Alicante

Julio Fuertes

22 de noviembre, 1942

Alicante, tenía entonces, cuando sólo era un sueño rosado en nuestra infancia, aparte del Instituto de Segunda Enseñanza, en el que nos aguardaba el premio o el castigo de nuestra conducta durante el año escolar, una serie de balnearios de madera que se internaban de la playa al mar; un paseo de los Mártires –bateolas de palmeras- lleno de gente desocupada y barquilleros; un Club de Regatas al que entraban y salían hombres con pantalón blanco, americana azul y gorra japonesa con escudo sobre la visera; muchas terrazas de café –veladores rebosantes de chatas copas azules de mantecado-, desde las que se veía el mar con soles temblorosos en las pequeñas olas; el Castillo de Santa Bárbara, seco y pelado, sobre la seca y pelada roca, y una calle con estatua, la calle de Don Eleuterio Maisonave, por la que siempre entrábamos y salíamos a los lugares que más nos gustaban.

Bajo la estatua que jamás consiguió decir nada a nuestra infancia, la estatua del Sr. Maisonave, varios escolares que habíamos terminado ya los exámenes decidimos perdernos por la ciudad. Como ninguno éramos de ella, la cosa no resultó difícil, y al cabo de media hora de caminar no sabíamos nadie donde estábamos. Nuestros puntos de referencia para llegar al inevitable paseo de los Mártires, la calle y la estatua del Sr. Maisonave, de donde habíamos partido, no podíamos encontrarlas. Empezamos a fatigarnos en un descompuesto trotar por calles angostas y pinas, resistiéndonos a preguntar lo que tanto anhelábamos saber, cuando un espectáculo insospechado hirió vivamente más que nuestros ojos, nuestros corazones: un hombre, que solo vimos de espaldas, partiendo una pareja de la Guardia Civil, se perdió tras una espesa puerta que aclaraba con una luz un enrejado medio punto. El hombre había entrado en la Prisión Provincial de Alicante.

El total cansancio que ya nos poseía se transformó súbitamente en abatimiento. Sin comunicarnos impresión alguna, todos quisimos llegar rápidamente a la estatura del Sr, Maisonave, del que empezamos a sospechar que tal fuera un benefactor, y de pregunta en pregunta y respuesta en respuesta tardamos muy pocos minutos en conseguirlo.

Ya en el paseo de los Mártires, más tranquilos, y descansando en uno de sus bancos, jugamos unos instantes sobre la rueda de una barquillera. A un mayorón –catorce años, con gafas y pantalón largo- le preguntó el más chico:
-¿Por qué se llama este paseo de los Mártires?
Calló el mayorón y callamos todos hasta que se escuchó otra pregunta: ¿Qué mártires son éstos?
Campanudamente repuso el mayorón con suficiencia:

Son los mártires de la libertad. Y hubo otro silencio prolongado, hondo e inconcreto, que ninguno hubiéramos sabido explicar. Para nosotros, para mí al menos, la libertad sólo era lo que había perdido aquel hombre que habíamos visto entrar, partiendo una pareja de la Guardia Civil, en la Prisión Provincial de Alicante.

Dos periodistas y autores teatrales, por cierto rojos, la noche del 6 de junio de 1936, en el café de Recoletos, me llamaron misteriosamente aparte. Para decirme:

- A José Antonio Primo de Rivera, a su hermano Miguel y a otros presos de Falange se los acaban de llevar a Alicante.

La calle y la estatua de Don Eleuterio Maisonave y las calles y callejas recorridas una tarde, remota ya en el recuerdo y en el tiempo, se me agolparon en la imaginación como fondos confusos de una puerta exacta, concreta, que seguramente horas después se tragaría para siempre a José Antonio.

Obsesionado con estas imágenes y la dramática impresión, comuniqué la noticia a los camaradas que estaban conmigo en el café, e inmediatamente nos pusimos en marcha hacia la Cárcel Modelo. En el camino fuimos encontrando más camaradas que también conocían la noticia. El malestar, el desasosiego y el pesimismo cortejaban nuestra marcha en silencio, que sólo se interrumpía para escuchar pésimos augurios:
“¡Eso es lo que van a matar!” decía uno. “Asesinarlo, dirás!”, replicaba otro. Y tras un silencio más hondo y lúgubre, un tercero más optimista, trataba de consolar y consolarse con una afirmación jurídica: “¡Es imposible! ¡No habrá Tribunal que le condene!”. Aquella misma noche al acostarnos, ya de madrugada, teníamos detalles bastante exactos de la trágica partida. A las siete de la tarde el director de la Cárcel había llamado a José Antonio, precisamente cuando estaba reunido con un grupo de camaradas, y le había comunicado la fatal decisión. José Antonio protestó airado y como poseído de un terrible presentimiento: “¡Me sacan de aquí porque me quieren matar!”. Después habló con sus camaradas, a los que dio órdenes y consignas y consejos. A las once partió el coche que lo condujo a Alicante, mientras de muchas rejas salían brazos convulsamente estirados, en última despedida, entre las notas de nuestro himno: “… impasible el ademán…!”

José Antonio estaba ya en Alicante; se había perdido tras de aquella puerta cuya forma aun me obsesiona, como si no fuese una puerta poco más o menos como todas las puertas y aún más parecida a las puertas de otras cárceles. Las noticias nos llegaban con frecuencia, y no del todo malas. Algunos camaradas se habían entrevistado con él y nos habían transmitido su imagen risueña y optimista, no exenta de una gravedad que sólo algunos habían observado. Sabíamos que la Falange alicantina se esforzaba en sus servicios y ofrecimientos al Jefe Nacional, y sabíamos de cartas que iban llegando y de vagos y confusos proyectos de fuga en preparación. Sobreponiéndonos a todo, sabíamos –o quería hacer saber nuestra esperanza al alma- que José Antonio, en último caso, se salvaría siempre.

Esta esperanza era alimentada con palabras del propio José Antonio, que había pronunciado en la cárcel y que nosotros rezábamos de boca en boca, como afirmación rotunda de futuros bienes, como cuando un día dijo en la Modelo: La cárcel me vendrá muy bien, porque la vida hasta ahora, me ha sido demasiado fácil. Otra vez se prometía humorísticamente a repasar todas las asignaturas de Bachillerato...

En la Prisión Provincial de Alicante leyó y escribió mucho, muchísimo. Miles de páginas leídas y muchísimas cuartillas escritas, sin contar las cartas, en las que tan exacta nos ha dejado la huella de su espíritu. “Procuro luchar –escribía a Eugenio Montes- contra el embrutecimiento de una prisión prolongada. Hago gimnasia y juego a la pelota con mi hermano Miguel. Leo lo poco que puedo y escribo mucho”.

Se acomoda sin aparatosas rebeldías al régimen de la prisión, que habría de endurecerse el 20 de julio, cuando las hordas rojas se encargan de la custodia de la cárcel con el propósito de asesinar a los presos. Pero ni antes ni después pierde el habitual sosiego de su espíritu y su gran confianza en el futuro. A las dos semanas de estar en Alicante escribía a Bernal: “Al lado de lo que usted soporta y de lo que algunos otros han sufrido, los meses de cárcel que yo llevo no pueden siquiera contarse como adversidad. Solo siento no estar libre por lo que ello me aleja de mi puesto de mando en estas horas en que hay tanto que hacer. Pero como en la cárcel, ya lo supondrá, no me dedico al ocio, creo que ni esa ni ninguna otra dificultad podrá estorbar la segura llegada de nuestro día”.

Y condenado a muerte, aún pone telegramas ejercitando su derecho de petición de indulto, porque él no cree, no puede creer en la absoluta maldad de los hombres y casi tiene esperanzas en el juicio de sus enemigos.

Los falangistas de Madrid abarrotábamos las cárceles que se fueron creando con la nomenclautura exacta que había correspondido al uso y destino de los distintos establecimientos, como San Antón, o la calle en que estaban emplazados, como Duque de Sexto. En todas ellas la Falange sólo tenía un pensamiento obsesionante: José Antonio. Las noticias de su evasión de la cárcel llegaban confundidas con las de su permanencia en la de Alicante. Las radios nacionales y las extranjeras contribuían eficazmente a la tremenda duda que era fomentada por noticias así, que nos llegó en el jaretón de una servilleta: “Radio Londres asegura que la agencia Havas ha comunicado a todos sus centros informativos que el Jefe de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, vive. Que el día 23 de agosto fue visitado por uno de sus corresponsales y que estaba convaleciente de tres heridas que había sufrido al fugarse…

Pero no pasó demasiado tiempo sin que pudiésemos llegar a más exactas y desoladoras noticias. José Antonio permaneció preso en Alicante con su hermano Miguel, y a las mujeres de su familia que habían marchado allí para estar cerca de ellos, las habían metido también en la cárcel. Pequeñas noticias de los periódicos marxistas y la marcha de los acontecimientos cerraban nuestro horizonte a la esperanza: José Antonio sería “juzgado” y “condenado” a muerte.

Comités y radios de todas las trágicas iniciales velaban por la seguridad del preso, procuraban cerciorarse de que existía, de que no se les engañaba, de que estaba allí, a su disposición para que pudiesen asesinarlo cuando les viniese en gana.

Imaginábamos a José Antonio detrás de sus rejas, que serían poco más o menos como las nuestras, asomándose a patios muy hondos, casi insondables o levantando la cara a los cielos altísimos. Por las noches las mismas cruces de sombras en el suelo y en los petates. De día, en la ciudad, visible para todos, los balnearios de madera metiéndose de la playa al mar, las palmeras del paseo de los Mártires, el Club de Regatas, la estatua y la calle de don Eleuterio Maisonave, las callejas angostas y pinas y aquella puerta por la que vimos perderse un hombre. Y aquel castillo pelado y seco, alto penacho de la ciudad, en el que gemían también su angustia nuestros camaradas.

***

Es verano anticipado del año 1939. En una terraza con veladores, sin azules copas de mantecado, espero a un camarada que ha venido conmigo a Alicante. Entre otras cosas, queremos ver la cárcel provincial. Nos obsesiona y nos duele. Vamos como autómatas. Al pasar por debajo del enrejado medio punto de la puerta nos tiemblan las piernas. Apenas advertimos por donde vamos. Galerías como todas, celdas como todas. No; éstas no. Son las diez y la dos. En aquella estuvieron José Antonio y Miguel, y en ésta, José Antonio, en capilla. La una y la tres permanecieron entretanto vacías y cerradas.

Después este camino, corto y largo –¡que largo, Dios mío!- Y al fin este patio, un patio hondo, hondísimo, ¡que alto y lejano el cielo! ¡Y este lugar, bajo esta cruz!