Discurso de Rafael Sánchez Mazas en el cine Padilla
2 de febrero de 1936

Rafael Sánchez Mazas

Arriba, 6 de febrero, 1936


Camaradas:

Os preguntareis por qué la Falange se presenta en esta contienda con tan extraña soledad. Es una recapitulación tranquila veréis que esta soledad no es sino el último, lógico y necesario clamor.

Nuestra lucha contra el marxismo ha sido, como sabéis, dura y difícil en las zonas más duras y difíciles de la plaza pública y del pensamiento. ¡Cuán difícilmente hemos conquistado al clamor patrio zonas hostiles en las plazas públicas! Yo no se de partido ni de periódico en las zonas que se llaman patriotas y de orden que nos hayan considerado jamás como formando parte de un frente común.

Cuando en Asturias se pidieron dos voluntarios para llevar al crucero “Libertad” la orden de bombardear el barrio de Cimadevilla, que libertó a Gijón, dos de Falange fueron solos –ilesos milagrosamente– bajo el fuego enemigo que los acribillaba. Otros muchos realizaron, con exposición de su vida, actos de heroísmo o misiones difíciles. Uno defendió el pueblo de Pravia; otro erraba como un fantasma por la carretera, con un heroísmo continuado, tomando camiones al enemigo, transportando víveres, batiéndose al lado de la Guardia Civil, y era aquel que cuando le preguntaban: “¿Cómo te llamas?”, respondía: “Falange”.

Ni una solidaridad, ni un homenaje, ni un tributo de gratitud hubo para éstos! Pocas noticias, con avaricia y cicatería. A veces las noticias que se daban de ellos en la prensa de los partidos de orden, en la prensa de los partidos conservadores, era como una melancólica consigna. ¡Ni una flor tuvieron tampoco para esos seres caídos muertos bajo las pistolas marxistas! Se dieron las noticias de sus muertes como para causar horror a las gentes honradas, como para decir que éramos una compañía de suicidas, en la que no debían dejar meterse a sus hijos. Conteniendo la ira y la pena los fuimos enterrando, uno a uno, envueltos en su puro silencio, envueltos en su puro patriotismo, sin elegías para los que cayeron muertos a mansalva, sin apologías para aquellos otros que cayeron cara al enemigo y en terreno conquistado a los enemigos de España. Y, luego, cuando colmado el horror y la paciencia, hubimos de ejercer el cristiano derecho, conforme a todas las leyes humanas y divinas, de repeler a la fuerza con la fuerza, entonces se hizo creer que los delitos contra ellos habían quedado impunes. Los mismos periódicos conservadores que primero nos llamaron una compañía franciscana, después nos llamaron banda de asesinos. Eran dos maneras distintas de entender lo que en realidad querían ser sin decirlo: una milicia religiosa. (Aplausos).

No quiero recordaros tampoco como quedamos aislados, exceptuados, apartados de todas las organizaciones económicas de la burguesía en que se nutre el antimarxismo. Todos los partidos políticos tuvieron su ayuda económica menos nosotros. Nos pusieron primero cerco de silencio; nos pusieron después cerco de hambre; pensaron que la Falange se rendiría; pero entre el cerco de silencio y el cerco de pobreza nosotros íbamos construyendo nuestro castillo fuerte para España. (Ovación). No sabían que con el dinero se hace algo; que con la pobreza puede hacerse todo; no sabían que nos habían puesto en la gran escuela clásica, estoica, combatiente, de profunda raíz española. No sabían la libertad, la dignidad, la fortaleza que dan la pobreza y el silencio. (Aplausos). No sabían lo que es una comunidad disciplinada.

Por aquellos días me encontré con un texto griego sobre las antiguas falanges en el que se decía textualmente: “La pobreza es la fuerza de la falange”. Los aficionados a las tablas antiguas pueden ver, que como en la tragedia de Sófocles, nosotros quedábamos en la isla desierta, con las cinco flechas que habían de ser la salvación de la Patria. (La excesiva resonancia del altavoz hace confusa en muchos momentos la palabra del orador). Nos dejaron solos, pero nos dejaron con muchas cosas: los ideales, el rigor mental de la doctrina, la disciplina, la invocación al espíritu de sacrificio… nos dejaron solos con España, como era nuestro mayor deseo; nos dejaron solos con nuestros muertos, con nuestros centenares de heridos, nuestros centenares de presos. ¡Fueron tantos que solamente nuestro Jefe nacional, ante los tribunales, ha tenido que libertar a más de ciento!

Soportábamos esa soledad impasibles y tranquilos viendo en ella un reflejo del espíritu de España, sabiendo que en el fondo entrañable de España soportar la injusticia, es lo que mejor conquista al pueblo y, sobre todo, sabíamos que en España los condenados a morir no mueren nunca… (Ovación).

¿Qué delito habíamos cometido? ¿No sentíamos de una manera alta y abnegada la unidad de España, la dignidad de su historia, su esplendor pasado, sus gloria futuras? ¿No teníamos un sentido cristiano y clásico de nuestra civilización? ¿No éramos los custodios de sus valores supremos? ¿Qué delito habíamos cometido? Uno sólo: que no habíamos querido traicionar los derechos del pueblo, los derechos del pequeño cultivador, del soldado, del marinero, del estudiante, del hombre de carrera, del cura de aldea, del niño pobre, de la mujer menesterosa y por eso dijimos: Sabemos ser todo menos una cosa: pretorianos de la alta banca. Ese fue nuestro delito. (Grandes aplausos). Y nosotros dijimos: donde esté el trabajo, dónde esté el dolor de España, allí queremos estar, allí queremos llevar la alegría y la esperanza, allí queremos esculpir, en esa España laboriosa y sufrida, la función augusta de sus destinos irrenunciables… (Ovación que corta la frase). Nosotros no queríamos ser pretorianos de la alta banca, de las grandes empresas, de los grandes periódicos, de sus anunciantes, de las sociedades anónimas, de ninguna clase de privilegiados. Nosotros queríamos trabajar por España, no por una clase social, porque entre nuestras cinco flechas no habíamos colocado una caja registradora. (Grandes aplausos). Lo que habíamos puesto, poderoso ardiente, encendido, era nuestro corazón de veinte años. (Ovación).

Nos tuvieron como apestados y prohibidos en la esfera del patriotismo y no sabían que la juventud tiene gusto por lo prohibido y que muchos estudiantes y jóvenes de España se hicieron comunistas, porque era una cosa prohibida. Pero nosotros, además de ser los prohibidos, éramos los restos de los valores espirituales de España… (Grandes aplausos). Ya no cabe detener a la juventud de España fuerte. A pesar de todo, llegadas las horas difíciles, ¡que no hubiéramos hecho por España! Hasta con el diablo nos hubiésemos aliado para mejorar la suerte de España. Pensar en engañar al diablo para hacerle un poco mejor.

Nuestro Jefe nacional, en su discurso de noviembre, planteó la constitución de un frente nacional donde hubiéramos ido en vanguardia, donde hubiésemos pedido el puesto de mayor sacrificio a cambio del menor provecho. No fue recogida esta idea sino suplantada inmediatamente y deformada con meras apariencias verbales. Era un frente con mínimas exclusiones y exigencias. ¿A que se reducían estas exigencias? Se reducían a exigir el predominio de un sentido cristiano y justo de la vida, de una justicia popular, de una invocación al sacrificio de España, de una construcción de un Estado nuevo; en resumen se reducía a la constitución de un frente moral. En cambio, se formó el otro frente, el de los radicales, el del straperlo, el de los obtusos agrarios, el de la Lliga separatista, mil veces más taimada y más inteligente que la Esquerra. (Aplausos). Inmediatamente este frente se convirtió en un almacén de rencillas inacabables y en un bazar de chismes electorales a quince céntimos. (Risas y aplausos). A pesar de todo, a pesar de no tener sitio la Falange en este frente, entablamos conversaciones con aquellos jefes en los que un sentido patriótico y moral parecía más justificado por sus apariencias. Prácticamente consideraron que éramos cuatro gatos, gentes que no tenían dos pesetas, más pobres que las ratas, que no tenían árbol donde ahorcarse y no dijeron que no teníamos donde caernos muertos, porque los afiliados a la Falange han tenido sitio siempre donde caer muertos por los ideales (Grandes aplausos y vivas a Falange).

Algún precavido en aquellas reuniones obscuras de los comités electorales, propuso que fuese en último lugar en Madrid la candidatura de nuestro magnífico camarada Julio Ruiz de Alda, para que por todo el ámbito de España los muchachos de nuestras milicias derramasen su sangre en la defensa de la vida y hacienda de algunos españoles privilegiados. (Grandes aplausos). La neutralidad era imposible; teníamos que seguir ocupando nuestros puestos de combate y teníamos que recontar de paso estos cuatro gatos para ver si por casualidad eran cinco. (Risas y aplausos). ¡Nunca lo hubiéramos hecho! A las veinticuatro horas los cuatro gatos éramos cuarenta mil, a las cuarenta y ocho horas, cuatrocientos mil y nadie hubiera sospechado que la Falange tuviese inéditos repartidos por España tantos gatos encerrados. (Ovación y vivas a España y a Falange).

Una segunda recapitulación: la reacción de las otras elecciones, la reacción que va del año 32 al año 33. Con mala política y peor literatura, era un latido de la fiebre religiosa y patriótica de una España dolida. Había un predominio de los tema morales e históricos sobre los temas materiales; el caudal de emoción no encontraba cauce; empezó la rivalidad entre las nostalgias de una restauración, que no suponía de ninguna manera un entendimiento claro y monárquico de la Historia y las componendas, que no acabaron en otra cosa sino en un pacto con los mismos de los pantanos políticos.

Detrás de estos juegos de componendas y nostalgias empezó a operar el juego de los intereses, empezó a producirse metódicamente la baja de los valores espirituales de España y a los que se había tocado en sus fibras religiosas y patrióticas, se les fue conduciendo a la defensa de la comodidad, a la defensa de un capitalismo egoísta, a la defensa de una paz viciosa en un Estado corrompido, a la formación de un frente de bien pensantes que no han hecho nunca nada en la Historia para contener la revolución. (Aplausos).

La Falange nació cuando aquella reacción religiosa y patriótica estaba todavía en su apogeo, quería rectificar, modificar en una doctrina y en una disciplina este anhelo difuso del sentimiento español. Desde entonces la Falange fue un valor. Cuando en ciertas ocasiones era alta la moral de España, hacía que la opinión pública coincidiese con el gesto fijo e inmutable de la Falange, y así cuando la revolución de Asturias aumentaban las inscripciones, como aumentaban también cuando el nivel moral de la política de las derechas era tan bajo que hacía que los que no podían soportarlo viniesen a refugiarse aquí. (Grandes aplausos).

En la decadencia de esta reacción viva y dolida de España, empezaron a tener éxito algunos oradores retóricos, no políticos, que hablaban de España, de la Reina católica, de las Navas de Tolosa, etc.. Nosotros preferimos servir a estas cosas, como si estuviesen presentes a hablar de ellas. Esto era lo que faltaba en la política, un poco de poesía. Claro está que a los retóricos les faltaba para hablar de estas cosas, el aval del sacrificio y del servicio a España. Hoy ha desaparecido de esa propaganda política de las derechas toda alusión viva a los temas morales y patrióticos. Nos basta pasar los ojos por las esquinas para ver este marxismo al revés, este materialismo histórico del otro lado, que os hablaba nuestro gran camarada Fernández Cuesta. Ya no se habla para nada del clero, de las parroquias, de la Ley de Divorcio, ni siquiera de los Estatutos, de todo aquello que podía ser un ansia de España por recobrar la unidad nacional, la unidad de la Patria, de la familia, el alma del niño. Todo esto parece que no preocupa nada. Todo se reduce a demostrar cómo se estará mejor, si con la fórmula del marxismo, con la de Acción Popular, o con la de Renovación; quiénes trajeron más pan, cuándo ha habido más abundancia.

Pero ¿qué es esto? Esto no es una política para hombres. Esta no es la política de la Falange. La política de la Falange es ante todo una política de predominio de los valores espirituales; la política de la Falange va sobre todo a reconquistar en el alma de España a los hombres de España… (Grandes aplausos). La Falange velas las armas, la Falange quiere el alma, la fe, la caridad; la Falange quiere la justicia, la Falange quiere ir a la lucha viendo la dependencia de las cosas con las leyes divinas, no con las leyes humanas. Este es el único valor. Cuando decimos una unidad de destino no decimos nada sino agregamos una defensa de las cosas divinas. Hoy nos toca caminar sobre el fango de esta contienda electoral. Muchas veces os he dicho que tenemos que combatir atravesando estos caminos para servir a las grandes ideas inmortales y divinas, a las grandes ideas rectoras. No nos ha gustado hablar de cosas religiosas, pero nos va a tocar representar en esta España la más auténtica fibra religiosa. Preparaos, pues a recibir en algún día claro y grande, la universal consigna que fue dando a cada una de las galeras de la flota de Lepanto don Juan de Austria: Cristo es nuestro Capitán General. ¡Arriba España! (Grandes aplausos).