MUJERES DE LA FALANGE

«Hablando con las camaradas que marchan a Rusia»

Por  Mario Colona
Revista Teresa, 1941


Y
a puedes morir tranquilo porque has visto un héroe, decía Goethe a Eckerman, que refería haber contemplado de cerca a Lord Wellington, el vencedor de Napoleón Bonaparte

 

No puedo olvidar las frases del genio alemán  desde mi breve visita a la escuela del Hogar, que en el Paseo del Cisne, tiene establecida la S.F. y donde se concentran accidentalmente las camaradas que han de partir a Rusia como enfermeras de la expedición española.

 

El ambiente no puede ser más sencillo ni más acogedor. Algunas camaradas, de las treinta que integran esta primera expedición, reunidas en una salita del piso bajo, -cómodos sillones, delicados grabados adornando las paredes, flores-, charlan animadamente, modas, recuerdos... Un grupo reducido lo hace en voz más queda, abstraído completamente de las demás; no nos atrevemos a inquirir el tema. Las persianas criban el sol implacable de las cuatro.

 

-Acaba de llegar de Oviedo -me dice una camarada. Me dirijo a las recién venidas, que resisten el consejo de reposar les hace la Regidora Central de Divulgación y Asistencia Sanitario-social. Ellas protestan:

 

-¿No hay clase a las cinco?

 

-Yo quisiera me dijeses algo- interrogo a una de las llegadas.

 

-Pero ¡si no tengo nada que decirte! Que vengo a cumplir nuevamente con mi deber. Que mi familia apenas sabe nada y que creo que no ha de oponerse. Sería inútil como lo fue  en nuestra guerra. Además, y esto ¡por Dios, no lo digas! yo soy, aunque desde este mismo año mayor de edad.

 

Esta camarada que nada tiene que decirme, ostenta varias condecoraciones de guerra y la ha vivido desde la terrible cercanía de Teruel, Brunete, Oviedo...

 

Casi todas están en posesión de múltiples condecoraciones. Pero en la selección que exige, imprescindiblemente, la condición de militante y el título de enfermera de la Organización, habiendo prestado servicio durante dos años en un hospital de sangre, se han tenido muy en cuenta el fervor y la constancia manifestados en el ejercicio de la ardua labor social desenvuelta por S.F. después de la campaña.

 

- Todas conocen la guerra de cerca- continúa diciéndome la regidora. Y dirigiéndose a una de las camaradas:

 

-Cecilia ¿Cuantos meses estuviste detenida en el S.I.M?

 

Cecilia sonríe.

 

-No recuerdo los que pasaron de los veinte...

 

Advertimos una cara muy conocida, alguien que no permite evasivas, bajo ningún concepto, a la admiración. Pero es inútil nuestra curiosidad. Con la más exquisita corrección, Mari-Luz elude nuestras preguntas.

 

-¿Para qué? Ya se habló demasiado de eso. Cumplí con mi deber o al menos intenté hacerlo. Obedecí. Nada más. Y obedecerá ahora como entonces.

 

Esta excelente camarada ostenta sobre su pecho la Medalla Militar: fue hecha prisionera al fina de uno de los más duros combates librados durante la campaña.

 

Enfermera de la Facultad y de la Cruz Roja, Medallas de la Campaña Española, Medalla de plata de la Cruz Roja y Cruz de Guerra italiana. Dos idiomas. Se llama Monserrat. Pero al hablar no desventra la a.

 

Hice toda la campaña y haré, Dios mediante, esta. Mi hermano me acompañará desde mucho más alto... Sí, es aviador, Capitán aviador de la pasada guerra.

 

-Maria Luisa -me advierte mi anónimo informador- conoce profundamente la guerra. Dos balazos.

 

-Pero si no fue nada -protesta con un delicioso ceceo- Maria Luisa es malagueña.

 

-Graves las dos -sentencia concisamente mi informador.

 

-Con esta hago mi tercera campaña. Inicié mi labor  el año triste de Annual. Hice toda la campaña de África y la nuestra. Nunca  daré bastantes gracias si Dios me permite estar donde se me ordene  y España me necesite.

 

Su voz es firme: pelo rubio y ojos azules. Un gracioso ceceo. -Pero es bilbaína- me advierte.

 

Sigue la resistencia a contarme las mil cosas maravillosas que estas excelentes camaradas pueden referir. Sólo consigo despertar su interés cuando, un poco habilidosamente, suscito el tema de la próxima partida:

 

-¡Crees que partiremos pronto? ¿Será en esta semana? ¿Han salido ya de España los chicos? me preguntan anhelantes...

 

-la camarada de Oviedo insiste:

 

-¡Tengo un deseo de llegar...! Además la familia...

 

Todas han luchado en la guerra y en la paz. Algunas dieron su sangre. Muchas saben del horror de las checas, de los familiares desaparecidos, de los hogares saqueados...

 

Pero hay risas, alegría y juventud. Y una impaciencia que palpita hasta en este dormitorio vacío  que pueblan numerosas camas coquetonamente decoradas en azul y maletas que esperan la orden de partir. O en el aula, impecablemente blanca, donde sorprendemos un grupo absorto siguiendo la ruta que un dedo marfileño va señalando firmemente sobre el mapa de Europa.

 

La regidora central me insinúa:

-Sin excepción, todas ellas han ofrecido su sangre para necesidades de transfusión...

 

Y yo, que no puedo contener más tiempo mi admiración, continúo con voz exaltada:

 

-Sí; la sangre de la mejor juventud que España ha conocido. La sangre tan heroicamente vertida, tan generosamente ofrendada, que ha obrado el milagro de rejuvenecer a la Patria.