Evocación de José Antonio

 

César González-Ruano


Quisiera que esta evocación de José Antonio Primo de Rivera (última, probablemente, de esta serie que empecé con el verano), que esta evocación llena de aparentes dificultades, tuviera, precisamente, un desarrollo fácil y sencillo. Tratándose de quien se trata, serían ridículas por mi parte obligaciones divulgatorias; demasiado pueril, confundiendo las cosas, hacer un retrato de pura apología –la que en un incondicional de su figura y símbolo, como actitud natural, se presupone- y el referir aquellos primeros encuentros personales a la circunstancia histórica que entonces no podía ni sospecharse. Pretendo sólo evocar al José Antonio muy joven que yo conocí y traté antes de que le conociera España entera. Quisiera también, por esta vez, escribir unas líneas de redacción severa y casi extraliteraria.

Aunque incidentalmente me había cruzado con él en diferentes y habituales planos de la vida madrileña –la Universidad y la calle-, mi primera visita a José Antonio tiene esta fecha exacta: 11 de marzo de 1930. Tenía José Antonio veintiséis años y yo acababa de cumplir los veintisiete. Pertenecía yo por entonces a la Redacción de un diario de izquierdas: “El Heraldo de Madrid”, si bien –y no lo digo por intentar justificaciones que nunca me han interesado no hoy me preocupan- mas que otra cosa como cronista literario y periodista que glosaba la actualidad.

Una mañana, el director del “Heraldo”, Manuel Fontdevilla, me aceptó la idea de hacer una interviú a José Antonio, interviú que luego publicó el periódico muy mutilada por la censura y que luego publiqué íntegra en mi libro “El momento político”. Años más tarde, aquella entrevista la aludía Felipe Ximénez de Sandoval en su biografía de José Antonio, en cuyas páginas el escritor se refiere generosa y constantemente a mí en muchos momentos, y donde se reproduce otra que le hice en abril de 1934, y que hace muy poco exhumaba una juvenil revista madrileña. En mis “Memorias” también hay mención de aquella primera conversación. Existe de ese momento otro documento: Un artículo mío publicado en “El Día Gráfico”, de Barcelona, donde trasladaba parte de lo que José Antonio me dijo.

Fontdevila me recomendó una previa dureza:

-Bueno, pero a ver si zarandea usted bien a ese pollo.

Confieso que fui a verle sin prejuicio en contra ni tampoco predisposición alguna favorable. Entonces, José Antonio Primo de Rivera era solo un hombre sin ningún nimbo previsible. Se produjo entre nosotros, desde los primeros momentos, una fuerte corriente de simpatía recíproca. La conversación fue viva, caliente, sincera. Me parece estarle viendo ahora como le vi entonces. Llevaba traje gris, zapatos negros. Era de constitución más fuete que la mía, y me parece que menos alto. Sin afán de imágenes, la altura actual de su espectro confunde notablemente la memoria real y únicamente física.

Llevé a Fontdevilla las cuartillas, que leyó con curiosidad en él rara:

-Casi le da usted “coba”.
-Hombre, “coba” no; pero, ¿Cómo quiere usted que me meta con un hombre así?
-Tan buena impresión le ha hecho?
-Mucho mejor de lo que digo.
-Bueno; por muy en el “Heraldo”, que esté, es usted un señorito sentimental. Daremos la entrevista.

Y la entrevista se publicó, motivando esta carta que conservé mucho tiempo y que, afortunadamente, recogí en mi libro: “El momento político”, publicado entonces. La carta decía así:

15 de marzo de 1930 –Señor don César González Ruano

Mi distinguido amigo:
He leído su interviú y le agradezco muy sinceramente la forma afectuosa en que está hecha. Mi horror a la exhibición se tranquilizó en parte al recibir de usted, con tono inconfundible de sinceridad, la promesa de que no aparecería en la interviú nada que pudiera mortificarme. Ahora me tranquilizo del todo, al comprobar que usted, cumpliendo con creces su promesa, no sólo ha evitado toda mortificación, sino que me ha proporcionado motivos de gratitud.

Recíbala muy cordialmente de su afectísimo amigo y compañero q.e.s.m., José Antonio Primo de Rivera.

La gran preocupación en aquellos momentos para José Antonio era la vida de su padre. Obsérvese que yo había estado con él exactamente cinco días antes de la muerte del General, y que su carta está escrita el día anterior a este luctuoso acontecimiento. Cuando yo le preguntaba que noticias tenía de París, José Antonio me dijo:

-Malas…. Mi padre está enfermo. La diabetes le ha minado mucho la salud. Además, podrá decirse de él lo que se quiera, pero hay algo hondo, que no le importa al país, algo sentimental y desgraciado que yo sé muy bien… mi padre se ha dejado la vida en esos seis años de esfuerzo, en los que él ha procedido con absoluta buena fe.

El 16 de marzo moría en el hotel Port Royal el segundo marqués de Estella. José Antonio tomó personalmente las primeras disposiciones para su entierro, sorteando y venciendo no poca cicateras dificultades. Marchó a Irún. Llegó de nuevo a un Madrid agrio y triste. El cadáver del General entró por la estación del Norte, siguió por el Paseo de la Virgen del Puerto, el Puente de Segovia y las Rondas, hasta el cementerio de San Isidro.

 

En el cementerio habló el general Martínez Anido, José Antonio presidía el duelo, dentro de su ropa civil negra, con un gesto impasible. Los que le vimos en aquel momento no nos olvidaremos nunca de aquel José Antonio, de aquel entierro, que adquirió, espontánea y patéticamente, una impresionante solemnidad. Impresionado testigo, dejé escritas unas líneas que también recoge en su Libro Felipe Ximénez de Sandoval:

“Diríase que el corazón infortunado de este pueblo español esperaba con un último afán, que también el marqués de Estella pudiera ganar batallas después de muerto. El odio y la persecución del Gabinete Berenguer le acompañó, en cambio, hasta la tumba, negándole, en primer lugar, el derecho indiscutible a ser enterrado en el Panteón de hombres ilustres; no reconociéndole en el decreto que dictaba los honores que habrían de tributársele en el sepelio, su calidad de ex presidente del Consejo de Ministros de la Corona; lanzando, al fín, una nota infamante, sufriente por sí sola para cubrirse de oprobio, en la que decía que el entierro, muy concurrido, había sido una prueba de curiosidad popular.”

Empezaron entonces para José Antonio lastimosos y continuos incidentes, de los que dejé testimonio escrito porque fui testigo personal de muchos de ellos, incidentes que terminaron nada menos que con la expulsión de José Antonio del Ejército.

Con tan tristes motivos volví a visitarle, y ya no nos volvimos a ver, con calma, hasta que yo regresé de Alemania, donde estuve por primera vez de corresponsal de “ABC”, aunque tuvimos alguna relación cuando, después de la sublevación del 10 de agosto, en la que José Antonio no tuvo ni arte ni parte, se hizo “El Fascio”, curioso y un tanto caótico antecedente de las publicaciones que habían de venir después en la infancia de la Falange organizada, y en cuyas páginas dirigidas por Delgado Barreto, yo escribí algo. Entonces, hasta septiembre de 1933, recién llegado yo de Alemania, creo que estuvimos, antes de vernos en Madrid, en San Sebastián, en un bar llamado Yakaré. José Antonio estaba plenamente decidido a la acción, después de sus decepcionadas intervenciones parlamentarias, moviéndose en terrenos todavía muy parecidos y ya discrepantes a los de Ramiro Ledesma Ramos, a quien conocí también y traté mucho. Antes del Acto Fundacional de la Falange, en suma, nos vimos varias veces, y tengo consignado y escrito que una de ellas me preguntó él a mi:

-¿Desde cuándo crees tú que yo pensaba en esto? Le contesté sin posible vacilación: Desde que te ví presidiendo el entierro de tu padre.

A José Antonio le interesaban mucho las informaciones frescas y directas que yo podía darle de Berlín, cuyas organizaciones políticas, militares y revolucionarias conocí a fondo, y a mí me interesaba cada vez más aquel tono airoso y “contra esto y aquello”, que iba tomando la oficiosa y no oficialmente nacida Falange, que se había de bautizar el 29 de octubre con el acto de la Comedia.

Pero muy hasta última hora, José Antonio tuvo sinceras y gallardas dudas. En mis “Memorias” escribo textualmente: “Tuvo muchas y muy serias dudas sobre si adoptar o no la Jefatura del Partido que iba oficialmente a formarse. A mí mismo, y aunque tenía amistad con él, no era ni remotamente ninguno de sus íntimos, como lo eran Sánchez Mazas, Ruiz de Alda, Valdecasas y no digamos sus pasantes y amigos particularísimos, me habló de esto por lo menos, que yo recuerde, en dos ocasiones. Su principal recuerdo era principalmente su condición de hijo del Dictador y que pudiera confundirse el movimiento como una cosa más de señoritos reaccionarios, con una nueva “Unión Patriótica” o con una partida de la porra a lo doctor Albiñana. Por esta misma época, José Antonio tenía mucha preocupación de si podría atraerse a los socialistas, y por un tipo por el que tuvo mucho aprecio fue por Ángel Pestaña.

El pensaba en aquel septiembre de 1933 hacer un viaje a Italia. Sin conocerlo aún, sino incidentalmente en una visita colectiva en la que fue como estudiante, la personalidad del Duce le era familiar.

- Ya que no viven César, ni el Cid, ni Napoleón vive, antes que nadie, para la Historia Benito Mussolini, el fundador del Segundo Imperio Romano-, me decía.

De aquel viaje de octubre a Italia se trajo José Antonio muchas experiencias. Ramiro Ledesma miraba a Berlín, y José Antonio a Roma. Esta fue su inicial diferencia. A Ramiro le hubiera gustado Nueva York, a José Antonio le hubiera aburrido.

Entre los recuerdos de aquel viaje traía José Antonio un retrato del Duce dedicado, si no me falla la memoria, así: “A José de Rivera”.

Al acto de la Comedia no asistí. Estuve en la puerta. Era una mañana todavía tibia, clara, con nieve en los picos de Guadarrama y sol sobre el asfalto madrileño. José Antonio era candidato independiente a diputado a Cortes por Cádiz. Valdecasas era republicano. Madrid estaba “tomado”. En “La Nación” del día 30 de octubre podía leerse: “La Dirección General de Seguridad montó un extraordinario servicio de vigilancia en el teatro y en los alrededores del mismo. A la puerta de la Comedia estaban varios agentes de policía y oficiales y guardias de Seguridad. En la plaza de Canalejas y en la de Santa Ana se situaron carros de asalto, cuyas fuerzas se repartieron por las citadas plazas y entradas de las calles de Sevilla, Carrera de San Jerónimo, Cruz, Príncipe, Visitación, Prado, Huertas y Plaza del Ángel. También en la entrada de algunas calles había parejas de guardias de Seguridad a caballo. En algunos portales y paseando por las calles citadas se veían numerosos agentes de Policía”.

Pero yo no entré en el acto de la Comedia. Se lo conté luego a José Antonio, a José, como, por cierto le llamábamos los amigos, aunque, cosa curiosa, José Antonio y yo nos llamamos mucho tiempo de usted. Él me escuchó, benévolo y sonriente. El amor naciente me impidió, acaso con frivolidad, asistir al acto de la Falange naciente.

 

Nos encontramos en el entierro de Matías Montero y en algunos otros más.  El de Matías Montero fue en un día áspero de febrero de 1934 y recuerdo bien aquellas dos filas de brazos el alto entre las que pasó el féretro, aquellos gritos que ordenaban la angustia: "¡Presente!"

 

Entonces a mí, directamente, cuando no era aún un hermoso tópico, José Antonio me dijo:

 

-La muerte es simplemente un acto de servicio.

 

El 10 de abril de 1934, dos horas después del atentado que sufrió al salir de un "juicio de urgencia" en la Cárcel Modelo, el atentado de la calle Princesa, esquina a la de Benito Gutiérrez, yo visitaba nuevamente  a José Antonio, y aquella conversación, ya histórica, se publicó al día siguiente en "ABC". No fue en su casa sino en la de Julio Ruiz de Alda y les acompañaba Rafael Sánchez Mazas. También me parece que estaba José María Alfaro y, desde luego, Cuerda y Sarrión. Lo que me dijo en aquella entrevista se ha reproducido ya muchas veces. Acaso lo más claro y lo qué mejor definía su carácter fue aquello que me respondió cuando yo le pregunté por qué hubiera sentido más morir:

 

-Por no saber si estaba preparado para morir. La eternidad me preocupa hondamente. Soy enemigo de las improvisaciones, igual en un discurso que en una muerte. La improvisación es una actitud de la escuela romántica, y no me gusta.

 

Estuvimos encerrados solos en una habitación más de una hora. El no le quería dar ninguna importancia al atentado. Sobre todo, tenía una actitud defensiva de que pudiera confundirse su intención al hablar de él.

 

Para el movimiento en sí, yo no puedo especular con el atentado como pudiera hacer una estrella de varietés con el robo de su alhajas. El movimiento tiene s contenido en sí y por sí, y estas cosas, puramente anecdóticas, no tienen ningún interés ni hemos de darle la menor importancia.

 

A raíz de esta entrevista, y aunque nos encontrábamos mucho, José Antonio me envió una extensa carta en la que ya me llamaba de tú. El "tú" nació entre nosotros como ganancia de amistad y no cómo fórmula.

 

Por aquellos años de 1934 1935 vivía yo en el Paseo de Recoletos, y estuvo al rojo vivo durante mucho tiempo mi tertulia en el café qué había junto a mi casa. Algunas veces -que yo recuerde con certeza- dos por lo menos, vino también José Antonio Primo de Rivera, que de no haber sido lo que fue, habría sido sin posible duda un escritor, del que noso ofrecen hoy sólo una remota idea los escritos suyos que se conservan. En esta época tuve serias amenazas de muerte por parte de las juventudes socialistas, lo que refiero en mis "Memorias" y José Antonio  me proporcionó  personalmente un guardaespaldas, que venía conmigo a todas partes, armado de un pistolón.

 

Veía después frecuentemente a José Antonio en aquella pequeña sociedad de bares que él no desdeñó nunca. Le veía en La Ballena Alegre, sótanos del café Lyon, frente a Correos, en Bakanik, en la calle de Olózaga, en Or Kompon, y alguna vez en el Cock, en la calle de la Reina, a donde yo iba mucho.

 

Pero ya era el José Antonio superpúblico que pertenece a la Historia y sobre el cual yo podría aclarar mínimas novedades.

 

Estando en Roma, presentí su muerte pocos días antes de que ocurriera. Fue una noche concéntricamente tibia en el invierno romano. En la plaza de España, alguien pasó junto a mí que se parecía físicamente a José Antonio, lo que no era tan extraño, porque José Antonio podía muy bien pasar por un romano.

 

-¿No te ha recordado a José Antonio?

-Es un claro anuncio de que va a morir.

 

Y temblé, cogiéndome del amado brazo que me acompañaba, presintiendo que  ya no sólo aquella sombra que cruzaba, sino todo en la vida, me recordaría siempre a quien había sido el primer doncel de las Españas.