La Hermandad de la Falange

Los sellos pro-presos de los tiempos heróicos

Julio Fuertes

Revista Comunicación, núm. 20.

Febrero, 1943

Aún sin ser invocada. Con sólo pertenecer a ella, a la santa Hermandad, los camaradas de entonces –años de 1933, 34, 35, 36…– acudían espontáneamente allí donde otro camarada sufría. Lo recordamos, lo recuerdo muy bien. Lo ví, lo palpé, lo experimenté en distintas ocasiones. Quiénes se encontraban en aquella Santa Hermandad no se preguntaban nada de sus vidas y acudían unos a otros sin preguntar ni averiguar si precisaban o no de ayuda.

No olvidaré la primera fecha: 20 de febrero de 1934. Apenas hacía cuatro meses que se “había alzado la bandera” y ya sabíamos, lo habíamos aprendido en varios hechos luctuosos, que la llamada no era necesaria cuando de acudir al sacrificio o al dolor se trataba. Un camarada pasaba por un trance angustioso. En su torno, estrechándole como en un abrazo, otros camaradas procuraban consolar su atribulado ánimo. Allí estaban ¡memoria fiel a los muertos! –Javier García Noblejas, Vicente Gaceo, gloriosos Caídos en la División Azul, y Nicolás García, el recio asturiano asesinado en los primeros meses del Madrid rojo. Los tres habían hecho, como los demás que aun viven, el ofrecimiento cordial y generoso al camarada que sufría, cuando llegó Rafael Sánchez Mazas.

Todos nos cuadramos alzando nuestros brazos. Rafael apartó un poco al atribulado camarada y le dijo:

-José Antonio me ha dado esto para ti-.

Y le entregó un sobre que contenía dinero, bastante dinero, agregando: -En estos casos todo puede faltar.

El camarada, emocionado, agradecido y tímido, aunque sin orgullo ni ofendida dignidad, replicó:

- Se lo agradezco mucho a José Antonio, te lo agradezco mucho a ti, pero gracias a Dios, no necesito nada.

Rafael Sánchez Mazas, sin severidad, pero con una entereza incontestable insistió así:
 

- Vengo de orden del Jefe.

***

Algún tiempo después la policía republicana invadió nuestro domicilio de la calle del Marqués de Riscal, llevándose detenido a un buen puñado de camaradas, unos humildes y de escasos o ningunos recursos económicos y otros de posición suficiente para recibir de sus casas los auxilios propios de las circunstancias.

Era la primera vez que ocurría un hecho semejante. A la Falange, con tantas necesidades insatisfechas desde sus comienzos, se le planteaba una nueva con carácter apremiante: que ningún camarada preso careciese de nada necesario o aún superfluo.

Y la necesidad quedó satisfecha sin más trámites previos. Recuerdo el día que lo presencié. Acudí a la cárcel a visitar a mis camaradas y especialmente a mi jefe José María Alfaro. Era una mañana de pleno verano y hacía un calor insoportable. Contra la reja del locutorio se agolpaban de un lado los presos y del otro los visitantes. No lograba distinguir a Alfaro cuando lo ví aparecer, tras el numeroso grupo, con una camisa de pijama a listas blancas y azules, rebosando optimismo, alzando el brazo como una palma y brincándole en el rostro la risa.

No me saludaba a mí como pensé un segundo, sino a quiénes llevaban los “auxilios” que llegaban para todos. Pilar, con otras camaradas de la Sección Femenina –verdadera creadora de estos socorros-, irrumpía en el locutorio en aquel instante. Portaban cestas con viandas, bebidas y cigarrillos, que, juntos con los que particularmente poseían algunos, formaban el acervo común de que todos disfrutaban por igual, aunque no sin disminuciones, a veces sensibles.

Porque allí debió comenzar el auxilio de la Falange al enemigo y al indiferente que nada tenía que ver con nosotros. Nuestros camaradas, no por ahítos, sino por natural desprendimiento, por generosidad, hacen participar de cuanto poseían a otros detenidos políticos de bien distinta ideología y aún a presos comunes.

***

Aunque las cuotas comenzaron a cobrarse y aun a pagarse con cierta regularidad, el exiguo número de militantes no conseguía aportar ni mucho menos la cifra cada vez mayor de las necesidades. El bolsillo particular de los Primo de Rivera acudía con tanta frecuencia a remediar los mayores males, que tuvo, sin duda, que sufrir grandes quebrantos, y la situación con el aumento de afiliados, lejos de mejorar, se agravaba, pues las persecuciones aumentaban proporcionalmente a la importancia y al arraigo que iba adquiriendo la Falange. Y no era en Madrid donde la cárcel se abría a diario para dar alojamiento a algún camarada, sino en Sevilla, Barcelona, San Sebastián, Murcia, y hasta en pueblos insignificantes, los alcaides encerraban con las llaves pesadas y mohosas de las viejas mazmorras al menor pretexto, a todos los “fascistas”.

La necesidad de socorrer sistemáticamente a nuestros presos se hacía urgente por momentos. Se discurrían los más diversos procedimientos para obtener un dinero que pudiese dedicarse exclusivamente a tan fundamental atención.

Por entonces tenía yo en la emisora Radio España dos intervenciones semanales. Acudía casi siempre al estudio con algunos libros bajo el brazo. El camarada Eugenio de la Rionda, ejemplar jonsista, que rindió su vida gallardamente a manos de la horda, era el jefe de emisión y con el charlaba, antes y después de la lectura de mis cuartillas, de cuanto se relacionaba con la Falange y con la marcha general de los acontecimientos políticos y sociales que tan violentamente nos empujaban al estallido revolucionario.

Rionda era un camarada admirable que estaba en todo e intervenía en todo. Y así, un día, mientras yo leía al micrófono mi trabajo, él hojeaba tres libros que yo había dejado sobre la mesa. Al terminar me los entregó, diciéndome:

-Me debes tres pesetas.

Al tiempo que me echaba la mano al bolsillo para pagárselas le pregunté:

-De qué?

-De tres sellos de peseta que te he colocado en cada uno de los libros que has traído. En adelante, ya lo sabes: libro que tu traigas o libro que te envíen para tu sección aquí, a la radio, pagarán ese tributo.

-¿Pero que sellos son esos? No los conozco.

Si ignorabas que se estaban haciendo, no tiene nada de particular que no los conozcas, pues es hoy, precisamente el primer día que se venden.

Se trataba de un sello muy parecido en colores y dibujo a un timbre móvil, en el que se leía, además del precio, el anagrama del partido y la palabras “Propresos”.

No se si la venta de estos sellos llegaría a cubrir la necesidad para que fueran creados, pero si puedo afirmar que si todos los que se encargaron de su venta hubiesen desplegado la actividad que el infortunado Eugenio de la Rionda, es muy posible que la Falange hubiese salido de algún apuro. A él no le preocupaba demasiado quiénes eran los que llegaban a la radio, sino como posibles compradores de sellos. Con músicos o colaboradores, o cantantes, o empleados encontraba siempre un pretexto para obligarles a adquirir un sello, aunque fuese del mínimo precio.

Muchas veces, yo llegaba acompañado de algún amigo que él no conocía, y apenas se lo presentaba, tras de acogerle con su singular sonrisa de hombre siempre contento, le espetaba el escueto discurso petitorio:

-Hombre, me alegro mucho de haberle conocido en tan buena ocasión, porque precisamente en este instante me han traído estos sellos ¿usted los conoce? ¿No? Pues verá….

Y entonces venía una exposición sintética de los presos que teníamos y de las causas porque estaban presos…

El inopinado visitante no se resistía, aunque en la mayoría de los casos apenas fuera de Falange otra cosa que “simpatizante”, ese título con el que se conformaron muchos por entonces y con el que pretendieron después adornar sus precarias y lamentables historias políticas.

Pero volviendo a los sellos de socorro “Propresos”, Eugenio de la Rionda, los llegó a convertir en la verdadera “Ficha Azul” de entonces, haciendo que los habituales de Radio España, desde el director al último ordenanza, se los adquiriesen regularmente.

Estos son mis recuerdos de aquella Santa Hermandad de la Falange, que hacía acudir sin llamamiento a todos los camaradas allí donde el dolor o la muerte aparecían, y en la que se ve bien claro el germen que, andando el tiempo, pudo dar vida a la obra ingente y humanitaria que Auxilio Azul lleva adelante, en bien de todos los españoles necesitados, sin distingo de matices ni condiciones.