Escuadristas

Por J.L. Gómez Tello

Arriba, 19 de noviembre, 1961

 

Sí, pero ¿como veían a José Antonio sus escuadristas? ¿Cómo se proyectaba su figura en aquella juventud que hoy tendría—o tiene— veinticinco años más? En Alejandro Salazar o en Luis Aguilar, asesinados; en Francisco de Paula Sampol, muerto a tiros en Sevilla; en Jesús Hernández, caído en plena adolescencia en la calle Augusto Figueroa, o en Luis Arroyo, que a los trece años, un niño, fue asesinado por los marxistas. Los que cantaban "Bajo mi bandera roja y negra iré — a luchar, sin temor", luchaban sin temor en las más duras encrucijadas por la salvación de España frente al comunismo, al socialismo y a la sucia conspiración republicano-masónica, mientras la derecha cuca pontificaba: "El Gobierno de la República, con evidente acierto, ha prohibido la propaganda del fascismo en España." Está escrita esa palabra, fascismo, que hoy tiene que pronunciarse en silenció, pero escrita.

 

¿Qué era el nombre de José Antonio para García Míguez, que cayó en Aznalcollar antes de la guerra, o para Ángel Briones o Carlos Herráiz, que murieron entre los muros del Cuartel de la Montaña, o para Luis Sánchez Jiménez, que había de combatir hasta el último momento, hasta que fue rematado por la horda? También éstos eran escuadristas. de una juventud como la que José Antonio quería, ni egoísta ni cobarde, ni cautelosa ni hipócrita, sino "sana, limpia, alegre y heroica".

 

¿Qué era para todo el haz de muertos que se fue sembrando por una España mejor? Ruiz de la Hermosa, apuñalado en Daimiel, que llegó a oírle en el mitin del teatro de la Comedia; Eduardo Rivas y Jerónimo de la Rosa, un modesto pintor y un estudiante y humilde ferroviario, escuadristas de Sevilla; Matías Montero, asesinado cobardemente por la espalda; Ángel Abella, Juan José Olano... Morían por creer en las verdades sencillas de la Falange, por leer "FE", por repartir unas hojas en que se anticipaba el futuro.

 

¿Qué era José Antonio para los escuadristas que defendieron las barricadas de Oviedo frente al alud de los dinamiteros, frente a los asesinos de mujeres, de familiares apresados como rehenes, de traidores separatistas que más tarde la buena burguesía había de indultar, mientras se llamaba a los escuadristas de la Falange "cuatro gatos"? Hay frases que no se pueden olvidar, porque no se olvidan las cobardías.

 

Aparte de que los de "la victoria sin alas" se encargan de recordárnoslas volviendo a aparecer en el tablado de la antigua farsa política del brazo de aquellos mismos marxistas. Para repetir primero su traición, luego su cobardía de fugitivos al otro lado de la frontera, cualquier otro 18 de julio. ¿Como veían a José Antonio aquellos estudiantes del bachillerato que repartían, con el primer, escalofrío de lo que pronto sería torrente desbordado, el discurso de José Antonio el 29 de octubre "Yo creo que está alzada una bandera"? Y para todos lo estaba: la bandera del combate, del riesgo y de la muerte, pero también la bandera del sacrificio, de la alegría y de la disciplina; la andera del honor y de la Patria, y de los que habían de pensar en él desde lejos, desde la impaciencia del 18 de julio: Toda la Falange de César Sanz, aniquilada en las lomas del Alto de los Leones, o los hermanos Caballero Francos, que resistieron hasta morir en Puertollano, o Manuel Prado González, fusilado en Ciudad Real, o "Vicente Murillo de "Valdivia, defensor de Castuera; y los de Albacete y Simancas, los del Alcázar de Toledo y los de las checas innumerables; los asesinados en la cárcel Modelo—¡cuántos, cuántos!—y los que cayeron a racimos en el bastión de Brunete, los de Belchite, como Eduardo Cariñena y Jaime, Gallegos. Estremece alinear tantos nombres, cada uno de los cuales es una página de heroísmo. Pero, como un día dijo Jato, "En Falange la muerte se anticipó a los reglamentos". En la Falange de "arriba escuadras a vencer" quiero decir.

 

¿Cómo le vieron Enrique Sotomayor o Vicente Gaceo, que habrían de morir en la División Azul, o los escuadristas de Possad, que contraatacaron a la bayoneta cantando el "Cara al sol", o García de Noblejas, el último, o Luis Alcocer, aviador en la Escuadrilla Azul, o Luis Zaragoza y el SEU de Madrid?

 

Todos ellos, los muertos, y también los que supervivimos, y también los qué desertaron, los que renegaron, los que quebraron su espíritu a lo largo de los años y que deben llorar por dentro, incapaces de ahorcarse como Judas. Todos, ¿cómo veían a José Antonio?

 

Cuando se es capaz de morir por la bandera alzada por un hombre, hay que pensar en la fuerza torrencial de esta idea. Hay otra juventud—también la había entonces—que piensa, planifica, esquematiza, pero es incapaz de sentir el impulso de una suprema poesía política, y sería incapaz de morir, naturalmente, por sus perfectos planes y esquemas mentales. Cuando José Antonio surgió, lo que arrebató a la juventud española, lo que se convirtió en resorte decisivo fue precisamente que España se sentía harta de esquemas ideológicos siempre vacíos, de la escayola de ideas tantas veces pedantes, de la frialdad de los programas, de las tertulias conspiradoras.

 

Estaba harta de la eterna traición a la revolución y de la permanente asfixia impuestas por ideas extranjeras, con los "Cien mil hijos de San Luis" o con los cien mil bastardos de Moscú. Lo que llegaba con José Antonio era la tierra y, el cielo de España, nuestros pueblos y nuestras piedras, la exigencia cotidiana de combatir y vencer, el romper la siesta monótona de los partidos turnantes, el rescatar a los que habían sido arrastrados a la ciénaga marxista por los "snobs" pedantuelos que entonces —y aun hoy—"pululaban. Llegaban frases de José Antonio que eran convertidas en leyendas —como su célebre respuesta en la Dirección General de Seguridad—; llegaban agigantados sus gestos, sus rasgos, como su decisión de ir al frente de las escuadras. Pero, en el fondo, no era lo que de humano había en estas, frases y en estos gestos lo que se convertía en fuerza capaz de hacer morir a un escuadrista. Era que tras ello percibíamos la actitud de España tal como queríamos que fuera, como había que hacerla, como José Antonio quería, hacerla. Y no solo los escuadristas, sino también los que estaban enfrente, los hombres que se ganaban diariamente para los Sindicatos, percatándoles sin necesidad de hablarles en marxista, sino con un lenguaje nuevo y desconocido.

 

Veinticinco años ya de su muerte. Pero se equivocan quienes crean que las banderas de los escuadristas de ayer han podido morir, José Antonio vive en sus escuadristas. Una sola palabra, y todos nos sentimos convocados en torno a las escuadras de ayer. Sin nostalgia. Viendo a José Antonio como entonces le veíamos. Viendo a España como él la veía.