Valores humanos de José Antonio


Julian Pemartín Sanjuan

 

Los siguientes apuntes no son siquiera el esbozo de una etopeya joseantoniana. Aspiran a ser unas notas, unos datos quizá útiles para la mente capaz y resuelta a escribir, en toda su profundidad y significado, la biografía de José Antonio, en cuya personal vicisitud humana palpitan no pocas claves y explicaciones vivas de su obra trascendente destinada a perennidad.

Para valorar mejor las cualidades y dimensiones humanas de José Antonio, recordaremos su ámbito familiar.

José Antonio fue el primogénito del matrimonio habido entre don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja y doña Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín.

Don Miguel, sobrino carnal de don Fernando Primo de Rivera y Sobremonte, marqués de Estella, pertenecía a una estirpe andaluza y militar cuyas glorias remontan a varios siglos de la Historia de España; doña Casilda, a una antigua familia riojana con casa solariega en Alfaro. El matrimonio contaba con muy menguada fortuna patrimonial.

José Antonio nació en Madrid el 24 de abril de 1903, cuando su padre, teniente coronel de Infantería, tenía treinta y dos años y su madre veintitrés. El matrimonio tuvo otros cinco hijos: Miguel, Carmen, las mellizas Pilar y Ángeles, la segunda de las cuáles murió a los seis años, y Fernando. A los nueve días de nacer este último, en junio de 1908, murió doña Casilda, y entonces el vacío materno, agrandado por las forzosas ausencias del padre, fue ocupado plenamente por las hermanas de don Miguel, Inés y María Jesús.

José Antonio cursó el bachillerato dirigido por un profesor particular, don Ávaro Rodríguez, sin merecer ningún suspenso y alcanzando varios sobresalientes, hasta obtener el título en el año 1917.

Fuera de sus deberes estudiantiles, demostró desde pequeño gran afición a la lectura y notable precocidad literaria, llegando a componer varias obras dramáticas en verso y con argumentos históricos, que luego eran representadas por una compañía infantil dirigida por él y constituida por sus hermanos y los primos de la rama Sáenz de Heredia.

También desde muy pronto fue aficionado a la equitación y a la caza, a las que se entregaba con interés todos los veranos, transcurridos en la finca que el viejo marqués de Estella poseía en Robledo de Chavela. En estos deportes tuvo por maestro a su tío Fernando, brillante oficial de Caballería, que más tarde, durante las jornadas africanas de 1921, había de morir heroicamente en Monte Arruit.

Empezó la carrera de Derecho atraído por una resuelta vocación, el año de 1917. Pero inició los estudios como alumno libre, para poder alternarlos con el despacho de la correspondencia en una representación de automóviles americanos que ostentaba un tío suyo. Ello fue causa de que las calificaciones obtenidas durante el preparatorio y los dos primeros cursos fuesen bajas y que incluso recibiese algunos suspensos; pero no bien pudo dedicarse exclusivamente a las tareas universitarias, se colocó en la primera fila de estudiantes aventajados, hasta aprobar las cuatro asignaturas del doctorado en el curso de 1922 a 1923, con cuatro matrículas de honor.

Inmediatamente después de terminada la carrera, en el verano de 1923, José Antonio inició el servicio militar. Todo el servicio, José Antonio, que eludió minuciosamente cualquier sombra de privilegio, extremó la puntualidad y diligencia.

En junio de 1925 José Antonio se cruzó de santiaguista, y durante el tiempo que en España tuvieron las Ordenes Militares personalidad oficial, gozó y cumplió todas las prerrogativas y todos los deberes de la Orden.

A la muerte del primer Marqués de Estella, en 1921, heredó don Miguel el título con Grandeza; y en 1925, José Antonio, como primogénito de Grande de España, recibió el cargo de Gentilhombre, que desempeñó hasta la muerte de su padre, después de la cual consideró canceladas sus obligaciones con Palacio. Pero el 15 de abril de 1931, José Antonio estuvo entre los contadísimos cortesanos que acompañaron a la Reina hasta la despedida en Galapagar.

Durante los años de la Dictadura, José Antonio, sin incurrir en negaciones, ni exhibir resentimientos, se mantuvo no sólo en su vida profesional, sino en todo su proceder, al margen de cualquier actuación política; pero cuando acabó el Gobierno del General Primo de Rivera y se desató impune la ola de ingratitud y rencor, José Antonio salió resueltamente al público siempre que hubo que rechazar algún ataque injusto o algún agravio contra el General, sus colaboradores o la honradez de su Gobierno.

Tras estas notas, que pretenden encuadrar lo más humano de la biografía de José Antonio, añadiremos ahora algunas reflexiones concretas, referidas a valores de su persona, valores llenos de ejemplaridad y vigencia, valores que son hoy, todavía, una lección actualísima.

1. José Antonio y la alegría

¿No habéis tropezado muchas veces con amigos o conocidos cuya inesperada actitud agria, cuyas palabras y ademanes sombríos y tristes os han extrañado y que a vuestras naturales preguntas de interés contestaron sólo diciendo: «No, no me pasa nada grave, es que hoy me he levantado de mal humor»? Pues ese malhumor irrazonable, esos estados de melancolía sin causa, eran de las cosas que más enfadaban a José Antonio; porque José Antonio fue siempre un enemigo mortal de la tristeza y un constante buscador y defensor de la alegría. En todas las cosas quería ser alegre: en las serias y profundas, en los momentos difíciles o peligrosos, encontraba siempre la parte jovial, el aspecto risueño, que subrayaba con intención para librar esas ocasiones solemnes de innecesarios tintes sombríos, y en las ocasiones gratas, en los momentos amables del vivir, se entregaba como un niño feliz a la alegría con toda la efusión de su alma.

Lo mismo que luego, cuando le llegaban las penas hondas, las tristezas verdaderas que Dios envía a todos los hombres, gustaba de recibirlas con el corazón también en carne viva sin que jamás anestesiara sus sentimientos con frivolidades engañadoras y olvidadizas. Sancho Dávila cuenta siempre que no puede recordar mayor expresión de dolor que el gesto de José Antonio cuando en la estación de Madrid le señaló con una mirada el cadáver de su padre, que venía acompañando desde Francia. ¡Y quién ha sentido la angustia de su Patria, el dolor de España, como la sintió José Antonio!

Pero, como íbamos diciendo, José Antonio buscaba sin cansancio la alegría, y la alegría acudía fiel y prontamente a la llamada de aquella inteligencia siempre empleada en ideas luminosas y nobles, mantenida en un cuerpo sano de experto nadador y jinete. Y José Antonio consideraba como una ingratitud al Creador, como una traición a la vida, las tristezas injustificadas, las melancolías de decadentes o neurasténicos.

Nunca se me olvidará la lección de alegría que le escuché en un salón madrileño. Estaba José Antonio con un breve grupo de personas de posición privilegiada y vida fácil y sonriente. Y aquel de entre ellos en el que parecían concurrir más fortunas, se empeñaba en mantener -con el asentimiento bobalicón de los otros- un criterio pesimista de la existencia: para él, decía, a pesar de todas las aparentes facilidades de su posición, raro era el día que una nota negra -una carta desagradable, la pequeña deslealtad de un amigo...- no le enturbiaba irremediablemente. José Antonio, no sin la sorpresa del concurso, le refutó impetuoso. Para él, en cambio, la vida era una cosa tan fecunda y sugestiva que todas las noches daba gracias a Dios sinceramente por haber puesto entre sus manos aquel maravilloso juguete.

Pero sin duda alguna la lección de alegría que todos debemos esculpir en nuestro recuerdo es la que nos contaba su hermano Miguel. Miguel, que ya estaba preso desde marzo de 1936, vivió al lado de José Antonio todo el tiempo que duró su prisión en Alicante. Horas antes de cumplirse la sentencia de muerte que nos quitó a José Antonio, Miguel, en un momento de admiración y angustia fraternal, quiso jurar a José Antonio su firmísimo propósito, si Dios lo salvaba de la cárcel, de emplear todas sus energías, todos los momentos de su vida; en el servicio de la Falange. «José Antonio -le dijo Miguel-: Te juro que si a ti te matan y a mí no, mi vida ha de ser un puro sacrificio...». Y José Antonio, sin dejarle terminar, le dijo palabras parecidas a éstas: «Sí, Miguel, seguirás trabajando en la Falange, en el servicio de España, pero no dejes de seguir dándole tu alegría: tu vida, sí, que siga en la tarea nuestra, pero que siga siendo fundamentalmente alegre, porque jamás servirá bien a la Falange el que no lo haga alegremente».
 

2. José Antonio y la veracidad

Todos sabéis lo que significa la palabra «auténtico». Lo contrario de dudoso, de falso, de mentiroso.

En el pensamiento de José Antonio brilla con luz de primera magnitud la virtud de la veracidad, su pasión por lo auténtico, por lo verdadero; su repugnancia hacia cualquier falsificación, su incompatibilidad con la hipocresía o con la mentira.

Bien mirado, la esencial creación de José Antonio, la Falange, no es más que pasión de autenticidad, de veracidad. La Falange, como sabéis, ama y busca a la España auténtica, a la verdadera cumplidora de su destino universal y se subleva contra la España deformada, falsificada, cada vez más lejos de su propio ser y de su historia. Y la Falange, para encontrar de nuevo esta España verdadera, se levantó contra los falsificadores de un lado y de otro; contra los falsificadores de lo espiritual, que invocaban a la Religión o a la Patria sólo para asegurar la permanencia de injustos privilegios; y contra los falsificadores de lo social, que invocaban las reivindicaciones de los obreros y de los pobres sólo con el designio de destruir los valores del espíritu, de atacar la Religión y aniquilar la Patria.

Y este amor por lo verdadero, por lo auténtico, que originó y animó el pensamiento político de José Antonio, se descubre en todas las manifestaciones de su vida pública y privada. Mirad, por ejemplo, su oratoria: en ella os asombrará siempre la corrección y la galanura; pero quien intente resumir un discurso suyo intentará un imposible. En los discursos de José Antonio no sobra ninguna palabra, porque, orador auténtico, usaba las palabras únicamente para lo que son: para expresar concisa y hermosamente las ideas, y no abusaba falsamente de ellas en repeticiones cómodas o fáciles latiguillos mentirosos. Leed en voz alta un discurso de José Antonio, y aunque no sigáis muy atentos las ideas, nunca notaréis con desagrado uno de esos sonidos estridentes o apagados de las falsificaciones; oiréis sin interrupción como el sonar claro y concreto de un chorro de monedas de buena plata o de oro fino.

Y lo mismo que en su oratoria, José Antonio era escrupulosamente veraz, como ya os he dicho, en todas las manifestaciones de su vida. José Antonio jamás dio una sola bofetada inmerecida; pero tampoco pronunció o escribió un elogio desmesurado; con todo rigor trataba siempre el que sus palabras y sus actos, aun los más triviales, fuesen la expresión fiel, exacta, de su pensamiento y de su sentimiento.

Os voy a referir como ejemplo cotidiano y revelador de su veracidad la siguiente anécdota:

Hace ya muchos años, lo menos cinco años antes de que naciera la Falange, acompañaba yo a José Antonio por las calles de Madrid durante un breve descanso de sus tareas profesionales, cuando se me acercó un mendigo. Lo despaché con la frase convencional de «perdóneme, no llevo dinero», y en cuanto se alejó el despedido, me dijo José Antonio, al tiempo que maquinalmente se llevaba la mano al bolsillo de la cartera: «¿Ya estás otra vez en la ruina total?». «No, hombre -le contesté-, lo que no llevo es moneda suelta»; y tras una breve pausa, concluyó José Antonio, poniendo en sus palabras un matiz de reproche: «Como le dijiste al pobre que no llevabas nada...». Desde entonces observé a José Antonio, siempre que era requerido por algún pedigüeño y en las pocas ocasiones que negaba el socorro siempre le vi razonar, incluso largamente, la negativa: con la improcedencia de la petición, con la proximidad del último abundante donativo, con falta de dinero cambiado... Jamás le escuché una excusa que no fuese literalmente exacta.

Hasta este extremo llegaba el rigor de sinceridad, de veracidad en José Antonio; hasta no transigir ni con aquellas fórmulas usuales de convivencia en las que ya hemos hecho convencional la hipocresía.

3. José Antonio y la poesía

José Antonio definió a la Patria con esfuerzo poético de adivinación, y la Patria, para los españoles, dejó de ser un mero soporte físico, gárrula evocación de glorias pretéritas o vana resignación con un futuro sin empresas, y se convirtió en un quehacer común de los españoles, en una misión histórica indeclinable; y el concepto que José Antonio nos dio de la Patria se hizo resorte de voluntades, imperativo de unidad, certidumbre de destino.

Rigor y poesía deben compenetrarse, mostrar su íntima conformidad, acreditar su profunda armonía. Decir que a los pueblos los mueven los poetas no es decir nada impreciso. Pero convendrá condicionar el ser de la poesía a una innegable raíz clásica. Poesía equidistante de la frialdad y de la vehemencia, de los apasionamientos estériles y de la vaciedad de unos meros esquemas lógicos. Son meridianas sus palabras: «En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos, nosotros renunciaremos y de nosotros será el triunfo». También el triunfo del poeta, la trascendida fama, surge de renuncias y sacrificios, renuncias y sacrificios para llegar a la palabra justa, a la definitiva revelación. Poesía y política las entiende José Antonio como iluminación de lo circunstancial desde lo esencial, desde la raíz. No en balde quiso que su doctrina inquiriese, desde un inicio, el ser de España, cuando las discusiones sobre el ser de España sólo eran razonamientos fríos sobre sus apariencias.

Heidegger tiene un increíble texto glosando este preciso verso de Hölderlin: «Mas lo permanente, lo instauran los poetas». Y dice Heidegger: «La poesía es instauración por la palabra y en la palabra». Comenta también Heidegger otro admirable poema de Hölderlin que inscribimos aquí y que podría inscribirse en mármol:

Es privilegio nuestro, de los poetas,
estar de pie ante las tormentas de Dios,
con la cabeza desnuda,
para apresar con nuestras propias manos
el rayo de la, luz del Padre,
y hacer llegar al pueblo, envuelto en cantos,
el don celeste.

En el exacto sentido de este poema José Antonio entendía la poesía. Es posible que el tiempo pasado nos brinde ya claridad sobre esta poesía que construye, sobre esta poesía que es como estrofas de nuestra más reciente historia.