RITO FALANGISTA EN LA MUERTE DE UNAMUNO

 

Por Víctor de la Serna
"El Alcázar", 31 de diciembre de 1986

Por aquel tiempo don Miguel paseaba poco por las calles de su Salamanca. Prefería pasear por la carretera de Ávila, muy de mañana, para regresar a su casa, junto a la de las Muertes, cerca de una iglesia donde dormía su sueño de alabastro un arzobispo, creo que Fonseca. Allí, en una mesa camilla, llenaba octavillas con una letra menuda en renglones convergentes. Y cuando más dialogaba con un amigo, preferentemente joven, porque a don Miguel, al borde de la muerte, le atraía ese misterio que es  siempre una juventud en marcha.

Una tarde sin embargo, estábamos juntos cuando pasaba por la plaza Mayor, de plata y ocre, una «especie» de regimiento de fortuna  que se había creado con las fuerzas más heterogéneas. La gente, apiñada en las salidas de la plaza, aplaudía y gritaba: "¡Viva el Ejército! ¡Viva España!" En esto una mujer, que llevaba en la mano una espuerta, nos atronó con este grito:  "¡Viva la tropa!" Y don Miguel se sonrió y la miró con una enorme simpatía. Amaba él especialmente todas las expresiones puras de su España intacta, que tanto le dolía. Quizá él entendía una manera de salvarla un poco ingenua, que contrastaba con el aire heroico que por entonces soplaba entre las piedras doradas de la ciudad y que sacudía los altos álamos de los sotos junto al literario Tormes, tan lleno de latines. No obstante, don Miguel no podía menos de sonreír sin reserva ante cualquier espectáculo vital de los muchos que revestían de divinas locuras las equilibradas arquitecturas de la ciudad "por aquel tiempo".

 

Un día el maestro salía por el puente de San pablo con un amigo y discípulo, todavía joven entonces. Solía un cabo andaluz parar a todos los viandantes para pedirles la documentación. A don Miguel y a su amigo ya no se la pedía y les saludaba muy afablemente. Pero una mañana el que estaba en el puente era un soldado raso que paró al maestro y al discípulo. MIentras examinaba los papeles de éste con la natural torpeza, salió el cabo de un chigre vecino y gritó:

 

- ¡Niño! Deja en pa ar señó, que e un coroné carlista

 

Probablemente fue aquella la última carcajada caudalosa de don Miguel. Creo que en el fondo se sentía halagado de que su estampa física, tan noble, se pareciera a la idea que un cabo andaluz puede tener de un veterano de don Carlos.

 

Pocos días después -anochecía entre una helada negra- recibí un aviso de uno de los hijos de don Miguel: su padre había muerto. Se enlutaba la noche cuando la campanita sobre la tumba de alabastro de Fonseca empezaba a doblar porque un cristiano transitaba. Yo me imaginaba entre sombras, camino de la casa, tránsitos de justos con la Santísima Trinidad en lo alto, como en el enterramiento del Conde de Orgaz. Todo era sencillo, tremendamente sencillo en torno a la muerte de don Miguel. Todo era sencillo: hasta una  cierta humana cobardía que rondaba, entre rencorosa y celestina, por las calles de Salamanca aquella noche. Sin embargo, los que conocíamos el alma pura y hasta infantil de don Miguel presentíamos el ala del arcángel entre las nubes bajas en que las torres de Monterrey y de la Clerecía se clavaban. Detrás de los portones de las iglesias y de los conventos los Santos Cristos que él amaba y cantaba lleno de unción religiosa abrían sus brazos con amor. No había luz en las calles porque había guerra. Y cobraban un prestigio primitivo entonces las ventanitas, por donde la luz vegetal de la lámpara del Santísimo, dulce luz, humanizaba la sombras.

 

Al día siguiente los empleados de una funeraria bajaban el cadáver de don Miguel al portal de la casa, donde quedó. ¿Abandonado? No, no, porque estábamos allí (entre señores muy importantes, conservadores, de los que por llamarles de algún modo se les suele llamar «de derechas») cuatro falangistas, cuyos nombres voy a escribir por si la anécdota de aquél día le interesa: Emilio Díaz Fererr, Alcalde de Alcañiz; el pobre Miguel Fleta, Antonio de Obregón y el que esto escribe. Yo esperaba que alguna comisión de las que estaban allí se honrara portando los restos gloriosos. Y no. La verdad es que no, aunque al cabo de diez años haya quien crea recordar otra cosa porque así le convenga. Fui yo, personalmente yo, quien se dirigió al hijo de don Miguel y le pidió permiso para llevar el féretro. La mirada de gratitud de aquel muchacho  fue profunda. Casi sonrió con una especia de alivio espiritual que trascendía a sus ojos llorosos.

 

Éramos solo cuatro y el cadáver pesaba. Más que a nadie, a mí, porque yo llevaba mi hombro debajo de su corazón. Fuimos relevados por otros camaradas -recuerdo, entre ellos, a Mariano Rodríguez de Rivas- hasta el lugar en que se despidió el duelo. La comitiva fue engrosando, hasta convertirse de exigua en una verdadera manifestación, en que abundaban las camisas azules. En el cementerio introdujo el cadáver una de las comisiones de señores importantes, animados ya...

 

Y cuando se cerró el nicho de don Miguel, el camarada Gil Ramírez luego Alcalde de Salamanca, hizo desfilar ante la tumba a cinco escuadras de falangistas y dio el «¡Presente!» ritual de los muertos de la Falange.

 

La actitud y el decoro de los falangistas aquel día fueron elogiados por quien tenía  autoridad para calificarlos. Lo demás no tiene importancia.

 

Un viento helado venía de las lomas de los Pizarrales cuando volvíamos hacia la ciudad. La niebla estaba pegada al Tormes y las letradas, doradas torres de las dos catedrales bordoneaban sobre tumbas de obispos humanistas, de guerreros de Dios y de beatos.

 

Así fue el enterramiento de don Miguel de Unamuno por los falangistas. Porque de los libros de don Miguel de Unamuno José Antonio había sacado muchos de los tópicos motores de la juventud que salvaba entonces a España mejor que don Miguel quería, pero, como a él,  en el fondo, le gustaba cuando se sentía halagado porque un soldado le confundiera con un coronel carlista.