ADIVINACIÓN DE JOSÉ ANTONIO

 

 

Por Pedro Laín Entralgo
Boletín Provincial del Movimiento (Salamanca)
1 de mayo de 1954

 


Cuando relee a José Antonio un hombre de mi edad -la edad en que Dante compuso la "Divina Comedia" y en que los humildes mortales debemos ser, a toda costa, Dantes de nosotros mismos-, pronto surge en su ánimo, si este es de condición cavilosa, una ráfaga de cuestiones inquietantes. Tal prodigio de armonía en la visión de la vida española y de la vida toda, ¿conserva hoy su entera vigencia? Lo que hace veinte años pudo ser canon de nuestra existencia colectiva, ¿puede seguir siéndolo ahora, cuando en el libro de la historia universal ha sido vuelta una página? La ilusión de ayer, cuando la sien era negra, ¿podrá mantenerse idéntica bajo la sien plateada o desnuda?

Si: es preciso no rehuir el imperativo de estas preguntas graves e ineludibles; es preciso ser radicalmente joseantoniano y contemplar a José Antonio según su felicísima consigna "con ánimo de adivinación"; es preciso adivinar a José Antonio y contrastar luego la esencia adivinada con el menester actual de nuestras almas. Más ¿cual fue la esencia de José Antonio, allende cuanto en su vida y en su obra pudiera haber de ocasional y anecdótico? ¿Donde se halla su verdadera ejemplaridad, la ejemplaridad por cuya vigencia me pregunto en este día de aniversario?

Tengo la jactancia de afirmar-perdonad que el profesor no pueda dejar de serlo- que el tuétano de la lección de José Antonio, la parte de su pensamiento en que su palabra y su obra tuvieron raíz verdadera, puede ser aceptablemente expresada mediante una serie de proposiciones sucesivas y coherentes.

La primera y fundamental dice así: La resolución del problema de España y aún del problema de Occidente es, antes que una empresa de organización política, una tarea de educación individual; más urgentemente que una "Constitución", España necesita una "ética". Recordar si no las clarísimas palabras de José Antonio: "La reorganización total de Europa tiene que empezar por el individuo" Pero, ¿que debe hacer el individuo para que su vida se trueque en principio de reorganización?

Un segundo aserto viene a darnos la respuesta: el hombre individual llegará a ser principio constituyente de la Patria joseantoniana cuando viva libre y resueltamente entregado a la fama de hacer a España y ejemplar. Ejemplar, porque sin ejemplaridad es injusta y odiosa la fortaleza; fuerte, porque sin fortaleza es quijotesca y vapuleada la ejemplaridad. Todo, hasta aquí, es claro. Es aquí, sin embargo, donde comienza el auténtico problema. Porque, ¿en que consiste, dentro de la mente de José Antonio, la posible ejemplaridad de España? ¿Cuando podrán decirse de nuestra Patria estos dos alejandrinos de un poeta caro a José Antonio:

parece que el hildalgo amojamado y seco entró en razón y tiene espada a la cintura?

He aquí -tercera proposición- cuál ha sido la esencial respuesta joseantoniana: la ejemplaridad de España debe tener como fundamentos principales la inteligencia y la trascendencia. Nunca se ensalzará lo suficiente el valor que para José Antonio tuvo la inteligencia y no porque el fuese -como con alguna ligereza suele decirse- un "intelectual", un hombre monogámica e inexorablemente vocado a la fruición de contemplar la verdad de las cosas, sino porque en su limpia mente platónica coincidían la verdad y el bien, la bondad del pensar y la bondad del obrar. Así se explica que a su visión de la ejemplaridad de España "sub specie intelligentiae" correspondieran por modo ineludible y constitutivo la justicia, la integración y el decoro. Sin el imperio de la justicia social -querida e implantada, no a impulsos del sentimiento, sino a instancias de la inteligencia, no puede ser de veras "inteligente" nuestra actitud frente a la ejemplaridad posible de España; y de la injusticia social cabría decir, muy joseantonianamente, lo que Fouché dijo del fusilamiento del duque de Enghien: “Antes que un crimen, sir, es una torpeza”. Valga otro tanto respecto a la integración. Una actitud frente a la vida de España renuente a integrar en unidad nacional todo lo valioso de esa vida proceda de donde procediere; clase, partido, región o individualidad señera- es, sobre todo, torpe, tan torpe como la postura del jayán que menosprecia lo que no entiende, o como la conducta del seudoavisado carente de capacidad de admirar y complacido en dar higas a lo que encuentre demasiado egregio. Pero la inteligencia pide más; pide que la justicia y la integración posean distinción visible, decoro. ¿Cómo no recordar que, para José Antonio, el “magisterio de costumbres y refinamientos” constituye un genuino servicio social, un modo de vivir sin el cual España no sería inteligentemente concebida?

Junto al imperativo de la inteligencia, el mandamiento de la trascendencia. Quiso el José Antonio esencial que la ejemplaridad de España fuese trascendente, y tuvo esa pretendida y creída trascendencia una idea recta y hondamente cristiana. Con otras palabras: pensó que España debía ser ejemplar –con ejemplo sucesivo y caminante- ante los ojos inexorables de Dios. Y esto no solo en virtud de la trascendencia de la persona individual, ésa que depende de ser el hombre “portavoz de valores eternos”, sino a la vez porque sólo desde el punto de vista de la trascendencia adquiere su verdadero sentido la historia de los hombres y el movimiento entero del mundo creado. ¿Podría entenderse si no su propuesta de ordenar “la más humilde de nuestras tareas diarias, esas que constituyen la trama cotidiana de nuestro destino individual, “en el destino total y armonioso de la Creación”? El San Pablo de la Carta a los Romanos y la teología de la historia de Luis de Molina –bastante más sutil y penetrante que la de Bossuet- latían bajo aquellas luminosas palabras de José Antonio.

Todavía es menester una proposición más, ésta de carácter regresivo: es preciso, en efecto, revertir sobre la existencia individual, principio y fundamento de toda la verdadera reforma política, las notas que constituyen y definen la ejemplaridad de España. El individuo español ha de vivir -en su profesión, en su puesto de mando o de servicio, en el seno de su familia- inteligentemente entregado a la justicia social, a la originalidad integradora y al decoro, ha de lograr que este decoro sea el esplendor de su conducta; mirará día por día si sirve a España o se sirve de ella; procurará que su servicio posea ejemplar trascendencia cristiana, tanto en el orden de su vivir privado como en el orden de la existencia histórica.

Así adivino yo –cuando su cuerpo es ya, conforme al católico deseo de Quevedo, ceniza con sentido y enamorado polvo- al José Antonio que vivió; así veo yo su esencia y su mandato. Repitamos ahora las interrogaciones iniciales: tal prodigio de armonía en la visión de la vida española y de la vida toda, ¿conserva hoy su entera vigencia? Lo que hace veinte años pudo ser canon de nuestra empresa colectiva, ¿puede seguir siéndolo ahora, cuando en el libro de la historia universal ha sido vuelta –irreversiblemente- una decisiva página? La ilusión de ayer, durante los años en que la sien era negra, ¿podrá mantenerse idéntica bajo la sien plateada o desnuda? Conteste cada cual por sí mismo. Yo solo se que cuando me mira a los ojos un joven puro y ambicioso siento en el fondo de mi alma que este José Antonio adivinado y permanente se me convierte sin remedio, con la rapidez y el brillo del relámpago, en urgente interrogatorio judicial.