular le pesaba como una losa
de plomo y que estaba deseando salir de allí. Por eso, aprovechó la creación por
el Ministerio de García Oliver, mediante Decreto de 26 de diciembre de 1936, de
los Campos de Trabajo, también llamados de Concentración, que querían cambiar
los principios penitenciarios vigentes hasta el momento, que eran los de la
ejemplaridad del castigo y el control de todas las desviaciones frente al
régimen republicano (se llegó hasta tipificar como delito, ¡con efectos
retroactivos!, la “desafección”, creando los Tribunales Especiales de los
Desafectos a la República), que intentaban encubrir, obviamente, la represión en
la retaguardia queriendo justificarla y legitimarla, con los instrumentos
judiciales creados al efecto en el que primara la utilidad de los campos de
trabajo, tanto para la sociedad como para el individuo recluido en particular,
centrando sus principios de funcionamiento en el trato humano, la disciplina, la
reparación social, la reforma individual, etc. En definitiva, la normativa
jurídica que regulaba los campos de trabajo aspiraba (por lo menos, sobre el
papel) a la dignificación social del penado y del régimen penitenciario.
El primer Campo de Trabajo que empezó a funcionar en el territorio no alzado,
fue el de Totana (Murcia), a finales de abril de 1937, disputándose los puestos
del funcionariado todos los partidos y sindicatos murcianos. Mi padre consiguió
ser nombrado oficialmente Jefe de Servicio del Cuerpo de Prisiones y la
plantilla se completó entre los nuevos funcionarios de extracción política y los
de carrera que pertenecían a este cuerpo por oposición. El Director era un
funcionario de prisiones de carrera, cuyo nombre no recuerdo, pero que debía
mandar bien poco porque el jefe de hecho era mi padre, aunque oficialmente su
categoría estaba por debajo de la del Director y de la del Subdirector. Yo no sé
como se articulaba esto en la práctica, pues en estos centros la única plantilla
era la oficial, en la que todos eran formalmente funcionarios, sin distinción
entre los de “nuevo cuño” y los de oposición, y sin que, desde luego, tuviera
existencia oficial el puesto de comisario político. Pero de una manera o de
otra, de hecho o de derecho, el que mandaba en el Campo era mi padre y allí no
se tomaba ninguna decisión sin que él la aprobara.
No recuerdo cuando nos fuimos a vivir a Totana, dejando la casa en la que
habíamos nacido los cuatro hermanos. Debió de ser a principios de 1937, porque
mi padre, estoy seguro, querría controlar la adaptación de un gran Colegio
religioso, incautado o requisado, como se decía entonces, a su nueva finalidad
de campo de trabajo.
He leído que por el Campo de Trabajo de Totana pasaron casi dos mil hombres, la
mayoría condenados por los Tribunales Populares de Murcia y Cartagena, a penas
muy altas, cadena perpetua y reclusión de 30 años. El trato dado por el personal
del Campo a los condenados fue humanitario, bueno e indulgente, según constata
la Causa General de Murcia, lo que, indudablemente, contribuyó a hacer más
llevaderas las inevitables carencias y las precarias condiciones de vida en este
tipo de establecimientos, sobre todo con una cruenta guerra en España. Desde
luego, mi padre se esforzó en que fuera así.
Mi familia no pasó hambre durante la guerra porque Totana era un pueblo agrícola
y aunque sufrimos la carencia de muchos artículos de los que disfrutábamos
antes, éramos unos privilegiados porque teníamos pan (que amasaba mi madre, como
casi toda la gente del pueblo), legumbres y hortalizas. En esta época iba a la
escuela pública y como ya había superado la enseñanza primaria, en junio de
1938, fui a Murcia en donde me examiné de ingreso y primero de Bachiller,
aprobando todas las asignaturas.
Llegó el día 30 ó 31 de marzo, o el 1 de abril de 1939. No sé exactamente el día
en que Totana se liberó a sí misma, porque allí no entraron tropas nacionales,
pero el día antes, el mismo día o el día después, de que entrara en Murcia la
Cuarta Brigada de Navarra, al mando de Don Camilo Alonso Vega, en Totana
empezaron a repicar las campanas de todas sus Iglesias y a oírse cohetes, desde
la mañana muy temprano. A mis hermanos y a mí nos despertaron estos insólitos
sonidos y fuimos al dormitorio de nuestros padres, donde vimos a mi padre
peinándose tranquilamente, mientras mi madre lloraba. Al preguntar yo qué pasaba
mi padre nos dijo “Nada, hijos, que se ha acabado la guerra y yo tengo que irme
de viaje por unos días”. Terminó de vestirse y se fue. Y los días se
convirtieron en años.
Pronto empezaron a llegar noticias preocupantes para nosotros, procedían de
Alicante en donde se decía que habían llegado las tropas nacionales cuando
todavía quedaban muchas personas sin embarcar, por lo que algunos se habían
suicidado y los demás habían sido apresados. Yo le pregunté a mi madre si sabía
algo de papá y me dijo que había podido embarcar en el último instante y que iba
rumbo a Méjico. A mí no me cuadraban muy bien las fechas, pero como era lo que
quería oír, no insistí.
A los pocos días, vino una hermana de mi padre y nos llevó a todos a
Alcantarilla, a la casa de mis abuelos. Esta casa, situada en frente de la
estación de MZA, era muy grande, y mis abuelos tenían allí una Casa de
huéspedes. A mí, siempre me había gustado porque tenía tres patios unidos de
mucha profundidad, el último de los cuáles lo compartía con otra casa de dos
plantas, que formaba parte de la finca y que daba a una calle posterior. Allí,
más mal que bien, fuimos tirando unos pocos meses, hasta que aquel otoño
falleció inesperadamente mi abuelo de un infarto. Como éramos muchas bocas que
alimentar, mi madre decidió que nos fuéramos a vivir a Murcia, a casa de una
hermana suya. Empecé a trabajar de pinche en un bar, luego de aprendiz de
carpintero y después de listero en un almacén de materiales de construcción.
Mientras tanto, uno de los favorecidos por mi padre ofreció que yo volviera a
empezar el Bachiller y en mis ratos libres, llevara la cuenta de los cupones de
las cartillas de racionamiento de la panadería que tenía. Aceptamos de todo
corazón, sobre todo porque mi colocación en la panadería nos permitió mitigar el
hambre insaciable que padecíamos.
Y ahora empieza mi testimonio como observador y sujeto directo de la parcela de
la posguerra que viví personalmente y que nadie me la ha contado ni, mucho
menos, manipulado. Quizá he sido muy prolijo en lo que llevo escrito, pero mi
intención era dejar bien claro que yo fui uno de los niños de la guerra, hijo de
un rojo muy significado, que jamás, nunca, sufrí la menor discriminación y que
siempre fui tratado como un muchacho más de los de mi generación: sin ningún
tipo de recriminaciones y, menos todavía, humillaciones o vejaciones.
Entre mis compañeros de bachillerato, que empecé en octubre de 1940, había una
parte de hijos de asesinados (con o sin juicio, es decir de personas a las que
les habían dado el típico “paseo”, hasta los ejecutados según sentencia, pasando
por los oficiales de Marina y Guardias Civiles del Tercio de Albacete, que
habían sido arrojados vivos al mar, de dos en dos, con una bala de cañón al
cuello, en Cartagena, desde los barcos prisión “Río Sil”(10 asesinados cuando
los llevaban al penal y 52 tirados al agua) y “España nº 3” (152 hombres que
“…los llevaron a popa, amarrados de dos en dos y lastrados, fueron arrojados al
agua”, informe del entonces Comandante Militar de Marina del puerto de Cartagena
al Comandante General del Arsenal); otro grupo hijos de perseguidos con más o
menos intensidad; otro grupo, el mayoritario, de hijos de profesionales,
comerciantes y huertanos, que no habían tenido más intervención en la guerra que
la obligada por las movilizaciones, y, finalmente, el grupo más pequeño: los que
éramos hijos de los vencidos. Lógicamente, esta clasificación es puramente
didáctica, sin que tuviera el menor reflejo en la realidad.
En los dos primeros cursos, 1940/1941 y 1941/1942, me hice muy popular entre mis
compañeros, porque a pesar de ser un “empollón” y estar entre los tres primeros
de la clase, siempre ayudaba a los demás en lo que podía y siempre me sumaba con
entusiasmo a las propuestas de fumarnos la clase para ir al cine, a jugar “a la
pelota”, o simplemente a realizar carreras de caracoles en el próximo parque.
Estaba totalmente integrado y nunca hablábamos de política ni de la guerra
recién acabada, aunque todos conocíamos perfectamente los antecedentes políticos
de los familiares de los demás. En estos dos cursos estudié Religión, de la que
yo no tenía la menor idea porque no había ido a la Iglesia nada más que cuando
me llevaron a bautizar, con un padrino que según las normas canónicas no podía
serlo (estaba excomulgado ferendae sententiae, pero esto es otra historia), ni,
por supuesto, sabía el padrenuestro, ni había confesado ni comulgado jamás. La
estudié con la misma intensidad que cualquier otra asignatura, pero aunque
asistía a las Misas del Instituto, los domingos no iba, porque aunque me atraía
la belleza del cristianismo y envidiaba a los creyentes, no me llegaba la fe. En
el verano de 1942, preparé el 3º de Bachiller, que superé satisfactoriamente y
en octubre de 1942, inicié el 4º curso que fue el que determinó mi conocimiento
y mi incondicional adhesión intelectual a la doctrina de Jesús y a la de José
Antonio. Yo no sé si lo que he dicho es irreverente porque parezca que equiparo
a estas dos inalcanzables figuras de la Humanidad. Mi propósito no es ese. Ya sé
que Jesús es Dios y José Antonio un mortal como quedó acreditado con su temprana
muerte, y esa diferencia es insalvable. Pero así como los incrédulos no
sectarios, como Renán, aún negando la naturaleza divina del Señor, tienen que
reconocer que fue el Hombre más admirable de la Humanidad, yo, desde el receloso
acercamiento inicial a la doctrina y al magisterio vital de José Antonio llegué
a la misma conclusión, al identificarme totalmente con su pensamiento, por el
camino de la inteligencia, que no por el de la fiebre emocional. Y es que su
insuperable integración de los imperecederos valores morales con los de una
exigible justicia social auténtica, pensé entonces, principios de 1943, y sigo
pensando ahora, diciembre de 2005, sin haber desfallecido jamás, inasequible al
desaliento y sin “cambiar de bandera”, que José Antonio fue un hombre
irrepetible e inigualable que hizo de su vida un servicio y sacrificio
permanente a España, como demostró con sus hechos además de con sus palabras.
Mi curiosidad se despertó cuando en la clase Formación del Espíritu Nacional,
una “maría” como la de Educación Física, oí comentar que José Antonio, en su
discurso fundacional, había considerado justo el nacimiento del socialismo. Me
extrañó tanto este insólito reconocimiento del adversario, que me entregué con
avidez a la lectura de sus Obras Completas. Me entusiasmé, me sedujeron y su
testamento me conmovió hasta las entrañas. Había encontrado el norte de mi vida.
Tuve que sostener una grave lucha interior para asumir esta fulgurante
revelación, porque de alguna manera sentía que estaba traicionando los ideales
por los que mi padre había luchado, con la mayor honradez, toda su vida. Pero,
gracias a Dios, pude comentarlo personalmente con él, porque como yo intuía no
se había exiliado a México. La mañana que se marchó de casa se fue a la de un
amigo de mi abuelo de absoluta confianza, que vivía en Totana. Estuvo oculto
unos días y una noche tomó el tren de Granada- Murcia, se apeó en Alcantarilla,
y se escondió en casa de sus padres, en las cámaras de esa casa de dos plantas
que estaba al final del último patio. Allí estuvo como “topo” desde abril de
1939 hasta octubre de 1948, ¡Más de nueve años! Entró cuando tenía 41 años
de edad y salió cuando ya había cumplido los cincuenta. Aguantó como lo que era, un
hombre de la cabeza a los pies. Leía, escuchaba la radio, tomaba mucho café y
fumaba más que una máquina.
A mí me lo dijo mi madre a finales de 1940 y a mis hermanos se lo íbamos
descubriendo cuando iban siendo mayores.. Nadie fuera de la familia lo sabía y
para no despertar sospechas, lo veíamos turnándonos los domingos. Yo hablé con
él de todo lo divino y lo humano y mucho de política. Obviamente, le comenté mi
descubrimiento de José Antonio, del que él sólo conocía que era hijo de Don
Miguel Primo de Rivera, que era el fundador de la Falange y que Indalecio
Prieto, su ídolo, lo apreciaba mucho, pero, naturalmente, no sabía nada de su
doctrina. Le hice leer el discurso del cine Madrid y su testamento y quedó
impresionado por su altura intelectual y humana. Me dijo que sabía que su
condena a muerte era inevitable porque lo había ordenado Moscú, y que Largo
Caballero se había negado a canjearlo por su propio hijo porque los rusos se lo
habían prohibido terminantemente.
Le planteé mi problema de conciencia y me contestó con la generosidad y nobleza
que yo esperaba de él: “Mira, hijo, yo no tengo ninguna autoridad moral para
aconsejarte en una materia en la que mis aciertos o errores, los estáis pagando
vosotros, que estáis creciendo con faltas en lo más elemental y pasando
auténtica hambre. Una persona sola, puede ir hasta donde le empujen sus ideales,
sin límite, pero un hombre con mujer e hijos no debe comprometer la
supervivencia de su familia. Haz lo que te dicte tu corazón, pero procura no
comprometer a otros con tus decisiones y siempre, me oyes Pepe, siempre, actúa
con honradez y coherencia”. No puedo jurar que éstas fueran sus palabras
literales, pero las ideas, que se me quedaron grabadas indeleblemente, sí que lo
son.
Libre de mi preocupación con la autorización del único hombre al que yo le
reconocía autoridad sobre mí, me afilié al Frente de Juventudes a mediados de
1943, y pude vestir con orgullo mi primera camisa azul. Nadie me dijo nada y
sólo mis familiares más cercanos y algún íntimo amigo de mi padre, me
preguntaron “¿ Por qué te has hecho falangista? Por convicción, era mi lacónica
contestación, pero dicho con un tono de seguridad y firmeza que nadie se atrevía
a seguir preguntando. Mi madre fue la única que me insistió en que lo dejara,
pero no por ir por un camino distinto al de mi padre, sino porque su amarga
experiencia de la política, que le echó encima la inmensa carga de sacar
adelante, sin ningún ingreso seguro, a cuatro hijos pequeños, le hacía odiar la
política fuera del color que fuese.
Mientras cursaba el bachillerato, fui Jefe de Escuadra, de Falange y de
Centuria. Asistí a los Campamentos Nacionales de Mandos del Frente de
Juventudes, de Riaño y de Covaleda, y obtuve los títulos nacionales de Jefe de
Falange y de Centuria. Adelanté otro curso, el 6º de bachillerato, y lo terminé
en 1945, obteniendo la calificación de sobresaliente en el Examen de Estado y
empezando la carrera de Derecho en la Universidad de Murcia, en octubre de 1945.
Fui Delegado de Curso, de Facultad y en 1949, fui nombrado Jefe del SEU del
Distrito Universitario de Murcia. Durante la carrera asistí a unos cursos en los
que logré el título de Jefe de Campamento del SEU y estuve dos veranos en el
Campamento de la Milicia Universitaria de Ronda, de donde salí Alférez de
Complemento, en 1948. Estudié varios cursos con becas de la Universidad de
Murcia y el SEU me facilitó los libros de la carrera por el sistema de préstamo,
es decir para utilizarlos durante el curso y devolverlos al terminar éste. En
1950 terminé la carrera y fui como Jefe de la Escuadra de Murcia, a la
peregrinación nacional que hizo el SEU, andando de Asís a Roma, con motivo del
Año Santo de 1950. En Castelgandolfo recibió el Papa Pío XII a nuestra centuria
peregrina, y al verlo abrir los brazos para impetrar la divina bendición, caímos
todos de rodillas porque parecía que aquella impresionante figura papal estaba
hablando con el mismo Dios.
Mi padre, harto ya de su encierro, decidió a finales de 1948, salir de él pasara
lo que pasara. Le preparamos una documentación a su verdadero nombre, y su
fotografía, pero imitando una cédula oficial, y una noche tomó el correo
Cartagena-Madrid, en Alcantarilla, y se vino a trabajar, como encargado, a una
tienda de lámparas eléctricas sita en la Puerta del Sol, al principio de Arenal.
En ese centro de España, lo vieron muchos amigos y conocidos que, francamente
contentos, le preguntaban donde había estado durante esos años. A todos les
contestó que en México pero que acogiéndose a los indultos de Franco, había
regresado a España. En esa tienda estuvo año y medio aproximadamente, y
confiando en que no había pasado nada quiso volver a Murcia, para poder hacer la
vida de familia que tanto había añorado en sus muchos años de soledad. Una vez
más, uno de sus innumerables favorecidos le contrató como encargado de una
fábrica de conservas en Alcantarilla, a donde todos los días iba y regresaba en
autobús. Así estuvo más de un año y, naturalmente, sabiéndolo todo el mundo y
sin que nadie se metiera con él.
Una tarde de octubre de 1951, cuando yo estaba terminando las prácticas de
Alférez en el Regimiento Sevilla nº 40, de guarnición en Cartagena, dos primos
carnales míos fueron a la Residencia de Oficiales donde yo vivía, para decirme
que a mi padre lo habían detenido y que estaba en el Cuartel de la Guardia Civil
de Alcantarilla. Inmediatamente me presenté en el pabellón del Coronel, pidiendo
verlo por una cuestión urgentísima y muy grave para mí. Me recibió enseguida y
le dije que habían venido a buscarme porque mi padre estaba gravísimamente
enfermo. Me dio permiso y añadió que no me preocupara y que si no podía regresar
para darme la licencia, me la haría llegar por el Gobierno Militar de Murcia.
Cumplió como lo que era, un caballero, y me mandaron la cartilla militar con las
prácticas de Alférez aprobadas, y mi licencia provisional.
Mis primos y yo nos volvimos en el taxi que los había llevado y entonces me
informaron que un encargado al que había despedido mi padre porque lo sorprendió
llevándose una gran cantidad de hojalata, lo había denunciado por su pasado
político. En el cuartelillo de la Guardia Civil me recibieron amable y
disciplinadamente, iba de uniforme y el comandante del puesto era Brigada, y
pude hablar todo el tiempo que quise con mi padre. A la salida le pregunté al
Brigada por la dirección del denunciante que, lógicamente, se negó a darme, pero
de lo que si me informó es de que ellos sabían que mi padre había vuelto a
Alcantarilla, que investigaron y al comprobar que no había iniciado ni reanudado
ninguna relación política y que todo el mundo les decía que era una gran
persona, lo dejaron en paz.
Al día siguiente, ya de paisano, fui a ver al Jefe del Frente de Juventudes del
Distrito Universitario de Murcia, que era mi jefe directo, y le presenté mi
dimisión irrevocable. No quería aceptarla de ninguna manera y telefoneó al Jefe
Nacional del SEU, Jorge Jordana, y con el Delegado Nacional del Frente de
Juventudes, José Antonio Elola, que tampoco querían admitirla. Hablé con ellos y
les pedí que me quitaran la tentación de aprovechar mi cargo para luchar por mi
padre, porque iba a hacer todo lo posible y lo imposible por conseguir su
libertad. Tanto insistí que, al final, aceptaron a regañadientes mi dimisión,
ofreciéndome toda la ayuda que ellos me pudieran prestar y aquel mismo día, sin
que yo lo supiera, iniciaron los trámites para concederme el Víctor de Plata del
SEU que, efectivamente me impusieron unos meses más tarde.
Del cuartelillo de la Guardia Civil de Alcantarilla llevaron a mi padre a la
Cárcel Provincial de Murcia, en donde estuvo en prisión preventiva unos tres o
cuatro meses que a nosotros nos parecieron eternos. Conseguimos su libertad
provisional, le nombraron Defensor a un Teniente de Artillería que era
Licenciado en Derecho, y se señaló fecha para el Consejo de Guerra. Lo
convocaron para una mañana de la primavera de 1952, en el Cuartel de Artillería
de Murcia, donde fuimos a acompañarlo los tres hermanos varones. Como sabíamos
que el Fiscal Militar pedía pena de muerte, yo fui con un maletín para si se
confirmaba, salir zumbando a Valencia para hablar con el Auditor, con el Capitán
General de la Región o con quién fuera, de allí o de Madrid, porque a lo que no
estaba dispuesto era volver a Murcia sin el indulto de mi padre.
Se inició el Consejo de Guerra con la Sala absolutamente llena de amigos y
favorecidos de mi padre, por nosotros y algún otro allegado, destacando entre
todos el Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Murcia, Don
Salvador Martínez-Moya, Subsecretario de Justicia en el gobierno Lerroux al que
mi padre, jugándose el tipo, había conseguido que le conmutaran la pena de
muerte por cadena perpetua, y que con su apasionada y lúcida intervención como
testigo, contribuyó mucho a aclarar los hechos.
Declararon los testigos, todos personas de relieve en la sociedad murciana,
detallando cada uno lo que mi padre había hecho por ellos. No hubo ningún
testigo de la acusación, porque no los había, y tampoco compareció el
denunciante. A pesar de todo, el Capitán jurídico que actuaba de fiscal ratificó
su petición de pena de muerte, por lo que, de acuerdo con el Código de Justicia
Miliar vigente en la época, todos los asistentes al juicio: los cinco miembros
del Tribunal, el fiscal, el defensor, el reo y todo el público tuvimos que
ponernos en pie, para oír la sacramental frase “En nombre de la Ley, solicito se
imponga al acusado la pena de muerte”. No es agradable, desde luego. Después de
informar el defensor, el presidente ordenó que se desalojara la Sala para que el
Tribunal deliberara.
Salimos a la plaza de Armas del cuartel, y al cabo de una media hora, nos
volvieron a llamar.
Desbordantes de alegría nos fuimos a celebrarlo.El presidente dijo que se condenaba al acusado a la pena de
30 años de reclusión mayor, con aplicación automática de todos los indultos
dictados hasta la fecha, por lo que quedaba en libertad desde ese momento.
Un poco tiempo más tarde, entré de pasante al bufete de Don Salvador
Martínez-Moya, al que algo después que yo se incorporó el hijo mayor de Federico
Servet, el Jefe Provincial de Falange asesinado en septiembre de 1936. Se
llamaba Ramón y nos llevábamos muy bien. Nunca hablamos de nuestros padres, pero
los dos sabíamos la relación que habían tenido. Se sentía muy desengañado porque
no veía que en España se estuvieran cumpliendo los sueños por los que su padre
había dado la vida (Estábamos en 1952). Al final se marchó a México y nunca
volví a saber de él.
Mi hermano Paco había ingresado por oposición en el Cuerpo General de la
Hacienda Pública, Escala Auxiliar, en abril de 1947, pero tuvo que esperar hasta
septiembre, en que cumplió los 18 años, para tomar posesión de su puesto en la
Delegación de Hacienda de Murcia. Años después, mi hermano Joaquín también
ingresó por oposición en el Ayuntamiento de Murcia. Ninguno de los dos tuvo la
menor dificultad ni el más mínimo rechazo para opositar.
En el verano de 1952, mi hermano Paco me dijo que habían convocado oposiciones
para la Escala Técnica de su Cuerpo y me propuso que las preparáramos juntos.
Así los hicimos y en 1953 las aprobamos los dos. Él se quedó en Murcia porque no
consumía plaza y a mí me destinaron a Albacete. Al año siguiente me trasladaron
a Murcia, me di de alta en el Colegio de Abogados y simultaneaba el ejercicio
libre de la profesión, con mi puesto en la Delegación de Hacienda de Murcia. Me
casé, nacieron mis tres hijas, y yo trabajaba hasta catorce horas diarias porque
empecé a preparar opositores para Hacienda, pero lo primero para mí era la
Jefatura de la Sección del Patrimonio del Estado que entonces desempeñaba y la
interinidad como Abogado del Estado, por nombramiento del Director General de lo
Contencioso del Estado, dada la insuficiencia de plantilla.
Al parecer cumplí satisfactoriamente con lo que yo consideraba un puesto de
servicio, pues fui elegido para el primer curso de Perfeccionamiento de
Funcionarios de Hacienda, que se celebró en 1962, durante un par de meses, en el
Instituto de Estudios Fiscales de Madrid, y para el que fuimos seleccionados 16
funcionarios de toda España, de la Administración Central y la Provincial.
Aunque no nos lo dijeron, creo que, en cierto modo, fuimos unos conejillos de
Indias, porque nos pusieron al día en las últimas técnicas administrativas de
objetivos, medición de tiempos, recursos humanos, etc...
con profesores de distintos Ministerios pero, sobre todo, unos psicólogos de la
Presidencia del Gobierno que, previo nuestro permiso, nos sometieron a distintos
pruebas y cuestionarios para valorar nuestras capacidades intelectivas y
nuestras dotes de mando.
Cuento todo esto porque fue el pórtico de una fulgurante carrera administrativa,
no sé si merecida o inmerecida, pero que objetivamente fue muy rápida e inusual.
En 1964, me llamó a Madrid el entonces Subsecretario de Hacienda, Fernando Benzo,
y me dijo que por los informes de mis superiores y por el resultado del
cursillo, yo podía ser un buen Delegado de Hacienda, pero que si quería hacer
carrera en el Ministerio tenía que salir de Murcia y, naturalmente, dejar el
ejercicio libre de la abogacía porque a esos niveles era incompatible.
Inmediatamente le contesté que yo estaba dispuesto, pero que tenía que
consultarlo con mi mujer porque mi decisión afectaba a ella y a mis hijas ya que
sabía que la carrera implicaba un incesante peregrinar de una provincia a otra,
con dispersión de la familia cuando los hijos se casaban en una ciudad en la que
se quedaban a vivir y los padres tenían que seguir con sus traslados, porque
entonces un Delegado no podía permanecer más de 10 años en una misma provincia,
para no adquirir arraigo. Mi mujer dijo que estaba dispuesta a seguirme por ese
camino un tanto errático, pues aunque íbamos a perder dinero (el despacho estaba
creciendo de una forma que yo ya me había planteado pedir la excedencia) sabía
que mi afán de servicio primaba sobre cualquiera otra consideración.
Acepté, y me nombraron Segundo Jefe de la Delegación de Hacienda de Córdoba,
porque para ser Delegado se requería ser funcionario de uno de los cuerpos
superiores de Hacienda y tener 15 años de servicios y yo sólo tenía 11. Estando
en Córdoba, se redujo el período de servicios de 15 a 10 años, y al poco tiempo
me nombraron Delegado de Hacienda en Burgos, por lo que durante varios años fui
el Delegado más joven de España, y en 6 años, me fueron nombrando Delegado en
provincias cada vez más importantes, Cádiz, La Coruña y Sevilla. En 1974, siendo
Ministro de Hacienda Antón Barrera de Irímo, me trajo a Madrid de Subdirector
General. Debo destacar que ninguno de los Ministros de Hacienda que conocí era
falangista, por lo que mis ascensos se me concedieron a pesar de yo sí serlo.
En todos estos años seguí en contacto con mis camaradas. Fui fundador y primer
presidente de la Agrupación de los Antiguos Miembros del Frente de Juventudes en
Murcia. En Córdoba y Burgos, además de las visitas protocolarias a los
Gobernadores y demás autoridades, me presenté a los respectivos Subjefes
provinciales del Movimiento, porque los Jefes eran los Gobernadores poco o nada
falangistas normalmente. En Cádiz formé parte del Consejo provincial de la
Juventud, y en Sevilla me hicieron una entrevista para el periódico local del
Movimiento, que se publicó en la doble página central, que mereció la
felicitación de la Vieja Guardia sevillana porque “en estos tiempos (principios
de 1973), es rarísimo que alguien se muestre orgulloso de su formación y de su
militancia falangista”.
Años después, mi hermano Paco también fue Delegado de Hacienda en Cuenca,
Guadalajara, Ciudad Real y Albacete, en donde se jubiló porque los socialistas
de Felipe González expropiaron, mejor dicho requisaron porque no hubo
indemnización, a todos los funcionarios de España cinco años de su vida
profesional, anticipando la edad de jubilación de los 70 a los 65 años. Con esta
medida echaron a la calle a magníficos e insustituibles catedráticos,
magistrados, y a alto personal de la Administración, cuya selección y
preparación exige varios años. Luego rectificaron, claro, pero ya habían
conseguido su objetivo de eliminar (ahora de los escalafones, en la guerra había
sido peor porque los borraron de la vida) a los más “fascistas” porque eran los
que más tiempo habían servido a España siendo Franco Jefe del Estado español. A
mí no me afectó este despropósito porque estaba excedente, pero a la hora de mi
jubilación me tenían preparada otra: La de la limitación de las pensiones
públicas que, “por razones de solidaridad”, no podían exceder de determinado
límite, aunque, como en mi caso, por los años cotizados y la cuantía de mis
cotizaciones por Clases Pasivas y Seguridad Social, lo rebasaban me “rebanaran”
un 20% de lo que me correspondía por “pensiones contributivas” y no por actos
graciables del Gobierno a presos, a los supuestos perseguidos por Franco, a los
combatientes del Frente Popular y otros elementos marginales.
Después de la muerte de Franco, observé que el Ministerio de Hacienda que
siempre había sido muy profesional y con una reconocida solera de prestigio y
eficacia, empezaba a politizarse y no porque, como después ocurrió, renacieran
las cesantías, sobre todo con el partido socialista, que empezó a sustituir
funcionarios por adictos ajenos al Ministerio, sin cesar a los primeros porque
no podían, pero dejándolos sin funciones y nombrando paralelamente a su gente,
con lo que el gasto público se duplicaba y labores muy especializadas, como la
de los Abogados del Estado, se las encargaban a muchachos recién salidos de la
Universidad e, incluso, sin título académico alguno. La politización de
entonces, 1976, venía porque cuando el Director General, o el Subsecretario de
turno, me encargaba un borrador de Orden Ministerial, de Decreto o, alguna vez,
formaba parte de una comisión interministerial para preparar un proyecto de Ley,
como ocurrió con la Ley de Bases de las Haciendas Locales, en la que llevábamos
trabajando varios meses dos funcionarios de Gobernación y dos de Hacienda, al
llevar nuestros trabajos, nos daban las gracias pero nos decían que ya no
servían porque habían cambiado los criterios políticos. ¡Y trabajar para la
papelera nunca me ha gustado!
Pedí la excedencia voluntaria y, previa la aprobación que me concedió un
despacho de “cazatalentos”, me contrataron de Director General en una empresa
privada de promoción inmobiliaria, en la que me pagaban cuatro veces más que en
el Ministerio. Pero aquello no me gustaba. Me tocó la crisis económica, sobre
todo en el sector de la construcción, de 1977/78, y cuando tenía que renegociar
los préstamos bancarios de varios cientos de millones de pesetas o retrasar el
pago a constructores o proveedores, porque los compradores de las viviendas
tampoco podían pagar los plazos previstos, sufría tanto como si fuese
personalmente el afectado. Y es que, aunque ese no sea un buen método en el
mundo empresarial, yo siempre me he implicado en los asuntos que he llevado, sea
dirigir una unidad administrativa, sea un pleito o sea una deuda de mi empresa.
Me marché voluntariamente sin pedir ninguna indemnización porque era mi
decisión, y otra vez, previo examen personal del Presidente del Banco y del
Consejero-Director General, me contrataron como Jefe de los Servicios Jurídicos
en el Banco Rural y Mediterráneo, banco que había sido de los Sindicatos
Verticales y entonces pertenecía al Ministerio de Trabajo. Curiosamente en esta
entidad, “fascista” por definición, estaba toda la plana mayor de la Federación
Socialista Madrileña. Me tocó recuperar la deuda que tenían tres ex-ministros de
Franco, que no eran importantes cuantitativamente porque los préstamos se habían
solicitado y concedido para comprar sus viviendas. Negocié con ellos el plazo de
pago, sin condonación de principal ni de intereses, y cumplieron rigurosamente,
saldando por completo sus débitos. A uno de ellos, muy famoso y con fama
infundada de hombre acaudalado, lo visité en su domicilio porque en aquel
momento estaba enfermo, y también pagó hasta su última peseta. El Banco, por
decisión política del que correspondiera, creo que fue Adolfo Suárez a propuesta
de los Ministros de Hacienda y Trabajo, fue absorbido por el Banco Exterior de
España, que era propiedad al cien por cien del Ministerio de Hacienda, a través
de la Dirección General del Patrimonio del Estado. Todos los que quisimos nos
integramos en el BEX. Y los compañeros de la Asesoría Jurídica me acogieron con
los brazos abiertos, desmintiendo el axioma de las fusiones, de que en el ámbito
del personal directivo, estas reestructuraciones de empresas son muy dolorosas
porque en la práctica, se traducen un problema que nunca falta: “Son dos culos
para un mismo asiento”. Es claro que no pasé de jefe máximo, pero al poco tiempo
me hicieron Subdirector General del Banco, jefe del área contenciosa, y ví como
se recuperaban unos créditos concedidos a UCD, mediante la ejecución de unas
garantías hipotecarias de unos pisos en la calle Arlabán, sede central de la UCD,
y de otros en Cedaceros, que era la sede de Madrid del mismo partido. Los pisos
se los quedó el BEX y en los de Cedaceros nos instalamos los Servicios Jurídicos
del Banco, tanto el área consultiva a cargo de otro Subdirector General y la
contenciosa de mi competencia. Aquí renegocié varios créditos sindicales de más
de 500 millones de pesetas, pero al intentar ejecutarlos por incumplimiento, la
superioridad recabó el expediente y yo nunca más supe “oficialmente” de ese
asunto, aunque me enteré por fuera de lo que había pasado, pero el secreto
profesional me impide ser más explícito.
Toda esta larga exposición, quiere testimoniar de un modo directo, por las
vivencias de mis hermanos y las mías propias, aunque Joaquín sea socialista
(cosa que no entenderé nunca porque es inteligente y honrado) que en contra de
lo que ahora se escribe, los hijos de los “rojos” jamás fuimos discriminados por
los “franquistas” y que los éxitos o los fracasos, dependían de uno mismo: de su
trabajo, de su capacidad y de su dedicación. Que dentro de las limitaciones
económicas propias de una nación devastada por la guerra, el Estado concedía las
escasas ayudas que podía dar, a tirios y troyanos, sin distinción de colores.
Que los niños de la guerra no tuvimos que reconciliarnos con nadie porque nunca
estuvimos enfrentados. Que, por el contrario, se dieron de una forma callada y
anónima, comportamientos de una generosidad y de una grandeza de alma, que ahora
serían inconcebibles, pues, por ejemplo, cuando en el entierro de mi padre vi a
Manolo Servet (amigo mío del Frente de Juventudes y compañero de trabajo en el
Ayuntamiento de mi hermano Joaquín), segundo hijo de Federico, el condenado a
muerte con la participación de mi padre, venir a darme un abrazo de pésame, tuve
que hacer un esfuerzo sobrehumano para que no me brotaran las lágrimas. Que en
el Frente de Juventudes nos enseñaron y enseñé, que la unidad de los hombres y
de las tierras de España es innegociable; que el hombre es portador de valores
eternos; que en casa del famélico no se pueden pregonar hipotéticos derechos
porque antes hay que darle de comer con la dignidad que merece todo ser humano;
que la justicia social es una obligación legalmente exigible por la comunidad,
sin que la pueda sustituir ni la caridad que es una virtud y una exigencia
moral, ni la solidaridad que es la traducción laica de la caridad, pero sin ser
una virtud ni una exigencia moral, por lo que se queda en un mero globo de humo.
Que, por lo menos, desde el año 1952 no había presos políticos en las cárceles
por hechos ocurridos antes de 1 de abril de 1939, y que si después los hubo,
serían por actos coetáneos o posteriores cometidos contra el Estado español que,
como todos los Estados del mundo, tiene como primer derecho y como primera
obligación, la de defenderse de sus enemigos interiores y exteriores. ¿O acaso
al Teniente Coronel Tejero Molina y a sus compañeros del 23-F los condenaron,
con un desmesurado e inusitado rigor, por dar vivas a Cartagena?.
El único caso que conozco directamente por el protagonista, de irracional e
inhumana discriminación se produjo en Cehegin (Murcia) en septiembre de 1936. Un
chico de 13 años, Antonio Corbalán Carreño, cuyo padre habían metido en la
cárcel por “fascista” (tenía unas pocas tierras e iba a Misa los domingos), fue
al Colegio donde había estudiado los dos primeros cursos de bachiller (requisado
a los religiosos que lo habían fundado y convertido en público) y se encontró
que en el tablón de anuncios del Centro, había una lista, en la que él figuraba,
a los que se les denegaba la matrícula “por desafectos a la República”. Por
increíble que parezca es verdad y el interesado, gracias a Dios, todavía vive y
está dispuesto a confirmarlo. ¡Ah, lo que se denegaba no era una matrícula
gratuita, sino el poder estudiar! O sea, que por ser hijo de “fascista” se le
condenaba al analfabetismo.
Debo añadir, por último, que a mí tampoco nadie me utilizó como argumento de
propaganda. Todos sabíamos y todos callábamos. Eran cuestiones personales que
sólo afectaban a los implicados porque la guerra había terminado, por lo menos,
para nosotros los jóvenes y para todos los hombres de buena voluntad. Es cierto
que De Gaulle dijo que las guerras civiles son imperdonables porque cuando
acaban, no empieza la paz, pero para mí es una verdad a medias, porque cuando
una guerra civil es inevitable porque la mitad de su población no se resigna a
morir a manos de la otra mitad, las heridas tardan mucho tiempo en restañarse,
pero cuando antes se olvida el resentimiento, el revanchismo, el juego sucio, el
sectarismo, antes se produce la convivencia y la paz social. Los niños habíamos
visto muchas cosas y todas las teníamos muy frescas en la memoria, pero si te
educan hablándote de que cuando se produzca la “vuelta de la tortilla” los que
ahora han vencido van a ver lo que es bueno, es evidente que el odio se
acrecienta como una espuma inagotable. Pero si lo que te enseñan es que la
Patria es de todos y no patrimonio exclusivo de ningún partido ni de ninguna
persona; que la opresión de las personas y su explotación por el capital es una
injusticia aberrante que no se puede tolerar de ninguna manera; que antes que murcianos, vascos, castellanos o catalanes, somos españoles, y que frente a la
gaita que disuelve está la lira que une. Si todos reconocemos que la convivencia
no se puede producir por consenso ni por disposiciones en el Boletín Oficial del
Estado, sino por la íntima convicción de que hay que analizar porqué ocurrió, lo
que realmente pasó, si no
olvidamos la verdad, la reconocemos y aceptamos en lo bueno y en lo malo, en lo
que nos gusta y en lo que desearíamos que hubiera sido diferente y las asumimos
porque es irreversible; el sentido común, el individual y el colectivo, nos
llevarán al único camino posible para evitar la repetición de unos hechos tan
abominables: el poner cada uno lo mejor que tenga dentro de sí, jugar limpio
porque el juego sucio descompone y encoleriza, no negar la evidencia porque eso
es un insulto y un agravio para el que escucha, terminar con el revanchismo y
con el victivismo… no pido santos, eso está fuera de nuestras manos. Solo pido
honradez y afán de servicio al bien común y, finalmente, lo que deseaba José
Antonio como último remedio, que si “Dios no nos concede gobernantes capaces,
por lo menos que sean honrados”
Madrid, diciembre de 2005.
|