JOSÉ ANTONIO EN LA CÁRCEL MODELO

(Entrevista  a Raimundo Fernández Cuesta)

 

Por A.  R. Antigüedad

 

Para hablar de aquellos días de la cárcel, hay un testigo de mayor excepción. Tenemos a Raimundo. Raimundo, secretario general del partido, persona de la intimidad fraterna de José Antonio, notario mayor de la Falange Española y de la actual, va a dar fe de los actos y de la vida de José Antonio en la cárcel de Madrid.

 -¿Quieres, -le preguntamos-  referir la detención y encarcelamiento de José Antonio?

Y con esa sencillez propia de su carácter afable y abierto  accede gustoso, recreándose en el detalle, rebosando en la memoria para traer hasta la minucia con la devoción ardorosa hacia quien como José Antonio, fue gemelo de su espíritu privilegiado.

El día 14 de marzo de 1936 –comienza narrándonos- se dio orden de detener a la Junta Política de Falange Española. A las diez de la mañana se presentaron en mi casa unos policías par llevarme preso.

Inmediatamente llamé por teléfono a José Antonio para decírselo. Se puso al aparato su secretario Andrés de la Cuerda, quien me contestó que ya se había detenido a nuestro jefe.

-Parece que se lo han llevado –me dijo- por lo de Jiménez de Asúa… Bajé con los agentes y me encontré con que cuatro policías, pistola en mano, antes de hacerme subir al coche se desplegaron para hacer un reconocimiento en la calle.

-Vamos ahora –dijeron- a buscar a don Julio Ruiz de Alda.

Partimos en el coche a la calle de Abascal donde vivía en el número 43, el glorioso aviador del Plus Ultra y camarada señero.

Al llamar, la criada de Julio, que por cierto ha sido fusilada por la horda roja, se negó a abrir. Al fin lo hizo manifestando que Julio no estaba en casa. Se hallaba en la oficina que tenía en el número 10 de la calle de la Lealtad. Cogí el teléfono y le llamé:

-Julio; voy ahora con la policía que me ha detenido, para detenerte a ti también. Cuando llegamos, los agentes que nos conducían no se atrevieron a entrar por temor al escándalo. Muy atentos, es la verdad, me rogaron:

-Entre usted solo. Nosotros esperamos en el pórtico de la Bolsa.

Así lo hice. Salimos Julio y yo y fuimos hasta donde la policía aguardaba. Según he sabido después, aquellos agentes creyeron y deseaban que nos escapáramos.

EN LOS CALABOZOS DE LA DIRECCIÓN

-¿A dónde os llevaron?

-Subimos al coche que partió rápidamente hacia la Dirección General de Seguridad. Allí se nos bajó inmediatamente a los calabozos de los sótanos donde estaban ya  José Antonio y otros camaradas. Entre ellos el pobre Augusto Barrado.

Al vernos entrar, José Antonio se puso en pié, imitándole todos los demás y entonó el Cara al Sol mientras los brazos extendidos ofrecían el saludo romano.

¿No había en los calabozos más falangistas?

-¡Quía! Había la población habitual de aquellos lugares. Toda una promoción de rateros, ladrones y gente que eran huéspedes cotidianos de la Dirección General de Seguridad.

-¿Qué dijeron al oír el Himno?

-Nada. Veían con asombro a unos señoritos que ocupaban sus calabozos. Quien dijo algo fue un cabo de Asalto que bajó al oír los cantos y dijo:

-¡A callar! Ustedes ya no pintan nada. Ya ha triunfado la República laica! José Antonio le despreció con una frase rotunda y enérgica, armándose un gran alboroto, para cortar el cual tuvo que bajar uno de los oficiales. Al poco tiempo llegó a visitar a José Antonio don Antonio Goicoechea, preguntándole por qué había sido detenido.

-¿Por qué? Por que el director general de seguridad  -era el siniestro Alonso Mallol- ha levantado con sus “procedimientos” conocidos los actos del local de Falange- contestó José Antonio.  Estas palabras del jefe fueron escuchadas y transmitidas a Alonso Mallol, produciéndose inmediatamente una nueva denuncia y un nuevo proceso.

EN LOS CALABOZOS DE LAS SALESAS

-¿Hasta cuando estuvisteis en la Dirección?

Desde las diez de la mañana del día 14 hasta las tras de la madrugada del día 15.  O sea, precisamente el día de la quema de la iglesia de San Luis y del asalto a una armería de la calle de Hortaleza. A esa hora de la madrugada se nos sacó de la Dirección de seguridad, llevándonos a las Salesas, en cuyos calabozos ingresamos inmediatamente. Allí recibimos la visita de Calvo Sotelo, quién llegó acompañado de  el señor Salgado Biempica. Todo el día permanecimos allí, cambiando impresiones y haciendo cálculos de las consecuencias políticas que podíamos sacar de nuestra detención para Falange. Estando en las Salesas fuimos llamados a declarar, habiéndose constituido el juzgado en un cuarto de la planta baja. Mientras declaraba uno de nosotros, estuvimos los demás a punto de saltar el pretil de la ventana y fugarnos. No lo hicimos por no causar perjuicio al juez, que había tenido la confianza de dejarnos allí, sin vigilancia.

EL PRIMER DÍA DE LA CÁRCEL

-¿Estuvisteis mucho tiempo en las Salesas?

-A primera hora de la noche entraron unos guardias y se llevaron a José Antonio. No sabíamos a dónde. Podía ser que fuera sólo a declarar. Pero, poco después, volvieron los agentes y nos llevaron a varios, Julio y yo entre ellos, conduciéndonos a la Cárcel Modelo. Cuando llegamos, ya estaba allí José Antonio.

-¿Qué celdas ocupabais?

-Aquella noche la pasamos en la primera galería, es decir donde se hallaban los delincuentes comunes; pero al día siguiente se nos llevó a todos al departamento de políticos. José Antonio ocupó la celda que había tenido Largo Caballero; yo fui metido en la que ocupó Wenceslao Carrillo.

LA VIDA EN LA CÁRCEL

-¿Qué vida hacíais en la cárcel?

Inmediatamente que vimos se establecía nuestra permanencia en la Moncloa, surgió el genio de organización y disciplina de José Antonio, quien dispuso un plan de vida. No había que estar ociosos. Lo primero en que pensó fue en organizar los enlaces con el exterior , cosa que logró de modo tan perfecto que no faltó a los camaradas su dirección vigilante y experta. La Falange, tuvo, desde la cárcel, una vida rectora, perfectamente ininterrumpida.

Inmediatamente de levantarnos, bajamos al patio donde hacíamos gimnasia. Después se pasaba a estudiar. Se había dispuesto una mesa y una lámpara  adecuadas, y estábamos leyendo hasta la hora de la visita.

-¿Comíais juntos?

-Sí. Nos traían la comida  de una taberna titulada “El número 3 de la plaza de la Moncloa cuyo dueño se llamaba Ananías Calzón. La elección   de la comida no era una ceremonia sencilla. Requería armonizar los gustos de todos. Semanalmente se encargaba  José Antonio de hacer las cuentas de la comida que pagábamos entre todos al castellanísimo en “escote”.

UNA NOVELA DE JOSÉ ANTONIO ***

-¿No escribía José Antonio?

-Mucho. Cartas, documentos, artículos. También escribió una novela. Se titulaba El navegante solitario *** y nos la iba leyendo a todos.

-Qué ha sido de ella?

-No sé, Seguramente se han perdido las cuartillas que él iba llenando con afán y pericia. Las escribía por la noche, después de cenar, mientras otros jugaban al julepe. José Antonio desconocía los juegos de cartas. El único que le agradaba era el ajedrez. ¿Lo hacía bien? Para mi muy bien, porque yo sabía muy poco y me ganaba, pero era un jugador mediocre. Julio Ruiz de Alda le ganaba con magnífica facilidad, que producía a José Antonio contrariedad vivísima. Se conoce que por eso le gustaba contender conmigo; y me regalaba alfiles y torres y podía haberme regalado la mitad de las piezas.

Así pasábamos la velada hasta eso de las once de la noche, a cuya hora nos acostábamos. José Antonio, por cierto, se acostó siempre vestido, con su mono de azul mahón, sobre el colchón  y sin sábanas. Al levantarse, se desnudaba,. Tomaba una ducha y volvía a vestirse.

JOSÉ ANTONIO Y EL FÚTBOL

Una de las aficiones de José Antonio, -añade Fernández Cuesta- era el fútbol. Por eso, en la cárcel se organizaron dos equipos. Uno de políticos y otro de comunes. Entre los que formaban este había anarquistas y comunistas y los autores del atraco realizado contra un pagador del Ayuntamiento de Madrid.

¿Jugaba José Antonio?

¡Ya lo creo! Con verdadera pasión. Hasta el punto de que muchas veces, cuando hallándose jugando le avisaban una visita al locutorio, su respuesta era inmediata:

-Diles que no estoy.

El ordenanza de políticos, un antiguo legionario llamado Pepe, muy buena persona, le decía:

-Don José Antonio, ¿cómo voy a decir que ha salido…? Y entonces lo que hizo fue ordenar que no le avisaran las visitas mientras estuviera jugando.

¿De qué jugaba?

De delantero centro. Julio y yo actuábamos de defensas. Teníamos zapatos de fútbol y equipo con jersey blanco.

¿Qué tal jugaba José Antonio?

Francamente mal; pero tenía tanto amor propio y tal afición que se enfadaba mucho si se lo decían.

¿Había espectadores?

Muchos. Todos los presos que tenían paseo acudían a presenciar el match entre políticos y comunes, habiendo partidarios de uno y otro bando.

PASANDO REVISTA

Los domingos asistíamos en formación a la Misa. Cuando “los políticos” de nuestro grupo llegábamos a la galería, ya estaban formados los demás presos. José Antonio aprovechaba el momento para pasar revista a todos los falangistas presos y a todos los simpatizantes, que iban siendo muy abundantes gracias a la labor de proselitismo que hacía el Jefe.

EL BARBERO DE LA CÁRCEL

En la cárcel, -seguía diciendo Raimundo- había un barbero que se encargaba de cortar el pelo y de afeitarnos a todos nosotros.

¿Por qué estas preso? Le preguntábamos

-Un mal momento señor. Solía responder.

Hasta que un día, en el preciso momento de estar afeitando a José Antonio, le contó los motivos de su prisión. Había matado a su novia, en la calle de Goya, degollándola con una navaja de afeitar. Desde entonces, mas de uno, miraba con recelo aquella navaja, pensando en el absurdo de si sería el arma homicida.

-¿Recuerdas más cosas de la cárcel?

¡Figúrate! Aquella etapa de nuestra vida está llena de recuerdos. Minucias, si quieres, pero eran las que llenaban todas las horas de aquellos interminables días.

EL PROCESO DE LA FALANGE

-¿Se celebró en la cárcel el juicio del proceso de la Falange?

-Si. Se discutía la legalidad de la existencia de la misma. José Antonio y yo, como abogados que éramos, vestimos la toga y nos sentamos en estrados junto con don José María Arellano, que actuaba de defensor. Tras los informes de los abogados, el presidente del Tribunal, creyendo que yo actuaba como defensor, me concedió la palabra con gran regocijo de José Antonio, cuando contesté: -No. Si yo no defiendo a nadie. Soy un procesado más. Todos fuimos absueltos y l a legalidad de la Falange proclamada.

 Sin embargo no salimos de la cárcel.  El Gobierno había decretado que continuáramos en la prisión en concepto de presos gubernativos.

EL PROCESO POR INJURIAS A MALLOL

-¿Y el proceso por la querella de Alonso Mallol?

-Como te he dicho antes, cuando supo el director general que José Antonio había dicho al señor Goicoechea que Alonso Mallol había levantado uno  sellos con sus “procedimientos” formuló una denuncia ante el Juzgado, instruyéndose un sumario que añadir a otros que ya se le seguían en un acorralamiento vil y cobarde.

El día de la vista los presos políticos pegamos los oídos a la puerta de la sala de la Audiencia, que coincidía con la nuestra, oyendo con detalle todo el enorme escándalo que promovió José Antonio cuando escuchó la sentencia dictada, injusta y servilmente.

Pisoteó la toga, avergonzándose de llevar la que llevaban aquellos hombres, pegó a un relator y gritó a la Guardia Civil, refiriéndose a los magistrados:

-A ver, entren cuanto antes a detener a estos…

Tiraron contra José Antonio un tintero, le hirieron en la cabeza y le procesaron de nuevo… Se le instruyó otro sumario, pero se negó a declarar. –Ponga lo que quiera- dijo- que yo no declaro una palabra.

LA ÚLTIMA VEZ QUE VIO A JOSÉ ANTONIO

¿Hasta cuando estuvo José Antonio en la cárcel?

Hasta el 6 de junio. Ese día, a las ocho de la noche, el director de la Cárcel llama a José Antonio a su despacho. La forma y la hora de la llamada, nos produjo a todos gran alarma, que aumentó al oír gran escándalo en el despacho del director y la voz de José Antonio que decía:

-Me sacan de aquí porque van a matarme. Les conozco bien y no me engaño. Se produjo enorme zafarrancho. Todos secundamos a José Antonio en la protesta. Y él decía: “No me voy más que con la guardia civil. Que me aten y me lleven porque si no, no voy. Se le dijo que iba con su hermano Miguel a la cárcel de Alicante y que Sancho Dávila Aguilar y otros, serían llevados aquella noche a Vitoria.

José precisó que el director y todos los oficiales intervinieran y nos encerraran en las celdas, para separarnos de José Antonio como si presintiéramos una definitiva separación del Jefe, del camarada y maestro.

No pudimos darle un abrazo. Estábamos encerrados en las celdas cuando José Antonio, con su mono azul salió para la cárcel de Alicante. No pudimos abrazarle, pero le abrazaron las estrofas del “Cara al Sol” que entonamos como despedida, mientras él nos dijo también adiós, gritando con voz entera, de capitán: ¡Arriba España…!

Terminamos la conversación con Raimundo. A lo largo de esta charla evocadora de los días en que el Pegaso de España fue encadenado por los siniestros compadres de Moscú, el Secretario General del Partido, más de una vez, en el recuerdo doloroso de aquella última convivencia con José Antonio, tiene un quebrar en la voz, que no es otra cosa sin la emoción íntima de los grandes corazones.

*** Incorporada en la Nueva Edición de las Obras Completas de José Antonio.