VICTORIA TAMBIÉN PARA LOS VENCIDOS

Ismael Medina
Arriba, 31 de marzo de 1957

Soldados republicanos llegando a Le Perthus

 

Que la paz sea contigo, camarada. Te lo digo a ti, a uno de vosotros, a cualquiera de los que hubisteis de humillar las armas y hacer la marcha de vencidos hacia los campos de concentración o intentar la dudosa suerte del exilio. Y me apresuro a aclararte que yo no tuve tiempo para ser ni vencedor, ni vencido, aunque de lo uno y de lo otro, tenga en mi casta, igual que tantos otros españoles. Te hablo con la limpia autoridad de quien ha nacido a la plenitud de la vida sobre la sangre y el esfuerzo de los que peleasteis en las trincheras, bajo una u otra bandera, por algo sustantivo y precioso como es siempre una Revolución. Triunfaron los que habían de triunfar, y a esto no hay que darle vueltas. Ahora ya no importan los asideros de la Victoria, porque la Victoria es un hecho impuesto y aceptado. Y tu sabes bien, camarada, que la única manera de marchar seriamente por la vida es aceptar las cosas como son, sin caer en esa torpe tentación, tan española, de volver de continuo la cabeza como si la historia fuera una muchacha inalcanzable y hermosa que se cruza en nuestro camino. La historia está hecha y dieciocho años después nos encontramos con un tentador y grave porvenir ante nosotros.

Mañana hay fiesta y hay desfile. Acaso entre los soldados que enarbolan la bandera de la Victoria esté tu hijo. Tu hijo, que se habrá convertido en tu vencedor por el imperativo inexorable del tiempo. Y con tu hijo estarán también los hijos de quiénes te arrebataron las armas y te hicieron levantar los brazos en aquella mañana terrible en que ya no pudisteis mas y hubisteis de rendiros. Yo me imagino lo que fueron para ti aquellos minutos angustiosos en que arriaste de tu corazón el orgullo de tu hombría de combatiente. Y los días que siguieron hasta que fuiste libertado y el reencuentro con tu gente y el volver a vivir bajo una paz segura difícil y de pan negro y escaso. Yo te vi, no lo niegues en la riada del 9 de diciembre y en otras ocasiones.

Tú, y como tú miles y miles de tus compañeros, has formado entre esa enorme y anónima columna de españoles de filas a costa de cuyas privaciones se ha logrado el poco o mucho bienestar de que disfrutamos cuando ya tenemos hijos hasta los que, como yo, fuimos hurtados al goce de la niñez por el espectáculo de los cadáveres en torno y la necesidad de robar para comer.

No se si vives en la covacha de un suburbio o en una casa de venta por pisos, que para las dos cosas y la posición intermedia has tenido margen y ocasión en estos años. Sólo se y me importa que has estado junto a mi, sin conocernos, a las duras y a las maduras. Que has aguantado lo necesario para sentirte protagonista de la paz de hoy, de la paz de esta mañana de domingo, víspera de la Victoria. Y que todo ello te iguala a los españoles que, alistados en el Ejército, en las Milicias de Falange o en los Tercios del Requeté forzaron para ti y para los tuyos, para mí y para todos, esta oportunidad de hacer una Revolución.