Carta a "Arriba"

«José Antonio, hijo mío...»

Por  J. María Sánchez-Silva
Arriba, 21 noviembre, 1960


Hoy, 21 de noviembre de 1960

 

Queridos amigos: Anoche vinieron los García Serrano. Tomamos unas copas y unos pinchitos. Hablamos de cine, de literatura, de José Antonio. Como siempre, las mujeres hablaban de otra cosa, y de vez en cuando prestaban atención y «entraban» en lo nuestro. El matrimonio se fue temprano, antes de cenar. Comimos los mayores de la familia: mi mujer, mi hija universitaria, mi hijo soldado. Veíamos la televisión. Oímos a Ana María Olaria y a Luis Mariano... Después del telediario recitaron -quizá Dicenta- un poema a la muerte de José Antonio y dieron un «memento» de Bach. Habíamos terminado de cenar hacía mucho. Entonces, me levanté, fui al estudio y regresé al comedor con un libro. Iba a leer a los míos el testamento de José Antonio.

 

Los pequeños dormían hacía mucho rato y el programa  de televisión había concluido. Me senté en mi sitio de siempre, junto a la mesa, y leí despacio, a la luz fluorescente de la pequeña vitrina que tengo con figuras de burritos y algún que otro vidrio de artesanía española y una que otra porcelana o cerámica. Detrás de mi hay otra luz en un cuadro grande de pintura inglesa antigua; son los bancos de Láncaster, firmado por David Cox.  Es un paisaje hirsuto, agreste, bajo unas grandes nubes acuosas que iluminan la tierra, de color entre miel y mostaza, y las plantas, y un enorme campo de trigo. Es un paisaje para estar más que para ver.

 

Comencé a leer. Mi mujer estaba sentada a mi izquierda, mi hija a mi derecha y el chico enfrente. Durante la lectura me falló la voz dos o tres veces. (Nada de José Antonio es «sentimental», ya sabéis. Es todo tan claro, agudo, varonil, bañado por una serenidad espiritual tan magnética... y, sin embargo, me falló la voz dos o tres veces, pese a que trataba de leer secamente, con ese estilo antiguo nuestro que recordáis). Había un gran silencio en la casa. Seguramente porque «Lady», mi perra de caza, dormía también al pie de los niños. O porque habían terminado los espectáculos y la calle estaba más silenciosa. O quizá porque no oíamos nada más todos que el testamento.

 

Y mientras leía, me parecía que también José Antonio mismo estaba sentado a la mesa, escuchándome sentado quizá al lado de mi hijo soldado, que pertenece a la División Acorazada, la de Zamalloa. No sé, palabra, pero me lo parecía. Avanzaba la lectura y yo pensaba por debajo de ella, o tal vez por dentro o por algún oculto lateral, como puede ocurrir cuando se lee algo muy conocido, que José Antonio es ya también como un hijo mío. Mi hijo más grande, claro. Del mismo modo que España es en cierto sentido nuestra madre, también de cierta manera es nuestra hija. ¿verdad? Así veía yo a José Antonio anoche, como hijo mío. Como un hijo insuperado, como un hijo que ha sabido conquistar la difícil admiración de sus mayores en la historia y en la duración.

 

Iba pensando también en la política. Y la política de José Antonio se revelaba en la lectura como algo de una autenticidad superior  en la línea profunda, por la sencilla razón de que en el testamento, frente a la muerte de pasado mañana, el hombre que recogía su última voluntad estaba mostrando también  su primera voluntad, su primer corazón, su primer corazón, su primera sonrisa, su primera bofetada, su primera intervención en la vida adulta. Muchas veces he pensado que solemos distribuir entre los muertos los méritos que en gran parte debemos a los vivos y no entregamos  por pura cicatería; pero también pensaba anoche que José Antonio no es propiamente un muerto, sino un hijo viviente que al mismo tiempo, es más joven y mayor que nosotros, que vamos siendo sus padres poco a poco.

 

Cuando concluí la lectura, hube de quitarme las gafas, que es tan molesto y deprimente. Mi mujer lloraba en silencio y los ojos azules de mi hija, un poco cándidos, me pareció que aparecían como debajo de un agua marítima. El chico miraba al vacío entre los hombros de mi mujer y los míos.

 

-Es siempre maravilloso- dijo mi hija. No contesté; prefiero que la realidad sea al mismo tiempo maravillosa para ellos. Repuse el libro en su sitio y me despedí. Más tarde mi mujer me dijo que el soldado había abierto el balcón y paseado un buen rato a solas, fumando a oscuras, por la pequeña terraza. Presté un poco de oído. De la calle, como gustan decir  los literatos, no subía ningún ruido  especial, ninguna luz especial. No subía nada, en verdad. La noche quizá se había quedado sin mucho significado. O se había llenado  de significado. Los jóvenes dirán; los jóvenes con vuestros ojos nuevos, diréis cuál es el significado de la noche.