Memorias de un hombre de Zona Roja

José María Sánchez Silva
Diario Arriba

Voy por mi calle y no la conozco. Faltan las personas, las fachadas de siempre. Torvamente, camino deprisa y esquinado como si tampoco me conociese a mi mimo.

 Hay una “cola” ante una tienda medio cerrada con una hoja de su puerta en esa actitud sorda que adquieren las puertas cuando hay muerto en la casa. Es una taberna. Hombres prematuramente envejecidos, esperan su turno para beber un vaso de vino inclusero.

 De cuando en cuando, pasa un hombre o una mujer con una abultada cartera bajo el brazo. Estoy seguro de que llevan un repollo. Eso sí; con la ternura y el cuidado  de quien lleva un niño recién nacido.

 Ayer hubo misa en mi casa. Vino don Alfredo, de paisano, naturalmente, con su bigote “a lo Clark Gable”. Luego le acompañé un rato por la calle. Tomamos un Tranvía y él hubo de ir sobre el estribo. De vez en vez, le veía llevarse la mano a un lado del pecho: en una cajita de pastillas contra la tos llevaba el viático a un moribundo.

 Todavía recuerdo aquellas primeras noches en mi casa de Ríos Rosas, a donde llegaban los ecos de las descargas del Hipódromo y de los Nuevos Ministerios. Cada una de ellas nos hería a todos los que escuchábamos, porque a nuestros amigos se les iba la sangre y a nosotras nos parecía que aquella sangre acabaría por apretar nuestra garganta.

 Por aquellos días subieron unos milicianos a casa y me hicieron recorrerla delante de ellos. El que iba detrás de mi, apoyaba el cañón de su pistola sobre mis riñones y a mi me daba miedo, sobre todo el miedo de él a su pistola.

 Bajo una manta he oído un poco la radio nacional en el piso de bajo; los rojos han tomado una ciudad y los nacionales una sola cota. ¡Quién viviera en una cota arropado de estrellas, con un honrado fusil entre las manos!

 Anoche teníamos un poco de pescado para cenar y, con dos patatas que habíamos logrado a cambio de tabaco, nos dábamos por contentos. Pero vino la “aviación” y tuvimos que bajar al sótano. Todos los cristales de la editorial de enfrente han volado. Cuando hemos subido, también habían volado las patatas.

Cuando veo la pequeña estantería de la nueva casa, recuerdo mi biblioteca, los libros de mi padre; hubimos de venderlos para que comiese algo la niña. Recuerdo al comprador: “¿Les parece poco? ¿Y si viene un “obús” y se lo lleva todo esta noche?

 He escrito un cuento que no tiene nada que ver con la guerra, al parecer. Pero en resumidas cuentas, es una vida sencilla que se ve alterada por los fantasmas. Es decir, la vida de España en estos días.

En el “metro”, a los que nos hemos librado momentáneamente de la “movilización”, se nos mira mal. Sobre todo las mujeres rojas, sin estar seguras de que tenemos dos piernas y dos brazos cada uno, empiezan a hablar a gritos de “los fascistas”.

Tenemos la ventana tapada con una manta y encendida una vela, cubierta a su vez por otra manta, porque dicen los milicianos que hacemos señas a los aviones “enemigos”. A esta luz, a esta sombra, he leído la carta de José Antonio a los militares. Cuando hemos apagado, hemos seguido leyéndola , sin querer, con la misma siniestra claridad.

Estoy seguro de que el puré de garbanzos tenía gusanos; todavía estoy asombrado de haberlo toamdo con apetito, diciéndome a mi mismo que los gusanos de los garbanzos están hechos de garbanzo.

He visto a un hombre arrojar contra una pared el panecillo blanco caído desde los aviones nacionales. Ha sido para mi la representación  viva de la blasfemia.

Ha desaparecido sin dejar huella el hijo de la señora del entresuelo. Era ingeniero y ha debido de ser asesinado esta misma mañana, porque su madre ha sentido una extraña punzada por primera vez en su vida, en el corazón.

El hijo del comisario, el domingo pasado, tiró un racimo de uvas a medio comer; he visto como la nieta del magistrado M. lo recogía del suelo, y después de limpiarlo con su mano, lo envolvía en un trozo de papel diciendo: “Es para Mamá”.

Intento imaginar a los que vienen y siempre, de una manera o de otra, los veo como arcángeles con espadas. Les refulge el rostro de tal modo que parece de oro. Estoy seguro de que no se podrán ya equivocar nunca.

No tenemos pan, no tenemos Patria, no tenemos Iglesia. He visto dos muertos en la calle de Preciados y ni una sola persona se ha acercado a mí cuando les he tapado las caras con dos trozos de periódico.

Me han dicho que a los fusilados les visita mucha gente, en cambio… incluso madres que llevan allí a sus hijos y les hacen escupir sobre los cadáveres. Me horroriza pensar que esos niños, de repente, han dejado de serlo.

Pienso en estos días de marzo que nuestra liberación ha de ser muy parecido a la muerte en gracia de Dios. Y, no obstante, se que todo va a suceder muy normalmente; lo mismo  que cuando se muere en gracia de Dios.

El día de la liberación grité tanto que, cuando un soldado  me dio un bote de leche condensada, no pude darle las gracias.

Luego corrí hacia casa con mi bote. Pero, cuando llegué, no estaba ninguno de los míos. Y cuando ellos llegaron  con la liberación en las almas, roncas las voces y algunas vituallas entre las manos, yo ya me había ido.