Alicante, a los dos años de salir José Antonio

 

José Mª Sánchez Silva

Arriba, 20 de Noviembre, 1941

La mañana sale al encuentro del tren y es como una niña pequeña cuya risa nueva se nos entrase por todas partes. Son apenas las ocho y la persiana alzada deja ver el paisaje vertiginoso que se desarrolla a lo lejos fingiendo un riquísimo tapiz sin límites. Los montes conservan aun sus gorgueras de nubes y levantan las testas poderosamente al cielo todavía bajo, por el que se cuelan como alabardas los rayos oblicuos del sol. Algún árbol solitario parece citar al tren con sus empinadas ramas, banderilleras del viento; pero el tren acude puntual y preciso al pase estático de los puentecillos y los breves túneles de piedra. De pronto, aún entre tinieblas, Almansa se recorta madrugadoramente en el telón blanquecino. Húmeda y magnífica, la silueta del castillo, con los viejos torreones radiantes de sol, parece replicar en el paisaje a la mole de la catedral, embotadas aún sus agujas redondas en la niebla pertinaz.

Luego, tierras rojizas, surcos infinitos, laderas cortadas a plomo por las que corre la luz recién estrenada despertando las siete cuerdas del arco iris. Nuestro vagón ha quedado fuera del andén y hemos de andar largo trecho, rompiendo a duras penas los grupos de los que se encuentran. Dos mujeres de luto lloran abrazadas; deben de ser hermanas y alguna cruel historia de guerra las aprieta ahora a la una contra la otra, gritando al reconocerse como si el mundo se hubiese llenado de repente. Alicante crece sin que se sepa bien como. Una larga barriada moderna se alarga hacia los estribos de los cerros; hace una veintena de años solo había una casa por aquí. Como todas las ciudades levantinas, se junta en ésta, bajo la luz sin tamizar, la barriada de hoteles con las calles estrechas, blancas, llenas de polvo y de moscas, por las que cruzan gentes modestas y tostadas que parecen ir a ninguna parte.

A nuestro coche -un simón del que tira un caballejo de larga cola- se le ha salido una de las cubiertas de goma. Hoy es domingo y los pocos taxis de la ciudad andan de fiesta, cargados de alegres forasteros.

La Casa-prisión

Esta calle, carretera de Ocaña solo tiene aire dominical alrededor de algún puesto de chucherías, donde los chiquillos abren en corro los ojos asombrados; en el paso de los automóviles y cochecillos camino de las afueras; en el sosiego de los pájaros, que encuentran suya la calle y se atreven a husmearlo todo porque los chicos van de traje nuevo y se convierten en hombres los domingos.

Frente a la Casa Prisión, rozando casi la bandera del yugo y las flechas, se estira una alta acacia rugosa. Nada más entrar, pasada la estrecha puerta de la Conserjería, comprendemos que nada puede ser lóbrego aquí porque la luz cae desnuda y blanca sobre todas las cosas. Los ángulos, las sombras, se recortan cruelmente en toda la ciudad y, si acaso, sólo en el campo o en el mar se reabsorbe y apaga levemente en el verde y el azul. La -"Casa José Antonio", dicen aquí todos familiarmente- está en obras. En el primer patio están abriendo una arquería y en la nave central se elevan andamiajes hasta la bóveda. Parece ser que se quiere construir una Iglesia para los frailes que van a vivir aquí.

Los locutorios se conservan aún como estaba, con un ancho pasillo entre reja y reja, por el que paseaba el escucha rojo mientras la angustia apretaba contra el alambre a los que intentaban comunicarse. Resulta muy difícil evocar aquí la figura de José Antonio, pero no así en la celda número 1, que ocupó al entrar en capilla.

La celda número 1

En una habitación rectangular de unos tres metros y medio por dos y medio, alumbrada de día por un alto ventanuco enrejado y contraventana de dos hojas, y de noche por una bombilla que cuelga del techo, sujeta junto a la puerta. El suelo es de ladrillo rojo y gris, y las paredes encaladas ahora de blanco, reciben una luz matizada por la permanente  corona de laurel que pende del ventano. Bajo él, en el suelo, el petate de José Antonio: una larga manta estirada junto a la pared. Muy cerca, la mesa, el taburete, el vaso de latón y el plato, colgado por un asa. Frente a la mesa, un grifo que sale de la pared y una palangana sobre un soporte, y en el ángulo de la derecha, sin separación con el resto de la celda, el retrete, antiguo, sin agua, con tapa de madera. La puerta tiene cerradura automática y la mirilla, por fuera, está compuesta simplemente de un pedazo de hierro con tres agujeros como tres perdigones. Un cordón rojo de seda cierra el paso al visitante. Los muebles son reproducidos, naturalmente, pero con fidelidad absoluta. La reacción que hoy permite el pequeño escenario es muy otra, sin embargo, pues la extraordinaria limpieza, el silencio, el orden y la imprescindible sensación de libertad da a todo esto un cierto aire agradable y lejano, como de museo. Pero lo cierto es que aquí José Antonio pasó su último día  y escribió su testamento. La habitación no le permitía dar ni cuatro pasos seguidos. Y, colocado en su centro, una leve inclinación a derecha e izquierda le permitiría tocar las paredes laterales sin mover los pies del suelo.

En la celda de Miguel Primo de Rivera todavía se conserva, sobre el taburete, un balón lleno de trapos y papeles con el que desentumecían sus miembros ambos hermanos en las horas de salida al patio.

Del patio del fusilamiento

José Antonio tuvo que dar, dada su estatura, apenas una veintena de pasos desde su celda al patio. Luego, pasada una pequeña habitación, seis escalones y otra docena de pasos hasta quedar apoyado en la pared, de cara al piquete. El patio es pequeño -no llegará a los treinta metros- y muy irregular, como puede observarse en la fotografía que reproducimos, que corresponde al lado en que se colocó el piquete. El suelo era de tierra, y al lado que no se ve en la foto hay un entrante, cerca del cual fueron fusilados José Antonio y los otros cuatro camaradas. Junto al entrante está ahora el cuadro cercado donde él cayó, muy cerca de la puerta de la enfermería. En la pared, a la altura del pecho, hay un boquete del que se extrajo una de las balas que debieron herirle; otros muchos impactos pueden verse alrededor. Exactamente en el lugar que se apoyó crece hoy un lirio de grandes hojas verticales. Al caer después hacia delante y recibir el tiro de gracia, la sangre de José Antonio hizo una gran mancha en el barro, que luego fue recogido y enterrado allí mismo, donde hoy se eleva la alta cruz de madera alrededor de la cual emerge una mancha de hierba coronada de geranios.

Aquí también es posible evocar con cierta realidad la figura de José Antonio, pues hay en todo una fuerte estructura de prisión estrecha, abierta, sin embargo a un altísimo cielo. La luz es cruda y despiadadamente blanca, y el lugar, cubierto hoy una grava menuda, conserva una precisa gradeza y severidad que estremecen: tan banal es el ambiente con su escalera y sus ventanas enrejadas, con su simple realidad sin adobo alguno.

Antes de salir del patio la primera vez, por la mañana, en el alero de cine puede observar que dos gorriones seguían curiosamente mis movimientos. No sé por qué pensé que estaban deseando que me fuese. Allí, en el aquel patio, deben jugar a gusto los pájaros. Un claro reposo lo llena todo y la cruz misma, la hierba y los lirios ocultarán mil bichejos comestibles. Además, el cable roto del pararrayos puede constituir un buen columpio. En las mañanas serenas y soleadas, estoy seguro de que podrá oírse a los gorriones, subidos en la cruz,
picotear los laureles que la ciñen.

Al salir de cada de José Antonio, enfrente, sentados a la puerta de una taberna, un grupo de hombres juega a la baraja. Adivino la frasquilla de tinto, los vasos de vidrio gordo, alguna petaca, algún papel resobado en el que se apuntan las jugadas con un lápiz que es preciso chupar para que escriba.  Me dan ganas de acercarme a hablar del tiempo con ellos para, de pronto, preguntarles:

-Se acuerdan ustedes de uno que se llamó José Antonio?

Pero esto sería una tontería y ahora el fotógrafo tira de mí. La verdad es que nada confunde e impresiona tanto como la sencilla realidad de los días y las cosas. Todo es tan natural, tan sin trampas, tan comprensible que da frío pensar en  ello. Y ha de volver a pensar uno, para que se le quite el miedo, en el misterio, en los milagros en la existencia misma del infierno y del demonio.

El fotógrafo, todos los fotógrafos están preocupados con el color del emblema falangista: como es rojo y va sobre negro no se ve apenas en las fotos. Y mi compañero me habla de películas pantocromáticas, de angulares, objetivos y otros útiles del oficio.

Para ir al cementerio hay que tomar en tranvía. En la plataforma se origina un duelo entre el cobrador y una mujer de la tierra. Un pintoresco diálogo en valenciano con flecos de Murcia, aire alicantino y reminiscencias catalanas chispea entre los labios de los que discuten. Parece ser que falta moneda fraccionaria y que la mujer se queja del conductor, de la Compañía y del Estado. Las risas de los espectadores resuelven el incidente. Hemos llegado al cementerio.

En el cementerio

A la puerta hay un coche fúnebre, de dos caballos empenachados, cubiertos con mantas oscuras. Cerca, otro coche de un solo caballo, entre tartana y jardinera, ha traído el duelo. El cochero de Pompas Fúnebres enciende una larga pipa y se acerca a uno de los caballos. El cochero lleva levita antigua, astrosa y parta, y está ahora quitándole pulgas de la crin al caballo de la izquierda.

Parece ser que ayer murió don Arsenio. Tenía cincuenta y ocho años y padecía del corazón. Se murió de repente, a las diez de la mañana, cuando regaba una hortensia. Han venido sus hijos y un amigo, pues D. Arsenio era hombre casero. Creo que no fumaba y era muy aficionado a la radio. Después de peinarle las crines al caballo de la izquierda y, quitarles las mantas a los dos, el cochero fúnebre ha subido al pescante. Se ha doblado cuidadosamente la levita por detrás y ha arreado a los pencos. El armatoste se larga con un crujido interminable.

El cementerio nuevo de Alicante es bastante amplio. No hay cipreses porque éstos árboles tardan mucho en crecer; en cambio, hay eucaliptos altos, suaves, verdísimos, que esparcen un olor agradable en cuanto se mueve el tiempo. Los nichos agrupados independientemente en núcleos de veinte huecos, parecen colmenas. He visitado primero, porqué está antes, el monumento a los Caídos. Se abre en dos alas -la Cruz en el centro- de veintitantos nichos cada una. Aquí yacen los camaradas que quisieron liberar a José Antonio. Luego he ido a ver la sepultura que conserva la huella de su cuerpo en la tierra. Está cubierta con una lámina de cristal, cuyos bordes van pintados con los colores falangistas. Sobre ella descansan unas largas andas de madera despintada, cubiertas con una alfombra grande. He subido un poco la alfombra, pero no he conseguido ver nada. Además, muy cerca, una mujer de luto rezaba de rodillas al borde de una fosa. Sus manos sostenían juntas la de un niño de pocos años. No he querido distraerlos y he pensado que la huella de José Antonio sería una huella clara, tan limpia, tan natural que me habría hecho pensar inmediatamente en la huella de otro hombre cualquiera.

Por último, he ido a ver el nicho que tuvo, un poco más arriba José Antonio. Las flechas, la Cruz, el escudo de Alicante. Y una lápida, en la que el Ayuntamiento da cuenta de su concesión a perpetuidad. Unas flores secas, aprisionadas con un pedazo de mármol, se calientan al sol como un corrillo de viejecitos. Aquí estuvo José Antonio y siempre donde él estuvo se calienta a sol un puñado de flores.

Al lado de su nicho descansan los restos de un D. Melchor García cuya fotografía se asoma tras el cristal. Era un hombre de unos cincuenta años, con bigote. En la corbata luche un alfiler de brillantes en forma de herradura. El también tiene otro puñado de flores.

Cuando salimos del cementerio entran una caja pequeña y blanca. Es una niña y en el cortejo resulta fácil descubrir al padre.

En el camino de José Antonio

La explanada de España se estira junta al mar, bordeada de palmeras. Al fondo, la mole del castillo de Santa Bárbara se confunde con el color y las arrugas de la montaña que lo soporta. Como es domingo, el tráfico rodado escasea.

Aquí se detuvo José Antonio mientras lanzaban al mar la base del monolito que ha de alzarse para perpetuar su memoria bajo la cruz implacable. Cuando él se detuvo allí, una muchedumbre de embarcaciones grandes y pequeñas le saludaron mientras tronaban las baterías de costa.

Hoy, en la modorra dominguera renace la eterna siesta española. Un pescador viejo destripa con su cuchillo a un pulpo blanquísimo y le abre las patas, dejando al descubierto una extraña materia rosada.

La gente va al aperitivo. Desde el club de regatas se ve bien cómo las palmeras se comen la luz. Las parejas. Los chicos terminan su paseo matinal. En los bares las orquestas amenizan el "cocktail. A caballo. Sobre los altos taburetes, los jóvenes y los viejos hablan de fútbol, que es aquí el deporte apasionante. Hoy juega el equipo local en Vigo, y nadie se hace ilusiones. En el comedor del hotel hay ya risas y huele a licores y a humo de puros. Seguramente son las dos y media.

La Cruz de los Caídos

La plaza de los Luceros se centra con una fuente monumental, coronada por cuatro caballos, no muy bella que digamos. Nos trae a la memoria el arte pirotécnico y su envoltura de "ninots" humanísimos.

Por aquí pasó José Antonio. Creo que le llevaba la Junta Política. De aquí salió por al carretera de Ocaña, a recibir la tardía pleitesía de los españoles. El suelo rezumaba  mirtos jóvenes y claveles frescos. El aire, restallado por las banderas, olía a pólvora y a rosas.

Claro que hoy, que es domingo y no  tiene nada que ver, la niñera ha sacado al niño de paseo. Por cierto que el niño, que es un barrabás, se ha caído de cara y un enorme chichón le ha crecido como por encanto hasta que la niñera, que guarda diez céntimos antiguos para estos casos, le ha puesto una venda apretada.

Regreso

La tarde ha pasado lentamente, como si fuese la primera o la última. He vuelto a la Casa-Prisión y al cementerio. Todo, naturalmente, estaba igual. Por la noche he vuelto al hotel y me he sentado a mi mesa. En el bar, una joven multitud bailaba en una pista estrecha. El camarero, que me ha visto contemplar las fotografías del cementerio y de la Casa Prisión me ha preguntado respetuosamente:

-¿Es fiesta nacional el día 20?

Y luego ha dicho:

-¡Hay que ver como pasa el tiempo! Cinco ya y dos que se le llevaron.

En el pecho del smoking negro se le dibuja la insignia de la C.N.S. Es un chico rubio, muy joven. Por la ventana que tengo a mi lado veo brillar las luces verdes, rojas y azules de muelle. Al reflejarse en el mar se quedan allí estriadas, blancas, temblando como espadas vencidas.

Voy a la estación en otro carricoche de estos. Al llegar, un hombre levanta su brazo y me falta poco para corresponderle. Me había parecido el saludo falangista, pero no; es que llamaba a otro con la mano. En el andén no hay nadie y el tren estaba vacío.

El mozo del vagón me pregunta, mientras hace la cama, se he ido al boxeo. Le digo que no y entonces me comunica que ha ganado no se quién por puntos.

Luego, tras una pausa, en tanto saca el embozo me dice:
¿Le ha gustado Alicante?

-Si, le respondo; pero la luz hace un daño terrible a los ojos. Buenas noches.

Y cierro mi departamento. Sobre la red inferior he dejado "El libro sobre las misiones" de Ortega pero ahora lo guardo maquinalmente en el maletín porque no voy a leer. Necesito estar a oscuras. Aquí con el tren parado y negro, me alivio de esa terrible luz blanca que lo deja todo en carne viva.

Alicante, noviembre de 1941.