Como encontré el cadáver de José Antonio en Alicante

 

Javier P. Millán-Astray

ABC de Sevilla, 20 de noviembre, 1953


Todos los que en el cementerio de Alicante asistieron al solemnísimo traslado de los restos de José Antonio desde el camposanto al Monasterio de El Escorial, saben que fui yo la persona encargada de abrir el nicho y extraer el ataúd para trasladar el cadáver a la nueva caja, que, a hombros de falangistas, sería llevada a su actual sepultura. Pero muy pocos conocen a que razón obedeciera tal honor. Una orden superior determinó que esa misión correspondía al falangista que había encontrado los restos de nuestro primer jefe nacional. Y ese falangista era el que estas líneas escribe.

Como oficial de Franco, entré el primero en Alicante. Acompañado de mi sargento, puse el pie en el sagrado recinto, donde todo era silencio y soledad entre las tumbas. Me avisté con el capataz, Tomás Santonja Ruiz y le interrogué acerca del lugar donde se hallaba enterrado José Antonio.

Me enseñó el capataz su libro de notas. Leí: "Fosa once". Y detrás el nombre de nuestro muerto, seguido de Vicente Muñoz, Luis Seguros, Ezequiel Mira, Luis López, Felipe Codina.

Pero no era en la fosa número once donde se había verificado la inhumación, sino en la señalada con el número cinco. El capataz cambió deliberadamente los números para evitar cualquier profanación.

Volví al coche que hasta allí me condujera y entré en la ciudad, adonde aquella misma noche convine con Miguel Primo de Rivera -a quien entregué la maleta de José Antonio con su ropa, libros y papeles y unos caballitos con jinetes, que había confeccionado en la cárcel- todo lo necesario para proceder a la primera exhumación.

Aún no había nacido el sol del siguiente día cuando, ayudado por unos camaradas y los empleados del cementerio fuimos sacando los cadáveres de la fosa. Sólo el de Felipe Codina estaba encerrado en un ataúd, porque había fallecido de muerte natural en el hospital. Los últimos restos que yacían en la sepultura eran los de nuestro querido jefe.

Limpio de tierra, José Antonio, intacto, como si pocos minutos antes hubiera muerto, descansaba en la honda sepultura, con la mano derecha crispada sobre el jersey en el lugar del corazón. Sólo los pies, descalzos con unas toscas alpargatas, habían sufrido los efectos de la descomposición.

Ordené a cuatro falangistas que montaran la guardia debida. Nuevamente me trasladé a la ciudad para avisar a Miguel. Compramos una caja y una bandera española, y al llegar a la necrópolis encontramos en ella a un grupo de unas diez personas: mi querida madre, que había sufrido prisión por España desde el primer día de la guerra; mi hermana con su esposo, el farmaceútico don José Mallol, Ricardo Núñez y algunos más que no recuerdo... Rezamos un Padrenuestro, dijimos con fervor nuestros Presentes y a una seña de Miguel bajé a la fosa.

Lo primero que me extrañó fue encontrar sobre el cadáver un crucifijo suelto...

Un miliciano lo había arrancado del cuello de José Antonio en la primera inhumación pero el capataz haciendo valer su autoridad, le había obligado a devolverlo... Levanté la mano derecha de nuestro jefe muerto. Le desprendí un imperdible con tres medallas que llevaba sujeto al jersey y se las entregué al conmovido hermano. Después me bajaron unas tablas con unas cuerdas y sobre ellas deposité los restos. Salí de la fosa. Izamos con sumo cuidado la queridísima carga. José Antonio, a pesar del tiempo que llevaba enterrado, pesaba unos sesenta kilos. Le amortajé con la bandera española y, privándole voluntariamente de toda ayuda, le deposité en el ataúd. Lo cerré, y en silencio absoluto, con los ojos ardientes por las lágrimas que en ellos querían brotar, lo trasladamos al nicho número 55, que fue provisionalmente tapiado.

Cuando llegó el día del cortejo inolvidable e impresionante me entregaron una pequeña piqueta y antes miles de camaradas rompí el nicho y trasladé el cadáver al nuevo ataúd, tras haberlo envuelto en la bandera de la Falange. Ya los restos pesaban muy poco... pero su gigantesco recuerdo, la hazaña de su vida, el sacrificio de su muerte gravitaban más que nada sobre nuestra memoria.

Me cabe el altísimo honor de haber sido el único español que puso sus manos pecadoras sobre el cuerpo queridísimo del más valiente y leal de mis amigos, del camarada entrañable e inolvidable, del fundador y primer jefe nacional de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, que en el alba lluviosa de un 20 de noviembre dio su vida por Dios y por España para que en ella empezara a amanecer con el sol radiante de la Patria, de la Libertad, de la Justicia.

 

 

Celda de José Antonio, en Alicante

 

Lugar donde cayó fusilado

 

Cementerio de Alicante

 

Santonja Ruiz recoge unas reliquias

 

Entregan las reliquias a Miguel Primo de Rivera

 

En el Cementerio

 

Javier Millán Astray rompiendo el nicho

 

y traslado al nuevo ataud