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Revista "Y", núm. 8, septiembre de 1938
"El Boletín oficial correspondiente al
8 de septiembre del actual, ha publicado la siguiente Orden del Ministerio de
Defensa Nacional:
"Concesión de la Medalla de Sufrimientos por la Patria a doña Emilia Almansa
por el fallecimiento, de sus hijos Jesús, Mario y Augusto Iturrino Almansa,
vilmente asesinados por los rojos en San Sebastián los días 23, 27 y 31 de julio
de 1936, respectivamente".
Hay en San Sebastián un estanco que llama la atención: es el predilecto del
público. Ostenta de un lado, los colores nacionales, del otro, la bandera de la
Falange. Entramos; es un estanco alegre, limpio, muy moderno. Todo en él está
colocado con una gracia especial que revela la mano femenina. Preguntamos por la
dueña, cuya figura nos era familiar, despachando sellos y cajetillas, con una
expresión de triste dulzura en unos ojos muy españoles...
No está ahora allí, tiene que atender también a los quehaceres domésticos.
Subimos al piso, Emilia Almansa, con sus ojos melancólicos que recuerdan la
morería, nos abre la puerta, viste de riguroso luto, es la madre de los tres
hermanos muertos por el ideal. La Falange no puede olvidar a esta mujer y hace
lo posible por ayudarla, pero la vida es dura y hay que luchar mucho para
trabajar en el hospital de José Antonio. Entablamos un diálogo eludiendo
discretamente todo lo que puede ser una alusión demasiado directa a la tragedia,
pero la idea de los caídos, nos obsesiona y empezamos, casi sin querer, a hablar
de ellos.
Los tres fueron, como en la parábola del Evangelio, "obreros de la primera hora"
y los tres ocultaban cuidadosamente a su madre sus arriesgadas actividades.
Jesús, jefe provincial de Falange en San Sebastián, fue detenido en casa de
Miguel Rivilla e inmediatamente asesinado. Augusto, ya acostumbrado y endurecido
en la lucha, había recorrido las cárceles de Madrid y Barcelona y tenía dos
heridas conseguidas en la venta del periódico. El 18 de julio le sorprendió en
la cárcel de Ondarreta, pues había sido detenido pocos días antes en los
funerales de Calvo Sotelo, y no se supo más de él.
Mario, estaba en el cuartel de Loyola con los militares y pereció en el asalto.
Este fue el que, temeroso por su madre y hermana, les instó a que se escondieran
en los primeros días del movimiento y las dejó en un seguro refugio, pero no se
vieron más... Y ahora se han quedado solas, con la gloria y con la vida dura de
cada día pero también con el agradecimiento de la Patria y del público que entra
y sale sin cesar en este establecimiento, realizando así todos los días un
espontáneo homenaje de simpatía hacia el sacrificio de estas dos mujeres, que se
han hecho acreedoras al carió y a la admiración de todos los españoles.
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