José Antonio. Sobre el sentido de una muerte

Io Herr, gieb, jedem seinem eignen Tod!

 

 

 

 

"¡Señor, da a cada uno su propia muerte!", escribía Rilke, es decir, una muerte que tenga sentido y de la que la vida anterior reciba sentido. Y en este caso, el dio al mejor de nosotros una muerte llena de sentido.
José Antonio Primo de Rivera abogado, marqués y alférez de complemento, era una vida intercambiable con cualquier buen abogado, con cualquier noble que llevase con dignidad su nobleza.

 Pero José Antonio, sin más, que ha quedado clavado en la Historia, no era intercambiable con nadie, su muerte tenía un alto y trágico sentido, un sentido que tuvo la de muy pocos en España y en el mundo; la del que muere por lograr la unidad rota de su propio pueblo, la del que muere para tender con su cadáver un puente a la Historia.

De un grande y querido maestro de José Antonio – y de todos nosotros – son estas palabras, dichas mucho después de esa muerte llena de sentido, a la persona más fiel a la sangre del muerto: “Yo veía que él iba a la muerte, pensé en escribirle avisándole, pero no podía ni debía hacerlo, era su destino, y no era lícito oponerse a que un hombre cumpla su destino”.

Para unos, José Antonio era un “señorito”, para otros “un jefe fascista”; para otros, “un poeta”; para otros, “un político”. Pero su muerte – su sencillez sin gestos, la luminosa claridad de su testamento, el modo mismo de morir – pusieron en claro que si la primera designación es calumniosa, la segunda parcial, la tercera inexacta y la cuarta justa, pero insuficiente, había algo más allá de todo esto; era un hombre que se esforzaba en asumir sobre si el entero destino de un pueblo desgarrado, que quería asumir en él –aristócrata y sindicalista, caballero de Santiago con camisa azul de proletario – toda la disensión entre las clases, que quería asumir en él – madrileño de sangre andaluza y riojana, con un fuerte impacto catalán y aragonés en su alma – la disensión entre las tierras de España, que quería asumir – intelectual y creyente, jurista y hombre de letras, militar y político, joven que se dirigía a más jóvenes, y discípulo, respetuoso en lo respetable, disconforme frente a lo equivocado, de los más viejos – la disensión entre los hombres y en el hombre de España.

Esta empresa – reabsorber siglos de discordia, siendo no lo uno “o” lo otro, sino lo uno “y” lo otro – sólo podía acometerse (no decimos lograrse, que eso ha de ser obra de generaciones de secuaces, y al Fundador sólo compete acometerla), a condición de poner a ella toda la vida, y de la vida forma parte también el morir.

Acaso – indicios hay de ello – los mismos que decretaron su muerte sintieron por un momento esa llamada de la unidad que era su vida, acaso los que le hemos seguido nos estamos volviendo –¿o nos hemos vuelto ya? – parte, parcialidad, partido. Lo contrario de lo que él quería. Que Dios nos lo demande. Pero su arrancarse de una honrada y digna vida privada para lanzarse al torbellino de la historia – al fundar la Falange, su actuar en el Parlamento y en la calle, su hablar y escribir – tuvieron el sentido más amplio y unificador, menos partidista y parcial posible, y su muerte no fue la muerte del “héroe” de un partido o del “mártir” de una secta, fue, por el contrario, la muerte de quien halló con su sangre, en el suelo de una cárcel provinciana la madrugada de un 20 de noviembre, ahora hace trece años, el secreto mismo de la unidad, quien volvió a descubrir a todos el sentido de la vida y la muerte de un hombre y de un pueblo, quien, como ha dicho el más fiel de los poetas de su contorno, “dio raíz a la espiga y a la estrella”
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Generación (revista)
1 de diciembre, 1949
Carlos Alonso del Real