Algo más que urnas

 

Largo Caballero

 

Margarita Nelken

Enrique de Aguinaga

Altar Mayor

nº 68. sept.-oct. 2000


El autor del editorial “Pero en nombre de qué, en nombre de quién” (El Mundo, 21 de agosto) demuestra una descarada ignorancia del ideario de José Antonio Primo de Rivera, que reducido a una frase sobre el destino de las urnas, lo propone, de modo estrafalario, como antecedente de ETA.

La frase está tomada del discurso del 29 de octubre de 1933, donde dice: “Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y terminaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas”.

Una vez mas, se comete la tropelía de juzgar lo pasado con la mentalidad del presente, despreciando no sólo el contexto literal, sino también el contexto histórico y la libertad intelectual del autor con su derecho a la utopía. En el caso de José Antonio, el vicio es tan exagerado que llega a la ucronía de considerarle en función del franquismo, que, obviamente, no pudo conocer.

En primer lugar, en aquel discurso, José Antonio hace la crítica del Estado liberal, a la que pertenece el paisaje en cuestión, para justificar el nacimiento del socialismo y explicar su posterior descarrío, como represalia. Se podrá estar o no estar de acuerdo; pero lo que no se puede es tergiversar el argumento, descoyuntando una frase de su contexto. La dicotomía dominante en aquel tiempo no es dictadura o democracia, sino capitalismo o comunismo. Sin entender esta premisa, no se entiende nada.

Quienes hayan dedicado alguna atención al pensamiento joseantoniano saben, además, que aquella frase es una esquirla de un discurso, que el propio José Antonio califica después como “preludio con el calor y la irresponsabilidad de la infancia”, que se explica en el contexto político y quien no pasa de ser una miniatura en el conjunto de un planteamiento que comprende, dicho urgentemente, el empalme con la revolución del 14 de abril; el puente sobre la invasión de los bárbaros; la desarticulación del sistema capitalista por la atribución de la plusvalía al Sindicato, por la nacionalización del crédito y por la creación de formas comunitarias de propiedad; la reforma agraria con el lema de la cancelación de las rentas; el Estado como instrumento de la realidad de España, asentado sobre realidades vitales, con respeto para la dignidad, integridad y libertad del individuo, portador de valores eternos, y convocado a un modo de ser, ascetismo civil compatible con un sentido alegre y deportivo; y, en suma, las bases de un socialismo personista, en el que, por vía de síntesis, se supere no sólo por la dicotomía de capitalismo y comunismo, sino también las de izquierda y derecha, patria y revolución, derechos de la persona y solidaridad social, conservadurismo y progresismo, orden de libertad y sistema de justicia y, en general, todas aquellas que puedan ser objeto de la integración cristiana del orden material y del orden espiritual como empresa comunitaria.

En el marco de las realidades, hay que decir que, meses más tarde, en el Primer Consejo Nacional, la Jefatura del a Falange es el resultado de una lección que José Antonio gana por un voto de diferencia, con un mandato de tres años que evidentemente no pudo cumplir por completo.

En el marco del contexto histórico, hay que decir que el mismo 29 de octubre de 1933, en la campaña electoral del PSOE, Indalecio Prieto pronunció un discurso en Valladolid al que pertenece esta exhortación:

“A vencer el día 19 (de noviembre) en las urnas. Y, si somos derrotados, a vencer el día 20 en las calles al grito de “¡Viva la revolución social!”.

Pocos días después, en la misma campaña, Largo Caballero, presidente del PSOE, proclamaba públicamente en Don Benito:

Vamos hacia la revolución social. Y yo digo que la burguesía no aceptará una expropiación legal. Habrá que expropiarla por la violencia […] Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada […] Se dirá “¡Ah, esa es la dictadura del proletariado!” ¿Pero es que vivimos en alguna democracia? Pues, ¿qué hay hoy más que una dictadura burguesa? […] La clase obrera debe prepararse bien para todos los acontecimientos que ocurran y el día que nos decidamos a la acción, que sea para algo definitivo que nos garantice el triunfo sobre la burguesía […] Estamos en plena guerra civil. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que por fortuna o por desgracia, tendrá inexorablemente que tomar […] Tenemos que luchar, como sea , hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no una bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución socialista.

En otro mitin posterior, tres meses más tarde, Indalecio Prieto insiste en la dialéctica de la violencia:

“Hay que aplastar definitivamente a las fuerzas que no han debido revivir, y ésta (la República) necesita una revolución profunda sin lugar a la meditación […] Que el proletariado se haga cargo del Poder y que haga de España lo que ella se merece. A tal fin, no hay que dudar, y si tiene que correr la sangre que corra”.

Y la violencia dialéctica alcanza cimas de hipérbole en Margarita Nelken:

“Pedimos una revolución […] pero la propia revolución rusa no nos serviría de modelo, porque nos harán falta llamas gigantescas que se verán desde cualquier punto del planeta y olas de sangre que teñirán el mar.

En este clima, la gran ironía, la gran falacia, es la idea flotante de la violencia de José Antonio, que bien merece una revisión profunda para que se vea cómo, contra los hostigamientos de la izquierda, los azuzamientos de la derecha, los rebuscamientos de los analistas y las imposiciones de la realidad, tuvo hasta el último momento la compostura intelectual (“Sin la constante vigilancia del pensamiento, la acción es pura barbarie”) que le dicta la invocación final de su admirable testamento: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”.

Júzguese así el grado extremo de deformación y desinformación necesario para llegar a proponer como antecedente de ETA a quien, en la “pugna trágica de todos los pueblos, entre lo espontáneo y lo histórico”, calificó el separatismo, que ETA representa hoy, como “designio antivasco”: “el designio de ponerse otra vez a las puertas de lo nativo, a las puertas de lo espontáneo, contra el logro universal, histórico, ingente y difícil que ha sido la Historia del pueblo vasco unido a la Historia de España”.