ALEGREMENTE, POÉTICAMENTE

 

 

Por Marcelo Arroita-Jauregui
"El Alcázar", octubre 1981

Aunque no soy falangista ahora que podía serlo, y no pude serlo cuando hubiese querido serlo, como verdaderamente no soy más que falangista, me gusta repasar con frecuencia los nada extensos textos políticos de José Antonio Primo de Rivera, no buscando en ellos las soluciones urgentes, las fórmulas inapelables, las consignas aplicables a la España que me está tocando vivir, que sé de sobra que no van a ofrecerme, sino simplemente "aquella voz amiga de otras veces", como señala el endecasílabo del perenne soneto de Ángel María Pascual. Antes que nada, para encontrar en ellos la razón para esa paradójica situación que resumen torpemente los primeros renglones de este papel. Pero también para encontrar y meditar las líneas maestras de un pensamiento político que puede servirme de esperanza, habida cuenta de que permanece inédito después de ser copiosamente voceado y muy disparmente glosado, además de disparatadamente aplicado y muy poco entendido.

La posible razón de tal fenómeno, mayormente evidente a los cuarenta y nueve años de su pública aparición, podría explicarse orteguianamente  aplicando al caso unas circunstancias inmediatas y sucesivas que hicieron confundir la cáscara con la almendra e hicieron casi imposible precisar los conceptos clarísimos que subyacen bajo una formulación impecable, pero que perseguía lo que pudiera llamarse una nueva retórica, cuya novedad quedó en sus palabras, porque fue invadida por la vieja retórica y la fusión no produjo claridad, sino confusión, tanto mayor cuanto que en la práctica las palabras se convirtieron en ecos distintos. José Antonio Primo de Rivera planteó la política desde unas exigencias intelectuales de nada  difícil acceso, que esa confusión convirtió posteriormente en imposible. Por eso hasta su misma biografía política ha sido curiosamente metamorfoseada, con la mejor intención, y se ha hablado de radicalización sucesiva dando a lo circunstancial valor de fundamental, e incluso despreciando etapas de esa misma biografía que se utiliza.

Por eso, en estas fechas, me gusta y me fortalece la lectura del discurso del 29 de octubre de 1933 en el madrileño Teatro de la Comedia, llamado más tarde Discurso Fundacional de la Falange, que obviamente nacía allí, aunque todavía no fuese la Falange, pero encerrando en sus palabras lo que la Falange fue, es pero especialmente lo que la Falange todavía puede ser. A tal discurso se le ha llamado reaccionario, incluso dentro de la misma Falange, me parece que a fuerza de tomar el rábano por las hojas y dar a alguna de sus escasas frases de circunstancias un valor excesivo, despreciando sus características  fundamentales, entre ellas las de que no estaba naciendo un partido político, sino un movimiento político y una bandera. Las circunstancias personales del propio orador, y las circunstancias concretas de la colectividad nacional, han hecho que entonces y después se citaran mucho ambas cosas, pero casi siempre en el sentido contrario, o por lo menos distinto, de aquel con que fueron pronunciadas. A la postre, lo de movimiento se entendió como una manera distinta de llamar a un partido, y lo de la bandera se perdió entre retóricas habituales ceñidas a esa palabra. Y, sin embargo, me parece que ahí está la clave de la Falange y ahí está la clave de la aportación joseantoniana.

José Antonio Primo de Rivera convoca, llama, no solamente a la defensa de la unidad de España, siempre amenazada, sino a la creación de la unidad de España. En tal tarea, imprescindible ya de antiguo, caben democráticamente todos los españoles que quieran hacerla y consolidarla, caben libremente y para usar de su libertad haciéndolo, y caben para hacerla a través de la justicia y muy especialmente de la justicia social. No convoca a la ocupación del poder político, sino a la consecución de que tal poder, bajo la forma que se quiera, sirva a esa unidad, a través de la libertad y de la justicia. Si se opone a unos sistemas es porque entiende, y demuestra, que atentan de muchas maneras contra esa unidad, sin conseguir ni la libertad ni la justicia de que blasonan, sino sacrificando la una a la otra, según los casos, para resultar una carencia final de una y de otra. José Antonio convoca a una unidad española consolidada entre todos, amasada por todos, hecha de todos, que no se ponga en peligro según los resultados electorales pero que tampoco pueda identificarse con ninguna solución posible a tal mantenimiento, basada en la libertad de todos y de cada uno, y respaldada por una justicia perfectible y que se supere en cada momento con arreglo a las fórmulas que cada momento aconseje, para que no atente contra la libertad y no afecte a la unidad. José Antonio llamaba, convocaba a un movimiento con todos y para todos, y nunca a un partido que aplicase unas consignas, unas fórmulas, intocables y presuntamente perfectas, que ahormase una unidad débil y sacrificase, para ello, la libertad y la justicia.

Desde ahí, cabe entender el supuesto radicalismo posterior, que posiblemente no fuera más que el acoplamiento circunstancial de esas ideas base a unas circunstancias concretas. Y desde ahí se entienden mejor sus últimas prevenciones, alarmas y avisos, tanto de posibles acompañamientos coreográficos, cuanto de adhesiones a cualquier clase de internacionalismos.

Y posiblemente por eso dijera que aquel movimiento, aquella bandera, había que defenderlos alegremente, sin teatralismos trágicos de opereta, y poéticamente, precisión que, entendida en el sentido de alentar la creación, significa una nueva formulación de la aspiración a la democracia que precedentemente había fijado como su objetivo. Y que, desgraciadamente, no ha gozado de ninguna interpretación aceptable, a no ser la de Julián Pemartin. Incluso, en algún momento, se adujeron sonetos como avales para llegar a un Gobierno Civil...