José Antonio en la cárcel

Marichu de la Mora
Vértice, mayo 1937

Elorza, director de la Modelo de Madrid, se sentía halagado de tener en su mano el acceso de las visitas al Jefe de Falange Española y le gustaba que pasasen por su despacho las visitantes femeninas que él consideraba adornaban su cárcel. Los hombres, camaradas de Falange o amigos particulares, esperaban en larga cola en el patio que les fuera permitida la entrada. Elorza daba preferencia a las señoras. El locutorio de los presos políticos era pequeño con gran semejanza a una jaula, pero los barrotes bastante espaciados y sin el refuerzo de tela metálica permitían la entrega o cambio de cartas y paquetes. Amelia Ruiz de Alda, puntual visitante diaria, hablaba en voz baja con Julio su marido, casi siempre en el mismo rincón. José Antonio era, naturalmente, eje y centro de las visitas; aparecía vestido de mono frecuentemente con botas de jugar al foot-ball, entre las órdenes y las consignas encontraba unos minutos para la conversación amable, contaba con humor anécdotas de su encarcelamiento y hablaba y proyectaba unos capítulos de esa novela que él escribía mucho más con la imaginación que con la pluma y en la que tenía puesta una enorme cantidad de orgullo. La hora de la visita por ejemplo, por su asiduidad y tozudez  una señora bastante entrada en años y en kilos, poetisa por afición e inspirada en el momento por el joven Jefe, al que pretendía entre el tumulto de las conversaciones, hacer llegar la voz de su musa. José Antonio la disuadía con amables ironías, que ella ni escuchaba en el ardor de sus creaciones.

Todavía la cárcel de Madrid tenía para los presos políticos aquel ambiente de interinidad que le restaba parte de su desagrado y todavía se repetía –y medio esperaba- entre bromas y veras el que fuera antesala y primer paso hacia los cargos ministeriales. Pero José Antonio, que sentía con tanta fuerza el derecho de independencia íntima del individuo, sufría en realidad de vivir en compañía constante; le impacientaba –adivinándolo preciso- el tiempo perdido de esta forma y que le impedía –decía- porque el infierno es eso, el desorden”. Trataba de organizar la vida de todos los muchachos presos con él, marcando un horario en el que se levantaban a las siete, teniendo horas fijas para los ejercicios físicos, el estudio y los esfuerzos literarios; el mismo corregía los trabajos de los muchachos de su galería, unos treinta o cuarenta, y se llenaba de contento cuando él  “con un número considerable  mayor de años” se veía más descansado físicamente que el resto, después de la prueba de correr varias veces alrededor del patio de la cárcel.

Se acercaba el día en que había de verse la causa contra la Falange.  José Antonio actuaría de defensor. Fue un día de sol, real y figuradamente. “Hoy estoy contento” –decía- Ellos habáin quedado absueltos, pero lo que era más importante. “Ha triunfado nuestra Falange”. La defensa fue magnífica; se le pidió la escribiera para mejor divulgarla y saborearla, pero, “siguiendo su mala costumbre” sólo tenía de ella unas notas ilegibles para todos menos para él mismo y muy poca tranquilidad para rehacerla.

Seguían las detenciones entre los afiliados de la Falange. Casi todo el personal del despacho acompañaba ya a su Jefe. “Con la llegada de Cuerda y las máquinas de escribir, la cárcel está completa”.

Quedaba fuera la secretaria, muchacha despierta, valiente y servicial, que traía y llevaba a la cárcel, por su condición de mujer, recados y correspondencia.  José Antonio tenía la broma de que se había enamorado de uno de los muchachos presos y se lamentaba de que se pasara las horas “bovinamente” contemplando las rejas. “Sólo nos faltaba –decía- la complicación de esta historia de amor”.

Para mantener una apariencia de razón al conservarlo en la cárcel, el Gobierno inventó una nueva acusación contra José Antonio basada en habérsele encontrado  unas pistolas en su casa. La vista fue borrascosa y José Antonio apareció al día siguiente con una cruz de esparadrapo sobre la sien. Contaba el incidente con calor y orgullo, había salido victorioso, al  menos en la sutileza del lenguaje.

Se iba preparando entre tanto la fuga de José Antonio: debía defender una nueva causa en las Salesas y se sabía que permanecería  solo unos minutos al vestir la ropa de abogado, en una pequeña habitación en la que había una puerta secreta de la que él podía proporcionarse una llave. “Uno de estos días me encontraréis por la calle”. Le corría prisa llevar a todas partes el entusiasmo de su voz y de su fe y sentía impaciencia  por dirigir él directamente  algunos asuntos y entablar algunas conversaciones. El mayor secreto rodeaba  estos planes de fuga.  Pero fuese casualidad o indiscreción,  en aquellos días fue trasladado a la cárcel de Alicante.

Los primeros momentos fueron de depresión pero reaccionando contra ella comentaba José Antonio las ventajas que estos viajes presentaban, siendo un buen ejercicio espiritual  para él y llenando de ardor a las gentes por los sitios por donde pasaba. “Pero que saben esos pobres del Gobierno de Madrid de estas cosas”, y terminaba la carta  con “nuestro grito de guerra de Arriba España”.

La cárcel de Alicante presentaba algunas ventajas. Había por una parte menos presos. Aunque estaba prohibida la comunicación con estos camaradas, se arreglaban  para escribirle “dos o tres cartas al día al rojo vivo”.

Paseaban por el patio lleno del sol de Levante y luego se les encerraba “con llave y todo" individualmente en sus celdas. En pocos días revolucionó la cárcel. Se abrieron unas duchas “secularmente cerradas” se fregaron y limpiaron celdas y colchones ayudados por otro preso tan fiel a su tipo que no parecía de verdad. El director, entre asustado y admirado accedía a algunas de sus pretensiones. “Cuando yo gobierne –escribía José Antonio haciendo alusión a él- organizaré cruceros por el Mediterráneo para estas víctimas de la burocracia”. La vida monótona y estrecha de estos empleados le impresionaba. “Lo de que cuando yo gobierne no es una balandronada cualquiera”. Se habían mandado en aquellos días consigna a las provincias y el “magnífico organismo de la Falange” había respondido  como un solo hombre.

Se acercaba el mes de Julio y con el día del Alzamiento. Las cárceles de Alicante iban a quedar aisladas y silenciosas como si estuvieran en otro mundo. De la esperanza primero y después de su desesperanza, de lo que han significado estos últimos meses para José Antonio en la cárcel de Alicante, sólo sabemos lo que puede decirnos nuestra imaginación angustiada. Allí quedaban, lejanas e invisibles, sus últimas palabras y sus últimos pensamientos.