Codicia

 

 


Eugenio Montes

La Estrella y la Estela, 1953

Cuando hace ahora años llevábamos sobre nuestros hombros enternecidos el ataúd de José Antonio Primo de Rivera, a la orilla del mar de muchas voces, bajo las palmeras de Alicante, en medio de esa clara y alegre luz mediterránea que viste la muerte de gozo como un traje de torero, pensaba en el trágico hado de todo gran español, destinado, por constantes e insondables designios, a sufrir en vida incomprensión, lejanías, fracasos o heridas, para sólo conocer en la muerte el dolor de la popularidad y del triunfo. Y en esa meditación dolorida pasaban por mi recuerdo los nombres más gloriosos de nuestra estirpe. Entre los barrotes de la cárcel se me aparecían el Arcipreste de Hita, el canciller Ayala, fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes, Quevedo, Jovellanos… todas esas figuras excelsas, verdadero orgullo del linaje hispánico, padecieron en vida o incomprensión o persecución. La luz en tinieblas de los calabozos ha sido triste consuelo de los soliloquios de todos esos grandes españoles; y me preguntaba si no había sido el principal impulso que había llevado a José Antonio a la actividad política el anhelo de lograr algún día una España en donde las personalidades sobresalientes por sus valores y sus meritos encontraran la justicia merecida, el reconocimiento, la gratitud y el séquito de sus coetáneos durante la existencia, sin tener que esperar el término de la vida y la hora del cementerio para hallar la admiración a que tenían derecho. Si; creo que el impulso decisivo de la actividad política de José Antonio era el logro de un Estado que hiciera la plena justicia; y esta –como es sabido- consiste en tratar igualmente a los iguales, pero desigualmente a los desiguales, o sea, otorgándole a cada cual la jerarquía a que por sus cualidades, condiciones y contribución a los bienes de la comunidad tiene derecho. Y seguramente cuando pensaba así preveía ya su trágico fin. Y puede todavía percibirse en los retratos de José Antonio como un rictus permanente de melancolía, como una vaga penumbra de tristeza que pasa por la claridad azul de sus ojos. Era el presentimiento de su sacrificio, el pálpito de que tendría que rendir a la tierra la hermosura de su existencia para la consecución de una España en donde no pudiera repetirse la injusticia, la incomprensión o la envidia.

A nadie he conocido con más amplitud de sensibilidad, con más abarcadora y objetiva ternura para toda la diversidad de valores humanos. Es posible que, incluso dentro de nuestra misma generación, algunos le superasen en una cualidad determinada y concreta, virtudes del especialista, que casi siempre son a costa de una deficiencia en la unidad total; pero no he sabido de nadie que, simultáneamente, dentro de una unidad de una persona, reuniera una gama de aptitudes más amplia y diversa. Por un lado era José Antonio una clara vocación y una perfecta actitud para la vida teórica, para la responsabilidad y la delicia del intelectual. Por otro era sensible y apto para la capitanía política, para la función rectora del gobierno, aunque tal vez sus íntimas predilecciones más tendieran a lo minoritario y selecto que a lo ancho y multitudinario; y todavía, por otro lado, era específicamente apto para los rigores castrenses, la entereza del gesto, la apostura viril y aún -¿porqué no decirlo?- para los valores amables de la existencia, para el diálogo, la confidencia, la amistad, los gustos delicados, recatados y púdicos. Sintiendo el dolor de España en los huesos, nunca la concibió como insolidaria de los destinos del mundo ni del acontecer universal, y en modo alguno admitía una Patria contrapuesta a Europa y a la civilización del ecúmeno. Las ciudades españolas que prefería eran: en lo histórico, Compostela, gran plaza en la romería de la Cristiandad europea de otros siglos; y como urbe moderna, Barcelona, por lo que tiene a la par de artesanía y burguesía; es decir por la doble forma con que hace encarnar en lo español los bienes de la civilización fabril y técnica contemporánea.

De la época en que su padre era Capitán General en Barcelona conservaba como un vivo amor a Cataluña el sentido cabal de la diversidad española, porque nunca concibió a la nación de un modo estrecho y parcial, sino pensando que el modo de aunar lo diverso era concebir la unidad por todo lo alto, por los valores y los destinos de una España en el ancho mundo.

Sensible a la tradición, lo era igualmente a la modernidad, y si el título que había heredado le recordaba prosapias antiguas y los derechos de la continuidad y la sucesión en el tiempo, también le traía la directa evocación de una tendencia que en el siglo pasado pugnaba a su modo, dentro del dramatismo de aquel tiempo, por una España al compás y al ritmo de los acontecimientos de la Europa de aquel entonces. Ese mismo hecho de ser el noble descendiente de una aristocracia liberal le hacía reunir en la unidad viva de su persona las dos tendencias que, contrapuestas a lo largo del siglo pasado, tenían que encontrar su síntesis y su empalme feliz en la contemporaneidad. Pero síntesis para él no significaba imponer una tregua precaria a las tendencias contradictorias y atenuar con el fervor de una parte el fervor de la otra, sino encontrar aquella perspectiva cimera sobre la cual cada una de las tendencias apareciera realizada en lo que tenía de positivo, despojándose de su polémica y su negatividad.

Por eso solía decir que a España no se la puede mirar desde una sola perspectiva, desde un solo flanco, sino por entero, en su plenitud. Cara a cara y en los ojos y con los ojos de lo eterno. Eterno para él no era sólo, ni sobre todo, un pasado intemporal continuado en el ayer, pues claro está que una eternidad que no contuviera en su seno el presente no sería tal. Y en el presente sentía la palpitación y el augurio del futuro. Una gran codicia de provenir español le movía, y sin entregarse a optimismo ilusorios ni habitar nunca el país de la utopía, tenía la creencia de que España, país en ascenso, a pesar de los pesares, podía lograr un alto y digno puesto en el acontecer universal a condición de unir los valores vitales innegables que posee a los valores del espíritu, de la inteligencia, de la abnegación y de la unión, que le han solido fallar. Por ello, la guerra civil se le parecía como el mal perpetuo de la vida española, como el peor cáncer que devoraba toda la voluntad de ascenso de la nación en la Historia contemporánea, pero no se le ocultaba a sus claros ojos que sólo por medio de una guerra civil, violenta, podía acabarse esa pugna sorda y latente que nos estaba envenenando desde hacía siglo y medio. Así sus últimas palabras fueron para desear y esperar que la sangre tan abundantemente vertida en nuestros campos fuera la última de las discordias civiles hispánicas y abono para una siembra fecunda en el mañana. A cuantos compartimos sus alegrías y sus tristezas, sus desesperadas esperanzas, sus razones y sus pasiones, y su fe sobrerracional, corresponde ahora que no queden en polvo tan generosos y bellos sueños.