El aturdimiento de los predispuestos

José Luis Sáenz de Heredia

Revista Teresa, noviembre, 1968

 

Entre las muchas “fichas” reseñadas por mí como radicalmente indicativas para la confección del “encuentro con José Antonio” que cinematográficamente  me propongo llevar a cabo, hay dos, que cada una por su estilo me sobrecogen siempre especialmente y me hacen pensar que si en Geometría bastan dos puntos para definir una línea recta, estas dos actitudes bastarían para definir a un hombre.

 

Una de ellas es larga de contar y tendrá mejor cabida en la película que en el breve espacio de un artículo periodístico, pero la otra si cabe en él porque es escueta y anonadante.

Se refiere al Juicio de Alicante que unas vez más volvemos a evocar por estas fechas.

El jurado ha recibido del tribunal de derecho a las diez y media de la noche, un cuestionario con veintiséis preguntas a las que solamente tienen que contestar con un “si” o con un “no”. El jurado está compuesto por dos miembros de cada uno de los seis partidos políticos más calificados del Frente Popular; son doce en total y hay que suponer, lógicamente que están predispuestos. Parece también lógico, contando con esta predisposición hostil, que la contestación a las veintiséis preguntas sea un puro trámite. Sin embargo no es así. Estos doce predispuestos acababan de oír hablar a un hombre que no es el que odian; ellos (algunos de ellos) creían que el juicio iba a ser contra otro hombre al que estaban seguros de conocer bien. Al que acaba de hablar no hay fundamento real para odiarlo; ni es un señorito ocioso y vago, ni un chulo, ni un pistolero, ni un fascista. Para alguno no es ni un enemigo. Y para todos, aunque no llegue, claro está a enunciarse, hay en él un algo indefinible de grandeza humana que rebasa las fronteras de la política, trasciende la pureza y llega, no se sabe por dónde, al corazón.

Y lo que iba a ser mero trámite se transforma a puerta cerrada en discusión que llega a ser violenta. Tan violenta que hacen su aparición las pistolas. Al fin los objetantes ceden y las veintiséis preguntas quedan contestadas en la forma prevista. La deliberación que todos suponían formularía ha durado desde las diez y media de la noche hasta las dos y media de la madrugada. Cuatro horas. Cuatro enervantes horas que el tribunal, el acusado y el público han soportado, cada cual con su tensión, sin moverse de la sala.

Paradójicamente el tribunal tarda sólo media hora en redactar y escribir la sentencia a que da lugar el veredicto de las cuatro horas. Y llega la sentencia. Y con ello lo insólito: lo que justifica, como una clase, esa penetración de grandeza que invadió a los más sanos del jurado y les dio instintivamente la evidencia y el miedo del error.

Fue algo que la mayoría inapercibía y por ello no reseñado en las evocaciones posteriores de este momento, pero de lo que, por fortuna, puedo dar una constatación auténtica e irrecusable. Es una carta y dice así:

“México, 30 de enero de 1955
Señor embajador don Miguel Primo de Rivera – Londres.

Muy distinguido señor:

Aunque personalmente no tenemos el gusto de conocerle, nos atrevemos a dirigir ésta para que atienda nuestra súplica.

Nosotros somos hijas del magistrado del Supremo que como vuestra Excelencia bien sabe, por desgraciadas circunstancias, estuvo presente y formó parte del tribunal en el que fue juzgado vuestro hermano José Antonio q. e .p. d.

S su excelencia estuvo presente en el juicio, recordará que al terminarse y comunicársele la sentencia, su hermano José Antonio subió al estrado y abrazó a nuestro padre, y le dijo que sentía el mal rato que por su causa estaba pasando, pues no sé si sabrá que mi padre y él eran buenos amigos”.

Lo que sigue en la carta no hace falta reproducirlo; es una petición de ayuda para conseguir la vuelta a la Patria, dirigida a la persona indicada; a la que por haber estado allí, le constataba que aquello tan inverosímil, era cierto y por llevar la misma sangre sabría también perdonar con nobleza (tengo también la carta que Miguel escribió contestando y dando fe de ser cierto cuanto ellas le decían, y tengo también las que escribió a Madrid para conseguir, y obtener, la repatriación).

Cabe escribir muy poco más después de esta noticia tan veraz y tan escalofriante.

Se comprende que quien es capaz de pensar, en ese trance, en el mal rato que estaba pasando un de los que le condenaban; que le comprende, lo perdona y le abraza, tiene que estar nimbado por un halo sobrenatural y trascendente, visible y penetrante hasta para aquello que entraron predispuestos y salieron confusos.

 

Ver también:

http://www.plataforma2003.org/sobre_ja/19_sja.htm