Síntesis cronológica de la "Ballena Alegre"

Una noche de primavera de 1931 me encontré con José Mª Alfaro, a quien por tenerme retenido un largo y agobiante trabajo, hacía tiempo que apenas veía. José María me invitó a que le acompañara a un café de la Gran Vía, donde se reunía con varios escritores recientemente incorporados a la Prensa de Madrid. Aquella noche conocía a don Pedro Mourlane Michelena, a Jacinto Miquelarena y a Ignacio Catalán, porque a éste último ya le conocía, fue entonces cuando comencé a tratarlo. Asistían también otras varias personas y con constante asiduidad Eugenio Montes. Tan grato me resultó el ambiente, que volví todas las noches. Así nació una amistad con todos ellos que nada podrá extinguir.

Como el café no resultaba confortable por la inmediata proximidad de las vecinas mesas, resolvimos, allá por el otoño, trasladarnos a otro local en el Paseo de Recoletos. En este café surgió el primer episodio pintoresco de los infinitos que habían de jalonar la historia de la reunión recién nacida, consistente en el sobresalto que produjo en uno de los asistentes la aparición de improviso del entonces presidente del Consejo de Ministros, don Manuel Azaña, seguido de un nutrido grupo de personas pues en el primer momento, el tertuliano en cuestión, creyó que el Presidente en persona iba a proceder a su detención como consecuencia de un artículo que había publicado en aquellos días defendiendo a la Compañía de Jesús.

Pero lo cierto es que tampoco encontramos acomodo en el nuevo establecimiento. Un día alguien dijo que había descubierto un lugar para nuestra reunión. En los sótanos del Café Lyon, en la calle de Alcalá, frente al edificio de Correos, se acababa  de abrir un salón destinado a cervecería. Tanto encareció sus condiciones de comodidad, que decidimos visitarlo. Y todos quedamos, desde el primer momento agradablemente impresionados. “La Ballena Alegre” con su velero pendiente del techo, su espejo en el que se reflejaba un viejo reloj de péndulo y sus excelentes frescos representando escenas de la pesca de la ballena, tenía un aire de barco ballenero grato a las nostalgias cantábricas del sector vasco que era el más importante de la tertulia. Por ello, resolvimos inmediatamente instalar allí nuestros reales no obstante la desesperada resistencia de Ignacio Catalán. Yo tengo el deber de acusar a Catalán de haber estado a punto de frustrar el nacimiento de “la Ballena Alegre”. Catalán vivía en una calle próxima a la Glorieta de Bilbao y no había manera de arrancarle de los divanes del café Europeo y del Comercial. La pereza de Ignacio estuvo a punto de frustrar la unión de los balleneros. Porque es de advertir que este peligro era tanto mayor cuanto que la rebeldía de Catalán podía arrastrar a Mourlane sobre quien ejercía una despótica tiranía que éste, con su concepción benévola del universo, aceptaba risueño. Solo mediante el entrañable carió que profeso a Ignacio Catalán -tan inteligente como bueno- puedo retirar esta acusación.

Salvado este obstáculo que pudo ser, como digo grave. “La Ballena” inició su periplo, que en el primer invierno fue bastante pacífico y sin más alteración que las acaloradas discusiones sobre temas literarios. Un nuevo riesgo corrimos en el otoño de 1932, la mayor parte de los balleneros desertaron hacia los cafés de la Glorieta de Bilbao. Justo es proclamar que Miquelarena y yo conjuramos el peligro.

En el mes de octubre de este año tuvo lugar el hecho capital en la historia de “La Ballena”, una noche, José Antonio Primo de Rivera llegó a la tertulia. ¿Con quién venía? No lo recuerdo exactamente. Indudablemente debió de ser con José María Alfaro o con Rafael Sánchez Mazas, que también era viejo ballenero. Considero innecesario decir que desde aquel momento José Antonio fue el eje de la asamblea. Pocos días después tenía lugar el acto fundacional de la Falange y “La Ballena” quedó inmediatamente teñida del más vivo tono falangista. Mas es preciso afirmar que “La Ballena Alegre” no fue jamás una tertulia política a la manera de otros cenáculos de este tipo. En el mismo café Lyon, en el Piso de arriba, había dos tertulias especialmente políticas. La de Azaña, que no siendo ya Presidente del Consejo de Ministros, rumiaba, rodeado de exdiputados de las Constituyentes, un nuevo asalto al Poder, y la de José Bergamín, con sus macacos. Estas eran auténticas tertulias políticas. “La Ballena” no lo fue jamás. “La Ballena fue una reunión de escritores y artistas donde se recibía cordialmente a todo el mundo y no se pedía a nadie una determinada profesión de fe ni la afiliación en partido político alguno. Porque en “La Ballena”, José Antonio era solamente hombre y hombre joven.

Mucho se ha estudiado la figura de José Antonio. Se le ha considerado como político, como escritor, como pensador, como hombre de acción como parlamentario. Pero apenas se ha escrito de José Antonio como hombre jovial. Y donde la alegría sonriente de José Antonio se produjo mas espontáneamente fue sin duda en “La Ballena”. Las dos discusiones más tempestuosas que se produjeron en aquellos años, versaron una sobre los límites de China que, con exactitud, no recordábamos ninguno, y otra sobre el tamaño de la luna comparada a simple vista con un objeto cualquiera, como una monead, un velador, la rueda de un carro, etc.. Estos dos temas dieron lugar a las más divertidas, pintorescas e ingeniosas intervenciones en la que José Antonio ciertamente no tuvo la menor parte.

Llegó por fin la primavera de 1936. El triunfo del Frente Popular fue el golpe de muerte de “La Ballena”. Todos sus asistentes estuvieran o no afiliados a Falange Española, estaban marcados con el sello falangista. La última vez que ví a José Antonio en libertad, fue justamente una noche en “La Ballena”. No recuerdo exactamente quienes estuvimos. Con certidumbre solo recuerdo a Mourlane. Tampoco me acuerdo del día, que debió de ser de los últimos de febrero. El café tenía ya para nosotros un ambiente intolerable por la actitud de algunos camareros y de los elementos frentepopulistas de las tertulias de Azaña y Bergamín. Y no volvimos más.

Concluida la guerra, hubo un noble intento de resucitar “La Ballena”. Fue en vano, como sucede siempre con empeños semejantes. “La Ballena” había pasado a la historia, en la que es justo reservarla el puesto de honor que el corresponde, aunque no sea mas que por haber proporcionado a José Antonio un poco de alegría.

Tomás Gistau
Estafeta literaria, junio 1944.