Mi conversación con Rafael García Serrano

No he practicado la entrevista con frecuencia. Pueden contarse con los dedos de una mano y aun así hará falta añadir a la lista ésta que se inicia ahora sin telefonazos previos, sin quedar de acuerdo para comer seria interesante investigar las relaciones de la gastronomía con la entrevista como genero literario, sin ninguna de esas preparaciones verbales para el combate entre el preguntón y el respondón. Y, sin embargo, esta entrevista es la que mas tiempo me ha costado. Llegar a citarme conmigo mismo ha sido muy difícil y no por abundancia de trabajo sino por esa graciosa alimaña que es la pereza y que se pasa el día trepando por mi sangre y haciéndome ver la utilidad de los ratos libres, los ratos vacíos, despreocupados. Pero ya estoy frente a mi.


¿Crees que vas a ser sincero?
Seguramente no. La sinceridad es un bocado extraño y pocas veces lo probamos. Podemos intentar decir algo de nuestra verdad a los demaá, por aquello de la propaganda, pero nunca a nosotros mismos. A nosotros mismos raramente nos convencemos.

Dime alguna mentira con la que pueda llenar al menos cinco cuartillas.
Tampoco. Si fuese a contarte mentiras procuraría que fuesen tan bellas, tan extraordinariamente bellas, que lo mejor sería ampliarlas y darles forma de novela. Esto ya me place más: la mentira bien editada. La verdad no da resultado. Molesta tanto su desnudo, que la visten. Prefiero darte una mezcla de verdades y mentiras. O de cosas que quisieran ser ciertas y se quedarán en estupendas mentiras por falta de voluntad.

¿Por ejemplo?
Los títulos de varias obras en preparación: “La vergonzosa muerte de David Guzmán”, “Cántico en la mochila”, “Aventura en el fuerte a”, “Senza rivale”, “Las vidas inútiles”, “Primavera con cuernos”, “Manual del odio”, “Los cuentos del Tercio Viejo”, “Apertura de curso”…

Por mi no sigas inventando...
Palabra de honor que no invento nada en este momento. Todo lo que te he dicho podría llevarlo a la práctica con un poco de tesón. Quizás lo consiga si me decido a comprar uno de esos brillantes libros yanquis que se titulan “El Secreto del éxito” o “El joven de voluntad” Pero ¿y la voluntad imponente que hace falta para leerse un libro semejante?

Bien. ¿Por qué no pruebas a contarme algo tuyo, íntimo, algún detalle de tu vida?
Hazlo tu mismo. Dominas mi vida tan bien como yo.
Es cierto. Nací, naciste, nacimos en Pamplona un año de la gran guerra anterior, el 17, un domingo de Carnaval, que es un buen día para venir al mundo. Infancia dichosa. En todo ese tiempo una sola y terrible desgracia: no nos quisieron comprar un patín.

Pero eso ya lo has dicho en “Haz”

Es que el patín me duele en el alma y todavía no me lo han comprado y hasta sospecho que ya no me lo comprarán. Jugué al aro al tiempo, aprendí a leer a tiempo, odié a los clásicos a tiempo –tan a tiempo que no me quedó ni un minuto para amarlos, aunque sí muchos para soportarlos alegremente-, comencé a faltar a clase a tiempo, leí novelas picantes a tiempo, hice deporte a tiempo, me enamoré a tiempo, escribí mis primeros versos a tiempo… En fin fui un muchacho normal y feliz.
Después, ¿te acuerdas? La Universidad. Deja que siga, porque ya me has metido en el tema. ¡Que gran descubrimiento, los nuevo poetas, los nuevos prosistas, las asignaturas sin texto, los cursos de extranjeros, la Ciudad Universitaria! Y el latín, acosándonos como un perro rabioso, sin dejarnos vivir apaciblemente. Y un buen día, un día sin igual, la llegada de la Falange. Y con la Falange, unos hombres espléndidos que justifican la vida: los que murieron Eduardo Ródenas, José Antonio Pezuela, Alejandro Salazar Albincho…

También eso lo has dicho ya
Y lo diré siempre. Es la época más bella de toda una generación y la que nos suministra fuerza para seguir adelante pese a todo. Con la Falange, una estrepitosa caída de muchos diocesillos literarios. De repente se encontraban repulsivos ciertos poemas que había que admirar por el tabú de un nombre. Y en seguida, que afán, que vigor tras de una nueva poesía, tras de un modo nuevo de expresar las banderas. Y nad mejor que las mismas banderas; entonces nos convencimos de que lo elemental es lo más literario y lo más expresivo. Después la gigantesca aventura de la guerra. La humilde vida de todos, un poco menos áspera porque unos cuantos meses fui periodista en el primer diario de la Falange, el “Arriba España”, de Pamplona. Alférez de Infantería y hospital. Todo ello a tiempo, también. Luego el retorno a la Universidad -¡Ves ahora que es lo que podría ser “Apertura de curso”?- Una terrible aventura en la paz de la que salí bien gracias a Dios y al doctor Duarte, “La fiel Infantería” que me hizo tocar el éxito, palparle en todos sus aspectos, mucho más de cerca que cuando se publicó “Eugenio”…

Eres vanidoso
Algo. Lo que si soy es tremendamente orgulloso.

Y de ambición ¿Cómo andamos?
Muy bien. Tengo toda la que quiero y un poco más. Sin ambición no se pasa por el mundo. Se duerme en el mundo. Ahora quisiera –dentro de unos meses- ensayar una modalidad del periodismo que no he practicado. Ser corresponsal en el extranjero. Espero que esto no constituya mi patín literario.

Dime algo más
-Odio lo amargo. Alguien ha dicho que soy un amargado y aparte de decir una estupidez ha dicho una mentira. Me gusta la vida, la vida total, con sus altibajos, con todas sus inenarrables dulzuras y con todos sus irremediables dolores. Pero no soy un resignado. Lucho por conseguir el optimismo permanente y para esta batalla dispongo de un arma efectiva y nada secreta: la fe.
Cada día hay que saltar sobre una desilusión con el mismo ímpetu fresco del que hace los ciento diez vallas. Con la misma esperanza de triunfo. Con la seguridad del triunfo. Ah, di que me da nauseas la literatura pura. Tendría que confesarme ni no lo dijeras.

¿Sigues creyendo que la literatura sirve, que la literatura es propaganda?
Simplemente: sigo creyendo

Y en los de tu generación ¿crees?
Pues claro. Me asombra que me lo preguntes. De la patrulla que ha iniciado la marcha, en la política, en la literatura, se quedarán muchos por el camino, quizás yo mismo, pero el quedarse en el camino no es deshonroso. Lo deshonroso es quedarse en casa. Además, los jóvenes valen más que los viejos y los que sean jóvenes cuando nosotros lleguemos a viejos -si llegamos, ya que esta es una cuestión en el alero- no valdrán lo que nosotros. Sin orgullo de generación tampoco se puede vivir.

¿Y sin literatura?
-Perfectamente. Ahora mismo daría toda mi vanidad literaria, que es mucha; toda mi ambición, que es más; todas las catedrales góticas, todos los cuadros de Velázquez, toda mi paz interior, por el triunfo de lo único que me preocupa sinceramente…

También eso lo has dicho
Pues repítelo. Contigo no necesito ser original.

Y la entrevista se muere y yo no se como despedirme de mi mismo, ni cómo darme la mano, ni cómo desearme suerte. Sin querer se me escapa una fórmula:

Querrás ver las cuartillas antes de que se publiquen?
En absoluto. Me fío de ti.

Y la alimaña de la pereza ronda por la máquina de escribir y se acerca a mis manos y cuando quiero darme cuenta ya estoy solo otra vez. Sólo con el mundo. La ciudad, la calle, los camaradas, la lluvia, el amor. Todo es preferible a dialogar conmigo mismo. Me resulto insoportable

Estafeta Literaria
30 de enero 1945
Rafael García Serrano