«Un hogar falangista,

el de José Antonio Primo de Rivera»

Por  Julio Sanz
Medina, 16 de noviembre 1941


Es natural, lectoras que lo esperarais. Hablándose de hogares falangistas, era éste el primero que debió ocupar lugar en nuestras columnas; pero preferimos reservarlo para este día, en que desgraciadamente, hemos de conmemorar  la fecha más dolorosa para la Falange: el 19 de noviembre señala en el calendario luto eterno para cuantos se uniforman con la camisa azul, por la muerte de su Capitán. Otro 19 de noviembre ni más frío ni más triste, del que, con el recuerdo, ahora vivimos -si que surcado en el aire por explosiones y entusiasmos bélicos- caía bajo las balas un carácter: una serenidad y una firmeza, una doctrina y un ser, con raíces seguras en lo más hondo  del pueblo español. José Antonio cumplía antes que nadie, para ejemplo de jerarquías y escuadristas, el acto de servicio que él mismo proclamara a la muerte.

 

¿Dónde y como se formó  este hombre que iba a ser fundador de un movimiento político que levantaría a España entera? ¿De que personas se rodearon su infancia y su adolescencia?

 

Hoy, cifra del tiempo donde se señala la fecha de su muerte, queremos nosotros, -desde las columnas de Medina- dar lo más humano de su vida. Aquellos momentos en que José Antonio , hombre extraordinario, se acercaba más al hombre que somos todos, en el sagrado recinto del hogar, que tanto iguala a los que bajo techo viven.

 

En los oídos de todos los que constituyen esta gran familia que es la Falange, suena ya a algo conocido y venerable el nombre íntimo de doña María Primo de Rivera. «Tía Ma» es un símbolo para el que se guardan todos los respetos y todo el cariño. Perfecto símbolo de maternidad -aunque esta no se cumpliera físicamente-, porque en lo espiritual, en lo amorosamente materno, ¡que madre más cumplida tía Ma...! De su mano fueron librando la infancia todos los hijos del general, de edad que apenas si cuenta cuando perdieron a su madre. Por eso la Falange ha querido simbolizar en esta mujer abnegada  a la primera madre de España.

 

Nos recibe con su simpatía andaluza, que-según nos dice- no ha perdido un ápice de su acento, aunque hace muchos años que no vive en su tierra. Al proponerle que nos hable de su vida, de lo que era el hogar de José Antonio, tía Ma se niega rotundamente a hablarnos de ella.

 

Mi vida y mi hogar no pueden tener importancia para nadie. Sólo como tal hogar de José Antonio interesará...

 

Y entrelazamos la conversación, para que en ella se vayan prendiendo recuerdos y semblanzas del hombre José Antonio.

 

-Era muy casero- continúa tía Ma y quería muchísimo a las niñas, en especial a Pilar, a la que adoraba. Por él es por quién todos me llaman tía Ma. Cuando muy pequeño, me lo llevé a mi casa y me llamaba mamá, cosa que yo le prohibía porque quise siempre que en ellos quedara fijo el recuerdo de su madre. Fue entonces cuando empezó a llamarme así, y hoy soy tía Ma para todos ellos.

 

Desordenadamente, con el desorden propio de una conversación en la cual surgen las  preguntas sin cuestionario establecido, según las sugiere el ir y venir de las palabras, van mostrándose ante nosotros aspectos  diversos de la vida de José Antonio. -Muchos sustos nos daba, sobre todo cuando llegaba tarde. Habían comenzado en España los tiros por la calle  y los atentados eran muy frecuentes.. Figúrese, nosotros vivíamos entonces en Chamartín, y cualquiera podría apostarse por las cercanías del hotel para esperar la llegada de su coche. Mucho más sabiendo que tenía que parar ante la verja y bajarse a abrir. Esto lo solucionamos al fin, poniendo un guardia de noche, que abría en cuanto sonaba el claxon.

 

José Antonio era madrugador como  ninguno. Se levantaba a las siete y media o las ocho, y había que verlo como se enfadaba y nos reñía cariñosamente porque no nos levantábamos a la misma hora que él.

 

¿Desayunar? siempre te con miel; el café no le gustaba nada. Era muy sociable y nos hacía pasar grandes ratos divirtiéndonos con su conversación.

 

De su carácter.. a veces el de un niño, y otras, muy serio y con genio muy fuerte.

 

Mientras habla, tía Ma nos señala un tresillo, colocado en un rincón del cuarto donde estamos. Es de los pocos muebles que quedan de la calle de Serrano. Era de José Antonio, que lo tenía colocado en su antedespacho.

 

-En el sofá -nos dice- dormía él la siesta. Su despacho era pequeño y sencillo. Una mesa, un sillón que perteneció al viejo marqués de Estella, un cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro y estanterías llenas de libros.

 

Y salta en seguida el recuerdo de las persecuciones. En estas estanterías metieron los mismos agentes, un día de registro, pistolas para poderle acusar de tenencia ilícita de armas.

 

Para las fechas tengo mala memoria -nos dice tía Ma-, y continúa: -Fue uno de tantos registros a los que nos tenían acostumbrados. Ya les tomábamos el pelo a los policías cada vez que llegaban.

 

José Antonio fue muy hombre desde niño. Tenía cuatro o cinco años cuando le llevaron al colegio; él iba y venía sólo. Por cierto que un día volvió llorando a casa porque un chico le había pegado. Su padre, que lo estuvo escuchando pacientemente, le echó una regañina al terminar diciéndole: «Tú no pegues jamás a nadie. Pero si alguno te pusiera la mano encima, que no me entere yo que te quedas atrás». Doña María va contándonos esto sin darse cuenta de que esa fue la norma llevada por José Antonio a la lucha política. «La Falange no será nunca la que dispare primero, pero sabrá responder con tiros a los tiros».

 

Componía comedias muy bonitas. Dos de las que me acuerdo se titulaban Los buñuelos de la reina y Campana de Huesca. También escribía poesías; pero no se las enseñaba a nadie.

 

Nunca hablaba en casa de la Falange Sólo un día llegó muy contento, silbando una canción que nadie conocíamos, y diciendo «¡Ya tenemos himno!». Lo que silbaba era el Cara al Sol. Otros días iban llegando a casa muchos muchachos jóvenes, que pasaban a su despacho. A la hora de la comida, salía José Antonio para decirme: «Bueno, tía Ma, ¿podrán almorzar diez amigos?» Después, durante la comida, no hablaban de política; pero todos sabíamos que eran reuniones falangistas.

 

Recae la conversación a propósito de lo que nos acaba de relatar  tía Ma sobre las comidas y sobre la vida  doméstica de José Antonio. Doña María con una complacencia como jamás la encontráramos en nuestra vida periodística, a todo nos contesta y para cada una de nuestras preguntas tiene una faceta de la vida de José Antonio, que nos lo va mostrando en su ser ajeno a la política. Es este el José Antonio que fuimos buscando, y nuestra pretensión se ha cumplido sobradamente, gracias a la amabilidad de tía Ma.

 

-Le gustaban las cosas más varias. En la lista de sus platos deseados figuraban los más corrientes junto a los más refinados. Pero sobre todo le gustaba el lenguado y el cocido andaluz.

 

Le preguntamos sobre sus normas y sobre las costumbres de su vida y tía Ma nos contesta rápidamente:

 

-José Antonio era muy ordenado para todas sus cosas. Además era muy mañoso, y el mismo se hacía y arreglaba  cosas que después habían de servirle en su cuarto. A mí -que siempre he sido un poco rápida para hacer todo y no ponía la minuciosidad que a él le parecía  que se debiera tener- siempre me estaba diciendo: «¡Que bohemia es esta tía Ma!». Algo que le encantaba era estar de sobremesa con nosotros.

 

En lo que se refiere a su ropa. Eso sí: las corbatas las camisas y los trajes había que tenérselos bien planchados y arreglados para cuando él fuera a echar mano de ellos.

 

Quisimos arrancarle algo de lo que fueron los dos hombres políticos frente a frente, en la intimidad del hogar; pero doña María apenas si nos dice unas palabras por las que colegimos  la intuición del general  con respecto al genio de su hijo. Le ponía las trabas y  restricciones que habían de formarle el hombre sereno que José Antonio fue en su vida política.

 

Y por último le pedimos que nos hable del susto mayor que José Antonio  le diera un su vida.

 

-No fueron los mayores los que se relacionan con la política. Del más grande que me acuerdo es el de una vez  que estuvo enfermo de un oído, con unos dolores tremendos. El era ya, por entonces, abogado del convento de las Reparadoras, y cayó tan gravemente enfermo, que los médicos decidieron operarle sin perder tiempo. Ese mismo día fue a visitarlo una hermana del convento, y le prometió un aceite con que se curaría. Se lo puso por la noche y al día siguiente , cuando llegó el médico, dispuesto a realizar la intervención, se encontró con que todo había pasado y la operación no era necesaria. El aceite se llamaba «de la Virgen Niña». Sin embargo, pasamos unos días de zozobra tremendos.

 

Nos despedimos. Tía Ma nos ha enseñado recuerdos dolorosos de la muerte de José Antonio, y otros agradables de su infancia. Fotos, muchas fotos, en las que él aparece en distintas fases de su vida.  Al salir, apretamos las cuartillas fuertemente. Los garabatos trazados en ellas son un tesoro...