EL ANTEAYER DE UNAMUNO

 

Antonio de Obregón
"El Alcázar", 31  diciembre de 1986

Se acaba de cumplir el cuarenta y dos aniversario de la muerte de Unamuno, acaecida a los setenta y dos años. Era erguido, sanguíneo, como lo esculpiera Victorio Macho y lo pintara Juan Echevarría. Iba siempre a cuerpo y se había adelantado a ese desgaire de hoy. Kant en Koenisberg, Goethe en Weimar, Unamuno en Salamanca son hombres en el estuche de sus ciudades y se nos iba el de la capital plateresca, de cuya Universidad era rector vitalicio.

Desde hacía muchos años quien había nacido en Bilbao eligió, para vivir «la Castilla latina de raíz gramatical» que tan prodigiosamente cantara.

Oro en sillares de soto
de las riberas del Tormes...

Salamanca vivía  días trascendentales. Franco era jefe de Estado desde el primer día de octubre. Se había acabado la ilusión de la guerra corta y Salamanca era cuartel general.

Desde septiembre hasta diciembre del 36 viví casi diariamente a don Miguel y comenté con él los acontecimientos. Nadie puede contarme sus opiniones de aquellos meses. Desde que yo era muy joven le traté. Me enviaba sus libros dedicados que conservo; había frecuentado la tertulia de la Revista de Occidente y escuché sus charlas con mi maestro Ortega y Gasset. Mi confianza con Unamuno era grande, pues había sido secretario del Ateneo de Madrid bajo su presidencia: no hay que decir que por libre elección de los socios. Por ende, me casé con salmantina, de familia conocida, y estimada por él, lo que contribuyó a nuestras relaciones cordialísimas.

Yo había salido de Madrid en circunstancias que en otra ocasión relataré y me encontraba en Salamanca. De pronto, la inesperada noticia que me dio Giménez Caballero en la Plaza Mayor:

-¡Ha muerto Unamuno! ¡Las máquinas de escribir no pueden callar y tienen que «disparar» toda la noche, comunicando al mundo la triste nueva...!

Era un día muy frío el fin de año de 1936. Me encaminé a casa de don Miguel, en la calle de Bordadores. Los balcones de la casa de Unamuno daban a la avenida que,  a la derecha, tiene a las Ursulas, y a la izquierda a las Adoratrices. Cerca, la torre de Monterrey y las Agustinas.

En la casa mortuoria estaban los amigos íntimos de la familia y profesores de la Universidad. Siempre recordaré la expresión que tenía el  rostro de don Miguel, que varios dibujantes intentaban captar apresuradamente.

Quien tanto había pensado en la muerte vivía al lado de la Casa de las Muertes. Quién había consagrado tantas horas a la preocupación de la inmortalidad dejaba de existir. Recordábamos aquella escena  de «Niebla», cuando el protagonista le dice: «Pues bien, mi señor creador don Miguel, también usted se morirá... ¡Y se volverá a la nada de donde salió! ¡Dios dejará de soñarle! Se morirá usted, si, se morirá aunque no lo quiera!»

Unamuno desde el 18 de julio, había seguido haciendo su vida habitual, paseando por la Plaza Mayor y homenajeado como de costumbre por sus alumnos. Se daba la circunstancia de que muchos de ellos eran falangistas y le saludaban espectacularmente al pasar. El último día de su vida desayunó a las ocho y media y a las diez se levantó. Estuvo jugando con su nieto, el hijo del poeta José María Quiroga y de su hija Salomé, ya fallecida. A las cuatro de la tarde recibió la visita del catedrático señor Aragón.

-¿Cómo va, don Miguel?

-Bien.

Estaban en una mesa camilla junto al brasero. Al lado del «cuarto de estar» estaba la biblioteca. De pronto don Miguel se puso intensamente pálido e inclinó hacia un lado la cabeza. Empezó a oler a quemado. Su interlocutor vio como la zapatilla de don Miguel ardía sin que él retirase el pie... Estaba ya sin sentido.

Aquella fue una noche muy triste en Salamanca. En el Gran Hotel, convertido en mentidero, centro de reunión de periodistas nacionales y extranjeros, hogar de diplomáticos, se comentaba la noticia de la jornada con los partes de guerra. En la puerta hacían guardia soldados del Regimiento de Caballería de Calatrava -el mío-, al que me había presentado días atrás, sin que hasta aquella fecha me reclamasen a filas y en que era frecuente ver hacer guardia  a nuestro inolvidable amigo Alfonso Lastra, nieto del duque de Tamames.

Víctor de la Serna nos convocó a los periodistas. Había muchos rumores y se dispuso, sin perder minuto, a organizar el entierro de Unamuno, que se suponía sería prohibido; muchos gestionaban, cerca de las autoridades, que fuese enterado secretamente.

A la mañana siguiente se celebraron los funerales en la parroquia de la Purísima, presidiendo los hijos de Unamuno Miguel y Rafael; el rector en funciones, Madruga, y el decano de la Facultad de Filosofía y Letras, señor Ramos Loscertales.

A las cuatro de aquella tarde se verificó el entierro al que, en principio, no habían acudido sino los íntimos, dadas las versiones que corrían; pero a medida que se puso en marcha el cortejo fue afluyendo público, estudiantes, profesores y convecinos, sumándose todos al duelo y, momentos después era ya una muchedumbre la que seguía el féretro que portábamos, delante, Miguel Fleta y yo, detrás Víctor de la Serna y Emilio Díaz Ferrer. Nos relevaron luego, a través de la ciudad, Martín Almagro, Mariano Rodríguez de Rivas, Carlos Domínguez Lafuente y Víctor Alonso.

En el cementerio, y en el momento de tapiarse el nicho, el jefe de Falange de Salamanca, Gil Ramírez -mas tarde alcalde de la ciudad-, dio el «¡Presente!» de rigor ante los falangistas que le acompañaban. Había en el cortejo hombres de diferentes ideologías, sobre todos catedráticos y alumnos, y no se produjo el menor incidente. A Unamuno lo enterraron dignamente, solemnemente, sus amigos: profesores, escritores, periodistas, estudiantes, como si no se verificase el acontecimiento en horas tan excepcionales, lo que sorprendió mucho en la zona republicana, con la libre expresión de dolor, admiración y respeto al gran poeta que -como insiste siempre en este punto Pedro Sainz Rodríguez-fue Miguel de Unamuno. Por cierto, el último poema que escribió días antes -es decir, en su «anteayer» de la muerte- empieza así:

Morir soñando, si más se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al
fin la eternidad se adueña...

Y en cuanto a su última conversación -recogida por Emilio Salcedo-, muy poco antes de morir, revela aquella seguridad suya en la perdurabilidad de España. Cuando su compañero Aragón, ante el drama de la guerra y los acontecimientos que se sucedían, le comunicó su temor sobre la suerte de nuestra Patria, Unamuno replicó:

«No, Dios no puede volverle la espalda a España. ¡España se salvará porque tiene que salvarse!»