LA VIDA, MÚLTIPLO DE SEIS

Ismael Medina
Mástil, nº 3, mayo-junio 1954

 

Había una estrella que nosotros llamábamos la Bonita. Creo que es suficiente. ¿Para que voy a añadir adjetivaciones? La Bonita era nuestra mascota. Tras el postrer amén del Rosario, la Bonita nos hacía puntualmente su reverencia de bienvenida y se acurrucaba mimosa en un ángulo del tragaluz de nuestra tienda. La Bonita montaba cada noche su centinela de luz y jugaba al corro con nuestros sueños. Alguna madrugada, cuando salgo del periódico, borracho de tinta y de noticias, la Bonita me hace un guiño y echa a correr, como loca, entre dos ángeles que se divierten con el "dao cruzao". Otras veces, la Bonita se me queda mirando con redondos y asombrados ojos de niño mudo, y yo me sobresalto. Y es que la Bonita es el celestial cartero que continúa uniéndonos sin palabras, a los seis que la bautizamos en una noche de julio, cuando con sus guiños, nos iba llevando la cuenta de las Avemarías y de los Padrenuestros.

Si, efectivamente, éramos seis. Seis veces quince años. Seis veces mil sueños. Seis serias sonrisas a la hora del "sin novedad". Seis nombres en la orden del día. Seis ansiedades de vida. Seis almas de par en par y una escuadra. Seis corazones ligados bajo una lona y velados por la Bonita. Ahora también somos una escuadra. Cada cual por su lado, cada uno a caballo de un vértice de la rosa de los vientos, uno a uno paseando por el mundo, bien cogida de la cintura, nuestra vocación. Pero montando fielmente la guardia de nuestra unidad cuando la Bonita nos llama al orden y nos emplaza a lista.

Todos teníamos quince años, quinto curso, cuando terminó la guerra. A todos, el dolor nos hizo soñar una España más hermosa. Esa misma que las banderas y los soldados nos hacían presentir segura al filo del último disparo. Por eso fuimos todos, los seis al campamento: a encontrarla, a ennoviarla y a cambiar con ella, cada mañana y cada atardecida, junto al mástil, una alianza de promesas. En nosotros, la vida se hacía, y se sigue haciendo, múltiplo de seis. Seis es el número aureo de la existencia. Seis es el múltiplo ideal de todas las grandes y definitivas ambiciones. ¡Ah, si lo hubiésemos sabido cuando comenzamos a estudias las matemáticas!

"La vida es cosa de hombres", nos decían cuando éramos pequeños. Y nadie nos explicaba por qué los hombres se jugaban nuestro destino al albur de un poker de votos. "Ya tendréis tiempo de saberlo cuando seáis hombres”, nos respondían cuando nos extrañábamos de que a uno de sexto lo hubieran metido en la cárcel por gritar “¡Arriba España!”. Nosotros éramos niños, niños cercados de interrogaciones sin respuesta, almas tiernas que habían de procurarse la verdad por sus propios medios. ¿Es extraño pues, que Vázquez, el capitán de la pandilla, muriese a los diecisiete años en el frente de Teruel, siendo capitán rojo de carabineros? Nadie, absolutamente nadie, le dio jamás una respuesta. La buscó a solas, creyó encontrarla y murió heroicamente abrazado a su error. ¡Ah si a Vázquez le hubieran dado ocasión de descubrir a la Bonita naciendo de puntillas sobre la Cruz de los Caídos!

Somos seis: la escuadra de la Bonita. Uno anda por Andalucía la Baja, tendiendo puentes sobre los ríos y sobre las almas. Otro hace justicia en un pueblo pequeño, de la mano de un viejo Código que no se aviene con el ideal que le estremeció en las horas del campamento. Quico se acaba de comprar un tractor y sonríe anchamente entre su gente a la hora del reparto de beneficios. Pedro tiene una bicicleta, a la que llama la Bonita, y con ella va y viene de cortijo en cortijo, regalando negros de su sotana al sol y a la lluvia. Estanislao, el “cabo de cola”, el último siempre, pensó que Novgorod estaba cerca de nuestra estrella y le dio un abrazo al pasar, mientras San Miguel Arcángel le abría camino. Fue aquella noche en que la Bonita, los otros cinco lo vimos, se encontró en el halda cinco rosas muy rojas y el eco de una canción:

 

Soy voluntario alegre
De la División Azul…

 

Ayer me he encontrado a Quico delante de un escaparate contemplando una trilladora con igual embeleso con que una mujer mira un modelo de Balenciaga. Por eso se lo del tractor y por eso he escrito este artículo. ¿Sabéis a lo que Quico ha venido a Madrid? Pues nada menos que a pedir permiso para que le dejen montar un campamento en su finca de Extremadura. Quiere llamarle campamento de la Virgen Bonita y llevarse a Pedro de capellán. Dice que sus socios (sus socios son los antiguos colonos de su padre q.e.p.d), sanamente prolíficos, se han enamorado del número seis. A Quico se le pone radiante su cara de campesino al hablar del Campamento, de sus tierras, de sus gentes y de sus hijos: Quico, Maria Bonita, Estanislao y Guadalupe. Y llega a convencerme de que la trilladora es un poema de Juan Ramón Jiménez.

Como veis el nuestro es tiempo de esperanza. Gracias a Dios y a que aprendimos, bajo un pedazo de lona y frente a un ancho horizonte, que la vida es una cosa seria, importante y alegre también a los quince años.