EL TESTAMENTO DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA 

Reflexiones sobre su estilo

X. X.
(Josep Pla)

Diario Vasco, 08 de noviembre de 1938

          

El juez que instruyó en Alicante la causa contra José Antonio Primo de Rivera y sus hermanos, cuenta, en uno de los folios de su papel de barba, cómo al entrar en la celda del condenado a muerte para comunicarle la decisión de fusilarle al día siguiente muy de mañana, estaba el héroe escribiendo atentamente concentrado en sí mismo, como abstracto en las honduras de su tarea. Al escuchar ruido en la puerta y ver que alguien entraba, levantó los ojos, oyó en silencio la comunicación estremecedora y se limitó a decir:

"Si me fusilan el el patio, pido que después de mi muerte limpien muy bien las piedras manchadas con mi sangre, porque en esta misma cárcel queda mi hermano Miguel, y no quisiera que él, en sus horas de paseo por ese mismo patio, pise mi sangre, nuestra sangre familiar".

Dicho esto, volvió a escribir en silencio. Estaba redactando el testamento. Ese testamento autógrafo que los archivos del Movimiento Nacional deberán guardar como un tesoro histórico y que ha de servir como tema de larga y fecunda meditación a todos los españoles.

¡Que prodigioso documento! En él podemos contemplar tres perspectivas de la personalidad de José Antonio: la del hombre, la del jefe político y la del estilo. Sobre esta tercera perspectiva queremos escribir hoy algunas reflexiones.

El estilo era en José Antonio una constante preocupación. ¡Tener un estilo! ¡El estilo de la Falange! El solía recordar en ocasiones aquella frase de un prólogo de Rubén: "¡Tener ángel. Dios mío!" Y añadía que "tener ángel" no es otra cosa que inventar un estilo. El lo había inventado. Ahí está, inmutable e inmutado, igual a sí mismo, ordenado, transido por una inextinguible  ambición de exactitud, de precisión, de humanidad, de fineza y de matiz. ¡Cómo escribiría hoy si viviera entre nosotros! ¡Cuanta excelencia y luz nacerían de sus palabras! Probablemente el verbo de las horas previas, aquél de los tiempos milagrosos y heroicos, no resonaría ya en sus labios ni fluiría hacia su pluma; era y sigue siendo y será siempre bellísimo; pero José Antonio pensaría que aquel verbo había cumplido su misión y nos daría otro  igualmente traslúcido y soberano. Cada hora de su existencia le iba dictando el lenguaje adecuado; cada día le inspiraba un habla nueva y distinta. Aquel hombre, que era todo él un estilo, una manera y un modo incalculablemente personales, una nueva y original interpretación de España, de la vida como combate y de la muerte como acto de servicio, llevó a su lado hasta la hora misma postrera su estilo y no se separó de él ni para morir, y le pidió compañía hasta en el trance supremo.

Yo me atrevo a preguntar: "¿Se puede imaginar una dignidad, una sencillez, una serenidad y una elegancia más admirables en un hombre de pensamiento y de pluma que cuenta ya por minutos las últimas horas de su vida?" ¡Prodigioso documento!

Otro escritor hubiese quizá interpretado el terrible instante como una invitación trágica a la arenga, al rapto oratorio, al deslumbramiento romántico. José Antonio Primo de Rivera, en cambio -un estilo para cada ocasión y hora-, se reviste de humildad y de profundidad, aplaca las fulgurantes metáforas que han movido el ardor de la lucha y del patriotismo en los corazones de la juventud española, y escribe un lenguaje de tan alta nobleza que pocos documentos del idioma castellano contemporáneo le igualan en hermosura. Quedan a un lado, como testimonios de días insignes, lo "vertical", lo "tenso", "las jambas con ángeles", el histórico tropo de "la guardia sobre los luceros"; y nace ese fluir sereno y religioso del testamento, esas palabras que en fuerza de ser claras, luminosas y sencillas, parecen misteriosas. Se diría que José Antonio escribe entonces como si hubiera contemplado ya la Gracia de la Eterna Beatitud.

Cuando pide resignación ante la muerte, dice "Ruego a Dios..., que me conserve la decorosa conformidad con que la preveo..." la decorosa conformidad: ni un vocablo más, ni un matiz menos. No hay nada que añadir o restar a esa expresión.

Llega el instante de formular un juicio sobre la responsabilidad de quiénes persiguieron a la Falange, y escribe: "...espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto unan brecha de serena atención entre la saña, de un lado, y la antipatía, de otro".

Va a morir; podía haberle resonado en el alma su antigua alusión a las estrellas, y decir por ejemplo: "Mañana estaré en los luceros, al lado de los camaradas que montan allí la guardia".  José Antonio traza estas líneas teñidas de la sublimidad de una oración: "Que la sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos".

Habla de su defensa, y exclama: "A esto (a ganar para los camaradas la atención de los enemigos) atendí  y no a granjearme con gallardías de oropel, la póstuma reputación de héroe". Más adelante: "No me concedió Dios la vida para que la quemara en holocausto de la vanidad, como un castillo de fuegos artificiales".

En otro párrafo teje esta frase: "... la avidez de explicaciones exasperada por la soledad..."

Así, con esa misma novedad, con esa incalculable personalidad escribió todo el Testamento. Nadie, entre la juventud de nuestro tiempo, le ha igualado en el estilo; nadie entre los jóvenes acertó a expresar ideas y sentimientos -especialmente dentro del orden histórico y político- con tan exacta justeza.

Entre las muchas, gloriosas e imperecederas lecciones que nos ha dejado, ésta del estilo límpido, transparente, justo, sin manoseos, sin vulgaridad, sin tópicos, sin vanidades de mala y falta retórica, no es la menos importante. Importa que todos pensemos en ello porque la tarea de expresar a España es tan fuerte y honda y delicada que nunca será excesivo que cada uno de nosotros ponga mucho tiento y muy buen tono en su palabra y en su pluma.