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La Vanguardia
30 de octubre de 1964
Ayer vivió nuestra ciudad una
horas de sincera emoción y auténtica solemnidad durante la celebración de la
ceremonia inaugural del monumento a José Antonio. El pueblo de Barcelona se sumó
a esta efemérides, con la que nace el homenaje permanente a este español
excepcional que legó a las generaciones de hoy una de las más altas lecciones de
nobleza y de sacrificio que registra la historia contemporánea de España. Como
decías en nuestra editorial de ayer: "José Antonio quiso ante todo y sobre todo,
y por esa causa murió en olor de heroísmo a los treinta y tres años de edad, la
conciliación de España, la reconciliación de los españoles, empobrecidos y
trágicamente desangrados en la fanática pugna de las discordias civiles, en la
tenaz e irracional entrega a la causa de las mutuas intolerancias. Que nadie
olvide que la única forma viva y actual de fidelidad al gran ejemplo de su vida
y de su muerte, es la de recordar que, por encima de todo lo pasajero,
circunstancial y anecdótico, que en la política es siempre mucho, lo que define
esta personalidad impar en esa su profunda y nobilísima voluntad conciliadora.
Se ha recordado en estos días, por ilustres oradores que fueron sus amigos y sus
compañeros en la ambición y en la empresa de salvar a España, el profundo y
clarividente amor de José Antonio Primo de Rivera a Cataluña. Es demasiado
conocida, sincera y verdadera, tal predilección, para que necesite nuevas
puntualizaciones. Es, por otra parte, la actitud lógica y natural de un español
de una sola pieza, de un español inteligente y sensibilísimo como él era. Pues
amor con amor se paga. Y el testimonio perpetuo, para siempre, de esa gratitud,
es el monumento a su memoria que ha erigido y hoy inaugura Barcelona. Que tal
monumento sea el primero con tal rango y dimensión se alza sobre las tierras de
España es, para satisfacción de todos, orgullo de tal ciudad y honor de
Cataluña.
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Palabras de Pilar Primo
de Rivera
«En estos momentos en que
inauguramos en Barcelona un bello monumento a José Antonio quiero, en nombre de
los que quedamos de la familia, dar las gracias a todos los que con sus
iniciativas o su intervención han hecho posible la ejecución de la idea, pero
también a todos los camaradas barceloneses y a los venidos de otras provincias,
para honrar con este acto la figura de José Antonio. Aunque para mí, en esta
fecha, el límite familiar de la sangre casi no significa nada y que ha quedado
diluido en la inmensa familia falangista donde somos todos
camaradas de José Antonio, los que compartimos con él la lucha por la
iluminación de las mentes españolas de una gran idea política y los que si por
su edad no pudieron compartirlas son, como nosotros, seguidores de su
pensamiento.
Esto mejor, mucho mejor que yo,
lo hubiese dicho Miguel, mi hermano, que en los últimos días de su vida pensaba
con emoción en la llegada de este monumento, no sólo por el hecho de la
inauguración, sino porque aquí nos unen sentimientos, muy hondos, el monumento a
José Antonio y el amor a Cataluña que él mismo nos enseñó a sentir y a entender
como parte integrante de la universalidad española. La vida de José Antonio en
Barcelona, cuando el carácter está en formación, fue para él y, seguramente para
España, importantemente definitiva. Por eso estoy segura que nada podría
halagarle tanto como la escueta inscripción que marca el monumento: «Barcelona a
José Antonio». En nombre de todos, muchas gracias.»
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Honor de Cataluña
La Vanguardia
29 de octubre de 1964
Se inaugura hoy en Barcelona un
monumento dedicado a exaltar y a perpetuar la figura de José Antonio Primo de
Rivera. Muchas veces en esta columna editorial de la Vanguardia se ha rendido
homenaje de respeto y de admiración al conmovedor ejemplo humano de este español
excepcional que legó a las generaciones de hoy una de las más altas lecciones de
nobleza y de sacrificio que registra la historia contemporánea de España. Por
razones de nacimiento y de familia, por las condiciones singularísimas de su
personalidad intelectual, José Antonio Primo de Rivera se enfrentaba en plena
juventud con un destino fácil, brillante y provechoso, sin que la fidelidad a
tales honras y comodidades representase nada contrario a los más exigentes
deberes que le obligaban como español. Su más íntima vocación era el estudio, su
inclinación más natural y sincera la del trabajo en la paz y el sosiego de su
bufete, ejerciendo su oficio, tan querido, de abogado. Pero quiso Dios que le
correspondiesen vivir horas dramáticas y decisivas para el futuro de su patria,
y su conciencia de español le obligó a la polémica y al combate, al desasosiego
y a la angustia de la pugna política, abandonando, sin dudas y sin titubeos, la
órbita tan prometedora y sugestiva de su propio destino universal. A los treinta
años de edad, impulsado tanto por los resorte de una educación acuñada en los
moldes de la más rigurosa tradición castrense y patriótica, como por los de su
propia reflexión de hombre de ideas, acongojada por la mediocridad de la
decadencia y la ruina de España. se decidió a la entrega total, resuelta,
intrépida, insuperablemente valerosa, sirviendo la causa suprema del pueblo en
el que estaba integrado, para morir, necia y vilmente asesinado por los ciegos
fusiles del odio y de la intransigencia, tres años después.
José Antonio Primo de Rivera, marqués de Estella y Grande de España, murió de la
manera más digna y española que registran los siglos, con pasmosa sencillez
cristiana, sin miedo y sin jactancia, sin énfasis romántico pero con fascinadora
entereza, justamente por aquello que menos afectaba a sus propios y personales
intereses. Por la justicia para los desheredados, por la transformación de unas
estructuras sociales y económicas que, sustancialmente antihumanas y
anticristianas, hoy han sido superadas o están en trance de superación en todo
el mundo civilizado, pero entonces prevalecían en los cimientos fundamentales de
la sociedad. Por eso, y por la libertad y la unidad de España, amenazada tanto
por la tiranía marxista como por la insolidaridad y la escisión interior.
Ejemplo inmarcesible, augusta y suprema personificación de un viejo lema, pocas
veces servicio con tanto coraje y gentileza: "Nobleza obliga".
José Antonio quiso ante todo y sobre todo, y por esa causa murió en olor de
heroísmo a los treinta y tres años de edad, la conciliación de España, la
reconciliación de los españoles, empobrecidos y trágicamente desangrados en la
fanática pugna de las discordias civiles, en la tenaz e irracional entrega a la
causa de las mutuas intolerancias. Que nadie olvide que la única forma viva y
actual de fidelidad al gran ejemplo de su vida y de su muerte, es la de recordar
que, por encima de todo lo pasajero, circunstancial y anecdótico que en la
política es siempre es mucho, lo que define esta personalidad impar es esa su
profunda y nobilísima voluntad conciliadora.
Se ha recordado en estos días, por ilustres oradores que fueron sus amigos y sus
compañeros en la ambición y en la empresa de salvar a España, el profundo y
clarividente amor de José Antonio Primo de Rivera a Cataluña. Es demasiado
conocida, sincera y verdadera, tal predilección, para que necesite nuevas
puntualizaciones. Es por otra parte, la actitud lógica y natural de un español
de una sola pieza, de un español inteligente y sensibilísimo como él era. Pues
amor con amor se paga. Y el testimonio perpetuo, para siempre, de esa gratitud,
es el monumento a su memoria que ha erigido, y hoy inaugura Barcelona. Que tal
monumento sea el primero que con tal rango y dimensión se alza sobre las tierra
de España es, para satisfacción de todos, orgullo de la ciudad y honor de
Cataluña.
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