¡¡ANTE TODO ERA UN HOMBRE!! 

X. X.
(Josep Pla)

Diario Vasco, 22 de noviembre de 1938

          

 

Entre las muchas interpretaciones que podamos dar de los diferentes aspectos que ofrecía la personalidad de José Antonio Primo de Rivera, no nos parece que sea la menos importante aquella que le considera simplemente como hombre. En las líneas siguientes se trata de recoger la emoción humana de José Antonio:

 

En la misma entraña de las efemérides humanas que integran el Alzamiento Nacional de España, José Antonio Primo de Rivera surge como un mito. José Antonio tuvo razón; y este hecho ha producido un fenómeno que se ha dado muy pocas veces en nuestra historia política; ha habido que dársela y muy cumplida. Esto le ha convertido en un símbolo y como todos los símbolos tiende a alejarse de nuestro humilde y amarga compañía. Sin embargo, llegará quizá un momento en que convendrá acercarle a todos, porque tendremos todavía necesidad de su elegancia y de su magnífico buen sentido.

Ahora, la publicación del testamento nos coloca otra vez en presencia del hombre. Esta página de gran estilo y de profunda humanidad, rompe la escayola de los bustos y de las estatuas; y a nosotros, que fuimos sus amigos, nos parece, cuando leemos estos párrafos tocados por la luz de su extraordinaria muerte, como si sintiéramos la respiración de su pecho joven y arqueado, y como si viéramos el destello mate, un poco triste, de sus ojos meditativos.

Nosotros conocimos personalmente  a José Antonio. Era, por su edad, un gran joven, fuerte y magnífico. Por su temperamento, un hombre hecho. Por su cultura, el complejo mismo del hombre civilizado. Pasión y dulzura, audacia y responsabilidad, ironía, piedad y... esa cosa profunda y angélica que se llama la compasión, alternaban, con una lucidez febril, en el cielo de su espíritu. Queremos decir que no era un primario -mejor dicho, que era todo lo contrario de un primario- y que José Antonio, antes de cualquier decisión grave, pedía consejo a su corta y dramática experiencia, a sus luces y sus perplejidades incesantes y continuadas. Ninguna cosa humana le era extraña. Y era bueno y compresivo a pesar de la acidez de su juventud: era la juventud misma de España con sus tristes y duras postulaciones frente a la infinita variedad de la vida, frente a los frutos de la vida. Amaba la vida. "En cuanto a mi próxima muerte la espero sin jactarme, porque no es alegre morir a mi edad; pero sin protesta."

Esta frase, que se leerá siempre con escalofrío, contiene todo el drama de la juventud española sensible; nuestro drama quizá de todos los tiempos.

En el curso de los atormentados años que estamos pasando -y ya llevamos casi dos decenios- la juventud ha hecho muchas cosas de provecho y de desprovecho; pero si pudiéramos resumir una característica de este tiempo diríamos que durante este período la juventud ha estudiado menos de lo que ella misma quería. Y como está absolutamente demostrado, por otra parte, que las cosas no se improvisan, ni se improvisan los hombres; que no hay genios ignorados, ni milagros humanos detrás de las esquinas, cuando nos enfrentamos con la madurez impresionante que José Antonio puso en lo que dijo, en lo que escribió y lo que hizo, quedamos literalmente impresionados. Frente a estos documentos -y el Testamento es la quinta esencia de la complejidad de una vida- se piensa si José Antonio no habrá sido uno de los pocos hombres de su generación que en estos años caóticos, agitados y confusos, tuvo tiempo suficiente -a pesar de su pasión política diaria, al rojo vivo- de encerrarse con sus libros, de leer los autores indispensables, de meditar sobre los clásicos eternos, de los cuales han salido todas las formas mentales. José Antonio produce el efecto de haber pasado por las escuelas con gran provecho y además- cosa que hay que recordar en todo momento-, de haber tomado su carrera en serio, con una seriedad absoluta.

José Antonio era abogado. Sí, abogado. Esta carrera, tan desvalorizada, desgraciadamente, tuvo a través de José Antonio, una dignidad total, una elevación de tono ejemplar. No hay mas que el Testamento para discernir su calidad jurídica, su respeto a las normas, su respeto a las cosas profundas que contiene el rito. Esto es civilización, pura y simple.

Por otra parte, se observan en su obra, constantemente, huellas de los grandes autores. En su testamento se escribe esta frase que algunos conceptuarán vulgar e indigna de la hora en que fue escrita y del hombre que la escribió: "Que provean a sustituirme urgentemente en la dirección de los asuntos profesionales que me están encomendados... y a cobrar algunas minutas que se me deben."

¡Cómo no pensar, frente a estos cuidados, en la última noche que pasó Sócrates en esta vida mortal y en aquella recomendación que hizo a sus amigos, según se lee en la Apología: "¡Pagad el gallo que debo a Esculapio!" No. Esto no es pintoresquismo. Es la humanidad misma, en cuanto lleva el tono, la dignidad a los aspectos más pequeños de la vida. Lo contrario es abandono y anarquía. En definitiva, en la manera de morir influye siempre el orden de la vida.

Y es que José Antonio, todas las reacciones de José Antonio -escritor, orador, político, jefe de Movimiento- tienen una marca de humanidad insuperable. José Antonio, ante todo, era un hombre.