Nunca José Antonio será ceniza

 

 


Eugenio Montes

Arriba, 29 de octubre, 1943

Cuando los anglosajones después de la bomba atómica descubran la gran belleza humana de esto que se llama pensar y entender, caerán en la cuenta de que si la palabra fascismo, además de una injuria es una realidad objetiva, sólo puede significar, guste o no guste, se quiera o no se quiera, aquel tipo de política que surge en relación con el estado bélico.
Para decirlo con claridad: hay fascismo en la medida en que un Estado tiene ante sí una perspectiva de lucha. Por eso lo hubo en Alemania y en Italia, porque iban a la guerra. Por eso lo hay en Rusia desde 1917, porque el bolchevismo es la guerra perpetua, universal. Por eso, en rigor, lo hay en los países de lengua inglesa, aun cuando la hipocresía, el eufemismo, la táctica o, más aún, el gusto anglosajón por el vocablo equivocado, el humor y la paradoja, prefieran designarle con los términos -contradictorios- de democracia liberal. Por eso hubo un tremendo, absoluto y absolutista fascismo en la España roja, abanderado bajo el grito de "¡abajo el Fachio!" y en mucho menor escala, tan sólo en la mínima proporción inevitable, y destinado a extinguirse progresivamente en nuestro Movimiento, y sólo desde que tuvo que aceptar la guerra que el adversario nos impuso, acudir al terreno del desafío, y moverse y desenvolverse dentro de las condiciones y premisas a que se nos forzó.

Pero de ese tanto de fascismo que haya habido, los responsables son:

1) La revolución roja dominada por el fascio moscovita o soviet.

2) La fascista democracia liberal anglosajona, que al no entender que nosotros veníamos a salvar las cristianas, humanas y civiles libertades de Occidente; al colocarse, de un modo directo u oblicuo, en contra nuestra, obligó a que se convirtiera en guerrero el Movimiento de la Falange, nacido no con vocación de espada, sino de pluma y toga; fundado no por hombres de lucha, sino por letrados y togados; concebido no por el gusto de la sangre, sino por gustosos de las letras, las ideas y las normas, que querían darle de hecho a la vida española entera ley y deseaban realizar la obra de arte, la obra maestra de evitar la guerra civil, la guerra entre hermanos y -creyentes en la cristiandad- quedarse al margen de la guerra entre Estados civilizados.

Lo primero no pudimos conseguirlo. De ahí el drama de José Antonio, aquella melancólica mirada que entristecía la claridad con sus nobles ojos. De ahí la conmovedora hermosura de su destino trágico, aceptado con la serena compostura viril de un héroe antiguo esculpido en mármol clásico por cristiana agonía. Trágica es toda situación que exige el sacrificio de un valor, supremo en su rango, a otro de rango superior. Trágico es un destino cuando tiene que sacrificar la existencia a la esencia. Trágico el ver que el hado, implacable, pide un tributo de la mejor sangre por el albedrío. Trágico el saber que se tiene razón ante lo eterno y no se tiene tiempo. Trágico el llegar tarde llegando a punto.

El genio de España dio demasiado tarde el genio personal de José Antonio, que personalmente, acudió con puntualidad a la cita histórica. Tarde para hacer la paz desde la paz, la unidad desde la unidad. Las constelaciones quisieron ¡ay! Que se tuviera que hacer la paz a través de la guerra, la unidad tras el desgarramiento e ir a la alegría por el dolor. Y que tuviese que pasar por fascista el alma más liberal que haya existido.

Porque la Falange es, ante todo liberalidad, que es dar lo que se tiene y aún lo que no se tiene. La cuna del liberalismo es el corazón generoso. Lo liberal, por tanto, no es en rigor una idea ni todavía menos un programa; es una calidad del ser un temperamento, una actitud emocional y abierta ante el mundo y los hombres, un sentir a estos como prójimos, próximos aún siendo lejanos. Española es la Falange, y por ello a ningún español, de izquierdas o de derechas, se ha sentido ajena.

Ese gesto de amor ha podido, según las circunstancias, tomar una forma u otra, y podrá seguir pasando por esta o aquella fase, pues ninguna forma, necesariamente limitada y finita, puede agotar al amor, en sí infinito. Por eso, claro está, desconoce o disminuye a la Falange quien la juzgue por unos puntos circunstanciales, instrumentales, que corresponden, desde luego a su ser, pero no son el cogollo de su ser. Dije que toda forma es necesariamente limitada. Quizá debiera decir, con Rodin, que es limitante, el límite de una llama. Los puntos, los programas, las situaciones pasan; la Falange queda. Las dificultades son alimento de su llama, materia para su ardor poético. Nunca José Antonio cifra ardiente de una ensoñada España, será ceniza, porque ha transcendido a una arquetípica actitud ante lo humano.

Los helenos componían poemas trágicos para enseñar como los héroes sabían tener una actitud digna ante la ciega ofuscación irracional del hado. En esos poemas la tragedia no surge, como en los modernos, por la acción heroica, que en Shakespeare o Schiller siempre acaba mal. No. Para los griegos lo trágico no seguía sino que precedía a la acción. No era consecuencia del heroísmo, sino antecedente y prólogo. Ellos ponían lo trágico en el comienzo para que no estuviese en el fin.

Contemplemos desde esa esquiliana perspectiva nuestra reciente historia. La tragedia nos sacudió con el ramalazo de la fatalidad al comienzo, con la guerra civil. Pero ahí el destino agotó su pesadumbre, descargó toda su torva adversidad y se hizo apacible para con nosotros. Si José Antonio no pudo evitar la guerra interior, Franco pudo conservar nuestra paz en la guerra externa. Y puede, ahora, conservarnos en nuestra entera independencia sin que nos corresponda la menor responsabilidad de cuanto por ahí afuera acontece, en el vergonzoso hundimiento de Europa, del que estadistas hoy muy importantes y países hoy muy poderosos tendrán que rendir cuentas estrictas y severas ante ese valle de Josafat en el siglo que es la Historia universal.

En medio de una política internacional delincuente, Franco está en su sitio, señero y magnífico. En medio de un mundo alterado, España está en sí misma, dueña de sí y de su honra.

Y un día podremos decir con orgullo: “Todo se ha salvado con honor”. Que es patrimonio del alma, y España sólo es de Dios”.