Figura y desfigura de José Antonio

 

 



José María Sánchez-Silva
Diario Arriba,
20 de noviembre de 1947


Tengo muy oído a Rafael Sánchez Mazas que la lámpara que pende en la basílica de San Lorenzo de El Escorial sobre la tumba de José Antonio debiera bajar un poco más para impedir el paso por la losa y para atraer la atención de turistas y devotos escasamente informados de la reciente historia. Esto de la lámpara me trae a la imaginación algunas consideraciones sobre el mundo de las proporciones, de las medidas y del equilibrio, que de un modo al parecer desigual, sustenta o debe sustentar la general armonía a imagen, semejanza y trasunto de la armonía de Dios y su creación.

No se puede emplear, refiriéndonos a la figura histórica de José Antonio como antes a esa lámpara que sobre el pende, la palabra bajar o la palabra subir. Tanto José Antonio sin embargo, como su lámpara, están en cierto modo descolocados. La lámpara jugaba con una armonía anterior y ahora debe jugar con una armonía a la vez anterior y actual: debe bajar un poco para prestar su servicio, con el empleo de los mismos medios, a un número mayor de fines. La figura de José Antonio, sin subir ni bajar, debe ir ocupando ya su sitio real, aunque provisto de la bien ganada leyenda heroica y juvenil que el pueblo le ha rendido.

Parece como si hubiera, todavía, un propósito decidido de nublar esa clara luz de que José Antonio pudo dotar a su vida y a su obra, y con ellas, a las propia vida y obra de España. Parece como si se tratase en olor de gigantismo, de agrandar y extender indebidamente algo cuyas proporciones eran justas, necesarias y bellas. Parece, en definitiva, como si muchos solapados enemigos, gentes cobardes o resentidas y poetastros sin ocupación, hubieran acordado hacer desaparecer, en fuerza de confundirla, desdibujarla y desconocerla, la figura más singularizada de nuestro tiempo.

Tal o parecida cosa sucedería con una figura histórica inventada por los forzudos de la erudición; con una figura que, sobre no haber existido, fuese haciéndose durante siglos con productos de biblioteca y residuos de fantasía, con sabios desnaturalizados y poetillas sobrenaturalizados a base de excitantes farmacéuticos. Sin embargo, José Antonio, contra lo que pueda parecer, no es una figura inventada, sino muy real y viva, y no es ni siquiera antigua, sino muy reciente y actualísima.

Por la confusa balumba de extra-limitaciones líricas, por el falso fuego de torcidos patriotismos, por el bueno y tantísimo deseo de los tontísimamente buenos, y, también, por una larvada actitud incansable de sus enemigos y de nuestros enemigos, se corre el peligro de que a nuestra juventud le llegue una desfigurada figura que no se parezca nada a la figura de José Antonio. Vagas nubes retóricas de himnos, canciones, discursos, sonetos y charadas periodísticas, fotográficas y escultóricas, harían proclamar a un humorista que José Antonio se redujo a la triste condición de un pobre soñador irredento. Un soñador de sueños imposibles e inconcretos, con abundantes recursos musicales; un soñador del cual no se sabría con certeza si había soñado una España de porcelana dorada a fuego, una España riquísima, fabulosa o una España mitológica. Un soñador que, fuera de sus sueños, era medio poeta y medio militar, medio fraile y medio campeón de tiro al blanco; medio asceta y medio Robert Taylor para damitas de la buena sociedad; medio político español y medio político extranjero.

Se trata aquí de reaccionar con una ira fría e inteligente, bien dotada de humor y de puños. Se trata de ir colocando en su sitio la figura de José Antonio, sin bajarla o subirla de lugar, como la lámpara de antes. Se trata de explicar que José Antonio trató de conseguir una España posible, una España inteligible; una España que es, en resumidas cuentas, la España que no quieren los malos españoles. Nosotros no creemos ni queremos creer en la semidivinidad; queremos a un solo José Antonio, al que fue y no al que pudo ser o quieren otros que fuese. Su vida es reciente y conocida y su obra ahí está. Fue siempre joven, porque las balas de los rojos le impidieron envejecer, fue un buen hijo, un buen estudiante, un buen soldado y un buen español. Pero, sobre todo, fue un político extraordinario, que conocía muy bien la historia de España y supo muy bien que cosas había que hacer en un momento determinado. Tenía una magnífica formación espiritual e intelectual; era valiente fuerte y bien parecido. Destacó en su profesión de abogado, y en su conducta social como aristócrata e el trance dificilísimo de acaudillar un movimiento cristiano y demócrata, de verdaderas cristiandad y democracia. Su singularidad, paradójicamente, estaba en su normalidad, en su sana, inteligentísima y preciosa vulgaridad española. Vulgaridad de creencias y actitudes nada vulgares. Sólo porque fue claro limpio y sencillo, yace bajo unas sencillas limpias y claras piedras en las cuales gustamos de personificar el estilo de España.