«Hablando con Aurelia Segovia y Mª Teresa Valderrama,

enfermeras de la División Azul»

Por  Martín Huecar
Medina, 16 de noviembre 1941


Entre nosotros, Aurelia Segovia y Maria Teresa Valderrama, jefe y subjefe de enfermeras, respectivamente , en la División Azul. A nuestra preguntas, en aluvión, al sorprenderlas en el despacho de la regidora central de Divulgación y Asistencia Sanitario Social, me contestan con inequívocas señales de impaciencia:

 

-Sólo unos minutos te podemos dedicar, porque nuestra estancia en España va a ser muy breve y tenemos muchísimas cosas que hacer...

 

-Pero no pasaréis siquiera la Nochebuena en vuestras casas?

 

-Imposible; lo primero es lo primero. ¡Bien lo sentimos!

 

Silenciamos nuestra admiración. No hay tiempo que perder.

 

-En primer término: ¿Qué impresión os lleváis del ambiente patrio para con los heroicos camaradas de la División Azul?

 

-Inmejorable. España entera vibra con ellos. ¡Pero bien se lo merecen! Podemos mostrarnos orgullosos de los chicos. Son la admiración de todos: alegres, sencillos, heroicos. El número de Cruces de Hierro que han conquistado, individuales casi todas, exceden en mucho, en muchísimo a las conseguidas por los restantes ejércitos aliados en la lucha  contra el Soviet. Su simpatía irresistible gana todos los ambientes, los amigos y hasta los adversos. Al paso de nuestras tropas por los territorios conquistados la gente mira de otra manera, con indiscutible señales de simpatía.

 

-Sobre todo, las mujeres -insinúo.

 

Eludiendo la observación, Maria Teresa continúa:

 

-Sobre todo los chiquillos; esos deliciosos, bellísimos niños rusos, tan encantadores con sus vestiditos de piel. Es frecuentísimo ver a los soldados de la División Azul obsequiando a los pequeños, que ya les conocen y les cercan.

 

-¿Estáis juntas todas las camaradas?

 

-Casi todas, pues sólo cuatro camaradas no pertenecen a la plantilla de nuestro hospital de sangre.

 

-¿Animadas todas?

 

-Todas, aún cuando algunas hayan pasado por instantes de prueba. Así Maria Luisa Crooke que ha visto morir en el frente a su hermano...

 

-¿Vuestra vida en el hospital?

 

Nos levantamos a las siete, puntualmente, con un sentido  de la puntualidad que hemos conquistado ahora, muy superior al concepto que de ella teníamos por aquí. Hasta las siete y media: aseo; el baño con agua caliente, pues la maravillosa organización del Ejército alemán instala ese servicio en todos los puntos que ocupa. A las ocho empieza nuestra albor, amplísima, comprendiendo desde preparar la comida y repasar la ropa, a llevar a los heridos un poco de ternura que por acá se dejaron. A las seis cena. Después, la sobremesa, al amor de esas magníficas chimeneas rusas que no vacilo en calificar así, y no solo por lo confortables, sino por lo sólido de su construcción, tanto que es curioso ver  como en ciudades batidas ferozmente por la artillería subsisten enhiestas las chimeneas aún de las casas más humildes, en tanto que edificios poderosos y construcciones guerreras redujéronse a escombros.

 

-Y la grata lectura de la prensa española- interrumpo.

 

-Desgraciadamente la prensa llega a nuestras manos tarde y en cantidades muy pequeñas. Unos números de Arriba es lo único que hemos tenido durante meses y meses. Llegamos a saberlos de memoria. Pero tened en cuenta los miles de kilómetros que nos separan del mundo.

 

-¿Que impresión te ha causado Rusia?

 

-Espantosa; parece otro mundo distinto. ¡Que miseria más horrible! La gente resignada, acobardada, como ausente. Aún no se atreven  a charlar con nosotros. ¡Son tantos años de terror, que no se acostumbran a pensar que todo aquello ha pasado! Las mujeres, al trato con nosotras, van despertando podíamos decir. Yo tengo, para ayudar a las operaciones subalternas del hospital, sesenta y siete rusas, que al verse atendidas, consideradas, me sorprenden diariamente con sus reacciones sentimentales. Un día me regalaron unas botas del país, notando la insuficiencia de mi calzado. Y yo sabía el sacrifico que supone este regalo, pues nadie allí tiene las prendas de vestir duplicadas. Otro, -y lo he traído como regalo para mamá-, me obsequiaron con un icono  bellísimo. Perteneció a una familia católica que lo había logrado salvar aún con riesgo de su propia vida, de la saña bolchevique. Es una de esas imágenes bizantinas, Vírgenes del Perpetuo Socorro les llamamos, que a veces se encuentran por allí sorprendiéndonos como una amada visita inesperada.

 

-La dificultad del idioma, ¿cómo la salváis?

 

-Estoy maravillada de las posibilidades infinitas de nuestra expresividad. Pero, no obstante, tenemos que repetir, constantemente, una frase que ninguna de nosotros ignoramos: «Nipo ni mallo»: «No entiendo».

 

-El cambio de clima, ¿no ha hecho víctimas entre vosotras?

 

-Ninguna. Unas gripes insignificantes y nada más. Ni aún entre las andaluzas, que, lógicamente debieran resentirse más. Nuestra salud es excelente y nuestro humor también. Todo el mundo cumple desde el primer día con su deber, tan plenamente, tan a satisfacción de todos, que todas, hasta Maria Luisa Herrera, han salido victoriosas de los cometidos que se les asignaron.

 

- ¿Por qué esa mención a Maria Luisa?

 

-Sencillamente porque tiene mucha gracia  lo ocurrido con ella. Como sabes, Maria Luisa es andaluza, de Málaga, y con un acento andaluz cerradísimo. Y ahora viene lo maravilloso. La destinaron a un servicio  en el que se precisa hablar mucho.  ¡Y se entiende con todos, en todos los idiomas, maravillosamente!

 

Los minutos se han prolongado notablemente. Rogamos unas últimas contestaciones, ya en los pasillos de la Delegación Nacional.

 

-¿Algunos episodios que os hayan impresionado profundamente?

 

-Muchos, como comprenderéis y que no pueden expresarse  con palabras...

 

- Comprendemos... ¿Pero algún otro sucedido aún al margen de la vuestra humanitaria misión?

 

-Nuestra visita a Sofía Casanova, en Varsovia. ¡Que amor a España en aquella casa! Todos los hijos hablan y utilizan familiarmente el español. Doña Sofía, ciega, sigue trabajando con el mismo entusiasmo de siempre. Nos dijo estar plasmando sus emociones al paso de la División Azul.

 

Maria Teresa, dispuesta a colmar nuestra curiosidad, tan disculpable, ya al final de la escalera, continúa:

 

-Y otra muy femenina y que creo tiene en las páginas vuestras ambiente. Mi dolor  como mujer, al no haberme podido traer uno de esos magníficos abrigos de pieles tan corrientes y desdeñados en esas tierras. Pensad que valen trescientos marcos lo que, sin exageración. en el escaparte de cualquiera de nuestras tiendas estarían marcados con no menos de treinta mil pesetas.