La minoría revolucionaria y su ocasión

La minoría revolucionaria y su ocasión

Jaime Suárez

Boletín de los Seminarios de Formación del Frente de Juventudes

Enero-Febrero, 1951

 A Ceferino Maestú

 “La revolución es la tarea de una minoría inasequible al desaliento”

(José Antonio)

 

 l.- Los hombres de la Revolución, sus características como grupo: a) Condición minoritaria; b) Conciencia mesiánica; c/ Disconformidad con lo actual con lo actual; d) promesa de un orden nuevo; e) Voluntad resuelta de implantarlo; f) Sentido  heroico de la vida como milicia; g) Apelación al hecho generacional.

 

II.-Los hombres de la Revolución, sus tipos: a) Místico; b) Dogmático; e) Combativo, y d) Organizador.

 

III.-Los falsos revolucionarios, sus tipos: a) Utópico; b) Pedante; e) Gángster d) Enfermo.

 

IV.-La ocasión revolucionaria: Necesidad, oportunidad y voluntad de hacer la Revolución.

 

Sin, entretenernos ahora en fijar el concepto puro de revolución y su proceso dinámico (1), vamos a estudiar a los hombres que la llevan a cabo, los revolucionarios. Una revolución supone siempre un conjunto de hombres, realizadores de ella. Y un estudio completo de los hombres en la Revolución habría de abarcar, no sólo a los sujetos de la revolución, sino también a aquellos que los acompañan, y, aún más, a aquellos que la combaten y la soportan. Tendríamos, pues, cuatro conjuntos humanos que podrían señalarse así

 

Los hombres de la Revolución −los revolucionarios−; los hombres con la Revolución −los pseudo revolucionarios−; los hombres frente a la Revolución −los contrarrevolucionarios, y el hombre de la calle mientras la Revolución. Un estudio serio del contenido humano de la revolución habría de abarcar necesariamente, si no se arriesga a una forzada limitación, estos cuatro grandes grupos de hombres.

 

I. LOS REVOLUCIONARIOS, COMO GRUPO

 

Veamos, primero, los verdaderos revolucionarios como grupo. Apoyándonos en textos del Fundador recogeremos sus notas más características:

 

a) Condición minoritaria.

 

Los hombres que hacen la revolución son siempre una minoría. Como todo proceso histórico, y mucho más éste −extremadamente delicado−. La revolución es la tarea de unos pocos. “La masa de un pueblo que necesita  una revolución no puede hacer la revolución”. “Los Pueblos  no pueden salvarse en masa a sí mismos, porque el hecho de ser aptos para realizar la salvación es prueba, de que se está a salvo”. Ya hemos aprendido que la masa no puede salvarse a sí propia”. “La revolución es la tarea de una resuelta minoría, inasequible al desaliento”.

 

b) Conciencia mesiánica.

 

La primera característica de ese grupo minoritario revolucionario es sentirse portador de un mensaje de salvación. Este mismo término aparece en los textos recogidos más arriba. Los revolucionarios tienen la firme creencia de ser ellos los escogidos para salvar al pueblo: los únicos poseedores de la verdad, la única posibilidad histórica de redención de su pueblo, de su clase, de su patria, del mundo... Esta creencia es terminante, absoluta. Por esto la polarización amigo-enemigo alcanza en ellos extrema radicalización: el que no está con la Revolución está frente a ella. Esta conciencia mesiánica es causa de la enorme fuerza sugestiva de todo auténtico movimiento revolucionario, dotado siempre de una mística poderosa. Por ella los hombres que se “convierten” a la revolución viven dentro de sí un verdadero proceso de “iluminación” religiosa. La política será sentida como misión. “Nos sentimos, no la vanguardia, sino el ejército entero de un orden nuevo que hay que implantar en España, que hay que implantar en España, digo, y  ambiciosamente, porque España es así, añado: de un orden nuevo que España ha de comunicar a Europa y al mundo”.Lo preciso es tener una gran verdad a quien servir, una verdad que sea el eje, el polo de atracción de un pueblo entero”. “Nuestra generación tiene que rehacer la unidad del mundo; para los que estamos aquí, como tarea próxima, la unidad de España”. “Todos estamos dispuestos  a llegar hasta el supremo sacrificio por cumplir nuestra misión. Misión en el neto sentido de la palabra, en el sentido religioso”.

 

c) Disconformidad con lo actual.

 

Todo intento revolucionario supone el deseo de sustituir el orden vigente que no se acepta, por un orden nuevo, soñado. En toda revolución hay, pues, un contenido crítico −de carácter negativo−, y una afirmación positiva. El revolucionario no está conforme con el orden vigente. Aspira, por lo tanto, a derribarlo. Pero no es lo mismo un verdadero revolucionario que un rebelde o que un reformista. El rebelde acusa al orden existente y lo critica sin aspirar a derribarlo y sustituirlo. El reformista aspira a corregirlo, pero manteniéndolo. El revolucionario no sólo ambicionará terminar con los abusos: quiere trocar incluso los mismos usos. “Nosotros no podemos tolerar ni estamos conformes con la actual vida española. Hemos de terminarla transformándola totalmente, cambiando no sólo su armadura externa, sino también el modo de ser de los españoles”. “Las rebeliones son siempre el resultado, por lo menos, de dos ingredientes: el primer ingrediente, difuso, es una inexplicación interior, una falta de razón interna en el régimen vigente, en el estado social, en el Estado político vigente”. “Nosotros no queremos vegetar en el orden antiguo”. Esta disconformidad lleva al patriotismo crítico: “Y os diré que el patriotismo nuestro también ha llegado por el camino de la crítica. A nosotros no nos emociona, ni poco ni mucho, esa patriotería zarzuelera que se regodea con las mediocridades, con las mezquindades presentes de España y con las interpretaciones gruesas del pasado. Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia. de nuestra España física de ahora”.

 

d) Promesa de un orden nuevo.

 

Esta es la piedra de toque para conocer la calidad del pensamiento de una minoría revolucionaria: ver la calidad de su sueño de un orden nuevo. Toda revolución moviliza el mito de nuevo orden, botín que se promete a todos para el día de la victoria. Este orden nuevo lleva consigo una adjetivación progresista: es un mundo mejor.  Falange Española de las JONS quiere un orden nuevo”, dice nuestro Punto 26. Este es el contenido positivo de la predicación revolucionaria. Y su valor auténtico hace referencia a él, pues la fecundidad histórica de una revolución depende de su capacidad de edificación. El que echa de menos una revolución suele tener prefigurada en su espíritu una arquitectura política nueva. Una revolución  −si ha de ser fecunda y no ha de dispersarse en alborotos efímeros− exige la conciencia clara de una norma nueva.

 

e) Voluntad resuelta de implantarlo.

 

No basta con soñar ese orden nuevo, es preciso movilizarse, ponerse en píe de guerra, dispuestos, resueltos, a implantarlo. Sí, esa promesa de un mundo mejor no es una promesa sin responsabilidad, de ella responde el revolucionario con la entrega absoluta de su vida. El revolucionario vive una tensión excepcional de servicio. Las ascéticas virtudes de servicio, sacrificio y obediencia cuajan una auténtica moral revolucionaria. Así, nuestro Punto 26, a la afirmación de nuestra voluntad de un orden nuevo, añade: Para implantarlo, en pugna con las resistencias del orden vigente, aspira a la revolución nacional”. Y el mismo José Antonio junto a la necesidad de una norma nueva pide una voluntad resuelta para aplicarla”.   Y “... esto tenemos que conseguirlo, cueste lo que cueste, a cambio de los mayores sacrificios, pues es mil veces preferible caer en servicio de tal empresa que llevar una vida lánguida, vacía de ideales, donde no haya más afán ni otra meta que llegar al día siguiente. La vida es para vivirla y sólo se vive cuando se realiza o se intenta realizar una obra grande, y nosotros no comprendemos obra mejor que la de rehacer España”.

 

f) Sentido heroico de la vida corno milicia.

 

La vivencia revolucionaria posee un elevado valor moral, como exigencia que alza la vida íntima y personal del revolucionario. Es él, quien, con sus camaradas, posee la verdad que ha de transmitir a sus semejantes. La suerte de todos depende de su lealtad y de su ejemplaridad. Por eso se halla transcendido, fuera de sí y toda su conducta está referida a una norma superior, la doctrina moral del movimiento, a la cual sujeta su actuación personal. Existe esta subsunción de la vida privada en la tarea revolucionaria con una consecuencia clarísima: la propia vida sólo se  justifica por el servicio a esa tarea y, además, es preciso estar a la altura de la misión para la cual el revolucionario ha sido escogido; de aquí la necesidad de ser los mejores. He aquí como aquella conciencia misional que soporta la minoría revolucionaria como grupo tiene una inmediata repercusión en el plano individual e íntimo. Todos los movimientos revolucionarios se han caracterizado por su fuerte sentido moral (2). El proceso ha sido muy diverso, pero incluso aquellas organizaciones nacidas cara a la conquista del Poder sin un sentido propio total de la vida, en la lucha por la victoria han impuesto a sus militantes un duro código moral. Otras organizaciones revolucionarias han nacido ya con este hondo sentido moral: José Antonio ya nos dijo el primer día: “Los que lleguen a esta cruzada habrán de aprestar el espíritu para el servicio y el sacrificio. Habrán de considerar la vida como milicia: disciplina y peligro, abnegación y renuncia a toda vanidad, a la envidia, a la pereza y a la maledicencia. Y al mismo tiempo servirán ese espíritu de una manera alegre y deportiva. La Falange es así. Los que militamos en ella tenemos que renunciar a las comodidades, al descanso, incluso a las amistades antiguas y a afectos muy hondos. Tenemos que tener nuestra carne dispuesta a las desgarraduras de las heridas. Tenemos que contar con la muerte como un acto de servicio. No debemos proponernos sólo la construcción, la arquitectura política. Tenemos que adoptar, ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esta actitud es el espíritu de servicio y sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida. Así, pues, no imagine nadie que aquí se recluta para ofrecer privilegios”.

 

g) Apelación al hecho generacional.

 

Todas las revoluciones pueden explicarse mediante la lucha de las generaciones en la historia: al afirmar la portadora del movimiento subversivo, que es naturalmente la nueva, su misión de edificar un orden nuevo, que siempre es el traído o mantenido por la vieja generación. Esta conciencia de generación depende del grado de conciencia histórica de cada movimiento revolucionario. Sin dificultad alguna podría edificarse una nueva teoría de las revoluciones teniendo en cuenta la transcendencia del hecho generacional (3). Los últimos movimientos revolucionarios, dotados de una a mayor conciencia histórica, han tenido como cabeza una minoría dotada de las notas ya vistas que siempre ha apelado al hecho generacional rebasando el marco estricto del encuadramiento militar de la organización o del grupo para insistir en un quehacer común de toda la juventud. En el pensamiento del Fundador se advierte, sin esfuerzo alguno, esta invocación a su generación, invocación que se reitera más frecuente según avanzaba su radicalización política. Habló de su generación para explicar el mismo nacimiento de la Falange: “Así sí resulta que, cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con un mundo en ruina moral”. Y, dos años más tarde, la revolución era tarea de su generación y por eso la invocaba: “Esa es la labor verdadera que corresponde a España y a nuestra generación: pasar de esta última orilla de un orden económico social que se derrumba a la orilla fresca y prometedora del orden que se adivina”.

 

II. LOS REVOLUCIONARIOS, SUS TIPOS.

 

Es frecuente oír palabras despectivas acerca de los hombres que quieren o hacen una revolución. Toda una serie de adjetivos, de grave significado en la boca de un burgués, califican siempre al revolucionario: fracasado, resentido, neurótico, arrivista, descentrado, afanoso de novedades...Y es tan interesante detenerse en el estudio de los tipos de hombres en que han encarnado preferentemente las revoluciones, que está justificadísimo el proponernos hoy hacerlo. Ante todo, es necesario advertir que estos tipos psicológicos se encuentran siempre en la sociedad, incluso en épocas de “normalidad”, y que la revolución es sólo para ellos la ocasión más propicia de revelar su carácter, temperamento y aptitudes. Cierto es que un hombre puede alistarse en una empresa revolucionaria por muy variados y diversos móviles: unos, buenos, y otros, reprobables. Y como siempre toda revolución trae consigo alteraciones esenciales en el equilibrio de la sociedad, no tiene nada de extraño que, hasta la fecha, no se haya dado el caso de que todo fuera trigo limpio. Muchos juicios adversos a acontecimientos insurreccionales −y ahora hacemos abstracción del contenido de los mismos− tienen como fundamento una muy corriente confusión entre los verdaderos revolucionarios y los pseudo-revolucionarios. El ensayo de E. Mira y López es muy sugestivo en esto (4).  Veamos despacio, pues, los tipos psicológicos de los revolucionarios:

 

A) Místico: −La “iluminación” de su vida por la vocación revolucionaria tiene características de plena entrega religiosa, trascendiendo toda su existencia a un plano de empresa redentora de sus semejantes. La acción, como un desparramarse de su vida hacia fuera, no le tienta. Posee dentro de la minoría revolucionaria el máximo temple ascético y es ejemplar en su conducta privada y pública. Temperamento cálido y poético, pone música a las revoluciones. En las horas de lucha, ya en la clandestinidad, ya en la calle hacia el Poder, mantiene la presión del entusiasmo y la ilusión de los militantes. Es el caso más puro de las actuales vocaciones políticas revolucionarias como secularización de una vocación auténticamente (5). Ninguna revolución moderna carece de estos tipos, espléndidos de virtud y fanatismo, aunque pasadas las etapas fundacionales se vean pronto desplazados ante las dificultades del ejercicio del poder y la pérdida del pulso revolucionario. La caricatura del místico es el utópico.

 

B) Dogmático: −Empleamos este término, ya corriente entre nosotros (6), para designar al otro tipo de revolucionario que también pone el acento en el pensamiento. Mucho más cerebral y más lógico que el tipo anterior, a éste no le basta con suscitar en los demás esa adhesión misteriosa y entusiasta de la fe en un mundo mejor. Su misión, dentro del proceso revolucionario, es la de ser el intelectual de la revolución. Todos los doctrinarios se han reclutado entre estos tipos dogmáticos que reducen a esquema racional la corazonada ardiente del “místico”. Su papel es de primerísimo orden, y aunque la superabundancia de dogmáticos puede ser perjudicial −ahí está la revolución rusa, con sus mil escisiones y escuelas−, aquella que carece de ellos no existe. El dogmático revela una especial disposición para el magisterio del pensamiento, así como el místico lo revela para la ejemplaridad de conducta. Su tarea docente y orientadora es constante: el libro, la cátedra, la prensa, saben de su entrega permanente a lograr para la revolución todo un aparato teórico lo más perfecto posible.

 Como el místico, pronto es también desplazado, y desde su puesto de vigía atiende alerta al curso de la revolución, pronto a señalar desviaciones y a solucionar la perplejidad del revolucionario combativo cuando se encuentra ante una situación imprevista en la escasa formación doctrinal por éste recibida. Si el místico sueña la revolución, el dogmático la define. Ahora veremos cómo el combativo la impone y el organizador la realiza. El contrapunto del dogmático es el pedante pseudo-revolucionario.

 

C) Combativo. Si los anteriores tipos de revolucionarios ponían el acento en la parte racional e intelectual de la revolución, los que vamos a estudiar ahora lo ponen en el polo ejecutivo de la misma. Dentro de la clasificación de Yung, los anteriores tipos serían más bien introvertidos; éstos son extravertidos. El combativo es siempre la primera figura de la revolución; perfectamente compenetrado con la ideología recibida de los anteriores tipos, él no quiere ser un teórico que quede al margen de la vida.  Ese mundo que unos sueñan y otros definen, es él quien lo hará realidad. Ve tan claro en su interior la tarea de transformar la sociedad en ese nuevo orden, que su fe en la eficacia de su acción pasma a un tercero, no iluminado por su misma vivencia revolucionaria. Esa fe en la capacidad revolucionaria de la minoría en que milita es lo que hace del combativo un  hombre especialmente dispuesto para la agitación y la movilización de masas, bien en la lucha callejera, bien en el mitin o en la controversia. Los silogismos y argumentos del dogmático, expuestos en la fría geometría de la teoría política, se hacen manojo de consignas en las arengas del combativo que es quien iza a pulso la revolución. El combativo es el que nutre casi exclusivamente las primeras figuras del  extremismo revolucionario. Lejos de las vacilaciones intelectuales del dogmático −que las tiene, aunque, naturalmente, las oculte−, el combativo es el caso más puro del fanático. Su sitio está en la actuación, y esta entrega se hace de tal manera consustancial a su ser, que un período de inacción es motivo en él de depresión melancólica y de desesperación. Su momento es el de la primera crisis de la revolución, cuando, desplazados del Poder los moderados, implanta la dictadura revolucionaria. Pero más tarde, al imponer la dinámica de la revolución el cese del terror y llegar la ocasión de los organizadores, el combativo (que carece de toda capacidad de acomodar su fanatismo a una circunstancia adversa, como no sea para derribarla, y esto es imposible  cuando esa circunstancia es la revolución misma) pasa a nutrir las filas de los revolucionarios descontentos que se sienten traicionados.

 

D) Organizador: -Pero una revolución no es sólo el hecho negativo de derribar un orden ya establecido, sino que es, ante todo, la responsabilidad de edificar en su lugar un mundo mejor. El organizador es aquel revolucionario −dotado de excepcionales condiciones de preparación profesional y formación doctrinal −capaz de hacer obra permanente las aspiraciones de la minoría revolucionaria. Su preparación técnica no le confunde con e1 técnico a secas −que es su versión pseudo-revolucionaria−, pues su misión no es parchear el caos de la revolución, sino −por el contrario− hacer que ese caos haya servido para algo. Las revoluciones se mantienen, quedan, según cuál sea la capacidad de sus hombres organizadores. Cuando los extremistas llegan al Poder es difícil que entonces tengan tiempo de ponerse a estudiar, y han de entregarse a los técnicos enemigos o indiferentes, a quienes compran respetándoles la vida o el puesto. Por esto la mayor ambición de unos revolucionarios es formarse sus técnicos, una vez en el Poder, adiestrando a sus militantes jóvenes en el dominio de la técnica.

 

III.  LOS FALSOS REVOLUCIONARIOS, SUS TIPOS

 

Debemos ocuparnos en desenmascarar a los falsos revolucionarios, aquellos que por diversas causas aparecen ante el pueblo hablando y obrando en nombre de la revolución, que pesan sobre ésta con sus errores, debilidades y crímenes, tarándola y desprestigiándola. En principio, estos tipos de falsos revolucionarios se corresponden con los de los revolucionarios auténticos, siendo deformaciones, caricaturas, aberraciones de los mismos. Son los mayores enemigos de la revolución, pues la comprometen y la hacen fracasar. Casi todas las revoluciones abortadas se han debido a la abundancia en ellas de estos tipos.

 

A. Utópico:

 

La revolución, que, como procedimiento quirúrgico, consiste, sobre todo, en atajar los grandes males con remedios expeditos, es campo propicio para que anden como por su casa los -chiflados, arbitristas y demás perturbados mentales -más o menos pacíficos-que hacen de su locura una fuente de preocupación por los problemas de su país y de la humanidad. El peligro máximo que para la revolución suponen los utópicos encaramados a la misma es la del ridículo. Utópicos o ucrónicos, sin medida del tiempo ni del espacio, estos falsos revolucionarios se mueven en el terreno de las mayores abstracciones respecto a los valores morales del movimiento, y respecto a sus programas sociales, políticos o económicos, no se paran ante los mayores absurdos en su manía de grandeza. A cargo de ellos corre esa inflación arbitrista que todas las revoluciones han conocido y esa verborrea retórica  de invocaciones varias y desprovistas de sentido. Es muy difícil librarse de la dañina influencia  de estos sujetos, que en una sociedad equilibrada merecen la sonrisa de quiénes los soportan, pero en el caos de la revolución pueden llegar a tener en ella puestos de grave responsabilidad.

Cualquier hombre inteligente sabrá distinguir entre un revolucionario místico y un desgraciado utópico; pero la Historia no demuestra que abunden precisamente los hombres inteligentes entre el pueblo, ni siquiera entre los historiadores, y por ahí andan confundidos para escándalo de timoratos y disfrute de contrarrevolucionarios, que encuentran siempre en estos tipos los mejores alegatos para su dialéctica.

 

B. Pedante:

 

Aquí este estudio debería adoptar el tono de admonición de nuestros antiguos «avisos de navegantes»  Si en la Falange hay falsos revolucionarios- que los hay y muchos-, éste es el tipo que en ella se ha dado con mayor proliferación. No sólo entre los viejos camaradas, sino entre las minorías falangistas que apuntan de la nueva generación.  ¿Y en qué consiste el falso revolucionario, que denominamos, con E. Mira, pedante? Esto, que es muy largo de explicar, es lo que vamos a intentar dilucidar a continuación. En principio, este tipo consiste en esto: casi siempre pseudo-intelectual, aun a veces muy inteligente y culto, conocedor de los principios teóricos del movimiento revolucionario, incluso muchas veces definidor principal de los mismos, fracasa rotundamente en cuanto a aplicarse a sí  mismo los principios morales de activista revolucionario que él desea para los demás. Por lo general, es atraído por el movimiento revolucionario gracias a la música de éste. Pues como toda revolución supone el poner en primer plano de vigencia unas cuantas verdades que responden al tema del tiempo, el pseudo-intelectual se incorpora a la revolución como puede incorporarse a una tendencia estética o a una escuela filosófica. Aquí está su tragedia, porque hacer historia mandando a los hombres, operando sobre ellos, a contrapelo muchas veces de sus primarias tendencias, es algo que requiere mucho más que una afirmación de afiliación, unas colaboraciones en las revistas, o periódicos v una participación en los principales actos de propaganda. No tratamos ahora del intelectual de verdad, hombre de pluma o de cátedra que se incorpora a la revolución tangencialmente, es decir, porque la revolución y él coinciden en un punto, para desviarse más tarde de la misma o se alista para pertenecer ya para siempre a ella. No hablamos del  hombre joven que gracias a la revolución se incorpora a una línea de pensamiento y de actitud, pero sin que esto cale tan profundamente en él que le conforme íntimamente. Como la revolución se traga sus propias criaturas y gasta rápidamente a sus hombres, la piedra de toque para conocer la autenticidad revolucionaria de un sujeto será estudiar su reacción cuando le toca a él sufrir el zarpazo revolucionario. Aquí se distingue la entereza y sacrificio callado del dogmático verdadero del aullido del falso intelectual, que reniega inmediatamente  de su pasado revolucionario para alistarse generalmente y de manera militante en el bando de la contrarrevolución. Casi siempre este tipo pseudo-revolucionario posee excepcionales condiciones para la oratoria, el pensamiento o la literatura y goza entre los propios militantes y enemigos de un gran prestigio. Por esto puede ser un gran peligro para la revolución su defección en un momento dado. Es fácil, sin embargo, saber si un hombre que aparece como doctrinario de la organización revolucionaria es un verdadero revolucionario o no; basta atender a su vida íntima y privada y conocer su reacción ante el halago y la crítica. El falso revolucionario satisface su narcisismo y afán de diletante exhibiéndose como «enfant terrible» de la revolución, mientras en ésta todo le marcha bien. La adhesión del verdadero revolucionario es fanática y total, y a ella sacrifica su propia intimidad. La distinción entre uno y otro tipo de intelectual alistado en la empresa revolucionaria es la misma que existe entre los sistemas planetarios de Ptolomeo y Copérnico.

El existencialista alemán Karl Jaspers, en su obra “El ambiente espiritual de nuestro tiempo” (7) ha trazado el retrato perfecto de este pseudo-intelectual bajo el epígrafe “El sofista” (pág. 166), que merecería ser reproducido íntegramente, pero del cual hemos de conformarnos con destacar sólo algunos párrafos: «Con la mayor naturalidad aparente, él mismo no está nunca en nada. Versado en todo, aprovecha a placer toda oportunidad; una vez ésta y otra vez la otra. Se presenta siempre como colaborador, pues quiere siempre estar en todo. Cultiva relaciones en todas partes; se presenta de manera que no se puede menos de ser benevolente con él y ayudarle. Es flexible en la maniobra allí donde tropieza con la fuerza, y allí donde no hay fuerza es brutal e infiel; es patético donde nada cuesta; es sentimental donde se doblega su obstinación. Se deja caer patéticamente en el desconsuelo radical y adopta los ademanes de un heroísmo del sufrimiento. La actitud de la ironía sin existencia le es habitual. Aunque los conozca, le son extraños el honor, el respeto y la fidelidad. Encuentra en el intelectualismo su único hogar”.

 

l. El gángster:

 

He aquí el tipo más discutido de todas las revoluciones. Hemos convenido en darle este nombre porque nos parece, con su sencillez, el que puede dar una noción más concreta de lo que con él queremos significar. De todos los falsos revolucionarios, es éste el más peligroso en los momentos de la conquista del Poder, en que la necesidad del empleo de la violencia no permite muchos escrúpulos en su administración. Y no sólo en esta fase de conquista tiene terreno dispuesto a sus fechorías el revolucionario sanguinario, pues en el período de dictadura revolucionaría, o de consolidación, el terror suele poner en sus manos los principales resortes de la represión y vigilancia policíaca. Es fácil advertir que este tipo de falso revolucionario no es más que la degeneración de aquel tipo puro de revolucionario que denominábamos combativo. Cuando en éste la necesidad de la acción se hace fin y además en su empleo se encuentra la  insatisfacción de inconfesables instintos, nos encontramos frente a esos terroristas que aparecen  en la espuma de todas las revoluciones, tiñéndolas de sangre inútil. Advierta el lector que no repudiamos el empleo de la violencia, lo que decimos es que la violencia no es más que un medio y  jamás un fin. Sin embargo, esto, que parece estar suficientemente claro, no lo ha estado siempre en la Historia, y todas las revoluciones han de avergonzarse de jornadas imposibles de justificar, en que las matanzas en masa de seres inocentes no significaron más que un crimen y un baldón. Es imposible separar totalmente los tipos de gángster y de enfermo. Pero, para mayor claridad, los damos separados, y vamos a proporcionar unas cuantas notas que permitan en todo momento su identificación.

El falso revolucionario que denominamos «gángster» es perezoso para el trabajo, carece de toda estimativa de valores éticos e ignora qué cosa puedan ser los escrúpulos. En una sociedad equilibrada seguramente engrosaría las filas de los delincuentes comunes; pero en: un período revolucionario encuentra la ocasión de dar salida impunemente a todos sus rencores y conseguir sus apetencias materiales sin que la justicia  social, de quien se proclama defensor e implantador, pueda darle su merecido, como lo haría si en tal momento poseyera los órganos adecuados para ello.

Este tipo no es uniforme, y los hay incluso inofensivos. Parece ser que, según el puesto que ocupan dentro de la minoría revolucionaria, pueden satisfacer y manifestar unos u otros de sus instintos. Porque en un Carrier, por ejemplo, tan impaciente, que prefirió ahogar a sus culpables en el Loíra antes que esperar a dar cuenta de ellos uno a uno con la guillotina, no encontramos −aunque parezca mentira−− un morboso deseo sádico de verter sangre, sino bravuconería, la sensación nueva de poder, el continuo y obsesionante temor de represalias que le hace vivir en perpetua tensión de peligro para su vida y que le hizo terminar  de un golpe con sus enemigos por temor a una conspiración. Donde es fácil encontrar el tipo criminal ya puramente patológico es en los grandes inferiores de la revolución, en los hombres en contacto directo con los castigados. Y, así, entre los carceleros, campos de concentración, es fácil encontrar locos en que la crueldad es manifestación de su enfermedad, que allí encuentra

ocasión de empleo.

Naturalmente que, sea abajo o sea arriba, estos hombres-matones, bravucones, agresivos y amorales-aparecen monopolizando ante los demás el fanatismo y la entrega .a la causa. Sólo ellos están dispuestos a todo, y si las cosas no van bien es porque no se emplean con la debida intensidad y extensión sus procedimientos de horca y cuchillo. Todo lo que sea respeto a la vida de un inocente, ante sus ojos no será nunca más que debilidad de una conciencia contrarrevolucionaria atiborrada de escrúpulos que pone en grave peligro a la revolución con tanta mojigatería. De todos los compañeros falsos revolucionarios que envuelven al verdadero, éste es el más incómodo y comprometedor. En las primeras horas de la revolución es difícil identificarles, pues una imperiosa necesidad puede hacer general y común a todos los revolucionarios el empleo de una violencia sangrienta, e incluso en las horas de lucha callejera, y oscura pueden destacar como héroes por su valor y temeridad en el ataque y en la represalia. Pero en las horas de paz, cuando se trata de edificar un Estado y una sociedad enteramente nuevos sobre los escombros de lo anterior, al no tener ya nada que hacer, desesperados ante la lentitud de la revolución, sus blandos procedimientos, sus respetos a situaciones del orden derribado, tal vez incluso por los pactos y claudicaciones que los revolucionarios del Poder no tiene más remedio que hacer, son carne de cañón para toda rebeldía. Este revolucionario inconscientemente, pero poderosísimo de la contrarrevolución, aunque él no lo crea así, es quien la proporciona sus mejores armas y argumentos con sus crímenes, sus murmuraciones, sus robos y sediciones. En resumen, que el combativo puede ser confundido, si no existe la suficiente atención y amor, con el gangster, y que si, uno hace posible la victoria de la revolución, el otro la desprestigia y aniquila, pues débil mental, dotado de una puerilidad extrema, la revolución no es para él más que la posibilidad de llevar una existencia animal, ególatra, castigando a la sociedad con la proyección de sus instintos, cuando su puesto debía estar en el sanatorio de un psiquiatra o en una celda de reclusos vulgares.

 

II. El Enfermo:

 

Más que un tipo especial de revolucionario falso se trata de una disposición general para ingresar en las filas de los revolucionarios falsos y verdaderos. Se ha discutido mucho acerca de la normalidad psiquiátrica de los principales revolucionarios de la Historia y ciertamente todos habrían de tener sus fallos, pues temperamentos perfectamente equilibrados sólo se encuentran en los libros. Admitido, además, que la revolución, con sus especiales características sociológicas-ya estudiadas-, eleva a hombres de muy especial constitución psíquica y mental, queremos ahora abordar el problema de los psicópatas puros, anormales mentales que también aparecen camuflados entre las filas de los revolucionarios. El psicópata es un inadaptado a la vida social, por lo cual ya es fácil que se enganche en cualquier banderín revolucionario, mucho más fácil que el resto de los mortales para quienes la revolución siempre será, por muy necesaria que la sientan, incómoda. Toda la especie conocida con el nombre de esquizoides, los sádicomasoquistas, los paranoicos, etc., se sienten atraído por la revolución. Sus manías de grandeza, sus impulsos de exhibicionismo su afán de espectacularidad, sus rencores y · sentimientos, la satisfacción de sus instintos; todo encuentra ocasión y posibilidad en esos momentos, libres, aplaudidos, incluso aupados por los demás. Y todo ello, camuflado, decorado bajo la capa retórica de las consignas y slogans de la revolución. De este tipo enfermo, desgraciado, se reclutan casi todos los demás tipos contrarrevolucionarios, pues el utópico, el sofista, el gángster, el traidor, están comidos por el mismo morbo de egocentrismo y afán de mando y exhibición.

 

IV.  LA OCASIÓN REVOLUCIONARIA:

 

La ocasión revolucionaria viene determinada por el encuentro de varios factores que raramente suelen presentarse en un mismo momento: la necesidad de hacer la revolución, la oportunidad de llevarla a cabo y la existencia de una minoría capaz de realizarla. Así, pues, la ocasión revolucionaria sería como un punto fijado en el espacio por el cruce de tres líneas. Hay ocasión de hacer una revolución cuando coinciden su necesidad, su oportunidad y la voluntad de los hombres.

 

La necesidad viene heredada casi siempre como consecuencia de una situación ya más o menos crónica. En España llega hasta nosotros como la única explicación de nuestra historia desde hace tres siglos: a partir de entonces España necesita su Revolución (8). De aquí nuestra afirmación de la Revolución española como tarea pendiente. "La revolución es necesaria, dice José Antonio, no precisamente cuando el pueblo está corrompido, sino cuando sus instituciones, sus ideas, sus gustos, han llegado a la esterilidad o están próximos a alcanzarla. En estos momentos se produce la degeneración histórica. No la muerte por catástrofe, sino el encharcamiento en una existencia sin gracia y sin esperanza. Todas las actitudes colectivas nacen enclenques, como producto de penas reproductivas casi agotadas. La vida de la comunidad se achata, se entontece, se hunde en el mal gusto y en la mediocridad. Aquello no tiene remedio sino mediante un corte y un nuevo principio. Los surcos necesitan simiente histórica, porque la antigua ya ha apurado su fecundidad”

 

La oportunidad es un concepto algo más complicado, pues es producto de varios otros. El primero de ellos es el fracaso del viejo orden. El orden que se aspira a derribar debe haber perdido su vigencia y demostrar su vulnerabilidad. Una revolución no es un ataque a una fortaleza inexpugnable. Por otra parte, la oportunidad supone el asalto del poder por los revolucionarios, con todos los problemas de preparación que supone esta conquista. Además, la oportunidad supone una llegada al poder de determinada manera: no en coalición, ni después de una guerra civil (9).

 

Respecto a la minoría revolucionaria poco resta que añadir. Sólo que no basta con que se sienta llamada a realizar una tarea mesiánica. Ha de tener, además de una clara vocación y de una fidelidad estricta a la misma, una capacidad de ejecución. La mayoría de las revoluciones frustradas son producto de la inflación de espíritu revolucionario en perjuicio de la capacidad, de la preparación. La voluntad de hacer la revolución no sólo exige una minoría que se responsabilice con el desenlace de esa situación de necesidad revolucionaria, con esta tarea de edificación pendiente; exige también, una actuación con medios adecuados y aptos.

 

Así, pues, la ocasión supone posibilidad (necesidad y oportunidad) y explotación (minoría que aproveche esa posibilidad). Pero la ocasión, que no se puede inventar, sí se puede provocar y acelerar. La actuación de la minoría en el período prerrevolucionario es un factor decisivo.

 

(1)   He intentado resumir aquí brevemente lo que será un capítulo de un libro en preparación titulado “Esquema de la Revolución”. El párrafo de citas lo he reducido escuetamente al pensamiento de José Antonio para que se advierta con mayor  claridad su radical sentido revolucionario.

(2)   Un recuerdo por muy ligero que fuera de las revoluciones históricas conocidas, podría hacer parecer esta afirmación inexacta. Sin embargo supone esa referencia a la experiencia la mejor confirmación. Aparte de lo que haya en cada hecho revolucionario de actuación pseudo-revolucionaria, esa fuerte moral revolucionaria  no quiere decir que se sujete siempre a las normas de nuestra moral cristiana. Lo cierto es que, de un signo o de otro, siempre ha existido y existirá.

(3)   Precisamente apoyándome en el hecho generacional espero poder formular una teoría de las revoluciones, teniendo en cuenta valiosas aportaciones de numerosos sociólogos e historiadores.

(4)   E. Mira y López “Psicología de la conducta revolucionaria, Buenos Aires, 1941.

(5)   Véanse los artículos del presbítero José Manuel de Córdoba en los números 40 y 41 de “La Hora”.

(6)   Véase la explicación del mismo en la conferencia de José Mª del Moral: “Política de pensamiento política de acción, “La Hora”,  número 39.

(7)   Editorial Labor, 1933

(8)   Precisamente el intento revolucionario de la Falange es inexplicable sin la meditación de generación y generaciones españolas, en esos tres siglos, sobre la insuficiencia de España como unidad histórica.

(9)   La coalición impide la puesta en marcha de la revolución. La guerra civil impone un gravísimo contratiempo.