ENTREVISTA CON RAFAEL GARCÍA SERRANO

 

 

«La Falange fue un movimiento intelectual»

Por Sheelagh Ellwood
Historia 16, G.C nº 20.

H16.-Usted es autor, entre otros libros, de Diccionario para un macuto. ¿Cómo se le ocurrió escribir este libro?  
RGS.-Bueno, la idea no es original mía. Estando yo de corresponsal en Italia, conocí un libro de un gran periodista italiano (que, como casi todos los grandes periodistas de aquella época, había sido muy fascista, tanto que se había hecho echar de España por fascista), Paolo Monelli. El escribió un libro que se titulaba Naya parla. Naya es la palabra equivalente a la mili, y daba una serie de palabras, contando anécdotas y cosas de ésas de la última guerra, palabras que se habían hecho populares entre los soldados. Al cabo del tiempo, yo pensé que podía hacer lo mismo en España. No está hecho siguiendo exactamente el libro de Monelli, pero sí su idea fundamental de explicar el sentido y el origen de una serie de palabras que utilizaba el soldado.
 

-¿Le parecía, quizá, que la guerra civil española era un tema tan complejo y tan diverso que no era posible abordarlo de otra manera literaria?
-El tema de la guerra me ha parecido siempre muy amplio y, además, me parece que si la comedia humana puede darse en una sociedad cualquiera, se puede intentar hacer una comedia humana en el tiempo de la guerra. Acaso, incluso, con más facilidad, porque todos los elementos dramáticos están más acentuados, más exasperados en una guerra que en una paz. Lo mismo el amor que el odio, que la diversión ... Todos los sentimientos están vivos y a flor de piel.
 

-¿Cuando usted escribía en tiempos de la guerra civil, lo hacía conscientemente como falangista o simplemente como escritor con un cierto estilo?
-Si, según se dice, el falangismo es un modo de ser, yo creo que he vivido un poco de acuerdo con ese modo de ser. Me ha salido de una manera espontánea y natural. No se trata de imponer ideas, porque yo lo hago con cierta objetividad; creo que no soy ningún fanático y trato de entender a los demás. Pero, sobre todo, lo que me preocupó siempre es dejar testimonio, porque, a través de mis lecturas, de lo que me he dado cuenta es de que justamente el enemigo era el que utilizaba una mayor artillería literaria y contaba con una propaganda mucho más amplia. Es curioso, porque siempre el que arrebata en el mundo es el rebelde; yo creo que ésta es la primera guerra en que el rebelde es maltratado desde el primer momento por casi todo el mundo. Entonces yo decidí que iba a tratar de dejar un pequeño testimonio personal y empezó aquello para que si algún día se estudia eso, pueden servir para aclarar una serie de puntos de vista y para recrear un ambiente.

 

-¿A qué atribuye esa mayor abundancia de material literario y propagandístico en el bando republicano?
-Creo que a dos cosas. Una, esa extraña paradoja de que por primera vez los rebeldes no son los populares, sino los impopulares. Otra, a que el gobierno nacional no se preocupó jamás de propaganda. Prefirió hacer su guerra y no se preocupó de la propaganda. Si se preocupó de ella, fue en pequeñas cosas internas, relacionadas muy directamente con la guerra. Pero ni se preocupó de alcanzar a intelectuales que probablemente estaban más cerca de Burgos que de Barcelona o Madrid o Valencia o donde estuvieran las capitales rojas. No se preocupó de eso. Lo desdeñó absolutamente. Fue a la realidad de ir ganando la guerra y no se preocupó de más.

 

-¿Provocaba esa situación algún conflicto entre los militares, por un lado y por otro los intelectuales, y sobre todo la gente que estaba precisamente en el servicio de prensa y propaganda cuando se formó éste?
-Lo cierto es que hasta que llega Serrano Suñer no hay de verdad organizado un departamento de prensa y propaganda. El famoso cura Yzurdiaga lo organizó dentro de Falange, pero el hecho mismo de estar situado casi todo en Pamplona le quitaba muchos contactos. Ya, luego, cuando se estableció en Burgos -que era la capital provisional del Estado, donde estaba el cuartel general y lo principal de la administración- ya empezó a tener una mayor dimensión la propaganda, hasta el punto de que los primeros libros se lanzan desde Burgos. Eran unos libros ya con una intención propagandística clara, no simplemente el libro que hacía uno al que le había sorprendido la guerra en San Sebastián y decía cómo lo pasé en San Sebastián. No. Ya unos libros con una cierta intención y con escritores que entonces no eran nada, porque empezaban, pero que eran Pedro Laín, Antonio Tovar o Gonzalo Torrente Ballester, por ejemplo.
 

La primera Falange

-Usted también ya era escritor entonces, ¿verdad?
-Se puede empezar a ser escritor muy joven. Yo escribí el primer libro a los diecinueve años. Lo escribí para llevárselo a José Antonio. Quería llevárselo a la cárcel y no me dio tiempo a acabarlo ni me dejaron entrar nunca en la cárcel. Había visita y todo el mundo se colaba diciendo yo soy primo de José Antonio o yo soy hermano de un pariente de José Antonio. Pero ¡yo siempre he tenido cara de no pasar por los sitios! Y cuando llegaban a mí, decían: Ya han venido demasiados parientes. ¡Fuera! Las dos o tres veces que lo intenté, no pude. Por eso, el primer ejemplar del libro que tuve se lo envié a Pilar Primo de Rivera.

-¿Qué le parecía el que se pusiera al servicio de una empresa fundamentalmente militar una ideología como la falangista, que tenia un fuerte elemento intelectual, filosófico ... ?
-Realmente, fue un proceso natural. La Falange, evidentemente, era un movimiento de origen intelectual -todos los fundadores éramos universitarios- Estaba en su período de creación y extensión de doctrina, que todavía no había madurado del todo, y se encuentra de repente, en los primeros meses de la guerra, decapitada de todos sus principales jefes. Matan a José Antonio, a Onésimo, a Julio Ruiz de Alda, a Fernando Primo de Rivera, a Manuel Mateo... En fin, eso es una matanza total y entonces quedan cabezas muy secundarias. Cabezas muy secundarias en un partido que era una minoría muy fuerte, muy resuelta, pero que era incapaz de absorber toda la cantidad de gente que entró en ella, y que, en el primer momento, entró por la vía exclusivamente militar, como voluntarios. Luego se contagiaron de la ideología muchos de ellos. Después tuvo que soportar en retaguardia, en cambio, el ingreso de grandes masas de gente de derechas, que fue diluyendo un poco la Falange. Pero, desde el primer momento, al menos en zona nacional, nadie consideró aquello como un simple movimiento militar. Se consideró como un alzamiento nacional. Como una especie de dos de mayo, en la que, en lugar de haber dos capitanes de artillería y un teniente de infantería, hubo tres o cuatro generales e infinidad de capitanes, comandantes y tenientes coroneles, que se pusieron al servicio del pueblo como el pueblo se puso al servicio de ellos. Este es el sentido que tiene la rebelión en zona nacional. Es un movimiento popular. Entonces, la Falange, como pueblo, se sintió vinculada a eso. Se siente, sobre todo, vinculada a la suerte de la guerra, porque, entre otras cosas, si se gana la guerra podrá hacerse la revolución que pretende. Luego no fue así, pero ése fue el propósito.

-Supongo también que la creencia falangista en que la vida es milicia hacía que no hubiera contradicción entre lo militar y lo intelectual...
-Bueno, pero la vida es milicia no es solamente marcar el paso y hacer la guerra, sino tener el arma templada ante los acontecimientos cotidianos de la vida, de la política y del trabajo. Lo que pasa es que la vida era milicia en aquel momento porque lo era realmente; lo era con un fusil en las manos.

Pamplona

-¿Dónde estaba usted cuando empezó la guerra? ¿Cómo recuerda la llegada de la noticia del alzamiento?
-Estaba en Pamplona. Además, estaba esperando la noticia del alzamiento desde mucho tiempo antes. Ya en abril o mayo estuvimos concentrados un día; luego se dijo que no había nada. Posteriormente he sabido que se decía entonces que se iban a sublevar los cadetes del Alcázar y que íbamos a acudir a socorrerlos. Estuvimos en casas y distribuidos por calles, esperando que se nos avisara.

-¿En Pamplona los falangistas eran un grupo grande?
-Eran un grupo bueno. Serían, no sé, doscientos o trescientos. Había muchos en la ribera de Navarra, en la parte del Ebro.

-¿Cómo lograban comunicarse y organizarse después de la detención de los principales jefes falangistas a partir de marzo de 1936?
-Supuso una pérdida de cohesión interna, pero se superó gracias al trabajo de mucha gente. Como las detenciones eran continuas, claro, era difícil y cada vez había que organizarse de una manera distinta, para que cada uno tuviera alguien a quien referirse y de quien recibir las órdenes y a quien transmitirlas.

-¿Venía gente falangista de los pueblos alrededor de Pamplona?
-Sí, todo eso está contado en una novela mía, Plaza del Castillo, que es la historia de la rebelión en Pamplona. Fue un día fabuloso, el domingo 19. Se dio la orden la tarde anterior. Se dijo: Al amanecer, en Pamplona. Nosotros habíamos sido citados para el 18, que era sábado, a las cuatro de la tarde, en una determinada plaza de Pamplona.

-¿Quién les citó?
-Nuestro jefe en Navarra, que era entonces José Moreno. Estaba preso en la ciudadela de Pamplona, porque era militar, pero uno de los enlaces, el jefe local de milicias, Luis Pérez de Aero, nos convocó. Estábamos incluso con armas -los que teníamos, una pistola, revólveres, cosas de ésas-. Estábamos muy preparados y a las cuatro nos dijeron que no, que era a la madrugada, y que a la madrugada todos a la calle, que saldría el ejército proclamando el estado de guerra. Y así fue. A las seis o las siete salió el ejército y Pamplona se llenó de gente que había estado esperando. A la vez, de todos los pueblos de Navarra venían automóviles y camiones y autobuses, llenos de voluntarios que, generalmente, llegaban con el alcalde y el cura al frente. Fue un día muy emocionante, aunque yo no lo viví del todo, porque yo entré en un cuartel a las nueve y media de la mañana y ya no salí de allí hasta ... Como no tenían con qué damos de comer, nos pagaron tres duros a cada uno. Durante cinco días tuvimos que acampar por nuestra cuenta.

-¿Cómo fue que, ya que se venía hablando de la sublevación desde hace meses, no habían organizado algo tan fundamental como el rancho?
-Bueno, es que lo de Pamplona fue algo como milagroso, ¿verdad? ¡Se hubiera necesitado el milagro de los panes y los peces! Toda previsión quedó rebasada. Tenga usted en cuenta que Navarra tenía entonces, en números redondos, cuatrocientos mil habitantes. La población movilizable era el 10 por 100; O sea, cuarenta mil hombres. Bueno, pues, en dos meses y medio o tres, Navarra dio más de cuarenta mil hombres, porque salieron hasta chicos de trece y catorce años. Yo los he visto que los devolvían del frente y se volvían a escapar. En Navarra fue asombroso. El que tuvo la suerte de vivir aquello es algo que no se le olvidará. Yo siempre digo que es el domingo más radiante y más feliz de mi vida, porque vi de repente que mi tierra era algo muy importante y muy serio. Luego, además, lo demostraron, porque tanto las banderas de Falange como los tercios de Requetés se portaron muy bien en todas las provincias. Las famosas brigadas de Navarra acaso tuvieron -como se dice en términos militares- más ocasión de lucimiento. Por ejemplo, la unidad más condecorada del ejército de liberación fue una bandera de Falange de Navarra. La primera. La primera, fundida con la tercera. Y el tercio de Requetés de Montejurra se componía, como un batallón, de setecientos u ochocientos hombres, y durante la guerra pasaron los efectivos de una división; o sea, doce mil hombres. Tuvo un tanto por ciento de muertos grandísimo. Fueron unas unidades de mucho éxito y mucho esfuerzo, y esas unidades nacieron justamente -ese día ese día y los sucesivos, naturalmente-, el domingo 19, aunque Navarra ya estaba alzada el 18 a la tarde. Los guardias civiles habían matado a su comandante, que quería llevarlos a Tafalla para organizar una línea de resistencia. Entonces se negaron, él disparó sobre los guardias y los guardias lo mataron allí mismo.

-Estando el general Mala destinado allí en Navarra, ¿se hablaba desde hacía mucho de la conspiración?
-España es un país donde los misterios son imposibles. Todo el mundo sabía que algo se estaba cociendo. Unos lo sabían más, otros lo sabían menos; yo, por mis relaciones, pues tuve la suerte de saber algo más. Además, yo iba mucho por el Diario de Navarra y, sin yo saberlo, el director era uno de los enlaces principales que tenía Mola para entenderse con Lisboa y con otros sitios. Tenía condición de diputado. Se llamaba Raimundo García y firmaba Garcilaso de Ameztia. Tenía inmunidad parlamentaria y viajaba tranquilamente. Llevaba recados de Mola y le traía información. Yo me acuerdo que, el día que mataron a Calvo Sotelo, este hombre, que era muy calvosotelista y muy monárquico, me dijo: Gil Robles está descartado; han matado a Calvo Sotelo; ya no queda más que el vuestro. Ya podéis cuidarlo.

-Siendo usted navarro, ¿cómo se hizo falangista y no carlista?
-Navarra tenía una gran tradición carlista, pero tenía también una tradición liberal. Concretamente, Pamplona es una ciudad que no fue carlista nunca. Yo tenía un abuelo republicano, aragonés, y un abuelo carlista, navarro. Entonces, lo lógico era un nieto falangista, porque recogía lo mejor de cada lado; lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda. Creo que era la doctrina que estaba llamada a conmover a los jóvenes y, singularmente, a los jóvenes universitarios. Entonces la política era zafia; y la exposición de José Antonio era tan limpia, tan metódica, tan llena de Ortega, que forzosamente tenía que ilusionar a la gente joven universitaria.

-O sea, a partir del primer día, que no tenían con qué darles de comer ...
-Claro, los cuarteles tenían un régimen de permisos de verano. En Sevilla, por ejemplo, Queipo se subleva con un regimiento que normalmente tenía que tener unos ochocientos hombres, y había cuarenta y cinco o sesenta y cinco en aquel momento. Daban unos permisos de verano, para el campo precisamente, para la cosecha -y, de paso, para evitar las tentaciones de sublevación-. Supongo que en Pamplona pasó lo mismo. Estaban los regimientos muy reducidos y las previsiones de rancho, por muy grandes que fueran, siempre eran para unos cuantos. ¡Si es que se volcó Navarra entera! A las diez de la mañana, Mola tuvo que ir a la radio y decir que no enviaran más gente porque no tenían con qué alimentarla.

Al frente

-¿Qué pasó cuando se presentó usted en el cuartel esa mañana?
-Fuimos un grupo de falangistas. Fuimos de los primeros en entrar en los cuarteles. Nos cogieron a los que llevábamos camisa azul y nos dijeron: Venga, a vosotros os vestimos más rápidamente, porque con daros unos pantalones vais listos. Nos dieron los pantalones del uniforme de entonces y nos destinaron a la sección de enlaces, el batallón de Sicilia número 8. En el momento de salir, que salimos esa misma tarde, camino de Madrid, en autobuses y camiones, llevábamos además una manta, una manta capote, en bandolera.

-¿A las órdenes de quién iban?
-Íbamos a las órdenes del coronel García Escámez, y nosotros, concretamente, a las órdenes directas del que mandaba el batallón de Sicilia y alguna unidad carlista, que era el teniente coronel Rada, entonces jefe nacional de la milicia del Requeté.

-¿Cómo se llevaban los falangistas con los carlistas?
-Nos llevábamos la mar de bien. En el frente, cuando he convivido
con ellos, he convivido muy tranquilo y muy a gusto. De hecho, la unidad de enlaces era mixta. Había mitad de falangistas y mitad de carlistas y nos llevábamos siempre muy bien.

-¿Cómo recibieron la noticia de la unificación de partidos en 1937?
-Los viejos falangistas nos sentimos dolidos. Nos pareció que se acababa una parte importante de nuestra independencia. Nosotros confiábamos mucho en Franco como general, pero como político no sabíamos lo que era. Luego, efectivamente, ha sido un buen político y un buen estadista, pero no ha sido jamás falangista. Ahora, había que servirle, entre otras cosas, porque se servía un interés superior de España, y en la guerra, evidentemente, porque era el general que mandaba, y además mandaba muy bien.

-¿Con la columna del coronel García Escámez hasta dónde llegó?
-Hasta Somosierra. Nosotros íbamos a ayudar a la sublevación de Guadalajara y por eso salimos por la carretera de Soria hacia Guadalajara. Primero tuvimos que parar en Logroño, en la madrugada del 20, y hacer frente a una huelga general. Al día siguiente fuimos a tomar el pueblo de Alfaro, que lo había dominado un grupo de rojos. Es la primera estampa de guerra de la que me acuerdo y me recuerda mucho las láminas de las viejas guerras carlistas. Ví una unidad de requetés formada junto a una ermita y unos oficiales con prismáticos, y nosotros avanzábamos por la carretera. Me parecía estar viendo un grabado antiguo. De ahí seguimos y decidimos el movimiento en Soria, donde el jefe estaba un poco dubitativo. No acababa de lanzarse. A la llegada nuestra, ya se decidió aquello. En Soria nos bombardeó por primera vez la aviación, que yo creo que era un aparato amigo, porque tiró las bombas muy lejos. De ahí íbamos derechos a Guadalajara, y cuando estábamos de noche a la altura de Jadraque (yo no me enteré, porque iba dormido) encontramos un coche en el que se habían escapado dos o tres capitanes y un comandante, diciendo que Guadalajara se había rendido, que había sido ocupada por los rojos. Entonces tuvimos que dar marcha atrás, y subimos hasta Burgo de Osma. Desde allí salimos a Aranda de Duero, que es ya en la carretera nacional número uno. Estuvimos allí el 23, dormimos allí y el 24 a la tarde salimos hacia Somosierra, que acababan de ocuparlo los rojos. Llegamos al pie de Somosierra el 24 y al amanecer del 25, día de Santiago, entramos de verdad en fuego por primera vez. Ocupamos Somosierra, así que nos inauguramos con una victoria.

-Al hacer esta especie de marcha sobre Madrid ...
-¡De la marcha sobre Madrid se hablaba siempre! Aquel verano,
todo era hablar de la marcha sobre Madrid. Yo supongo que era una resonancia de la vieja marcha sobre Roma. Era una etimología, una dialéctica que estaba muy a flor de piel en la juventud de aquel tiempo, evidentemente influida por las ideas de Mussolini y por la historia reciente de Italia.

-y usted, en lo que escribía, ¿también se sentía influido por Italia?
-No, porque no conocía la literatura italiana. Había intentado leer la Divina comedia en español, y me había parecido muy pesada. Todo lo que yo conocía de Italia era por los noticiarios cinematográficos o por lo que pudiera contar en alguno de sus libros Giménez Caballero.

-Es que recuerdo haber leído un comentario sobre un artículo que usted escribió en Haz, que dice que en ese artículo se nota una cierta influencia, o parecido, de lo que escribía Marinetti.
-Yo no conocía nada de Marinetti. Yo a quien imitaba en aquel momento en la manera de escribir (porque todos empezamos imitando a alguien a quien admiramos) era a Giménez Caballero. Me gustaba mucho Giménez Caballero, pero, a la vez, me gustaba la prosa mucho más serena de Eugenio d'Ors y me enloquecía la de Ramón J. Sender. Así que tenía yo una mezcla de maestros.

-¿Sentía que la revolución que querían hacer los falangistas tenía también que alcanzar a la cultura?
-Por supuesto.

-¿Cómo pensaban llevar eso a cabo?
-Yo, sinceramente, a eso no le pudo contestar, porque yo no pensaba llevarlo a cabo, sino que alguien lo llevaría a cabo. Yo ni siquiera había terminado la carrera. Yo confiaba en José Antonio y en los hombres que él eligiera para hacer toda esa obra. A través de los textos de José Antonio, de sus discursos, me parecía que era un mundo de cultura que había en todo ello -hasta en la manera de hacer sus periódicos-. Además, yo pertenecía a una falange que era la de filosofía y letras y, naturalmente, ya éramos hombres con una preocupación por la cultura y el arte. Nos gustaba mucho llevar el mensaje del arte al pueblo. Admirábamos La Barraca y las misiones pedagógicas. Nos gustaba mucho todo aquello y nos parecía una manera eficaz de llegar a la gente e ir mostrándole la verdadera historia de su patria, a través de su teatro. No nos asombraba que los aldeanos a lo mejor entendieran mejor los entremeses de Cervantes que en una ciudad, porque estaban más cerca de aquel tiempo y conservaban hasta palabras. La cultura para nosotros era fundamental. Nosotros teníamos el proyecto de la Universidad nacional Obrera -la UNO- que queríamos crear. Las clases las. habríamos dado nosotros, los estudiantes. Eso nos gustaba, porque nos recordaba influencias de la novela rusa, las estampas de los antiguos jóvenes universitarios rusos, que enseñaban a los campesinos y a los obreros. Nosotros queríamos hacer cosas de ese tipo. Toda la Falange es un movimiento intelectual y, por tanto, cultural.

-¿Le parecía inevitable, o incluso necesario, hacer una guerra para realizar esas ideas?
-No. José Antonio era partidario, realmente, de haber ido creciendo en paz. Decía que necesitaba tres años más. Quería un proceso más lento, porque se daba cuenta de que había una gran incorporación de gente a la Falange, un gran desengaño ante la zafiedad con la que estaban obrando la izquierda burguesa y la proletaria; porque aquella primavera, los discursos de Largo Caballero eran verdaderamente incendiarios. Eso produjo una gran decepción, sobre todo en la pequeña clase media española, que era una clase de un poder económico prácticamente nulo. Eran casi proletarios con corbata. Proletarios con dignidad, que trataban de ir bien vestidos, con arreglo a su clase. Esta clase se sentía muy herida por todo aquello y su camino de protesta natural era la Falange. José Antonio lo vio muy claro, como también vio muy claro que estaba en el campo el terreno para nosotros, entre los campesinos. Al principio, Ledesma Ramos se lo reprochaba y, sin embargo, luego reconocía que había sido un acierto. Se quería una paz, una paz precaria como la que estábamos teniendo, llena de tiros -un poco parecido a lo que está pasando ahora, salvo que entonces no había apenas terroristas-o Los tiros se pegaban entre la Falange con los socialistas y comunistas, o los socialistas con la CNT, o la CNT con todos, pero entonces el fenómeno terrorista no existía. Existía el ataque al enemigo y la represalia. Eso sí. Se esperaba que ese período, en lugar de agotarse como se agotó en la primavera, hubiera durado un poco más; que hubiera habido una crisis y se hubiera creado un gobierno un poco más estable -ese famoso gobierno que se pensó de Indalecio Prieto, que era el más razonable de los socialistas-. En eso confiaba José Antonio, pero las cosas se precipitaron de una manera radical. Estaba organizándose claramente, pero yo creo que la decisión la debieron tomar, ya a rajatabla, con el asesinato de Calvo Sotelo.

Los Intelectuales


-¿Qué piensa del papel de los intelectuales en la guerra? ¿Tenían alguna influencia sobre la política o era más bien al revés?
-No, fue al revés; fue la política la que influía en ellos. Yo creo que los intelectuales, en general, se portaron mal. Se exagera mucho el papel de los intelectuales en la guerra. Los grandes intelectuales se fueron de España. La mayor parte de ellos salieron de la zona roja huyendo, desde Ortega hasta Marañón, pasando por García Morente. La mayor parte salieron de esa manera. Generalmente se quedaron en e[ extranjero. Sus hijos vinieron a luchar ... Ellos, que habían augurado un desarrollo intelectual en España, muchas veces habían contribuido a encizañar las cosas. Cuando se piensa, por ejemplo, que un intelectual de la categoría de América Castro publicó unos artículos en la primavera del 36, metiéndose con los curas y los frailes de una manera tan soez como podía hacerla un pobre obrero que no tiene ni conocimientos culturales, ni sabe lo que la Iglesia representa en España. Algunos perdieron el compás. Hubo intelectuales a un lado y a otro -lo mismo un Alberti en una zona roja que un Giménez Caballero o un Pedro Laín en la zona nacional- Pero, en general, el gran intelectual, e[ de renombre entonces, salió; se fue. A mí me pareció que eso significaba una especie de abandono. Cuando una patria se divide, hay que estar en algún lado.

-¿Usted seguía escribiendo mientras estaba en el frente?
-Escribía en el frente en cualquier trozo de papel que encontraba. Hacía una croniquita y la mandaba. Generalmente venían camiones diarios de suministros desde Pamplona. Entonces daba la carta a alguien para que se la llevara a Pamplona. Luego se organizó el correo normalmente, y llegaban las cartas. ¡No como ahora! Así escribía hasta que, con el pie fastidiado, tuve que regresar a Pamplona para que me curaran. Entonces me incorporaron al periódico y me hicieron subdirector. Yo me vi de subdirector de un diario, el primer diario de la Falange -Arriba España-
, de Pamplona a los diecinueve años. ¡Esas improvisaciones que sólo se dan en las revoluciones! Yo no hice nada por subdirigir aquello, por supuesto; yo me limitaba a escribir. Pero, como había que ocupar puestos, pues ... subdirector.

-Supongo que el Arriba España estaba controlado por la censura militar, ¿no? ¿Les quitaban muchas cosas?

-En el primer momento, la censura era solamente militar, solamente para cosas militares, pero la verdad es que no nos quitaban demasiadas cosas. Además, los militares tenían cosas que hacer muy importantes, y fueron delegando eso en gentes de derechas.

-Retomando el hilo de su participación en la guerra habíamos llegado a Somosierra. ¿Qué pasó después?
-Después, ¡debuté como corresponsal de guerra! Hice algunos servicios en el frente norte -íbamos un grupo del periódico con dos fotógrafos y contábamos lo que se veía-o Luego estuve por el frente de Huesca y después por el frente de Madrid. El director del periódico y jefe de prensa y propaganda de la Falange en Navarra, el cura Yzurdiaga, sabía que mi padre estaba en Madrid y me dijo: Vete a hacer la información, y en el coche en que vengan los primeros carretes de fotografías mandas a tu padre. Toda la familia estaba en Pamplona, porque allí pasábamos siempre el verano aunque vivíamos en Madrid. Mi padre era presidente de un tribunal de oposiciones, y se tuvo que quedar, y le cogió allí. Yo, que sabía que algo estaba inmediato, me acuerdo que el día 17 de julio, hablando con él por teléfono, le dije: Vente a pasar este fin de semana. Yo le insistía, pero no podía decirle por teléfono que temía que pasara algo. Recuerdo también que ese día tuve una bronca con un antiguo profesor mío. Me dijo: ¿Qué, falangista, jugando a los soldaditos?, y yo le dije: Ya va a tener usted soldados por aquí dentro de poco. Luego, al volver yo de Somosierra, me lo encontré con camisa azul, intrigando para tener un puesto. Fue, acaso, mi primera sensación de repugnancia hacia la política que podía surgir, cuando vi a aquel hombre que unos días antes del alzamiento se estaba riendo de nosotros y ahora llevaba camisa azul y se gestionaba un puesto que le interesaba.

-¿Pasó toda la guerra como corresponsal?
-No. En el mes de diciembre, al ver que aquello se prolongaba,
me alisté en una bandera que se estaba formando. Esa bandera la revistó Hedilla a principios de enero, y nos anunció que íbamos al frente de Madrid y que pasaríamos por Salamanca, para incorporamos a una compañía de ametralladoras. Un buen día salimos para el frente con un pliego secreto y resulta que el pliego secreto nos llevaba a la frontera. Hubo entonces un cierto movimiento de tropas francesas, allá por finales de enero o mediados de febrero del 37. Luego, inmediatamente, vino lo de Salamanca y yo me di cuenta de que la bandera no salía. Reclamábamos, enviábamos instancias firmadas por el jefe de la bandera para incorporamos al frente e incluso nos ofrecimos para cubrir bajas, pero no salíamos. Entonces pedí hacer el curso de alféreces provisionales en Ávila, y de Ávila pasé a Teruel. Allí los fríos tremendos de aquel invierno me cogieron de mala manera, y volví muy enfermo. y allí se acabó mi guerra.