La Cárcel Modelo

La Gaceta Regional

20 de noviembre, 1938


Todos sabemos que la Cárcel de Madrid fue reconstruida con arreglo al sistema llamado celular, o, lo que es lo mismo, que estaba constituida por cinco galerías irradiadas en forma de abanico.

Esas cinco galerías o radios estaban situadas al fondo de la fábrica, y en el punto concéntrico de los mismos, situada perpendicularmente al plano de la puerta de entrada principal, había otra galería que quedaba sobre el primer rastrillo. Esta era la llamada galería de políticos, restaurada y acondicionada por orden del Gobierno Lerroux- Gil Robles, par alojar, a raíz de la intentona revolucionaria marxista del 34, a Largo Caballero y demás jerifaltes rojos. No tenía celdas esta galería, pero sí una serie de habitaciones, distribuidas a derecha e izquierda de la misma, que cualquier hotel madrileño podía envidiar.

Y después de la redada hecha el día 28 de mayo, los jerarcas de la Falange se encontraban instalados, distribuidos en la forma siguiente: en la primera habitación de la izquierda, José Antonio, con su hermano Miguel; en la segunda, Raimundo Fernández Cuesta, con Roberto Basas, jefe territorial de Cataluña, en la otra, un consejero nacional de gran relieve, cuyo nombre silenciamos, y Cuerda, secretario particular de José Antonio; en la siguiente, Pepe Sáinz y Julio Ruiz de Alda, consejeros nacionales ambos; en la quinta, Benito Pérez, jefe provincial de Cuenca, y Jesús Mata, de Santander, y en la última Sancho Dávila, jefe territorial de Andalucía, con Leopoldo Panizo, jefe territorial del Norte. En las habitaciones de la derecha y en orden inverso, esto es, empezando por el fondo para acabar en la entrada, se encontraban Mateo Alvargonzález, jefe de centuria; pepe Badriñana y Eduardo Fieravanti, como presunto autores los dos últimos del atentado frustrado contra el diputado radicalsocialista Álvarez Mendizábal; Panolo Palau, Antonio Jiménez y Alfonso Stenalay Benlliure, acusados también los tres del mismo supuesto antentado; Pedro Homs y José Rivielles, jefes de centruaia los dos, y Javier Aznar, hijo del director de La Voz; Manolo Suárez INclán, de Madrid, y Alejandro Salazar, jefe nacional del S.E.U.

Gimnasio, estudio y revolución

Merced a su influencia y calidad de ex diputado en Cortes, el Jefe había conseguido del entonces director de la Cárcel Modelo, Martínez Elorza, muerto más tarde en Valladolid, ya iniciado el Movimiento Nacional, un régimen especial para los ocupantes de la galería de políticos.

De acuerdo con este régimen, el grupo de patriotas mencionado distribuía las horas del día en forma cuya relación escueta bastará para dar idea al lector de la concepción de la vida que tenía José Antonio como Milicia y Trabajo.

Se levantaban a las ocho y media, y sin desayunar, bajaban al patio, donde permanecían hasta las nueve y cuarto haciendo gimnasia e instrucción militar, bajo la vigilante dirección de José Antonio.

Terminada esta primera labor del día, pasaban a la ducha, entre este menester higiénico y el desayuno se ocupaban hasta las diez de la mañana, a cuya hora se reunían todos en derredor de una mesa de estudio que se realizaba sometidos a la mirada vigilante de José Antonio, Raimundo Fernández Cuesta, Julio Ruiz de Alda y Roberto Basas. Al que no estudiaba o distraía a los camaradas se les imponía severas sanciones, y aquel día había tan extraordinario de cigarros, cigarrillos o algo parecido. Los temas de esta academia versaban sobre la organización política y social, que corrían a cargo del Jefe, y profesionales o estudiantiles, que desarrollaban los interesados.

A las doce y cuarto se dejaba el estudio para proceder al aseo, ya que a las doce y media comenzaba la media hora de relación con el exterior que diariamente disfrutaban los encarcelados. Esta comunicación se verificaba en una sala, a través de una sola reja sin tela metálica, y a ella acudían los familiares de los detenidos y enlaces, casi siempre femeninos, que se encargaban de poner en circulación las órdenes, instrucciones y consignas del Movimiento para toda España, los originales para nuestra clandestina y misteriosa publicación “No Importa”, que tanto trabajo dio a la Policía y tan extraordinariamente intrigó a los españoles por aquella época; el texto de una “Carta a los militares españoles” y otros documentos de parecida trascendencia. Porque el Gobierno de Casares Quiroga, en su afán de yugular el Glorioso Alzamiento Nacional, había ido recluyendo en la Modelo, de Madrid, a los principales dirigentes del mismo, sin darse cuenta de que de esta manera lo único que lograban era poner término a las reuniones clandestinas, celebradas de esta manera con mucha mayor seguridad y eficiencia en el local con tan inconsciente acierto por el mismo puesto a disposición de los conspiradores.

También acudían en algunas ocasiones diputados de la C.E.D.A., algunos tradicionalistas y tal que otra vez don Antonio Goicoechea.

Por entonces nuestros presos tenían a su disposición, en calidad de ordenanzas, dos presos comunes que, entre otras misiones, tenían la de preparar la comida, y que acabaron por ser falangistas como aquellos a quiénes servían, conquistados por la simpatía y el innato poder de convicción, que eran características preeminentes de José Antonio. La comida se hacía en común, reuniendo lo que a cada uno de los presos enviaban desde la calle sus familiares.

Terminada la comida, se hacía reposo hasta las tres y medias, a cuya hora bajaba nuevamente al patrio, armados de un balón, y se dedicaban a practicar el deporte futbolístico. Al llegar a este punto bueno sería advertir para evitar confusiones, que de este régimen participaban algunos otros falangistas que se encontraban en la galería número 2, entre ellos el camarada Guerra, jefe nacional de las Milicias. Para estos emocionantes encuentros se formaban dos bandos completos, en los que Cuerda y Sancho Dávila actuaban de guardametas; Ruiz de Alda, Fernández Cuesta, Basa y Mata, como defensas; José Antonio y Miguel Primo de Rivera, Pepe Sáinz, Mateo Alvargonzález, Palau, Jiménez y otros, delanteros y medios.

Todos estos partidos se jugaban a un tren endemoniado. Como si estuviera en litigio el título de campeón del mundo; pero… José Antonio era el Jefe. Y los integrantes del equipo B no podían olvidar esta condición del camarada, por lo que en los primeros encuentros se retraían bastante y le atacaban con notoria consideración. Advertido ello por el Jefe, fue motivo de varias convenciones. A él había que “entrarle” como a los demás. Desde entonces fue uno de tantos en la copiosa cosecha de golpes.

Terminado el rato de expansión volvían de nuevo los recluidos a dedicarse al estudio hasta la hora de la cena. Y de esta suerte, en un ambiente de disciplina y camaradería a la par, transcurrían las horas de José Antonio, fecundas para el porvenir de la Patria, hasta que fue trasladado a la Cárcel de Alicante