LEER A JOSÉ ANTONIO

 

 

Por Marcelo Arroita-Jauregui
"El Alcázar", Julio 1983

A más de un joven, que ha acudido a mí buscando él no sabía bien qué, ni yo tampoco, le he recomendado la lectura tranquila y crítica de los textos de José Antonio, advirtiéndole, por supuesto, que no iba a encontrar fórmulas mágicas ni soluciones instantáneas, ni mucho menos un cuerpo de doctrina organizado y clasificado, aunque sí una actitud y, por añadidura, un manojo de posibilidades de acciones rigurosamente inéditas aunque abundantemente sobadas. Pienso ahora que leer a José Antonio puede constituir, para todos, un buen ejercicio veraniego, tanto en el orden intelectual como con vistas a un posterior compromiso político, si ha lugar. Y, más que nada, un ejercicio de liberación de la pútrida atmósfera política que nos rodea y en la que, por fuerza de las cosas, todos estamos inmersos.

Añadiré antes de seguir con el tema, que tal consejo se lo he dado especialmente a jóvenes que sufren el «mal de España» a que alude el poema de Ramón de Basterra, pero que, en cualquier caso, no son ni dolorosos ni tristes, sino todo lo contrario. Acaso por mi convicción, firmemente adquirida a través de una extensa experiencia, que con los jóvenes dolorosos y tristes no hay nada vital que hacer, aunque pueden dar excelentes frutos literarios, que una cosa no entorpece la otra. El consejo se lo he dado a jóvenes capaces de entusiasmo y de encauzar el entusiasmo racionalmente instalado en la acción. En una acción que no tiene por qué ser necesariamente política, en el sentido habitual de la palabra, recuperado con urgencia desde hace ya bastantes años -más que los transcurridos desde 1975, pos supuesto-, Si bien, en definitiva, sea también una acción política aunque solamente sea en un sentido de rechazo de esa interpretación de la política. De todas maneras, además del consejo, les ofrecí la defensa frente al mismo consejo, significándoles que en la lectura echasen mano de todos sus recursos racionales para no dejarse arrastrar por la música joseantoniana, por su atractiva cáscara -recuperada tras el abuso de ella que la hizo perder todo atractivo-, sino que fuesen a la almendra y que se defendiesen de ella, procurando extirparle las connotaciones temporales que podrían convertir el ejercicio propuesto en una mera añoranza, absolutamente inútil.

Naturalmente, tales consejos los repito para aquellos que se sientan inclinados a seguir esta invitación desde muy distintos -y posiblemente distantes- parámetros de edad y de situación. Porque el mayor peligro de una lectura de José Antonio estriba en conferirle el carácter de evangelio o de consigna, probable si se trata de una relectura y posible si es de verdad una lectura nueva. Con semejante talante, además de producirse la repetición de un fenómeno que anuló en algún momento todas las posibilidades políticas que la obra de José Antonio encerró y encierra, la lectura constituiría un ejercicio inútil y hasta módicamente incomodo, porque para ese viaje no se necesitan alforjas y bastaría con leer a sus casi siempre equivocados exegetas, que fueron acomodando su obra y su pensamiento a unas circunstancias favorables para ellos, que acomodan su pensamiento y su obra a unas circunstancias desfavorables para ellos y que quisieran convertir en favorables a toda velocidad, gracias a José Antonio pero sin José Antonio, por supuesto, o con un José Antonio transformado en comodín.

Leer ahora a José Antonio, con seriedad, con distanciamiento, con ironía y hasta, si se quiere, con ira, tiene la ventaja de que, por muy audaces que puedan ser las interpretaciones de la lectura, ya no serán heterodoxas. Al cabo, ahora ya no existe ortodoxia joseantoniana, que tantas posibilidades  restó no solamente  a la difusión de su pensamiento -a la vez que se difundía estrepitosamente y cansinamente la versión ortodoxa, es un decir, de tal pensamiento-, y al intento de, en algún terreno, llevarlo a la práctica, cuando se pudo hacer y no se supo, fundamentalmente  porque no fue leído, sino repetido a través de versiones de lecturas interesadas. Desde luego la lectura hay que hacerla sin temor a clasificaciones zafias de los resultados que de ella se obtengan, porque no hay nada más rentable que hacer tales clasificaciones y nada más estúpido que intentar rebatirlas para nada.

Insisto en la lectura distanciada, en no dejarse cazar en la trampa de la anécdota más o menos histórica, máxime si estamos tentados por la presunta similitud entre su tiempo y el nuestro. Porque no importa nada que exista o que no exista, y andarla persiguiendo no deja de ser una manera de perder un tiempo que probablemente nos urge para consecuencias más importantes de esa lectura. La lectura distanciada conviene también que elimine otras cuestiones, casi siempre provistas de nombre propio, y que desde su realidad vigente todavía -tampoco es cosa de perder el tiempo calibrando el valor intrínseco de tal vigencia- podría significar otra quiebra en los resultados de la lectura.

Se trata de llegar, insisto, a la almendra de José Antonio, a la semilla que todavía puede dar fruto, a un puñado de cuestiones esenciales con validez, creo yo, todavía por encima de las circunstancias concretas en que nos movemos. Para alcanzar conclusiones particulares, aunque al multiplicarse, puedan granar en consecuencias colectivas a las que habría que abonar, antes de su granazón, con los frutos de la experiencia, que de esa forma resultarían mucho más útiles.

Y, por supuesto, alcanzado ese puñado de verdades, aplicarle  el tratamiento de la ironía, con lo cual  el resultado de la lectura de José Antonio si que sería, por añadidura rigurosamente joseantoniano. Igual que las posibles, aunque puede que improbables, consecuencias de la lectura que propongo.