JOSÉ ANTONIO... SIN POLÍTICAS

Feliciano Correa Gamero

Diario "ABC, 20 de noviembre, 1977


Cuando miramos la historia de nuestro pasado reciente estamos adquiriendo el hábito del -etiquetamiento político, nadie nos es ajeno, nadie nos es indiferente, o se les considera partidarios o se les considera adversarios.

La noble misión del historiador es, desde luego, colocar el personaje en su contexto y estudiarlo y verlo ahí, en su medio. Pero hay una tarea más profunda que la del historiador que es la del pensador, la del filósofo de la historia; es esta una acción más a largo plazo, difícil de ejercitarla con acierto cuando los acontecimientos tienen una proximidad, pero es, sin duda, la tarea que va aquilatando con el paso lento del tiempo, lo que es valioso y lo que son sólo vanalidades pretéritas. Es aquí, en este ejercicio de filosofar la Historia, donde suele estar la ponderación y el buen juicio, porque no se sirve al nombre sino a la verdad, porque no se es partidista, sino analizador de situaciones; es aquí, en este noble oficio, donde el personalismo queda ensombrecido por la idea y donde el tópico no tiene sentido porque manda el silogismo.

Al filosofar sobre nuestra historia reciente, tan rica en acontecimientos y en nombres, tan llena de hechos y de datos, debe existir un principio que domine a todas las tentaciones, debe haber un heroísmo que permita la grandeza de servir con honestidad a la verdad; este principio es: rescatar del color del partido, de la esquina de las circunstancias a aquellos hombres que tuvieron en su quehacer –por encima de la circunstancia temporal- una ética a la que sirvieron, primeramente, porque no se prestaron nunca al oportunismo del trance. Y esta operación hay que hacerla para colocarlos en un lugar accesible a todos, porque sus ideas pueden ser patrimonio cultural de todos y, por tanto, base de la civilización

A mi me apena que hoy, después de tanto tiempo, exista el desconocimiento del José Antonio pensador y humanista y prevalezca el conocimiento del José Antonio político. A mi me apena que se vea en el joven líder de los años treinta a un revolucionario callejero y no se aprecie al pensador parlamentario o al ensayista agudo. Y, más que nada, me molesta que José Antonio sea el símbolo disputado por las distintas facciones falangistas que lo reclaman como fondo de sus pegatinas, como recortable de sus viñetas y como firmante de sus afirmaciones. Pienso que José Antonio se rebelaría hoy contra todo ese mercadillo sin suscribir ninguna de esas actitudes. Porque él, que recomendaba “llegar al amor por el camino de la inteligencia” –sin perder la elegancia y la compostura-, no aceptaría como método ordinario el cerrilismo y la vulgaridad, la pintada y el insulto, como mecanismos para “hacerse” con la patente del falangismo y con la imagen –incluso física- de José Antonio. Me parece, y lo he dicho antes de ahora, que esas actitudes resultan de lo más infecundas.

José Antonio no es depósito privado de un grupo, y su dimensión histórica no puede sujetarse a los límites de un partido político. Indalecio Prieto interpretó que “fusilar a José Antonio fue una crueldad y una equivocación de Largo Caballero” los juicios del socialista José Antonio Balbontín, los del embajador norteamericano Bowers –que conoció a José Antonio-. Los de José Rico Estasen) sacerdote y confesor de José Antonio en Alicante), los de Stanley G. Payne (el primer historiador extranjero que se preocupó de historiar seriamente esta figura), los de Hugo Thomas, etc.. y la de otros muchos que en ninguna forma pueden ser sospechosos de oportunismos de posguerra, ni de integrismo, ni de totalitarios, nos ponen en la pista de lo sugestivo al ofrecernos algo nuevo que se sale del convencional cliché que se ha fabricado de José Antonio.

A mi me parece, y lo digo con humildad intelectual pero con el íntimo convencimiento de quien ha estudiado el tema detenidamente, que José Antonio no puede ser ser patrono de ningún partido político y que quien así lo considera, comete el atropello de rebajarle en su calidad de pensador notable para ver en él sólo una faceta más pequeña y más sometida a la temporalidad. Con esta actitud se olvida al hombre que apunta –aunque no llegara a consolidarla- una nueva dimensión filosófica de la política. Su entendimiento en cuestiones fundamentales nos lo presentan más como creador de una escuela de pensamiento, en una línea de humanismo no marxista, con una solidez ética impresionante, que como el redactor de los 27 puntos de la Falange (que entre otras cosas, no los redactó José Antonio, sino Pedro Sainz Rodríguez. Esto ocurrió así para que la Falange no atacara a la monarquía y Sainz Rodríguez fue el intermediario. De este hecho, seguramente desconocido para mis lectores, puede dar testimonio –aparte de don Pedro Sainz Rodríguez- el marqués de Dessio).

Por todo ello, si en este cuarenta y un aniversario de su muerte se quiere hacer un servicio a la historia del pensamiento, es hora ya de ir dejando en paz al José Antonio ejecutivo, del que se usa el discurso acotado y la frase hecha, para empezar a descubrir al José Antonio apuntador de ideas geniales, señalador de caminos y conciliador. De este modo pasará a ser patrimonio de España en lugar de ser símbolo de un grupo. Así como Balmes o Donoso, Moro o Vitoria, Cánovas o Maeztu, se situará en ese estrato asequible a cualquiera, porque las fuentes de pensamiento no exigen identificaciones políticas.

Si los falangistas dejan de secuestrar a José Antonio, de utilizarlo como comodín de sus jugadas, y se afanan en buscar soluciones para ahora, desde una perspectiva de hoy, si dejan de preguntarle a José Antonio cuestiones concretas a la que no puede dar respuesta, le estarán haciendo un gran servicio, evitarán confundir a la opinión pública y serán útiles a la filosofía de la Historia, permitiéndole colocar al personaje en su verdadero sitio.

Feliciano Correa Gomero
Director de la Re. De estudiantes “José Antonio, de Badajoz