CONMEMORACIÓN DE JOSÉ ANTONIO

Patricio González de Canales
Círculo Doctrinal "José Antonio", 24 de noviembre de 1961.

 

Camaradas y amigos:

Voy a comenzar por el final, formulando algunas afirmaciones, para así evitarnos palabras:

Primera: Los falangistas hemos ganado la guerra, pero hemos perdido la paz. Nuestra victoria ha sido también “una victoria sin alas”. Nuestras banderas se archivaron, cargadas de laureles, sin que jamás nuestras unidades llegaran a desfilar en ningún desfile de la Victoria.

Segunda: Los falangistas tenemos el deber de implantar el Estado Sindical, desde el primer día de nuestra existencia. Hasta ahora no hemos sabido aplicar las ideas de José Antonio porque las seguimos refiriendo a un mundo ideal, a una utopía, a un deber ser, sin hacer caso al libro de la vida. Para que nuestras ideas tengan viabilidad habremos de utilizarlas como argumentos, a prosperar cada uno por su procedimiento adecuado, conforme a las “reglas del juego” de la gramática parda, de la picaresca o del navajazo de los grupos de presión. Cuando volvíamos de los frentes no sabíamos nada de la universidad de la vida.

Tercera: Me toca hablar en este acto, en representación de mi generación. La generación de la Guerra. La pobre generación de la Guerra, la más sacrificada de la Historia de España, a la que imputáis el pecado de “estructura” definido por el Obispo Dr. Herrera Oria; a la que imputáis el pecado de omisión calificado hasta en el Código Penal; a la que llamáis “fascista” y “colaboracionista” aunque, eso sí, guardéis las formas externas. No faltaba más. Y ¿qué ha hecho esta generación de la Guerra? Lo primero que hizo fue ganar la guerra: pero eso, para vosotros, o está muy lejano o carece de valor. No os preocupéis demasiado porque, a pesar de nuestras interminables listas de muertos, todavía no se nos ha reconocido oficialmente este mérito o servicio. Reconocimiento, la verdad sea dicha, que no nos hace falta, porque ya tenemos el orgullo del deber cumplido, que es lo que más vale. Lo que vale de verdad. La segunda cosa que hemos hecho es cumplir una obra de misericordia en santa hermandad. O sea enterrar a los muertos. Enterrarnos unos a otros, porque ya quedamos muy pocos, y los pocos que quedamos nos vamos muriendo todavía jóvenes. ¿Y qué otra cosa hemos hecho durante estos veinticinco años? Una sola cosa hemos hecho: pelear, pelear y pelear pon nuestro pueblo y por nuestra Patria. Pelear como perros de pastor, como leones o como chacales; pero pelear cada uno como ha podido, con intención falangista, dejándonos la piel en los zarzales o las entrañas en la tumba. Ahí está el testimonio de las mujeres. Ellas saben, únicamente ellas, los sufrimientos que nos hemos tenido que beber. Callada, silenciosamente, desde el primero al último, hemos peleado como hemos podido. Hay, claro está, algunas excepciones. Excepciones que se cuentan con los dedos de la mano. Son las excepciones, de todos conocidas, que confirman la regla. Lo demás es ganga. La mucha ganga del arribismo. Pero esto es otro cantar. Una vez que nos limpiemos las botas de este barro que se nos ha pegado, nuestra generación, la generación de la Guerra, presente ante José Antonio, en su revista de vivos o muertos, sólo reclama una cosa que nadie le puede discutir y que nadie le puede disputar. Reclama vuestro respeto y el respeto de todas las generaciones que se sucedan mientras España exista, porque fue la generación que la volvió a alumbrar sacándola de la crisis más profunda, más grave y más decisiva de su Historia.

Hago estas consideraciones para apuntalar el plano desde el cual os voy a hablar de José Antonio. Se trata del ángulo visual de un escuadrista o de un lejano jefe de provincias, ante quien no contaban la intimidad ni las amistades de José Antonio, que nos eran desconocidas. El Jefe Nacional desplegaba su garbo con sobrecogedora grandeza. Su gesto dominaba. Gracia, luminosidad, claridad, intención, canon, armonía y belleza, con el contrapunto del sarcasmo, de la ironía y del desplante, caracterizan su obra. Su pensamiento es una realidad viva. Su actitud vital está más viva aún. De ahí que se pueda seguir hablando y de que se podrá hablar siempre de José Antonio. Ante una personalidad tan rica y tan bien matizada, nos limitamos a iluminar los puntos indispensables, demostrativos de su entereza y de su admirable conjugación.

Analicemos, pues, sus marcas:

EL HOMBRE

Dios se derramó, sin duda, en José Antonio porque la marca que prima su constitución humana es la marca del equilibrio. El equilibrio, “a nivel” de todas las facultades, constituye la característica esencial de los hombres más excelsos que hayan pisado la tierra. En España tenemos como arquetipos a Cervantes y a Hernán Cortés. Basta una consideración superficial sobre la actuación o funcionamiento de José Antonio, de las facultades más nobles del hombre, radicadas en el cerebro, en el corazón y en el valor, con su portentosa medida, para tener una idea clara del equilibrio a que me refiero.

Esta armonía constitucional trasciende como clave a todos sus empeños. Sus creaciones no son cerebrales, sino fruto de un entero modo de ser. Sirva como ejemplo su sentido de la Justicia o el equilibrio con que informa a los mundos de la Materia y del Espíritu. El Progreso queda prendido en el Clasicismo que resulta de su conducta y de su mente, limpiándolo del peligro satánico del alma de las máquinas. La Política tiene el deber de implantar los valores del Espíritu para que el Alma no sea aplastada por la Técnica.

EL CAMARADA

El era el mejor y ya está dicho todo. Pero al ser el mejor nos exigía ser mejores y nos hacía mejores a nosotros. Tenía el don de saber despertar en el joven las calidades más nobles del hombre. La fe en sí mismo, la alegría de vivir sirviendo para algo, el sentido del honor y, cuantas cosas nos daba, hacían cambiar el panorama y el sentido de la vida. Su atracción estaba en su magisterio. Nos enseñaba a respetar unas cosas y a despreciar otras. Nos enseñaba a luchar y a conducirnos como caballeros. Nos enseñó el precio duro de la elegancia. Nos enseñó a llevar bien puestos los pantalones, a ajustarnos el nudo de la corbata y a no peinarnos con la chaqueta puesta. Nos endurecía sin prometernos nada; ofreciéndonos, eso sí, como meta, el triunfo de un sueño: el triunfo de una España sindical.

EL JEFE NACIONAL

José Antonio sabía mandar como nadie. Su mando tenía ritmo; un ritmo especial e inconfundible. En ritmo callado o en ritmo de jaleo, sus órdenes no podían ser nada más que suyas. Era como un sello o un signo que expandía telepáticamente sus ondas omnidireccionales hacia los confines de la periferia, atravesando las encrucijadas de las plazas y los campos de España. Su mandato envolvía siempre como un ruego. Todas sus órdenes, por duras que fueran, llevaban dentro alegría, o mejor, el jugo de la esperanza.

Aquel sentido del mando, permanentemente bien ejercido, no tenía naturaleza temporalmente ni obedecía a un imperativo militar, sino a puras razones de ética, articuladas conforme a la jerarquización de la teoría filosófica de los valores, fielmente observada. Para José Antonio, el ejercicio del mando es un servicio a la tabla de valores que se encarnan en la política. Valores permanentes que determinan el orden nuevo, que ha de dar vida a la empresa nacional. El ejercicio de la política se transforma en una virtud, en la virtud masculina por excelencia, en una virtud de servicio a la comunidad. Virtud que sintetiza las cuatro cardinales – prudencia, justicia, fortaleza y templanza – según la tradición española de la “Política de Dios” de Quevedo, frente al sentido inmanente de la virtud en Maquiavelo. Para José Antonio, el poder político es una cosa santa, como lo fue para los romanos y lo sigue siendo para los españoles. La lucha por la santidad del poder es la que tensa las virtudes viriles del hombre. De ahí que sea la santidad más incomprendida, por la inexperiencia personal de quienes sin haber ejercido poder, pretenden juzgarla. Ahí tenemos a San Fernando, solitario e incomprendido, en la augusta majestad de su poder. En las luchas internas del Partido, José Antonio detesta y desprecia lo maquiavélico. Lucha sin hiel, sin rencor, sin odio. Lucha con la misma áspera caridad con que lucharan San Enrique o San Luis. El amor a la justicia santifica al poder. Esto es, simplemente, Derecho Romano, “Corpus Juris”, tradición cristiana.

Su sentido de la obediencia es también anterior al de la ordenanza. “Obediencia que hace al poder” y que es fuente de poder, con el que se correlaciona sincrónicamente. Hay una obediencia política voluntaria que se da presupuesta a la disciplina militar de la milicia, aunque está esté integrada en el propio cuerpo moral de la Falange. El fundamento moral de la obediencia que aceptamos está más informado en los textos de San Alonso Rodríguez, en lo que a disciplina interior se refiere, que en el Código del Legionario de Millán Astray, que usábamos las Falanges del Sur. Nuestra milicia tenía más de Compañía de Jesús, que de fuerza legionaria.

Pero en la actuación inconfundible de José Antonio, como Jefe Nacional, se funden los elementos dispares que integran su admirable fábrica humana. No podría comprenderse esta fusión sin su actitud de coparticipación y de entrega. El mando se debe a la obediencia, y la obediencia al mando. A ambas actividades les embargan las mismas obligaciones. Varía la gradua-ción de las responsabilidades, de manera que la jefatura implica la suprema carga, según el ejemplo del “Siervo de los Siervos de Dios”.

Esta obediencia común a los valores supremos parte del ofrecimiento de la vida por el amor a la Patria, de los falangistas. Tipo de hombres que suelen ser los que más aman la vida y los que tal vez más se manchen en el amor a la vida, pero que son también quienes, por tanto amar a la vida, son capaces de darla por otro amor más puro, por un afán de perfección ideal o porque también el cielo se conquista evangélicamente “por la violencia y por los violentos”. En este clima y en esta economía del mando y de la obediencia, circula todo el montaje de los mandos naturales, en el que es clave la figura inmortal de José Antonio.

Veamos sus compuestos:

EL JURISTA

Por la obra de José Antonio se refleja el paso de los grandes maestros de nuestro tiempo. Los “Derechos públicos subjetivos”, formulados por Jellinek; el sindicalismo de Duguit y su fundamental “Droit Constitutionnel”; la “Institución” creada por Hauriou; el Estado como personificación jurídica de la nación en Esmein, y tantas otras huellas de su pensar. Pero lo que si le imprime carácter es el rigor lógico de la escuela neokantiana, entonces tan en boga. Detrás de sus palabras late a veces la corriente del formalismo jurídico, con sus órbitas de atribución, sus esferas de competencia y su jerarquización normativa. El estudio de los viejos maestros Laband y Gierke, y el del coetáneo Kelsen, en esta tendencia y la de los nacientes antiformalistas como Smend, con su “Teoría de la integración”, le eran familiares, en cuanto, sin adscribirse a ninguna, las sabe usar instrumentalmente como piezas integrantes de su construcción. José Antonio rompe con las ideas al uso de la justificación del Estado, en cuanto éste ha de servir como instrumento a la Empresa Nacional, sin que por ello se altere el proceso formal de sus operaciones, en orden a la creación del orden jurídico. Cambia el contenido de las normas pero no cambia el régimen de su técnica jurídica, ni su mecánica funcional, aunque, eso sí, una idea y exigencia de justicia condicione el sistema o exija la remoción o revisión de todo el ordenamiento normativo. Esto es la reforma de las leyes y de los códigos. Su originalidad estriba en delimitar un mundo propio para la política; en delimitar las fronteras entre el Estado de Derecho y la política, desde la visión de la idea de justicia palpitante, siempre, en José Antonio. Una idea de justicia según la cual, el pueblo, en la plenitud de sus derechos públicos, actúa el destino nacional. Y no sólo marca José Antonio las fronteras de la política, encuadrada en los valores, sino que crea o presta atención a las entidades que han de instrumentar, tan portentosa maquinaria, sujetas a un orden político que la política ha de recrear y remozar cada día. Orden político apoyado en principios naturales, éticos, sociológicos, económicos e históricos, que al ir organizándose reclama la atención del poder, como creador del orden jurídico, quedando así positivados e incorporados al Estado de Derecho. José Antonio no ha rechazado ninguna de las tesis tradicionales, pero al abrirle a la política su campo de acción, abría en despliegue un nuevo concepto del Estado en el que habrían de participar sindicalmente, es decir, activamente, todos y cada uno de sus ciudadanos. O el Estado es mucho más que un Estado de Derecho, o entra en juego la nación como sociedad organizada, gracias a un régimen de garantías jurídicas, individuales y colectivas, y un sistema de recursos, Estado al fin, pero al servicio de la integridad, de la unidad y del destino patrios.

Pero a José Antonio no se le puede encuadrar porque en todas sus manifestaciones se nos ofrece como una síntesis activa, con una impulsión, nacida de contrarios o contrapuestos positivos. A nuestro entender, este don de la sabiduría que hacía que todo se armonizara en José Antonio, radicaba en su sentido de la humildad, en su respeto a Dios, en su piedad íntima. La virtud de la humildad, base de todas las virtudes, florecerá inextinguible-mente en José Antonio. ¿Cómo explicar que aquel joven que paseaba a caballo, vestido de gris, por la Castellana, el más elegante de la corte más vieja de Europa, fuera a su vez tan sencillo como estudiante, tan tímido como cortesano, tan artesano como profesional del Derecho, y tan humilde como camarada y como Jefe Nacional?. ¿Cómo explicar que aquel fiel defensor de la tradición romana del Derecho, aquel amante de las instituciones civiles, vendría a replantear revolucionaria-mente la incorporación al Derecho de toda la corriente vital de la sociedad, más justamente organizada, enriqueciendo y revitalizando las normas milenarias de la convivencia humana? Ello se explica, como se explican las cosas en José Antonio. Se explica por las leyes del amor. José Antonio amaba a su oficio porque amaba a la justicia, supremo magisterio y primera marca de soberanía, ejercitada por los hombres en nombre de Dios. Y respetaba a la técnica de la justicia, es decir, al Derecho, como legado histórico, como expresión viva de las corrientes ideológicas, políticas y económicas que, entre ríos de sangre, han venido limitando a la arbitrariedad del Poder. Respetando todas las conquistas hechas por el hombre, José Antonio quería traducir en leyes la corriente vital de nuestro tiempo, conforme a un canon cristiano de la existencia. ¿Quién ha entendido la justicia de una manera más clásica y más revolucionariamente a su vez, que José Antonio? ¿Quién ha luchado más, con más ímpetu, desde la Ley de Partidas hasta aquí, para que la justicia sea igual para todos; para que los pobres tengan también derecho alguna vez a que se les haga justicia? ¿Quién, en toda la Historia de España, ha demostrado mayor amor, mayor respeto – incluso ante el Tribunal de Alicante -, mayor sufrimiento y mayor persecución por la justicia, que José Antonio?. ¿Quién nos ha enseñado con el ejemplo, sino José Antonio, que la vocación del abogado y la vocación del político consisten simplemente en el amor a la justicia, servido, como tal amor, con humildad y asiduidad? ¿Cómo no se ha de hablar de José Antonio por los siglos de los siglos, como santificador del Poder y como santificador del la Justicia? San Alfonso María de Liborio abandonó el ejercicio de la abogacía por repugnancia al fango de la injusticia; Vázquez de Mella no ejerció por amor a la justicia, pero José Antonio dio la cara al problema en toda su hondura y con toda su grandeza, partiendo de la calle, como decía Haunou: “Para ser buen abogado, basta ser un hombre honrado”.

Su política no pretende la implantación de un sistema teorético, sino que consiste en un sentido permanente, rigurosa y jerárquicamente observado, que trata de perfeccionar y elevar la realidad que nos es dada, según las posibilidades que alcancemos. En Economía y en Derecho, José Antonio es un buen discípulo de la escuela inglesa del “Common Law”. Escuela que opera sobre la realidad de la marcha de la vida, frente al ensayismo exhaustivo de los latino-continentales, quienes pretenden prejuzgar y encerrar a la realidad, conforme a un sistema preestablecido, a priori.

EL POETA

Alberti (en su primera época), ¡lástima de Alberti!; Ortega y Unamuno son, tal vez, los maestros directos de José Antonio. De Alberti apenas le quedó un pálido resol de juventud. De Ortega, toda su estilística literaria y la expresión formal de muchos conceptos. De Unamuno (desde el prólogo de la Vida de don Quijote y Sancho; ¡oh, sepulcro del Cid!), la apertura de un dificilísimo horizonte que José Antonio habría de trillar hasta el fin. El talento constructivo y la serenidad literaria de la buena escuela española, representada por Menéndez Pelayo, Ramón y Cajal, Astrana Marín y Gregorio Marañón, con su esquematización ontológica en Antonio Machado, están también en su vida.

José Antonio se ha manifestado siempre poéticamente. De ahí que toda su creación se resuma en una sola palabra: el estilo. Ha creado un estilo que es resultante de una manera de pensar y de una manera de actuar, o sea, un modo de ser. Modo de ser que está fraguado con dos ingredientes que no envejecen y mueren, como envejecen y mueren los sistemas filosóficos y políticos. Tales ingredientes, que conforman objetivamente el modo de ser falangista, son el Amor y la Poesía. El Amor y la Poesía, ambos con mayúsculas, son a su vez las vértebras vitales de toda su construcción ideológica. Vértebras que se contrastan con la realidad social, con las posibilidades nacionales, con las propias ideas, al través de una lucha constante consigo mismo y con los demás, con sus momentos de desaliento, de duda, de desesperación, de dolor y de alegría. También José Antonio ha llorado públicamente ante camaradas caídos y ha llamado al eco de sus ideas, clamando desgarradoramente por ciudades y pueblos. Pero la poesía en José Antonio es también patria. Su política, el orden de convivencia que propugna, cargado de afirmaciones, se manifiesta poéticamente medido, dotado de vida propia como una obra de arte. Y si su poesía es un filosofar con la rienda de su pensamiento, también su filosofía se resuelve en poesía. ¿Por qué?

José Antonio sigue precipitadamente, angustiado por el tiempo, el horizonte descubierto o entreabierto por Unamuno. Pero José Antonio no es un existencialista, es un clásico. Jamás prescinde de su sentido helénico de la norma. Tiene, a su vez, una firme convicción jerárquica que lo lleva a operar con la filosofía de los valores, pero José Antonio se limita a servirse de ella instrumentalmente. Por otra parte, leyendo a José Antonio nos creemos a veces estar leyendo a Ortega. No hay tal. Conforme se ahonda en su pensamiento, las diferencias se radicalizan fundamentalmente. José Antonio se vale de Ortega como Dalí pueda valerse, a veces, de algún motivo o de alguna figura ya resuelta anteriormente, que al quedar incorporada a su composición, adquiere un sentido diferente u otra intención bien manifiesta. José Antonio parte de intuiciones geniales o de postulados sedimentados en la experiencia personal (la Nación, la Guerra de África, la Dictadura, el Poder, el Rey, la Corte, la Universidad, Madrid y Barcelona, el Campo andaluz, el rescoldo de las Guerras Coloniales). José Antonio parte de su propia formación auténticamente cristiana, de su sentido cristiano de la vida. Pero tras estas instituciones o estos postulados, continuamente puestos a prueba, con rigor de laboratorio, José Antonio es un razonador implacable. Y no un razonador al estilo escolástico, sino más bien de tipo kantiano. De una manera sencilla, aunque desdibujada, podríamos decir que José Antonio se replanteó personalmente los principios del “jusnaturalismo” tradicional, partiendo del mundo de las creencias, con los que suplantó, en el aparato de la Crítica de la Razón Pura, a las categorías y al imperativo categórico. Pero José Antonio, partidario del rigor lógico puro, tampoco es un kantiano.

José Antonio partiendo de la intuición unamuniana del dolor de España, con algunos destellos de Joaquín Costa; valiéndose de la técnica razonadora de los kantianos, de la técnica estilística de Ortega; frenándose intelectualmente por el canon de la jerarquía de los valores, se lanza, por el amor a España y a los hombres de España, conforme a la fórmulas políticas ya resueltas por Ramiro Ledesma, a una de las más grandes empresas que conozca la Humanidad. Se lanza a la loca aventura de hacer una ontología de España, un nuevo descubrimiento de España. Una ontología que habría de continuar a las Españas inacabadas e interrumpidas de San Isidoro y de Alfonso X el Sabio. ¿Y acaso está ontología española, compuesta por José Antonio e integrada por la vida y por la obra de todos sus camaradas, en función de su propia vida y de su propia obra, no constituye acaso el más grande poema épico que haya escrito la Humanidad desde Homero a esta parte?¿Qué otro poema heroico existe en el mundo superior al de José Antonio y al de la Falange, por mucho que repasemos la Historia?. Para colmo, y por si fuera poco el fusilamiento de un hombre justo e inocente en Alicante, brilló un ángel falangista – católico también, claro – en la defensa del Alcazar toledano. Nadie, nadie en la historia humana, por su sentido, por su contenido y por su grandeza, ha superado nuestro hermoso poema épico. Digo mal. Nuestro poema heroico ha sido superado por los antiguos himnos de los mártires cristianos e incluso por el movimiento acaudillado por San Eulogio de Córdoba, contra los musulmanes, en el siglo X. Pero tal poema heroico tiene otra naturaleza como fruto que es de la gracia sobrenatural. Hay, ciertamente, un poema inaprensible, que es el poema trágico de Alejandro el Grande, creador de la Idea del Imperio, base de toda nuestra cultura y de la civilización actual. Pero ante este poema, César, no podía contener las lágrimas, y Aristóteles, el cerebro más poderoso de todos los tiempos (que no llegó a comprender la locura de Alejandro con su Idea del Imperio), hubo de enmudecer.

Así, nosotros, como hijos que somos devotísimos, aunque lejanos, de Alejandro, de Cesar y de Catilina también, (¿por qué negarlo a pesar de la canallesca versión de Cicerón?), nos podemos permitir el lujo de presentar nuestro poema épico, nuestro poema heroico, nuestro poema español de José Antonio, como uno de los más grandes tesoros, por su riqueza y variedad de contenidos, de toda la cultura humana. En nuestro poema, la Patria, el Cristianismo, los Valores humanos, la Espiritualidad de la Cultura como cauce del materialismo de la Civilización, llegan a sus cimas más altas, en medidas, formas, rasgos y secuencias de insuperable belleza. Nuestro paraíso tiene cristianamente engarzados a nuestros valores. Valores que vibran transfigurados por la trágica grandeza que los ha purificado. Paraíso que tal vez se quede en poesía e ilusión; pero así y todo, bien vale la pena para vivir con alegría y con esperanza. Ante José Antonio han de llorar muchos héroes y han de callar muchos sabios. Ahí está. Quieran o no. España, desde José Antonio, ya es otra cosa. La nación española desapareció oficialmente en las Cortes Constituyentes y en la Constitución del 31. Desde José Antonio, además de una nación española, hay una ontología filosófica de España y hay un poema inigualado. Tal es el orgullo de la generación de la Guerra. Colaboró en este poema y puede morir tranquila.

¿Y ese bloque ideológico que ha sufrido la prueba de la meditación sobre la Historia y que está respaldado por millares de vidas generosas, en cuya entraña nos encontramos, más allá de cualquier esquema instrumental que pudiera haber servido de camino, cómo ha sido fabricado? José Antonio nos ha legado una trabazón de ideas que constituyen una ontología de España, utilizando las ideas con que se ha encontrado para proyectarlas al servicio de España. Esta operación implica la mayor dificultad filosófica. Para utilizar las ideas hay que identificarlas con cautela y probar su vigencia. No basta utilizar las ideas que ya están, porque las ideas nacen determinadas por una realidad social y condicionadas por su propio ropaje filosófico, esto es, por el tiempo. Su identidad y origen son diversos. Las unas se derivan de creencias o de la experiencia histórica; otras se fabrican con la Lógica como técnica de la Razón; otras muchas se alcanzan por la destilación o el decantamiento de las técnicas experimentales y, entre ellas, otras muchas nacidas de sentimientos, pasiones, tendencias negativas o de la maldad pura, disfrazan su origen con reconocidas patentes de corso.

Tras este primer análisis, hay que desgajarlas del sistema en que aparecen insertadas para reavivar su sustantividad en el nuevo ensamblaje sistemático que se pretenda, o, como en el caso de José Antonio, aprovechar las indispensables, hasta calar o descubrir toda la corriente vital positiva de la nación española. Ideas revalidadas por el ejercicio y la ejemplaridad constante, y movidas en la tendencia cristiana del bien, a pulso, sin concesiones a la demagogia y sin apelaciones a la psicología de las masas. De ahí que tan alto legado ideológico afirme vertebralmente un sistema de creencias – valores por encima de toda polémica -, gracias al cual nuestro sistema no puede correr su suerte hacía el vacío de los dogmas racionales (como les ha ocurrido a los fascismos, al nazismo y a todo el idealismo filosófico, incluso a la democracia racionalista) por la autenticidad cristiana de su savia y de su origen y por la cautela con que se han escogido las ideas, aunque algunas de ellas hubieran sido formuladas primeramente por Sorel (mitos revolucionarios por ejemplo) o por el mismísimo Carlos Marx al criticar al Capitalismo. Los conceptos del hombre, de la familia, de la sociedad, de la Patria, del Estado, de la Nación (como “tradición” y como “empresa”), del destino y de tantas otras cosas que nos llevan a plataformas superracionales, y que son contingentes al calor de la polémica, aparecen replanteados en José Antonio, dándoles vida como piezas de un nuevo orbe político; como puntales de referencia para la convivencia humana, que la política ha de ordenar valiéndose del Poder. En el juego de toda la instrumentación filosófica de materia tan árida, aletea y brilla siempre el licor vital de su intuición poética. Intuición arrancada del personalismo renacentista, del humanismo, que se utiliza como arma para desintegrar las plantaciones del idealismo positivista y del materialismo científico. Desintegración que consigue al potenciar la naturaleza divina del alma y el despliegue sindical de la libertad, frente a las consecuencias naturales de toda corriente negativa, sin pórtico alguno en que acampar, por su desesperanzada insolvencia moral. Porque a fin de cuentas, para José Antonio como para Séneca, la filosofía se resuelve en virtud, esto es, en el mundo moral del deber, del valor y del honor.

Para ofrecer soluciones a los problemas de España, José Antonio comenzó por montar un sistema de ideas y de creencias que habrían de ser el motor de la convivencia, utilizando la palestra pública como laboratorio ideológico, porque toda problemática económica y toda problemática social han de estar previamente en el plano de las ideas. Esta última precisión de las ideas (tan diferente a la primera de la identificación) para traducirlas o cristalizarlas en fórmulas prácticas de aplicación; para dosificarlas, si se quiere, panfletariamente; para lanzarlas al mercado de la política, venía ya respaldada por la afirmación de una conciencia patria, montada y construida rigurosamente, sobre la marcha, en el seno de una época de confusión.

Hoy, todavía, cuando los doctrinarios de medio mundo nos plagian, entre tanta tiniebla apocalíptica, los falangistas tenemos el deber de ofrecer al pueblo español, porque es suyo, el magisterio ejemplar de José Antonio.

EL CABALLERO

Tal vez haya sido José Antonio el único aristócrata español que tomara en serio el ser armado caballero del hábito de Santiago. El único que tomara en serio su guardia en palacio, caballero cubierto entre los gentilhombres, como grande de España. El único, tal vez, que, como soldado, tomará en serio el frívolo uniforme de los húsares. Porque José Antonio fue ante todo, por imperativo de su naturaleza moral, un soldado, un caballero y un aristócrata.

Como soldado –que de sangre venía-, reaviva a Santa Cruz de Marcenado y a Villamartín, fundamentos de la moral militar, de la moral masculina y del espíritu de la milicia, actualizados con cuantos motivos ofrecía la actualidad en lecturas y películas. Así nos aconsejaba ver “El Desertor”, “Tres lanceros bengalíes” y temas de este tipo. Hasta tal punto caló hondo en la Falange este espíritu y esta moral castrense (que tanto nos han diferenciado de otros movimientos de la misma familia) que, en los momentos clave de la Falange y de los falangistas, se nos antepone este primer deber de nuestra primera naturaleza. La carta de José Antonio al Ejército es un documento que perdurará por los siglos. En nuestros días críticos de Salamanca estuvimos todos de acuerdo en que nuestro primer deber consistía en ayudar al General Franco para ganar la guerra, sacando a España de la crisis histórica en que se debatía. Torcidas interpretaciones a tanta nobleza nos costaron procesamientos, con peticiones de pena de muerte, a quienes intentamos arengar a nuestras unidades dispersas por los frentes, para explicarles que la Revolución quedaba aplazada, por la necesidad táctica de ganar primero la guerra. Y que para ganar la guerra no nos quedaba otra solución que la de plegarnos a la autoridad del Ejército. En los frentes de Córdoba y Badajoz nos tocó personalmente en suerte llevar a cabo este servicio, con la consiguiente reorganización de las unidades (teníamos diez banderas de la Falange de Sevilla), sin que se produjera la más leve fricción ni problema, entre miles de camaradas que se producían libremente; si no fue el del propio procesamiento, por el celo que despertaba nuestro poder, muy parecido, ésta es la verdad, al de los comisarios políticos rojos. Ni a un solo falangista, como discípulo de José Antonio, le pareció mal el acatamiento sin reservas de la disciplina militar, para ganar la guerra. Esta también es la verdad.

Sin tener contacto alguno con José Antonio (aquel año 36), no tuvimos jamás duda alguna en este punto. Lo primero es el servicio a la Patria. Lo primero es ser soldado. Pero no basta con ser soldados ni con maquinar conspiraciones al viejo estilo, porque nuestra línea recta “pasa por las estrellas”. Además somos caballeros, al estilo español de José Antonio, con el “mitad monjes, mitad soldado” de la tradición benedictina. San Raimundo de Fitero se revivió en cada uno de nosotros como manera de ser falangistas, en tanto que la tradición feudal de las órdenes militares renacía, en la Caballería montada, con aquel espíritu calatravo que sólo aspira a restablecer la justicia en el orden perturbado.

En esta clave, en este caudal, en esta piedra angular, en este punto de integración de lo caballeresco o, lo que es igual, de lo aristocrático, está la explicación de la ontología joseantoniana. También se había valido Cervantes de lo caballeresco para descubrirnos a España, venciendo el ambiente de la política traidora e irresponsable del duque de Lerma, en que le tocó vivir sumido. A José Antonio le tocaría vivir, desde la corte al arrabal, entre los monstruos radiografiados por Goya en su época negra. Era un solo caballero, un solo Amadís, para tanto gigante, para tanto pulpo, tanto materialismo y tanto egoísmo organizados en poder político, sobre la piel lacerada de una España llena de bichos, de enfermedades venéreas, de depauperación y de atraso, sin redención ni esperanza alguna. Frente a tanto monstruo, José Antonio pone en movimiento los sentimientos más nobles del alma española, para dotarla de una conciencia y de un carácter, solicitando lo bueno que hay en el corazón humano con la generosidad sublime del héroe. ¿Acaso la empresa del dominio del espíritu, los principios de la humanidad, han de ser “una antigua balada, como decía Lord Byron, meras fantasías para entretenimiento de la imaginación, una burla, un enigma”?. La Historia ha demostrado que José Antonio no fabricó una quimera, sino que dignificó, que ordenó y que dio un nuevo sentido de epopeya a cuanto hay de noble y de hermoso en la vida española. ¿Y hay, acaso, algo más noble y más hermoso que el trabajo?. Ahí, en la consonancia entre la justicia y el trabajo, está el nuevo acento caballeresco de José Antonio. Su estirpe de trabajadores está de contrapunto en el Estado sindical, a la estirpe tradicional de los guerreros. Día a día va levantando el entusiasmo español, va dando vida, entre tanta ruina, a un nuevo Guadiana, conquistándole a España un futuro, una misión histórica, una nueva justificación de su vida y de su dignidad nacional, cerrando el triste ciclo de la desesperanza, que fuera abierto por Quevedo – último gran político malogrado del imperio – con su parodia del Orlando y aquel soneto incomparable: “Mire los muros de la Patria mía”, frutos de su desventurada experiencia.

Nuestro amigo Constantino Láscaris-Comnemo, resume la experiencia secular de la Caballería, en su trayectoria occidental, desde Constantino el Grande a nuestros días. Por diversos conductos culturales y nobiliarios llega hasta José Antonio la savia de las Ordenes militares españolas, muertas tiempo ha, de la gran escuela de Carlomagno, de la tradición caballeresca británica, base de su imperio. Llega vivificadoramente y no con sentido de privilegio o de casta. José Antonio ennoblecía a todo aquello que entraba en su mundo, a todo aquel que lo seguía. Es una postura contraria al quietismo oriental.

“Sobre una masa amorfa – dice Láscaris – destaca la personalidad fuerte y vigorosa, el hombre de arranque y de talla que tiene conciencia de su valía y que por la fuerza de su brazo, impone su ideal. La primera característica que resalta es la de ser capaz de vivir una concepción de la vida superior a la de la gleba, sentirse portador de un ideal hecho propia carne, que rezuma su realidad desde la más íntima entraña. La segunda característica es resultante de la anterior: consiste en la poderosa necesidad de acción exigida por la posesión del ideal.

El individuo se siente llamado a una gran empresa. El caballero ha de hacerse en constante hazaña. De ahí la necesidad imperiosa de evitar el descanso y buscar constantemente el modo de perpetuar la propia esencia, de exteriorizar su naturaleza para imponer los ideales de que es portador. Para ello sólo precisa la nobleza de ánimo y el vigor de la acción. Los ideales son entes de naturaleza peculiar, no son vulgares ideas pensadas por el individuo. El trueque de la idea en ideal es el paso del individuo al caballero. Al centrar éste toda su persona en un ideal, adquiere una energía y una fuerza que lo convierten en un móvil eficaz, capaz de perpetua acción. Y de esta manera llega a ser el poseedor de un gran secreto activo, que a su vez le domina. El resultado es el anhelo de imposición en el mundo, la necesidad vibrante de estremecer la tierra con el bote de la lanza. Esta energía acumulada por el ideal en el alma del caballero, halla su cauce en la sociedad. Siente que ésta necesita de su impulso para alzarse a la vida del espíritu y ofrenda su propia existencia en holocausto por la pervivencia del ideal”.

Sin el espíritu caballeresco no hubiésemos tenido Reconquista, ni hubieran sido posibles San Ignacio o Santa Teresa, ni se hubiera coronado la conquista material y espiritual de América, con sus Amazonas y sus Californias. ¿Podría esbozarse el futuro de España sin el espíritu y el impulso caballerescos de José Antonio?.

Pero, además de soldado y de caballero, José Antonio no renunció a su condición de grande de España. Y grande, no en el sentido de una corte desahuciada, sino en el sentido que justificó la creación de las quince grandezas de España por el Emperador. Como “grande”, en su deber cortesano, José Antonio fue el único que asistió a la dramática despedida oficial de la Corona. La reina Victoria tenía por trono un peñasco de la carretera de Galapagar y, de pie, la asistían las infantas Beatriz y María Cristina. El rey había huido y el príncipe de Asturias permanecía imposibilitado en su coche, presenciando la ceremonia. Al besamanos regio acudieron la duquesa de la Victoria y las señoritas de Carvajal. A eso quedó reducida la corte más vieja de Europa. El único grande que estuvo allí para dar el “¡Viva el rey!” oficial de la despedida, fue aquel joven Primo de Rivera, aquel nuevo Estella, que sólo debía a la Corona un cúmulo de ingratitudes. Fue el único caballero de aquella corte.

La “grandeza de España” es una supervivencia nobiliaria, ya muerta, del régimen político que ha hecho posible la existencia de nuestro país. Fernando el Católico creó la monarquía militar española, como régimen político. Un poder político soberano, una corona sostenida vertebral-mente por las fuerzas armadas. Castelar hubo de reconocer, después de la experiencia republicana, que en España no cabía otro régimen. El emperador perfeccionó el sistema, creando grandes de España a los mandos supremos de las fuerzas armadas. Fuera de este sistema, entre golpes y contragolpes, no ha habido más que ensayismo y pérdida de oportunidades históricas. El peligro de la anarquía en el siglo pasado, y el peligro del comunismo en el nuestro, acaba refugiándonos en el sistema tradicional. Un sistema que fue válido para crear un imperio, pero que no ha servido para montar un Estado moderno. Un sistema históricamente enviciado por la idea “del privilegio”, por la corruptela del reparto del botín patrio, en que se convirtiera la idea de servicio y de sacrificio. Los estamentos y cuerpos no sirven a la nación, sino que se sirven de ella. Afincados en la creación, enemigos del progreso social, terminaron por destruir el sistema y prolongar su existencia al amparo de los pactos y los tintes medios del doctrinarismo político, históricamente agotado.

El tradicionalismo político pudo haber remozado nuestro régimen histórico, dándole un contenido social con su sistema jerarquizado de autarquías y libertades. Perdida esta coyuntura, la Falange hubo de enfrentarse con el problema de armonizar los principios de autoridad y de libertad con instituciones capaces de vertebrar la complejidad y la variedad, las tendencias disociadoras de nuestra nación. Para ello hubimos de pretender hacer una revolución del brazo del Ejército, con gran escándalo de los revolucionarios al uso. Y pretendimos hacerla y seguimos pretendiéndola porque seguimos pensando, con Calvo Sotelo, que el Ejército es “la columna vertebral de la Patria”. Ahora bien, no pretendemos un Estado militar, sino un Estado estructurado con la moral militar, asegurado por la grandeza y el servicio de la Institución militar, como nervio integrador de las fuerzas en equilibrio (laborales, económicas, etc..), orgánicamente jerarquizado conforme a un régimen de Derecho. Al instaurar, en su ausencia, nuestro régimen español; al pretender convertir al Ejercito en fuerza de la revolución, el Ejército ha de transformarse y revolucionarse hasta alcanzar su forma. Por fuerzas armadas que sostienen al Poder político, en la idea tradicional, nosotros entendemos a todas las fuerzas que integran la vida nacional. Para nosotros, el Ejercito es toda la nación, el cuadro técnico que dirige la movilización permanente y la educación militar del pueblo. José Antonio, un hombre, consiguió movilizar a toda una nación, poner de pie a todo un pueblo y dirigir, vivo o muerto, su marcha, al encuentro de su propio destino. En este aspecto, la Historia nos ofrece un caso muy similar: el de Santa Juana de Arco.

EL REVOLUCIONARIO

Desde este prisma nos limitamos a señalar tres pinceladas a la actuación del Jefe Nacional: la ideológica, la política y la técnica.

La revolución y lo revolucionario son términos ya desprestigiados, salvo en contadas excepciones. Tal es el caso de José Antonio. ¿Por qué? Porque la idea de la revolución ha sido prostituida por el marxismo, después de pretender monopolizarla. La revolución ha consistido siempre, al menos desde Espartaco, en la lucha por la libertad. Hay un solo país en el mundo en el que triunfó la revolución de la libertad. Un minúsculo país, perdido entre montañas y el mar. Me refiero a Castilla y a la revolución acaudillada, en el siglo X, por Fernán González. Gracias a esta revolución, las fronteras de las Extremaduras llegaron hasta nuestros antípodas en Oceanía y en Asia, tras haber hecho posible la realización del primer Estado moderno. Estado que desdichadamente quedó roto, en su montaje y funcionamiento, con el terrible drama de los Comuneros. Rotura causante de desastres sin cuento y que habría de seguir demandando, con el tiempo, otra revolución de la libertad para Castilla, es decir, para España.

Onésimo Redondo alza la política de Castilla, silenciosa desde siglos, en la demanda de esta cristianísima revolución de la libertad. José Antonio habría de dignificar la idea de la revolución permanente del Cristianismo, dando un contenido a la libertad y “haciendo posible su coexistencia con la libertad de los demás”, en términos kantianos, gracias a la organización sindical de la sociedad. José Antonio revisa los planteamientos y la problemática revolucionaria en su trasfondo ideológico y en todas sus instancias. Acepta las conquistas políticas de la Revolución Francesa –principio de igualdad ante la ley por ejemplo–, las conquistas sociales y económicas de los partidos socialistas nacionales –programa del Congreso de Erfurt, por ejemplo– y llega a emplear frases completas de Marx al propugnar el desmontaje del Capitalismo. Asombra la claridad y precisión de José Antonio cuando baraja ideas revolucionarias. Conociendo a fondo –como aventajado discípulo que fue de Olariaga, en el doctorado– la contradicción abierta, y ya denunciada por Marat, entre las ideas de libertad y de igualdad; la contradicción filosófica entre el socialismo antiguo y el socialismo marxista –La Enciclopedia y Hégel– continuada por la contradicción que se operaba en la doble personalidad de Marx, como profesor y como revolucionario -El Capital y El Manifiesto Comunista-, explicables por su íntima misión de apóstol del judaísmo, con la intención de destruir los cimientos de la civilización cristiana. La escisión de Bakunin, la derivación anarcosindicalista y la escuela de “Propaganda por el hecho”, con su secuela en Barcelona, de Sergio Netschaiev, arrojan mucha luz sobre la turbia lucha de las tendencias satánicas.

La diosa Razón de los masones, el materialismo de los judíos, el anarquismo de los eslavos. José Antonio no se enturbia en esta baja lid y rescata para el Cristianismo los principios de Libertad, de Igualdad y de Justicia, considerando primordialmente su realización práctica, honradamente, limpia-mente, frente a las estafas de los cuerpos y las almas que se cometen en el nombre de tan sagrados principios. Filosóficamente la operación es dificilísima porque la lucha no está planteada solamente en la calle o en los parlamentos. No se trata de una lucha de programas. Se trata de un entendimiento total de la vida, y dialécticamente resulta casi imposible luchar con toda la corriente materialista fundamentada en Spinoza; contra las corrientes políticas fundamenta-das en la idea del Leviathán de Hobbes; luchar contra todo el aparato de las universidades europeas, dedicadas, en su mayoría, en destruir las ideas de libertad y de justicia tal como Dios las ha impreso en el corazón del hombre. También José Antonio gana esta batalla sin cuartel, sin universidades ni laboratorios, apelando a la naturaleza del corazón humano, a las facultades divinas del hombre, a los hechos y fenómenos imprevisibles, tocando las fibras más nobles del hombre, despertándole el amor a la Patria, en sus continuas citas y convocatorias públicas por todos los rincones de España.

José Antonio, contrariamente a lo que creían las organizaciones rojas, no es un reaccionario que se vale de procedimientos revolucionarios para restaurar “l´Ancien Règime”, sino que, por el contrario, es un revolucionario que desenmascara la reacción encubierta de los revolucionarios profesionales, al negar la libertad, es decir la personalidad humana, la gran conquista del Renacimiento. Esto lo comenzaron a captar los sindicalistas; pero los marxistas españoles estaban deslumbrados por la propaganda de las realizaciones soviéticas, por los números de La correspondencia Internacional y por las ediciones baratas de la Casa del Pueblo. José Antonio y Carlos Marx son los dos polos. El eje de la construcción joseantoniana es la idea de la justicia. La idea de justicia está ausente en el marxismo. Entre los miles de páginas de Carlos Marx y los miles de piezas de su construcción no cabe la justicia. Y, lo que es peor, no cabe el amor. Ahí está el gran triunfo universal de José Antonio. En el rescate de la libertad, aprisionada primero y destruida después por los revolucionarios, para devolverle el vigor castellano del conde Fernán-González, altivo siempre, incluso desde su último refugio del castillo de Canales; entre los picos de San Millán, San Lorenzo y el Urbión, a más de dos mil metros de altura.

La pincelada política de la revolución, el plano político a que nos referíamos, se debe a la aportación genial de Ramiro Ledesma, quien, llega a superar científicamente, con formulaciones con-cretas, en el campo de la tradición cristiana, los últimos avances de los sistemas democráticos y materialistas, gracias a las coyunturas de sus continuas crisis. La representación política en función del servicio; la conquista y el ejercicio del mando; las J.O.N.S. como “piñón técnico”, como pieza animadora de todo un sistema, en el cual se consigue, sobre la representación política de la democracia, más allá de la democracia, la participación directa y activa del gobernado en las tareas públicas.

Y la otra pincelada a que me refería constituye una creación genial de José Antonio. La nueva técnica de la lucha revolucionaria. Partiendo de la lucha de calle de los comunistas y la experiencia del pistolerismo individualizado – los clásicos “puntos” – del anarquismo, José Antonio crea una nueva técnica, basada en el adiestramiento de pequeñísimos equipos, fanatizados por el ideal y con espíritu de cruzados. José Antonio se ha anticipado a Mao Tse Tung y al O.A.S. francés, en cuanto se refiere a rebelión armada y a la guerra revolucionaria. El Partido Comunista español es testigo. Las organizaciones rojas fueron testigo. El estudio de estas técnicas escapa al alcance de esta conferencia. José Antonio peleó hasta el fin, peleó siempre, sin darse jamás por vencido. Nunca abrió fuego, pero con fuego respondió. Odiaba la palabra “represalía” y rechazó sistemáticamente toda propuesta de asesinato. José Antonio, con una simple indicación pudo haber eliminado, entre otros, a Largo Caballero (quien habría de asesinarlo desde su cargo de presidente del Consejo en Valencia), que lo tuvo en sus manos por completo. Aceptó la lucha en todo terreno, pero jamás aceptó el crimen, respondiendo su táctica a la mentalidad tradicional del cruzado. Concebía la lucha dentro del arco ideológico tendido hacia el futuro, razón por la cual seleccionaba los equipos conforme al probado espíritu de los elementos. Carecían de nominación: escuadras negras se llamaban en Andalucía, y de reglamento – tal vez de haberse dictado se hubiera parecido al código de los paracaidistas alemanes -, pero el espíritu y los hábitos determinaban su vida. Aquellos camaradas, tan pocos, que vivían cambiando de ciudad y de domicilio, al margen de la vida externa de la Organización, aparentemente aislados y desconocidos, constituían el nervio y el alma de la Falange. Gracias a ellos se superó la técnica “trostkista” de la lucha de calle y se avanzó como los grupos de acción que hicieron posible la resistencia francesa y la revolución china. Es la misma técnica estudiada por Pierre Joly y perfeccionada actualmente por el general Salan. Gracias a estos grupos, desconectados del mando, tendimos unos frentes, tomando como base las cotas más altas que pudimos alcanzar por esas crestas y serranías de nuestras montañas. Gracias a ellos descubrimos los nidos de comunistas y masones, tomamos los periódicos y se sentaron los gérmenes de las fuerzas de choque del Ejército y de los alféreces provisionales, amén de montar una milicia que hizo la guerra sin Intendencia y sin Sanidad, ganando durísimas batallas contra el enemigo y contra toda clase de intemperies. Centenares y centenares de kilómetros de frente fueron tendidos por la Falange, gracias al espíritu de aquellos grupos. Equipo que apoyó siempre su moral y sus dudas en aquel sentirse continuamente respaldados por el Jefe Nacional. José Antonio acudía siempre: o se presentaba o mandaba a alguien. Jamás nos dejaba solos. El siempre estaba con nosotros con la fidelidad del caballero. Aquella escuela moral era tan alta, obligada siempre por un principio de lealtad, que la conducta de la Falange siguió determinada por la misma. ¿Acaso no hizo la Falange en Salamanca, por su lealtad a Franco, lo mismo que hiciera el Cid en Valencia con su rey Alfonso VI; Isabel, princesa de Asturias, con su rey Enrique IV; el Gran Capitán en Nápoles con Fernando el Católico; o Hernán Cortés en Méjico con Carlos I? La lealtad es lo primero; pero para poder seguir siendo leales, sin que nos llamen tontos y nos coman la moral, debemos seguir el ejemplo del pastor que, tras encerrar su ganado en la sija, se dedicaba a tirar piedras a la luna con su honda. Lo dieron los demás mozos por loco, hasta que llegó el día en que el triunfo estuvo en alcanzar la diana con el tiro de honda. A todos los dominó por el continuo ejercicio de su brazo y de su puntería. Seamos, pues, leales, pero estemos alerta como lo estuvo el pastor. Nuestras dianas están marcadas por José Antonio y reforzadas por el desquiciamiento y desorden del mundo. Nuestra técnica es la antítesis del Catecismo de un revolucionario, de Netschaiew, o la de la Rebelión armada, de Trotsky. Nuestra técnica podría explicarse, explicando el Entierro del Conde de Orgaz, del Greco, o su Martirio de San Mauricio, del Escorial. Es la pelea cristiana de siempre, puesta al día.

SU COYUNTURA HISTÓRICA

Larreta, en 1927, con ocasión de la inauguración de la Exposición Hispanoamericana de Sevilla, dijo en el discurso oficial que España remontaría el vuelo como las águilas – cito de memoria – para marcar el camino a seguir por los pueblos de América. La intuición de Rubén Dario fue concretamente perfilada por Larreta. Giménez Caballero en diversos números de su Gaceta Literaria, anunciaba una coyuntura histórica y proclamaba la necesidad de instaurar una nueva orden caballeresca para afrontar la ocasión histórica. Pero fue Ramiro Ledesma quien, a través de todos sus escritos, analiza esta gran coyuntura. Y como réplica, con sentido universal, al materialismo pesimista de la Decadencia de Occidente, de Spengler, levanta su Discurso a las juventudes de España, en el que apela imperiosamente a la responsabilidad que a la juventud española le incumbe. José Antonio, figura entonces impopular, parecía regir la llamada del destino y saltó a la palestra pública para defender la memoria de su padre y la gestión de sus colaboradores de Gobierno, por puras razones de ética.

La juventud universitaria fue mayoritariamente arrastrada por el prestigio de sus ídolos – Ortega y Gasset, Marañon y Pérez de Ayala – en la Agrupación “Al Servicio de la República”, en la que parecía cristalizar la altura histórica del momento. La deserción pública de los creadores de aquel movimiento dejó a la intemperie a centenares de jóvenes que fueron a encuadrarse en las filas de las juventudes socialistas – ya Partido Comunista – o de la Falange Española de José Antonio. Los Estudiantes Católicos, el grupo de los Miralles y los propios Tradicionalistas, apenas modificaron sus filas, tras la “debacle” de la juventudes republicanas. La catástrofe de la República, el 18 de julio, consistió en no tener a nadie en la calle. La cobardía de la intelectualidad republicana había hecho derivar a toda la juventud a los cuadros de las dos tendencias que habrían de protagonizar el choque de la gran coyuntura histórica. Coyuntura trágica por tan ingente cúmulo de torpezas, de precipitaciones y de falta de libertad. Todavía, como puente sobre la escisión, en 1932, nació el Frente Español, en la línea filosófica de Ortega, para darse cuenta a poco que ya era demasiado tarde. Tan tarde, que se incorporó a la Falange en la fecha de su constitución, porque la rapidez de la rebelión roja y su preferencia por España, desde la época y las profecías de Lenin, exigían el montaje de una empresa política de tono mayor para la que sólo había un hombre en toda España: José Antonio Primo de Rivera.

Un grupo dirigido por Delgado Barreto, intitulado “El Fascio”, e integrado por Giménez Caballero. Eugenio Montes, Tarduchy, etc.. lo señaló y reclamó como jefe. El Frente Español lo proclamó sin condiciones. Los grupos de Acción Hispánica de Onésimo Redondo también lo acataron. Al fin, las J.O.N.S. de Ramiro Ledesma, se integraron en la Falange, en febrero de 1934. José Antonio, al ser proclamado Jefe Nacional de la Falange, quedaba ungido como protagonista de la gran coyuntura española, de la que habría de depender en gran parte, el destino universal del Cristianismo. Tal coyuntura no consistía en una guerra civil, sino en la unión disciplinada de todas las juventudes españolas bajo una misma doctrina y un mismo mando. José Antonio se esforzó hasta más allá del fin para evitar la guerra civil. Guerra provocada por la firma del Pacto del Frente Popular – sin hacer caso a la advertencia de José Antonio – entre las fuerzas de la masonería y del marxismo, que irresponsablemente operaban sobre el cuerpo vivo de la Patria. Pacto que fatalmente había de provocar una rotura del Estado. A pesar de ello, si José Antonio y la Falange hubieran tenido libertad de acción, aquella malhadada temporada de la República, la guerra no hubiera sido posible por la eficacia y rapidez de nuestro proselitismo, y por la espontánea selección que en el mismo se opera, entre los hombres de buena voluntad.

José Antonio era el jefe de una agrupación política regida doctrinalmente por el Nacionalsindicalismo de Ramiro Ledesma Ramos, que está previsto para una política de masas, en el eslabonamiento revolucionario europeo, que ofrece soluciones superadoras de la crisis de la democracia en el naufragio del materialismo, desde que la fina mecánica parlamentaria fue rota por la irrupción en las cámaras de los partidos marxistas. El Sindicalismo, con sus esferas de autogobierno, se incorpora a la plataforma nacional, realizándose la idea de igualdad sin destruir, como hacen los marxistas, las de libertad y personalidad. Todo este montaje implica una creación genial de Ramiro. Pero la cuestión histórica que se plantea se debate en un plano de mayores dimensiones. Se debate la orientación misma de la historia humana, entre la tendencia cristiana y la interpretación materialista. Es en España donde el problema universal se ha de debatir. Los términos adquieren un nuevo sentido. Por revolucionarios precisamente, nos hemos de oponer a las motivaciones ideológicas de la Revolución Francesa y de la Revolución Rusa. Para ello, la técnica y la economía han de quedar supeditadas a la política. La política, así, en esta gran creación de José Antonio, puede restaurar los principios de la tradición clásica del Cristianismo, fortaleciendo sus posiciones, en tanto en cuanto sabe ofrecer y realizar mayores avances y ventajas materiales a los gobernados. Los gobernados van realizando la igualdad económica desde la entraña misma de la fortaleza del Estado. No es una lucha contra el Estado, sino que su propia liberación va fortaleciendo la estructura toda del Estado. José Antonio supo filtrar la corriente social de la Historia moderna hasta conseguir las aguas limpias de las prístinas fuentes cristianas, aunque para ello hubiera tenido también que saber coger las gotas de leche en el agua, como hace el cisne. Saber trazar sus esquemas, saber escoger a sus gentes, y a cuerpo limpio, José Antonio da la cara a la gran coyuntura universal de España. Todos los conceptos, después de pasar por José Antonio adquieren un nuevo sentido. Vieja y nueva política; viejo y nuevo ejército: tradición y revolución; Europa y América: viejo y nuevo orden; Patria, nueva España….. en ese movimiento político único de José Antonio, en el que el estilo (una manera de pensar y una manera de ser) determinan a la política, conforme al ritmo de un mando, configurado por una tabla jerárquica de valores.

Ante la magnitud de la aventura, José Antonio no se queja jamás cuando las heridas son en su propia carne o en su propio espíritu, pero pesan tanto sobre su alma las heridas de los demás, que a veces, contemplando la pobreza de sus medios, sufre también su Oración del Huerto. Con ocasión del asesinato de Rivas y de Jerónimo, en noviembre del 35, en Sevilla, dijo en el Parlamento aquellas palabras: “En medio de la distracción criminal de casi todos, están hombres humildes en la primera línea de fuego, cayendo uno tras otro, muriendo uno tras u otro, para defender a esta España que, acaso, no merezca su sacrificio”. Pero, como el caballero, cobra nuevas fuerzas siempre y se encara valientemente con el destino; se responsabiliza de la empresa patria hasta aquél patético “Que nos tiren de los pies para justicia y escarmiento”, de Mota del Cuervo. Entre tantas cobardías, José Antonio hizo que la Patria fuésemos nosotros y sólo nosotros, como en aquellas arengas de propaganda que decíamos por los pueblos de Andalucía: “Camaradas: Nuestros sagrarios han sido violados, como lo serán vuestras hijas o vuestras hermanas. Veréis asesinar a vuestros hijos o a vuestros padres, si no os disponéis a vencer o morir por la Patria. Porque la Patria, ahora mismo, somos nosotros, está en nuestras manos y en nuestro corazón. Y ¿vais a desertar de tanta gloria, de la gloria de España, a la que os invitamos? ¡Arriba España!”.

La crisis de la nación española estaba abierta desde la gestión del embajador Keen en la corte de Fernando VI, quien consiguió desde entonces, en nombre de la masonería inglesa, que España tuviera jamás una Escuadra. Todo gobernante que haya intentado hacer barcos ha sido rápidamente destituido. El Frente Popular y la Olimpiada Roja de Barcelona, con la aparición del Partido Comunista al frente de todas las organizaciones marxistas, suponía ya el “Finis Hispaniae”. Frente a esta corriente y frente a los intereses y raíces de esta corriente, José Antonio, como caudillo histórico – según se manifestó en los discursos del Cinema Europa y del Cine Madrid -, apela al heroísmo del pueblo español, a la movilización armada de la nación, al levantamiento de la nación en armas. España era algo más que la entidad geográfica a que quedó reducida en la Constitución del 31, y España no podía tolerar un nuevo testamento de Carlos II, trazado en la propia metrópoli, con las agravantes de la esclavitud y de la muerte. José Antonio, con su gesta, devuelve a España la gran política de Castilla, replanteada y actualizada. Política de hombres libres que se someten a la disciplina de un jefe, que administra justicia en nombre de Dios.

Providencialmente, José Antonio está apartado de la guerra civil, que no pudo evitar por la torpeza de la República. Al quedar España partida, José Antonio se quedó sin un solo metro cuadrado de tierra española donde estar. Por un don de la Providencia, José Antonio no cabía en España, o en ninguna de las dos Españas, y cayó en Alicante. De esta manera, la figura de José Antonio, al rompérsele este parpadeo que es la vida, salta sobre el tiempo, para quedar, fuera del tiempo, como ejemplo universal de las generaciones. No es un mito, no, sino un héroe universal del espíritu. Gracias a las circunstancias de su juicio y de su muerte, José Antonio ha quedado para siempre como piedra angular de la España futura y, gracias al Generalísimo Franco, José Antonio, desde el Valle de los Caídos, irradiará su luz, el ejemplo de su magisterio, sobre todos los pueblos. José Antonio, quiéranlo o no, es la clave para España, para Europa y para nuestras hermanas de América.

NUESTRO DEBER

Decía que José Antonio se quedó sin tierra en España. Ello no quiere decir que su figura tenga un sentido reconciliatorio y que no esté adscrita por entero a la España nacional. Quiere decir que, por un fenómeno histórico inevitable, al romperse la legalidad vigente y de manera espontánea, la zona nacional supuso una vuelta a la Edad Media y la zona roja se convirtió en una orgía sangrienta y en una gamberrada política. La Falange quedó por entero embargada en la empresa militar de ganar la guerra a las órdenes del General Franco.

Todos los falangistas en edad militar, comprendidos en el Código de Justicia Militar, no tenemos las muchas culpas que se nos achacan, pero sí tenemos algunas. Algunas que son precisamente las que no se nos imputan. Tenemos ciertamente los falangistas de mi generación que entonar un “Yo pecador” con la ceniza en la frente por haber dejado que se rompa la unidad indestructible de la Falange. Por haber tolerado vergonzantes individualismos de grupos y camarillas que no nos van. Y por haber abandonado, moralmente, a camaradas que en plena adolescencia les pusimos una pistola en las manos, o un fusil en el frente, sin darles tiempo a dominar una profesión o una carrera, y, lo que es peor, sin darles ocasión a seguir (en ambiente de lucha y de guerra) una escuela de buenas costumbres. Por verdadero milagro de Dios, la mayoría de aquellos jóvenes camaradas son moralmente ejemplares, pero algunos otros – una pequeña minoría – han naufragado, por irrisorias cuestiones de menor cuantía, entre el escenario público que se las goza con las tiras de nuestro pellejo. Hemos pecado gravemente porque nuestro compromiso de honor, nuestro juramento, no debe tener fisuras y las tiene. Tal es nuestro “Yo pecador”.

Por lo demás, José Antonio definió por última vez, en Alicante, el Movimiento, como actividad encaminada a:

1º. Devolver al pueblo español el sentido profundo de una indestructible unidad de destino y la fe resuelta en su capacidad de resurgimiento, y,

2º. Implantar la justicia social sobre la base de una organización económica integradora, superior a los intereses individuales de grupo o de clase.

El primer punto lo hemos visto realizado gracias al General Franco, que nos devolvió entera a nuestra Patria. También, entre otras muchas cosas, que quedarán para siempre, le debemos al régimen de Franco el cambio de mentalidad operado en España, que ha traído como consecuencia la liberación de los siervos de Andalucía y Extremadura, la industrialización de España, la legislación laboral y el régimen de seguridad social. A colaborar en esta tarea nos hemos dedicado los falangistas de mi generación, con mejor o peor acierto, en lo que más directamente nos afecta, como las cadenas de Prensa y Radio, y la Institución Sindical. Aunque no fueran más que un avance, tienen indudable importancia.

El segundo punto está comprendido en la proyección de José Antonio hasta la implantación del Nacionalsindicalismo, y está es la tarea del presente y del futuro. ¿Podremos afrontarla sin una unidad interna indestructible, sin un previo replanteamiento ideológico? Tal cosa pretende el Círculo José Antonio.

Pero, a pesar del fabuloso esfuerzo del Generalísimo Franco ¿está salvaguardado el punto primero?¿No veis avanzar cada día a la gran sinarquía de la política materialista? ¿Acaso no creéis que después del Caribe, de América hispana y de Portugal, no vendrá el último y definitivo ataque contra España? ¿No estáis dispuestos a luchar para que España sea el testimonio vivo del Cristianismo, la clave de su impotencia, a pesar de su fuerza?. Nuestra fuerza está en Cristo, en el derecho natural, en la tradición, en la justicia social y en la libertad del hombre. Está en el ejemplo actual de José Antonio. ¿Nos dejaremos vencer?

La realidad nos brinda el panorama que profetizó José Antonio. Todo cuanto nos anunció, cuanto nos enseñó y cuanto nos dijo, es válido, pero a escala universal. Estratégicamente seguimos igual: con el comunismo enfrente y con las uniones de derechas a la espalda, defendiendo sus egoísmos e intereses en nombre de Dios y de la Patria, sin hacer el más mínimo caso a la Silla de Roma, desde el Rerum Novarum a la Mater et Magistra, pasando por la Quadragesimo Anno, que fueron degolladas por los más obligados a cumplirlas. Nuestra táctica ha de ser la misma en que nos ejercitó José Antonio: “La Falange es una e indivisible. Su brío combatiente es inseparable de su fe política. Cada militante en la Falange está dispuesto a dar su vida por ella. Por la España que ella entiende y quiere, pero no por ninguna otra cosa”. Al Movimiento Nacional actual, primer estudio del sistema, hemos de completarlo con el Estado Sindical, como resultado de un movimiento sindical único, sin dejarnos ganar otra vez por los madrugadores de la derecha con sus bloques nacionales, ni por los ventajistas de la izquierda con sus reconciliaciones y coexistencias. Reconciliaciones y coexistencias a las que no habrá lugar, una vez que conozcan nuestra doctrina y nos traten personalmente en el plano de una nueva política antioligárquica y nacional-sindicalista.

Sí, camaradas. Ante la futura coyuntura del mundo y para evitar su dominio total por la política judía del materialismo, sólo quedan las falanges del Cristianismo. Falanges que han de ser integradas por las fuerzas de la inteligencia y del trabajo. Falanges que han de ser ordenadas económicamente en sindicatos de empresas. Falanges de las que hemos de ser como nuevos prometeos. Robemos el fuego a los dioses para combatir estas fuerzas satánicas del egoísmo que se arrastran sobre la tierra. Para ello hemos de tensar nuestro espíritu aunque nos quedemos tan desnudos como “los hijos de la mar”, de Machado. Frente a ese gran contubernio capitalista-comunista, dándose las cartas por debajo de la mesa, ¿qué otra idea queda sino la de la Falange?.

Vosotros, jóvenes generaciones de la Falange, tenéis que hacer que le crezcan las alas a nuestra Victoria, para que no siga siendo una Victoria sin alas. Quitarle a nuestras alas el peso de esas cien familias que, al amparo del Estado y sin contrapartida alguna, han enfeudado a España, a menos que se sometan a la disciplina de un movimiento político sindical único. Porque a nosotros, como decía José Antonio en el Cine Madrid, en el mejor de los casos, “no nos sirve de nada conservar unos años más una situación de privilegio, si perdemos España”, “Una España, como nos dijo en Sevilla, entera, armoniosa, fuerte profunda y libre”.

José Antonio nos enseñó, entre otras muchas cosas, a trabajar en equipo y a no tener vanidad personal. Gracias a ello, os entregamos una Falange tan clara, tan limpia y tan fresca como las aguas del Genil, a costa, sólo Dios lo sabe, de cuántas renunciaciones y sacrificios personales. Nos enseñó a amar a España de otra manera. Las teorías y los sistemas mueren, pero nuestro amor no morirá nunca sino con nuestra propia muerte. Nos enseño también a cabalgar - ¿Qué mejor jinete ha tenido España; quién ha sabido frenar mejor sus pasiones desbocadas? -. Cabalguemos, pues, al estilo de José Antonio. Dejemos a los recién llegados en las cuadras y montemos nosotros los caballos del miedo. Seamos los jinetes del miedo. Cabalguemos sobre el miedo que al valor despierta, para seguir tejiendo la ilusión quijotesca de nuestra obra de arte falangista. Ilusión que tal vez resulte, otra vez, verdad porque nosotros no hemos sido vencidos jamás y porque, como decía Aristóteles: “Arte es la facultad de crear lo verdadero con perfección”.