La fotografía de los mil amigos


Hay cardenchas y cañaverales en los márgenes de esta carretera comarcal albaceteña que nos lleva de Tarazona de la Mancha a la conquense Quintanar del Rey. Ocho kilómetros escasos las separan. Y uno ha de afanarse sin queja de que el sol caiga a plomo en el mediodía manchego de la canícula para conversar un par de horas con Juan López Zamora, personaje singular que exhibe en su establecimiento de Quintanar una reliquia falangista. El cuadro, que rememora al viajero, que ha inmortalizado prácticamente aquella jornada de hace treinta y seis años, cuando José Antonio Primo de Rivera hizo un alto en sus jornadas abrumadoras del año 35 para ir a un pueblecito de la provincia de Cuenca.

Juan López Zamora lo recuerda como si hubiera sido ayer mismo. Porque habrá pocos fervores como el de este, ocupado desde hace años en la dirección del bar y la fonda que todos conocen por “Casa Zoilo”.

Allí, en el lateral del mostrador está el televisor. Y junto al televisor, un cuadro: el cuadro que nos ha llevado a Quintanar del Rey cuando el sol cae a plomo, cuando no se oye una mosca; cuando da gusto “escuchar”el silencio en la carretera , porque el tráfico y el turismo tienen otras rutas.

El cuadro –que no es un cuadro- es una fotografía ampliada, para mejor testimonio- está allí, en el bar de Juan López Zamora. Es una instantánea del 29 de diciembre de 1935. Un grupo de hombres jóvenes, -la mitad con menos de veinte años- y en medio, asomando apenas la cabeza, José Antonio. De rodillas o en cuclillas, el segundo por la izquierda, es nuestro personaje. De los otros, muchos cayeron pocos meses después de tomada la foto, cuando se cerró el diafragma de la vida para no volverse a abrir, allá por el verano siguiente.

Más de mil amigos me ha dado la fotografía. Y ningún enemigo. Porque él no tenía enemigos. Los que le condenaron nada más.

Y Juan López, que se llama así de español, contempla la fotografía una vez más, con mucha más admiración que se mira un daguerrotipo de los mayores, casi con veneración.

-Ahí están Teodoro Revuelta, Jefe Local de Falange Española y Benito Pérez, que era el Jefe Provincial de Cuenca, aunque residía en Quintanar del Rey, porque era empleado del Ayuntamiento. Los dos cayeron. Y Francisco Valencoso, Miguel Ruipérez, yo…

Por la fonda-bar pasan gentes de todas clases, hasta hay un millonario holandés, que acude largas temporadas, cautivado por el ambiente y la familiaridad de esta Mancha de la gran hospitalidad. Y todos los que han visto el retrato del grupo se han interesado por la efemérides. Es un extraño motivo en la austera decoración de la sala principal, junto a un cartel turístico y un reloj de de péndulo tan cansado que marca siempre a las diez menos cinco, aunque sean las dos y media de la tarde.

-Llamamos a José Antonio dice nuestro hombre- y aunque estaba siempre tan ocupado, prometió venir a este pequeño pueblo. Y cumplió lo prometido. Llegó hacia el mediodía, con Manuel Ródenas y Miguel Mateo, jerarquías nacionales y algún otro, y se fue a media tarde. Vino a pronunciar un discurso en el Cine Cervantes. Luego comimos juntos. ..

En la fachada de la sala de espectáculos, que se conserva casi intacta, va para quince años que se colocó una plaza conmemorativa. “Eran como vosotros –dice-: tenían vuestras mismas caras, los que hicieron que este sol de la Mancha calentara la redondez del mundo, sin dejar de mirarse en tierras españolas”. Fueron algunas de sus palabras en el escenario de este cine que ahora tiene una pantalla alargada para las películas en color y que para entonces tenía una más pequeña, cuadrada y en el centro, en la que se proyectaban los últimos filmes de Greta Garbo y los primeros de Imperio Argentina. “Nosotros sabemos –dijo también José Antonio- que ni en la derecha ni en la izquierda está el remedio, sino en el resurgimiento de la auténtica España de debajo, estructurada en sus unidades reales: familia, municipio y sindicato…”.

Ya ha llovido desde entonces. Yo era un chiquillo. Tendría dieciocho años. Como casi todos los que entonces estábamos afiliados a Falange Española. ¡Pero nadie se atrevió a moverse! El cine se llenó hasta los topes. Se le ovacionó con fuerza. Y es que aquel hombre tenía una personalidad, inspiraba un respeto, que quien le escuchaba se quedaba con él…

Hay un brillo de emoción en los ojos de este manchego conquense, que se acuerda de aquel día con pelos y detalles, que lo lleva metido muy dentro.

-Después, entre los aplausos del público, le acompañamos al cuartel de la Guardia Civil, donde saludó a los de la Benemérita, que eran falangistas. Y luego a casa de Gaspar Zamora, mi tío, que tenía decorada su casa con artística herrería, que llamó mucho su atención. Y al casino, y después, todos juntos, al parador del “Zurdo” donde comimos unos gazpachos manchegos. La gente le aplaudía por la calle levantaba el brazo y a su paso gritaba ¡Arriba España! No se puede olvidar.

Y surge la anécdota en la conversación detallada y apasionante de Juan López Zamora. Resulta que José Antonio les dejó escrita, de su puño y letra, la letra del “Cara al Sol”, que todos se aprendieron. Pero hay más. Y es que también allí se interpretó por primera vez el “Cara al Sol” con la ayuda de un clarinete. Francisco Valencoso, que era el Secretario local, siguiendo las instrucciones de José Antonio, interpretó el himno como pudo y como buenamente supo. Los versos de Foxá y los compases de Tellería encontraron forma definitiva en aquel mediodía pascual de Quintanar del Rey. Y todos cantaron con más entusiasmo que armonía, sus estrofas “… que en España empieza a amanecer…”.

Se cierra así el episodio. Todos acudieron a despedirle. Fue un adiós emocionado. Quizás para ninguno más emotivo que para Juan López Zamora.

-Cuando montó en e coche –parece que lo está viendo- nos dijo: “Tenemos que comer otros gazpachos. Volveré a Quintanar del Rey”. Y ya no pudo volver….

O quien sabe… no se fue ya nunca, que es otra manera de estar presente. Al menos, de eso estamos seguros; lo está en el corazón de Juan López Zamora, el hombre que ha ganado más de mil amigos con una fotografía.


 

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s/f. Demetrio Gutiérrez Alarcón