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Por Juan Aparicio
La Vanguardia Española, 20.11.1945
Cada hogar no son unas señas que buscar en un plano, sino un pedazo de
nuestra biografía, como la transfusión de algo de nuestro ser en el contorno;
porque el hombre ha influido siempre sobre el ambiente. La vida de José Antonio,
en Madrid, podría reconstruirse así, a la manera de un mosaico, juntando los
rastros de su personalidad superviviente a través de sus sucesivos domicilios
madrileños. En cuanto la vivienda es vivencia, hay que descubrir a José Antonio
Primo de Rivera dentro de todas éstas casas ciudadanas, al parecer sin fisonomía
y sin secreto. Desde el número 24 de la calle de Génova hasta la calle de
Serrano 86, donde estuvo su morada final en Madrid, puede transitarse por un
itinerario sentimental que nos conduce a Juan Bravo, 2; a Montesquinza 15, a
Conde Orfila 10, a Piamonte 7, a Serrano 27, a Mayor 85, antiguo; a Los Madrazos
16, a Magdalena, 12, a Alcalá Galiano 8, y al hotel de Chamartín. Entre
tantos hogares diferentes, José Antonio repartió su existencia infantil,
adolescente y granada: sus ensueños poéticos y el realismo de su política.
Cuando José Antonio Primo de Rivera decidió voluntariamente el sesgo de su sino
individual, prefiriendo a la abogacía, que no le negaba nada, la trágica misión
de ponerse al frente de la juventud de su Patria, cuya perspectiva era una
acumulación de negaciones, convivía entre su bufete de la calle de Alcalá
Galiano, núm. 8, y la residencia familiar de la finca de Chamartín.
Allí deben permanecer indelebles y estremecedores sus soliloquios y los diálogos
con su conciencia y con los suyos o con algún amigo muy próximo y casi
fraternal. Tan pronto dirigiría su mirada al retrato de su padre, don Miguel,
interrogándole con la sangre en vilo, antes de salir de la intimidad, o
repetiría las estrofas imperiales de Rudyard Kipling impresas en un cuadrito
encima de la pared de su despacho. José Antonio era el Marqués de Estella, como
le recordaba el dibujo topográfico de la tierra navarra en la habitación
contigua, para quién su Grandeza de España era una rémora social, como la
clientela de su fama forense era otra inconveniencia, como esos libracos,
encuadernados en pergamino, ¡en medio de su estantería, sugestionándole como
lector, eran otra incertidumbre.
Las dudas y las ambigüedades acabaron en seguida; porque otra gente sin
semejanza alguna con la habitual
—aristócratas, litigantes y familiares dilectos y confianzudos— comenzamos a
entrar y a salir por la puerta de Alcalá Galiano, núm. 8. Junto a esta puerta
hay un farol y al lado está el palacete de la antigua Presidencia del Consejo de
Ministros, presentándose de este modo vigiladísima y poco recatada esta vivienda
que iba a convertirse en banderín de enganche y en centro conspiratorio. Acaso
el hijo de la estirpe gaditana del Marqués de Estella compárase con la
imaginación su porvenir incierto de jefe catilinario y las peripecias y
trapisondas de ese político romántico, pintado de viruelas, y gaditano también,
que daba el nombre a la calle. Muchas veces he visitado a José Antonio en esta
casa durante los años 1933 y 1934; pero sólo he de referir después la
rememoración de mis primeras visitas. Las prístinas impresiones son todavía
nítidas y con relieve, mientras que se entremezclan y confunden dentro de mi
memoria la última reunión donde concurrimos antes de publicarse «FE», o
aquella mañana sacudida por el alborozo y los malos augurios, cuando acudimos a
felicitarle por la indemnidad tras el atentado en las cercanías de la Cárcel
Modelo; o la entrevista, en el mes de julio del 34, apenas dos horas con
anterioridad de que nos sorprendiese la Policía en nuestra sede del Marqués del
Riscal y fuéramos presos todos hasta los calabozos de la Dirección General de
Seguridad. José Antonio era diputado, pero no quiso alegar su inmunidad
parlamentaria, tal vez para no quitarle la razón aritmética al ex legionario
andaluz que canturreaba con nosotros:
Nos cogen a todos presos
Nos meten en camión
Por el hijo de su madre
que manda en Gobernación
Muchos más recuerdos entreverados
permanecen en mí de Alcalá Galiano, núm.8; pero he aquí cómo principiamos
nuestro trato con Primo de Rivera, en el mes de marzo de 1933, ya había
fracasado el número único y casi nonato del periódico para cuya redacción
hubimos de congregarnos en varias ocasiones en Canarias, 45 —domicilio de
Ernesto Giménez Caballero—, en la casa de don Manuel Delgado Barreto y en el
propio edificio de «La Nación». En adelante había que proseguir los contactos
iniciados entre las J. O. N. S. y José Antonio, quien, a su vez, mantenía
relaciones con viejos correligionarios del Dictador, con algunos militares
retirados por Azaña y con grupos de muchachos devotísimos a su persona.
José Antonio nos brindó su domicilio y allí hubimos de ir en aquellos
crepúsculos primaverales que olían a Falange, sin que nadie conociese aun a esta
apelación fascinadora como femenina. Entre dos luces nos colábamos de rondón,
cual si
fuésemos conjurados, por el portal de la casa burguesa de cuatro pisos, y
subiendo tres o cuatro escaleras de mármol, José Antonio, al escuchar el timbre,
salía a recibirnos. Ya se habían marchado los pasantes y permanecía tan sólo un
criado fiel que nos servía inmediatamente una bebida fuerte y almendras
tostadas. No olvido la forma ni la dureza singular de estas vasijas, como
tampoco la voz penetrante y ancha de su dueño. José Antonio bromeaba ante el
peligro de nuestra vecindad con la Presidencia del Consejo, que nos enviaría una
ronda de polizontes para sorprendernos en aquella tenida de patriotas. José
Antonio nos leía su polémica por correspondencia con Juan Ignacio Luca de
Tena, y añadía en el acto, con un mohín de joven que se divierte: «Lo importante
es que cada día hagamos algo nuevo, pues de este modo se nos
irá conociendo más.» Las J. O. N. S. estaban representadas por Ramiro Ledesma,
por Giménez Caballero, por Carlos Rivas, que acababa de abandonar el
trotskismo, y hasta Rafael Sánchez Mazas había puesto en el ojal de su solapa
nuestras emblemáticas flechas yugadas. José Antonio no ponía reparos a la
dogmática ni a la estemática de las J. O. N. S., sino a su carácter hasta
entonces estudiantil, minoritario, desgarrado... en tanto que José Antonio había
traído a la reunión a los representantes de otros grupos activos. Eran las
vísperas de la Semana Santa y se pensó en una especie de ensayo general de
actuación callejera, contribuyendo todos, con sus huestes, a la defensa de las
procesiones, y si era preciso todos habían de estar dispuestos para meter
camorra. Ramiro replicaba ofreciendo la organización de sus Juntas de
Ofensiva Nacional Sindicalista, quienes podían ser dirigidas y capitaneadas por
José Antonio Primo de Rivera si así lo creía oportuno.
Al cabo de varias veladas repetidas en torno a la misma inquietud, y habiéndose
conversado sobre metafísica y sobre latín, sobre táctica revolucionaria y sobre
las estratagemas de la propaganda dentro de nuestro tiempo, José Antonio se negó
ante la oferta de Ramiro, coincidiendo, al fin, varios contertulios en que debía
estructurarse un plan para un partido nuevo. Al día siguiente, José Antonio nos
leyó un proyecto embrionario de Movimiento Español Sindicalista, o sea del M. E.
S., de los primitivos afiliados a la Falange que todavía no existía, y Ramiro
Ledesma Ramos tuvo que retirarse a su campamento jonsista, preparando poco
después un viaje a Portugal para visitar a Onésimo, mientras que se nos ocurría
la iniciativa de la edición de la revista teórica del sindicalismo nacional, que
había de denominarse asimismo «J. O. N. S.» José Antonio quedaba en la calle de
Alcalá Galiano, núm. 8, con el alma transida por el regusto de su primera
aventura política dentro del mundo de una generación a la intemperie. Sus
reflexiones hubieron de ser muy semejantes a las de Octavio, habiendo sido
asesinado su tío Julio César. Si París bien valió una misa, según el hugonote
Enrique IV, Roma, para el futuro emperador Augusto, bien hubo de valer un
arranque de voluntad, aunque se le paliase con el disimulo. Pero José Antonio
Primo de Rivera no fue jamás un réprobo ni mucho menos un simulador; por lo que
su resolución de intervenir sin disfraces ni palinodias en la angustia de la
vida española tenía que precipitarse de raíz y mirando a su suerte cara a cara.
Como esta postura irrevocable hubo de cristalizar en las soledades del despacho
de Alcalá Galiano, núm. 8, yo no sé qué unción tremenda y sacra presenta ante mi
esta casa de esta calle. |