División Azul

Eugenio Montes
La Estrella y la Estela, 1954

Una tarde inolvidable despedimos en la estación de Madrid a los camaradas de la División Azul, que partían para el frente europeo en los campos de Rusia. Más que nadie teníamos nosotros, en aquel momento de emoción intensa, razones para la pena y la melancolía. Muchos de aquellos mozos estaban en nuestra intimidad más profunda, y a todos nos unía, nos une, el fervor caliente de participar en comunes ideales y afanes. Nuestras miradas iban de rostro en rostro recogiendo la imagen de cada cual, pensando en los que no habían de volver. Pero sobre la pena y la melancolía de lo individual se alzaban el orgullo y la alegría del sentimiento patriótico. Y para eso nos creíamos y nos creemos también con razones superlativas. Pues sobre el presentimiento de la dureza del combate, con su diezmo y sus primicias de bajas inexorables, prevalecía la absoluta convicción de que nuestros camaradas iban a rubricar, en la lejanía, las gesta aún frescas y próximas y, multiplicando su número por la excelencia, la valentía y el sacrificio, habían de ganar para España, con la admiración del país más sensible en todo el mundo a la hermosura de los gestos guerreros, una presencia destacada en los acontecimientos y decisiones universales.

Con esa misma emoción cimera les hemos seguido día a día, sintiendo desde la lejanía física y el silencio el unánime latir de sus corazones impacientes. En el silencio o en la lacónica noticia, pues uno de los más grandes, y por ello más heroicos sacrificios que impone una guerra de este tipo, es la avara sobriedad de las informaciones, exigida por la estrategia moderna.

Pero ahora conocemos ya con pormenores la gloria que han conquistado contra el Soviet en su propio ámbito. Y los nombres como cruces que vinieron en los telegramas - nombres queridos, fraternos- nos aparecen como señalando, con sus brazos abiertos al infinito, los horizontes últimos de la victoria, con sus cúpulas auroleadas de fuego, esperando la bandera española en el ondear de los estandartes de una Europa amaneciente.

Lo que el viento se llevó podrá ser vida, entre un caer de alas, de Alcocer, o la del camarada de las horas de iniciación, Javier García Noblejas, vida recta como una vocación desde aquel local de la Falange, en Marqués del Riscal, hasta la tumba moscovita. Pero lo que el viento nos trae es un eco de honor antiguo y una próxima Europa nueva, en la cual, España tendrá, con la autoridad de su presencia desinteresada en esa campaña, el prestigio, la dignidad, y el poderío que para ella soñó una mocedad de viriles vigilias.

Yo, como europeo, me siento orgulloso de que mozos españoles le diesen sentido a una guerra que era un inmenso contrasentido; y de que en el texto de la más confusa y caótica pugna que hayan visto los siglos, escribiesen esa página que, tomada en sí misma, destacada en su pureza, emula la ocasión de Lepanto y constituye, a la par, el claro y paladino prólogo a un ineludible porvenir.

Ríos lejanos, remotas nieves heridas, horizontes distantes, lodos anónimos de estepa, campos de afanes. Eso fue en otro tiempo el jadeo de la Historia, fatigada por España. Después vino la larga renuncia, y con ella el olvido. Nos habíamos olvidado del arranque y la codicia de grandes empresas. Y por eso la ordenación política del mundo nos había ido olvidando también dejando a un lado. Con la División Azul, disparándose hacia la geografía del otro extremo de Europa, para pelear en sus tierras con la doctrina resentida que nos vino a encizañar y apenar la tierra propia. España se impuso de nuevo a la atención universal, que sí fue incomprensiva en 1944 será admirativa diez años después.

En medio del recelo y la animadversión del Occidente, los voluntarios falangistas cortaron en los abetos rusos la rama de una primavera que podrá aplazarse, pero no se podrá impedir. De la sangre española en la nieve nacerá la sonrisa de Europa.