JOSÉ ANTONIO EN LA HISTORIA

 

Azorín

Diario ABC
20  noviembre de 1945

          


En su día, sencillamente, una siempreviva. José Antonio se nos va; se va adentrando en la historia; se va alejando; se acabará con el tiempo, por sumirse en los senos profundos de la historia. La historia es inexorable; necesita con todo rigor, la soledad; no puede ser historia sin la soledad; los que están adjudicados, casi desde antes de nacer, diríamos a la historia, han de verse rodeados de soledad. Ya algunos de los íntimos de José Antonio, que le trataron a la continua, faltan; iremos poco a poco desapareciendo todos los que le conocimos. El tiempo irá pasando, un nuevo ambiente irá formándose en torno a José Antonio. Si ahora conocemos ciertas particularidades que nos dan una idea determinada de su persona, esas particularidades irán desvaneciéndose. No serán acaso, precisas para que los venideros conozcan tan bien como nosotros esta figura histórica. ¿Y como la conocemos ahora? A una generación sucede otra de diverso carácter; si la esencia psicológica es la misma, existen entre una y otra variantes que les diferencian. De una a otra generación se pierden hechos más o menos minúsculos, frases, palabras significativas, actitudes, aspectos de las personas y de las cosas que ya no podrán ser recogidos, evocados, reunidos. Lo que juzgamos esencial -la posteridad dirá si lo es- permanece; pero el ambiente que circula esas personas y esas cosas se habrá desvanecido. José Antonio se va alejando en la historia, y con el se alejan detalles y accidentes adheridos a la persona. Son muchos los que han conocido a José Antonio: durante muchos años, todavía la palabra de los que le han conocido, evocará expresiva y auténticamente su figura. Poco a poco, sin embargo, esos testigos de su vida desaparecerán también; gradualmente, de padres a hijos, el talante de José Antonio irá cambiando. Y llegará un momento en que la personalidad de José Antonio, ni nosotros, ni los que le hemos conocido, ni los que han escuchado a los que le conocieron, se encontrará sola, enteramente sola, en las profundidades de la historia. Habrá alcanzado José Antonio lo máximo a que puede aspirar un ser humano; a que puede aspirar aquí abajo en la tierra.

Y ante esta soledad, lejos hasta ahora hipotéticamente, de José Antonio, ¿cual será nuestra actitud? ¿Contemplaremos impasibles como se va alejando en el tiempo, en la historia, este hombre a quiénes hemos querido y con quién hemos conversado? En estos momentos, ante el eterno problema de la historia, quisiéramos un imposible; que nuestro dictamen fuera como nuestra voz; es decir, que esta voz nuestra llegara a los venideros. No seríamos ambiciosos en nuestra pretensión; nos limitaríamos a pedir que una sola palabra nuestra fuera aceptada por la posteridad. ¿Y que vocablo elegiríamos para esta transmisión de ahora a los tiempos futuros? Cada cual escribiría el vocablo que con más exactitud pintara el carácter y la vida de José Antonio; por nuestra parte, lo que estamparíamos en un pedacito de papel sería: "Cordialidad", Cordialidad es cosa del corazón; no se puede tener buen corazón sin cordialidad. José Antonio emanaba de su persona cordialidad; tenía, por lo tanto, no es preciso decirlo, buen corazón. Si hay algo que salve las fronteras, es la cordialidad. Si hay algo que haga olvidar las diferencias entre los hombres de todas las razas, de todas las profesiones, de todos los países, es la bondad de corazón. Y José Antonio era de esos hombres universales. A medida que se vaya alejando, sin nosotros, en el espacio profundo de la historia, esta su cualidad dominante será, a nuestro parecer, la que le hará resaltar distintamente. No podemos querer mal al nativamente bondadoso; por encontradas que, respecto a él, sean nuestras ideas, siempre nos inclinaremos con respeto ante quien procede cordialmente. José Antonio se nos marcha, se nos aleja; se aleja hacia lo más hondo de la historia, y su persona va tornándose cada vez más tenue; tiene la tenuidad de lo inmortal. Advertimos un dejo de tragedia en este alejarse de José Antonio, pero nos consolamos viendo, conforme se aleja, que una luz prístina, a modo de luz increada, va circunyendo su persona.