Un Caído en el 29 de octubre

 

 



Juan Aparicio

La Vanguardia
29 de octubre de 1943
 


Casi una década carcelaria ha encadenado la existencia española, que transitó doliente por ergástulas, calabozos y mazmorras. Esta penitencia de una nación entera, que ha salido triunfante de la guerra y del cautiverio, sublimando cristianamente pasiones y flaquezas humanas, ha puesto fin a las vidas más generosas, a las vidas vitales, a la vidas de nuestros Caídos por su propia grandeza. Cárceles, checas y presidios se han ungido con la pátina de los monumentos nacionales, pero más intensamente aún, porque vibra dentro de sus recintos, no la historia marchita de lo que fue, sino la tragedia de cuanto pudo ser, de cuanto hubiera sido, sin el asesinato y sin el crimen.

Si no fuese por el caudillaje providencial de Franco, una generación había  perdido a sus jefes naturales y consanguíneos, sacrificados e inmolados ante el ara expiatoria y sangrienta de sus treinta años. Hacia esa edad fatídica para los héroes de la antigüedad y para los poetas románticos, infaustamente sucumbieron José Antonio Primo de Rivera, Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. Ramiro había cumplido treinta y un años cuando fue preso por última vez, el 1 de agosto de 1936, o sea, el día preceptuado para la universal agitación bolchevique. Ramiro conocía las cárceles de la República desde 1931, cuando fue un detenido primerizo, como luego se doctoró en 1932, 1933, 1934, 1935 y 1936, hasta morir entre los mártires.

Sus huesos sayagueses se habían endurecido en los camastros presidiarios, aunque su alma no necesitaba tales yunques para templar su fortaleza. Era nativamente ascética emperadora de sí misma; un alma senequista y de prosapia legítima y ancestral. Otro escritor menos terne hubiese redactado sus prisiones para vanagloria sobre el sentimentalismo de la juventud; pero yo, que he sido compañero celular de Ledesma en la Cárcel Modelo y en el Penal de Ocaña, recuerdo su desdén frente a los melindres afectivos y la sana paciencia con que aguantaba todo. Ya que su sino y su voluntad política le conducían a la cárcel,  menospreciando los halagos de una suerte más cómoda y burguesa, era preciso comportarse en la adversidad y en el peligro como un héroe cristiano, como un guerrero celtibérico, de los que tanto impresionaron a los cesáreos historiadores de Roma.

La revolución roja no le sorprendió con los brazos cruzados dentro del Madrid anárquico del Frene Popular, sino oponiéndose hasta el postrero instante a su alud. El día 11 de julio apareció su periódico  "Nuestra Revolución" que fue el último augurio de la Revolución Nacional española. Preparando el segundo número del semanario vino el asalto al cuartel de la Montaña y hubo que abandonar el despachito de la calle del Príncipe. El jefe Nacional de Milicias de Falange Española de las J.O.N.S había recibido órdenes desde Alicante, para que cooperaran con Ledesma en aquellas jornadas insurreccionales. Ramiro confiaba en su audacia y en su zodiacal destino, por lo que no se escondió, abandonando solo la pensión del Hotel Gredos en la Gran Vía, e instalándose provisionalmente en la calle de Ponzano, en el domicilio de su hermano Pepe.

La única precaución para desfigurar su efigie fue raparse el pelo, su mechón de agitador, y volver a las gafas de su época intelectual. Fuera de este minúsculo disfraz, iba a "Fuyma" todas las tardes; deambulaba, impertérrito por las calles henchidas de milicianos, y hasta se atrevió al riesgo máximo, presentándose en Santa Juliana 3, en la entraña áspera de Cuatro Caminos, para abrazar a su madre. Puesto en contacto con los grupos de acción, con aquellos impávidos "pacos" frente a la furia roja, no quiso asilarse en ninguna Embajada; porque su misión de francotirador, de vanguardista, le retenía a la intemperie y porque su honor hispánico, su bandera de sindicalista nacional le rechazaban cualquier pabellón extranjero aunque sirviese para subsistir.

Provisto de la cartilla militar de Enrique Compte, reorganizó sus fuerzas efectivas que ya en 1931 había denominado "Falanges de Combate": pero en la madrugada del 1 de agosto fue detenido al entrar en la casa de su hermano. Un automóvil  que atravesaba raudo la calle de Ponzano, con los faros encendidos, agarrota sus frenos y los recoge. Era una patrulla comunista que reconoció a Pepe Ledesma como hermano de Ramiro, mas ignorando que el mismo Ramiro está también presente. Conducidos a una checa de Cuatro Caminos, el interrogatorio fue algo chusco, puesto que confundieron al propio Ramiro con un pistolero a su servicio al advertir, incrustadas en la badana del sombrero, las tres iniciales reveladoras: R.L.R., suponiendo en seguida  que Ramiro Ledesma había obsequiado a aquel supuesto esbirro con alguna prenda de su guardarropa.

La patrulla insistió sobre Pepe Ledesma, amenazándoles con las pistolas para que descubriera el paradero de su hermano.

-No se dónde está, respondió con flema. Pero si me matáis, Ramiro no aparecerá nunca, ya que mi desaparición le pondrá en guardia.

Ramiro, que había escuchado sin pestañear, cuando se quedaron solos, le conminó sereno: -Voy a decir quien soy y así te salvarás tu.

-No seas ingenuo, así nos asesinarán a los dos.

Esas ganas de no ocultarse, de afirmar su personalidad ante cualquier evento, replegáronse entonces; pero al día siguiente, en la Dirección General de Seguridad habían de firmar su sentencia de muerte. Trasladados al caserón de la calle de las Infantas, un polizonte anotó en el libro de registro la entrada de José Ledesma Ramos y Enrique Compte Azcuaga; pero el auténtico Enrique Compte Azcuaga se presentó poco después en los calabozos de la Dirección, detenido por falangista y contrarrevolucionario. Como Compte no había negado su nombre y apellidos, dos personas distintas confesaban la misma personalidad, con perjuicio tal vez para la verdadera. Ramiro, tozudo y resuelto, ha de pedir declaración inmediata y afirmó: -Soy Ramiro Ledesma Ramos; Soy Ramiro Ledesma Ramos.

Ramiro ha respirado satisfecho. Filiado verazmente, ya no caben más subterfugios ni evasivas; el fundador de las primeras J.O.N.S. tendrá que morir. Convencido de su lógico desenlace, dada su irreemplazable significación política, preparóse a la muerte con ánimo intrépido y casi deportivo. Habiéndole encerrado en la antigua Cárcel de Mujeres, de las Ventas, allí encontró a don Ramiro de Maeztu y a Vázquez Dodero, de "Acción española" a cuya tertulia había asistido alguna vez, y donde era conocido bajo el seudónimo conspiratorio de Don Anibal, colaborando en la Revista con un "Ensayo sobre el Estado", que envió en 1932 desde la Cárcel de la Moncloa. Además, Maeztu apreciaba su valor intelectual, su vigor filosófico y su patriotismo, con tanta estima, que le llamaba don Ramiro. Allí estaba el agustino P. Félix García, con quien Ledesma había estudiado Metafísica en la cátedra de Ortega y Gasset; y Federico Santander y Ramón Maldonado. Allí estaban los Duques de Victoria, y el Conde de San Luis -directos descendientes de Espartero y Sartorius- y Don Alfonso y Don Enrique de Borbón y León. Allí estaban Compte y los jóvenes camaradas de Falange Española. Allí había militares y aristócratas, menestrales y campesinos, ancianos y adolescentes. España había untado en el presidio todas sus sangres y virtudes como para un ancho frente nacional de resistencia por el sufrimiento.

Ramiro Ledesma vestía un traje gris oscuro, y calzaba alpargatas de cáñamo, y sólo visitábale de vez en cuando su hermana Trini, quien preguntaba precavidamente por Roberto Lanzas. Durante el día paseaba a grandes zancadas con Maeztu, con Compte o con los estudiantes falangistas; o leía la "Anábasis" de Jenofonte, "El Firmamento", del Padre Rodés, y los "Episodios Nacionales" de Don Benito Pérez Galdós. ¿Quién sabe si en la prisión  había de releer la "Vuelta al Mundo en la "Numancia", el exótico relato ultramarino que hubo de fascinar su infancia en Torrefrades, como texto obligatorio de lectura en la rural escuelita paterna?  O ya pensativo, meditaba sobre su pasado, tan convulso, y sobre el porvenir de España. El mes de Octubre le traía nostalgias y añoranzas de otros octubres menos crueles, cuando fundara, en 1931, las Juntas de Ofensiva nacionalsindicalistas; o cuando, en octubre de 1934, se eligió a José Antonio Primo de Rivera como Jefe Supremo de la Falange. Durante la noche penetraban los carceleros en las celdas para robarles sus míseros enseres, respetando a Ramiro, que les infundía miedo. Sin embargo, Ledesma repetía a sus íntimos, con insistencia machacona: -Yo no saldré vivo de esta cárcel. A mi no me asesinaran cobarde y espectacularmente. Acaso Ramiro desafiaba el chafarrinón  brutal de los fusilamientos de la Moncloa, pintados por Goya, y la estampa romántica del fusilamiento de Torrijos.

¡Cuan largo fue el mes de octubre de 1936 en Madrid. Cuan largo y frío! En las Ventas los presos tiritaban y se impacientaban ante su lánguido transcurso. Las tropas de Franco acudían presurosas, pero no tan velozmente para calmar su inquietud, la zozobra y la incertidumbre. ¡Era pronto, era tarde? Al fin se formó la primera expedición de la Cárcel de las Ventas hacia un rumbo impreciso. Treinta y dos salieron una madrugada otoñal, que traspasaba los tuétanos del cuerpo, e iban a Chinchilla de Monte Aragón, según la confidencia falsa de sus guardianes. Aún no se apartó la retahíla en la que descollaba Ramiro de Maeztu, del edificio de la Cárcel, cuando resonó un tiro seco y angustioso. Los que quedaron dentro de la Prisión, anonadados por el terror de la primera saca, lo habían oído estridentemente y todavía lo recuerdan. Ya poco más se sabe de Ramiro Ledesma. Como no sea que en la fosa del Cementerio de Aravaca, revueltos y confundidos, hay los despojos de treinta y dos cadáveres. Alguien dijo que Ramiro había muerto en el dintel de la Cárcel de ventas, y alguien más tarde replicó que Ramiro había ido hasta el Cementerio Lo cierto es que Ramiro Ledesma Ramos había caído el 29 de octubre de 1936, en el tercer aniversario del mitin de la Comedia y tal vez por ser un fundador, en la fecha simbólica en que la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. exalta a sus Caídos, Ramiro Ledesma era un Caído más.