Los que no volvieron

Prisioneros españoles en Rusia

Ni las privaciones ni el tiempo quebrantan su moral
 

Por (Div. 250. Placa 12.646)
El Español, 8-14 de noviembre 1953
 

Breve historia de una generación


La semana pasada se celebró en Madrid el XX aniversario de la Fundación de la Falange.

Hace veinte años, un tibio 29 de octubre de 1933, congregaba José Antonio a estos mismos hombres de España, a estos mismos hombres de la tierra y de la Universidad, que aunque hayan cambiado los rostros porque murieron muchos, siguen siendo siempre los mismos, para decirles:

“No queremos más derechas ni izquierdas. No queremos una España partida en dos… Queremos una generación que asienta en su entraña la responsabilidad de ser españoles…”

Y aquella generación, ante el problema patrio en que nos hallábamos, se alistó bajo sus palabras enteras y sin eufemismos.

Muchos de nosotros no habíamos salido aún de las aulas del Instituto, pero teníamos ya plena conciencia de que el problema era inaplazable.

Llegó el 18 de Julio. Y entera y sin eufemismos, desde el surco y desde las aulas, saltó aquella generación a las trincheras.

Continuación de nuestra guerra fue, dos años después, la gloriosa y casi olvidada campaña española en Rusia.

Era la misma juventud española que marchaba a ella. Allí iban los que lucharon ya en nuestra guerra. Los que eran todavía demasiado jóvenes entonces para empuñar un fusil. Iban también los que sólo habían visto la contienda tras la reja de una cárcel y aquellos que habían visto asesinar a su padre, a sus hermanos. Iban también algunos aventureros ¡claro que iban! ¿Es que habéis visto alguna empresa de esta magnitud que no los arrastre. Os diré más: afortunadamente iban… Hacen falta muchas experiencias para comprender ciertas cosas. Hace falta, por ejemplo, convivir con un “aventurero” en la misma chabola, y compartir con él el rancho y el frío, y los peligros, y las nostalgias de la Patria… para saber que gran cantidad de Hombre, con mayúscula, de español y de camarada puede llevar dentro, sin que él mismo haya llegado nunca a darse cuenta siquiera.

EUROPA POR DELANTE

El día 14 de julio de 1941 pasaba el puente Internacional de Irán la primera expedición de voluntarios, a la que habían de seguir otras muchas. El recorrido y la experiencia eran iguales para todos. Yo, personalmente, llevaba casi dos años viviendo en el trópico. El “Marqués de Comillas” y ¡gracias! A Dios una gran dosis de quijotismo de trajo de Cuba a España y un transporte completó el recorrido a través de media Europa. En apenas tres meses salté de un hemisferio a sus antípodas y de 30º sobre cero a 30º bajo 0. El efecto es semejante al de una ducha escocesa, sólo que más prolongado y menos saludable.

San Sebastián… Irún…
Al cruzar el puente Internacional, os decía, se hizo una especie de nudo en todas las gargantas y los ojos de aquellos muchachos y se llenaron de lágrimas.

Detrás quedaba España, las improvisadas madrinitas de la Sección Femenina de Logroño, con sus escapularios y meriendas de despedida… y un sol que quizá no habíamos de volver a ver nunca. Delante, semi envuelta aún en la bruma matutina, Hendaya. Europa entera por delante; y al final, la estepa rusa, lo desconocido.

“MENOS EL PINO, QUE ES DE MANTEQUILLA...”

Al tercer día atravesamos la frontera alemana. Poco a poco, a medida que nos aproximábamos al Norte, fue cambiando la decoración. El terrenos se hizo más montañoso y se cubrió con pinos y abetos de hoja perenne, entre los que sobresalían como dedos silenciosos apuntando al cielos las agudas torres de los campanarios alsacianos. En los valles, en las hondonadas, todavía podían verse restos de la nieve del invierno anterior. Luego, la nieve acabó cubriendo el paisaje todo.

Desde las cantinas de tenderetes instaladas en las estaciones, muchachas rubias y coloradotas, corpulentas unas, dentro de sus ajustados uniformes blancos, y espigadas otras, con ojos azules y melancólicos como un verso de Schiller, se afanaban sin descanso, a cada parada del tren, en llenarnos las cantimploras de té recién hecho o de buen vino rojo, caliente. Y las marmitas de aquella extraña sopa de avena con tocino diluido.

Gran parte de los alimentos –incluso muchos embutidos- estaban hechos con grasa vegetal sintética, aprovechando los grandes bosques que cubren Centroeuropa. Los nuevos uniformes que nos repartieron en el campo de instrucción, estaban tejidos también con fibra vegetal. Ello dio motivo a una especia de “slogan” que se repetía de boca en boca por la División: “En Alemania todo es de pino, menos el pino… que es de mantequilla”.

Sin embargo aquellos trajes eran muy resistentes y abrigaban. Hace poco, antes de sentarme a escribir estos recuerdos, he abierto mi baúl para ver de nuevo mi vieja guerrera, que –naturalmente, contra el Reglamento- me traje conmigo a España. A pesar de los muchos meses de barro y nieve que soportó, aún está casi intacta. Un poco más descolorida, un poco rozada por las bocamangas y el cuello… algún que otro agujero de cigarrillo, pero nada más. Con nuestras endebles guerreras españolas no hubiésemos podido resistir aquel clima.

Ya fue bastante resistir la primera marcha con aquellas botas que calaban la nieve y herían los pies con sus mal claveteados contrafuertes de cartón. Pero “el soldado español va donde haya de ir, y si no se le ponen transportes, recorre mil quinientos kilómetros a pie si es necesario…”. Palabras de nuestro general.

Así fue en efecto.

En realidad hicimos una guerra casi nuestra, independiente, dentro del gran conflicto. No luchábamos contra todos los componentes de la coalición aliada frente a Alemania. Luchábamos “por” algo que era muy viejo y muy ancestral para nosotros.

La vista de mi vieja guerrera me ha traído a la memoria tantas cosas… Tantas cosas que llenarían un libro. Pero no voy a hablaros ahora de las empresas de la guerra, de esas empresas que quedan anotadas en las crónicas y que ya visteis en el “No-Do”. Os hablaré solamente de algo en lo que casi nadie piensa: de la parte humana , que tiene toda lucha. Que tuvieron sobre todo nuestros nuevos tercios del siglo XX, paseando su estandarte por toda Europa y dejándolo bien en alto por donde quiera que pasaban. Una vez que se está ya metido dentro de un uniforme, con el cinturón bien ajustado y las cartucheras en sus sitio, lo que verdaderamente tiene valor es esto: lo humano.

CON EL GORRO TORCIDO

¡Para que hablaros del soldado español como soldado!

Su mejor definición queda escrita en las palabras históricas de un hombre que ya ha muerto, pero que supo hacer de la guerra de su pueblo, incluso en la hecatombe final, una gloriosa ópera wagneriana:

“Cuando veáis pasar por vuestro lado un combatiente de uniforme verde con el gorro torcido (antirreglamentario) y la colilla de un cigarrillo pegada a los labios (más antirreglamentario todavía), saludadle, porque pasa un héroe de la División Azul”.

Una compañía alemana (o lo que quedase de ella) estaba siempre en perfecto estado de revista a la media hora de volver de un combate: los fusiles limpios, las botas lustrosas, los cascos ajustados…

Nosotros… nosotros francamente, había meses que pensábamos: “el que viene tengo que lavar la marmita y afeitarme un poco”. Pero cuando se nos confiaba un sector de terreno, ya podía estar seguro el Alto Mando de que no nos sacarían de allí ni con picos. Y la frase es dramáticamente histórica: sobre le hielo del Wolchow quedaron clavados por los del enemigo los últimos supervivientes de una unidad entera, que ya sin balas, sucumbió sobre su puesto antes que abandonar la posición.

Es este un recuerdo amargo. Uno de los muchos que nos hacía preferir la muerte antes que caer prisioneros.

LOS MIEDOS BLANCOS

José Hernández Navarro, en su libro “Ida y vuelta” ha hablado de “los miedos verdes” y “los miedos blancos”. Sin duda alguna es la frase más poética y más feliz del libro entero. Los “miedos verdes” son los que se conocen en cualquier batalla sobre una pradera florecida y bajo un sol brillante, que nos hace gritar a cada ráfaga: “¡No quiero morir! ¡No quiero morir!” aunque otra voz, interior también, nos obligue a seguir adelante.

Los “miedos blancos” solo es posible sentirlos en aquel paisaje de desolación, de noche boreal, que empieza a las cuatro de la tarde para no acabar del todo ni a la mañana siguiente, cuando la aparición del día se anuncia por una niebla más clara, que nunca llega a convertirse en luz total. Así, seis meses de invierno. Metidos en el puesto de escucha, que es un embudo de la nieve, sin ver absolutamente nada en torno nuestro, la noche se puebla de fantasmas terroríficos. El frío, que primero empieza por los pies, y acaba por dejarnos convertidos en rígidos peleles dentro de nuestro capote y nuestro pasamontañas, nos sume en un sopor de atontamiento, contra el que casi nada puede la voluntad. Se ven sombras inexistentes por todos lados y a cada gemido del viento entre los pinos se nos antoja que el enemigo, que se mueve por la nieve y la oscuridad como en su casa, va a caer sobre nosotros con una manta para arrastrarnos hacia sus líneas antes de que tengamos tiempo siquiera de mover una mano.
Como se llevaron a muchos.

Estos son los “miedos blancos”. Los miedos de noche siberiana. Y detrás de ellos aparecía siempre la imagen sangrienta de unos cadáveres clavados sobre el hielo.

DAME PAN Y… LLÁMAME PRISIONERO

Sin embargo, nosotros no tratábamos así a los suyos. Y en cuanto se corrió la voz -¡de que manera tan inverosímil cruzan las noticias la tierra de nadie!- muchos de ellos, sobre todo cuando se trataba de batallones de campesinos, salían de sus trincheras para pasarse en bloque, con los brazos en alto gritando entre sus grandes barbas llenas de piojos:

- ¡Jiliepa! ¡Spanski jarasó…! (“Pan, dadnos pan! ¡Los españoles sois buenos…!”).

En realidad al campesino ruso le tenía sin cuidado aquella guerra. Su miseria no había mejorado mucho desde los antiguos tiempos de la esclavitud: lo único que había hecho en veintitantos años era pasar de la tiranía de un zar blanco a la de un zar rojo.

Y los españoles éramos realmente buenos con ellos. No por nada, sino por costumbre racial. No sabemos llevar la muerte contra un hombre que ha rendido las armas, ni comer viendo que junto a nosotros hay otro ser humano, prisionero o no, que no come.

Y asía través de todos los lugares por donde pasamos, la población civil vivió a nuestra costa: comió nuestro pan, tuvo nuestras medicinas y se calentó a nuestro fuego. La recompensa, hay que decirlo, era una gratitud casi perruna, que ningún otro soldado vistiendo uniforme verde disfrutó jamás. La ropa, lavada voluntariamente por las mujeres, cuando estábamos de descanso en algún pueblecito de segunda línea. Los “malenki” (los niños rusos) mezclándose a nuestra gran familia de camaradas para aprender español a una velocidad realmente prodigiosa, y enseñarnos en cambio a nosotros unas cuantas palabras de su lengua…

Tan lejos llegaba esta gratitud, que nuestra escarapela tricolor era una especie de patente de corso para meterse por todos lados sin peligro. Ningún soldado alemán se hubiese aventurado a entrar sin armas en lo barrios acotados de Polonia, de Lituania… porque, de pronto, en medio de aquella oscuridad, detonaba desde la ventana de una casa aparentemente desierta, el fogonazo de la venganza y un cuerpo quedaba tendido sobre el barro. Los españoles –contraviniendo órdenes, como no- entraban y salían a cuerpo limpio por todas partes.

Un viejo amigo mío tuvo relaciones, durante el tiempo que estuvo en el hospital de Vilna, con una condesa polaca de la resistencia, que le recibía en su casa con todos los honores.

Y yo mismo recuerdo un incidente revelador que me ocurrió en la misma ciudad de Vilna con un partisano.

UNA TROIKA CON SORPRESA

La hora de paseo para los que estábamos convalencientes y ya podíamos salir a dar una vuelta, terminaba a las nueve. Aquella noche, sin embargo, a mí se me habían hecho casi las nueve cerca del monumento de las Tres Cruces. Había estado oyendo música en una cervecería –aquella “Paloma” y aquella “Comparsita” inolvidables que los teutones consideraban como el súmum de lo español, y que atacaban con todo su entusiasmo en cuanto nos veían aparecer en la puerta- y a sus compases me había olvidado por completo del reloj.

Decidí tomar una troika que me subiese hasta lo alto de la colina donde estaba el hospital. La noche estaba como boca de lobo, de modo que en cuanto oí los cascabeles de un caballejo que se acercaba, encendí mi linterna y me planté en medio de la calle.

Dio el cochero un gran tirón a las riendas y yo salté al interior del carricoche. Entonces pude que ver que ya llevaba un ocupante. Auriga y viajero se pusieron a protestar en polaco –posiblemente de mi manera un tanto inesperada de tomar los vehículos. Pero yo tenía prisa y en el poco alemán que se les respondí que el Ejército era antes… y que fustigase al pobre penco. Podía llevarme a mi primero y luego seguir la ruta con el otro ocupante.

El uniforme tenía una gran autoridad en toda aquella zona dantesca del este. Nos pusimos en marcha, no sin que dejase de rezongar. Y entonces es cuando recibí mi gran sorpresa. Mi compañero de asiento, que iba completamente borracho, me alargó una botella de vodka, y cuando yo estaba dándole el primer tiento sacó un enorme pistolón. Me quedé un tanto desconcertado, y ya que puestos a sacar armas él me había tomado la delantera, decidí que no me quedaba más alternativa que usar la diplomacia. Decidí entablar conversación con él para distraerle, aunque sin soltar el cuello de la botella, que era lo único que podía estamparle en la cabeza en cuanto le viese hacer el menor movimiento peligroso. Pero él no parecía tener malas intenciones: se limitaba a pasarme el revolver por delante de las narices y a repetir con la lengua estropajosa:

-Tu “doich”, tu caput… ¡ah! Pero tu spanki jarasó…

Y apuntalaba su afirmación con una palmada de su gran manaza en mi espalda. El cochero fingía mantenerse en un mundo lejano de lo que ocurría en el interior del coche. Así fuimos hasta cerca del hospital. Y en vista de las circunstancias no quise insistir para que me llevasen hasta la puerta.

Bajé de la troika y mi compañero de viaje, el partisano, me alargó la mano después de recogerme la botella. Todavía le oí decir por última vez en la oscuridad, mezclada su voz al tintineo de los cascabeles que se alejaban:
-¡Tú spanki, jarasó, jarasó…!

TAMARA LA ESPÍA

Nunca estaban más contentos los prisioneros polacos y rusos que cuando les tocaba ir con guardia española para los trabajos de reparación de vías y de tala de madera. La mayor parte del tiempo transcurría charlando y fumando al socaire de un terraplén o de un grupo de abetos. Sólo cuando se veía aparecer en lontananza una patrulla alemana se les hacía levantarse y trabajar un poco… que también era justo y para eso estaban allí, al fin y al cabo.

Era un tono compadre de “ya que estás sin armas eres mi amigo”, inverosímil e incomprensible para el que no lo vivió.

En el pueblo de Propuskaja vivía una rusa muy linda. Tamara se llamaba. Era, entre todas las mujeres que habían quedado en la aldea, la de porte más aristocrático. Yo recuerdo como una tarde que bajé al Cuartel General a llevar un parte un amigo mío me dijo si quería conocerla, y estuvimos en su casa tomando el té que nos sirvió la vieja “babuska” (la madre) mientras ella tocaba la balalaika junto a la ventana, cantando dulces y melancólicas canciones de la estepa, que a nosotros, no sé porque extraña razón, nos transportaban a España, al hogar.

Todos estaban en Propuskaja vagamente enamorados de ella.

Pasó el tiempo y resultó que Tamara era espía. La fusilaron.

Era la guerra, pero aquel día, aunque nadie lo confesase fue un día de luto mudo en el pueblo. En los ojos de muchos hombres se veían lágrimas contenidas. Lágrimas de unos hombres que el enemigo llegó a respetar por su valor, pero que todavía –aunque fuese necesario- sufrían de ver matar a una mujer.

Pocas horas después de enterarme de todo esto, nos estábamos despidiendo varios amigos, en la salida del bosque, de uno más que seguramente no llegaría al puesto de vendas. Apenas tendría dieciocho años. Llevaba una pierna cortada de cuajo por la metralla y gran parte de los intestinos al aire. A pesar de los botes que pegaba la ambulancia sobre la carretera llena de baches, no le vimos proferir un solo ¡ay!. De cuando en cuando solamente mordía un pañuelo. La piel se le iba poniendo verde. Cuando llegó el momento de separarnos de él, forzó una sonrisa y dijo simplemente:

-Yo sé que no llegaré lejos… Enviadle a mi padre el icono que dejé en la chabola y decidle que morí como un español.

No he querido daros con todos estos recuerdos, lejos de todo relato guerrero y de toda fanfarria militar, más que un retrato humano, casi desconocido por la mayor parte, de aquella juventud española, de aquellos nuevos tercios, que, como aquel capitán de Flandes, iban de nuevo por el mundo diciéndole a Europa: “España y yo… somos así, señora”.

LOS QUE NO VOLVIERON

Una última estampa solamente.

Noviembre de 1943. Había comenzado el fin. La Wermacht empezaba a retirarse, paso a paso, todavía ordenadamente, del frente ruso.

La División española recibió la orden de repatriación. Los que se quedasen sería bajo mando alemán y perdiendo la nacionalidad española. Comenzaron a embarcar batallones en los transportes. Estábamos ya tan empapados de estepa que no sabíamos siquiera si alegrarnos o no.

De nuevo las duchas, las barracas de desinfección… las “sweater” rubias ofreciéndonos té caliente en las cantinas de las estaciones.

Volvíamos a España.

El descenso en Hof fue impresionante. En medio de las oscuridad surgían de los portales siluetas femeninas llamando a los que habían sido sus “novios-relámpago” durante el breve y ya lejano período de instrucción, un año o dos atrás… sin embargo, aquellas muchachas nos estaban demostrando una fidelidad al recuerdo, que nunca hubiésemos podido suponer en su aparente desenfado.

Era una escena que se repetía con cada transporte. En medio del acompasado –y cansado- marchar de las botas militares, calle arriba hacia el extremo de la ciudad, donde estaban las barracas, repiqueteaban sus pasos ligeros y se oían sus voces, pronunciando nombres españoles con un arrastras de “erres” que en aquel momento no tenía nada de bufo:

-¡Ramón…!
-José María…!
-Pepe…!

Algunas encontraban al esperado y seguían con él ciudad arriba, casi colgadas de su macuto, casi convirtiendo el orden de la formación en una marcha de gitanos. Pero otros muchos nombres no respondían. Ni podrían ya responder nunca. Habían quedado ya para siempre, debajo de una cruz y un casco, en los cementerios de Novogorod, de Tsarkoje-selo, de Slutz… O ni siquiera se sabía donde estaban.

LOS QUE AÚN ESTÁN ALLÍ

El ultimo transporte de voluntarios repatriados cruzó la frontera española un día 15 de diciembre de 1943. Hasta muchos años más tarde no tuvimos nosotros las primeras noticias de los que aún estaban allí, tras el telón de acero. Noticias vagas, indirectas, a través de prisioneros alemanes canjeados que habían convivido con los españoles en los campos de trabajo de Kiev y Tcherepovich.

No son muchos los que quedan. Según datos de este último año se sabe cierto de 350; quizá no pasen de un centenar más, en total. Y este total lo componen: los cogidos en acción de guerra en el frente; muchos que llegaron a Rusia como marineros de buques republicanos durante los últimos días de nuestra guerra civil; aviadores rojos que fueron allí a perfeccionar su instrucción; obreros exiliados sorprendidos en Alemania e incluso militantes comunistas que escaparon a la Unión Soviética buscando asilo y que fueron, como los precedentes, casi inmediatamente internados. De nuestros combatientes, según informes, parece que la mayor parte fueron cogidos el día 10 de febrero de 1943. De nuevo el nombre trágico de Krasni-Borg salta a nuestra memoria.

Entre todos los prisioneros de diversas nacionalidades, los que pero tratados están son los españoles, pues no ha recibido siquiera juicio. Como los prisioneros alemanes. No saben en cuanto consiste su condena ni dónde irán a parar luego. Lo que es peor, no reciben paquetes que les ayuden a subsistir, como ocurre con sus compañeros de otras nacionalidades; ni tampoco cartas de sus familias, ya que sufren incomunicación total y no se les permite escribir a España.

Sólo en casos esporádicos, que quizá no pasen de la media docena en estos diez años, se ha sabido de alguno de ellos, que ha logrado comunicar con los suyos, de manera indirecta, a través de la Cruz Roja o de algún repatriado alemán.

CONDICIONES DE VIDA

Parece ser que en un principio casi todos los prisioneros de nacionalidad española estuvieron centrados en un área de campos cerca de Borovitchi, donde después de haberse producido algunos plantes de trabajo, fueron considerados como “peligrosos” y distribuidos por otros diversos campos en grupos de 30 a 60 hombres.

Los trabajos a que se les destina son principalmente de minería y canteras. Suelen ir a ellos en brigadas mixtas de españoles y alemanes, en grupos de unos doce a quince hombres, dirigidos por uno de ellos. Teóricamente reciben una paga, que depende de su rendimiento, pero que es retenida en casi su totalidad por la administración del campo para manutención, alojamiento, vestido y combustible. A la máxima paga, que es de 650 rublos y que sólo obtiene el prisionero cuando cumple en un 100 por 100 el rendimiento de trabajo que se le asigna, llegan realmente muy pocos, dado el estado de depauperación y agotamiento en que se encuentran. Sin embargo la camaradería se mantiene: se ha hecho ya costumbre falsear las declaraciones de trabajo por parte del jefe de grupo, con objeto de que todos reciban un porcentaje equivalente, y que los que más resisten puedan ayudar así a sus compañeros más débiles.

La comida de los campos es apenas suficiente para mantener a un hombre en pie: por la mañana una especie de sopa de pescado deshecho, en la que es imposible buscarle utilidad a la cuchara. Al medio día otro cazo de sopa y una ración de “kasha” (que es una especie de potaje de patatas y legumbres, con algunos hilillos, casi invisibles de carne). Pan, seiscientos gramos de un pan negro y muy húmedo (para que pese más en Intendencia) por día. A la noche, otro plato de sopa. Solamente los que trabajan en el interior de las minas reciben de cuando en cuando una pequeña ración de alcohol, vodka o coñac.

Entre la alimentación insuficiente, y que toda ella está guisada con poca grasa y mucho agua, la mayor parte de los prisioneros padecen de disentería y de unas dolorosas hinchazones hidrópicas en los miembros, sobre todo en las piernas. En un principio, los alemanes morían a centenares.

Los españoles en cambio, parecían hechos de acero. “Nunca he visto raza más resistente a pesar de su poca apariencia física –me decía un alemán repatriado amigo mío-, ni que soporte las calamidades con mejor humor”.

Además, siguiendo nuestra tradicional picaresca, algunos de ellos consiguieron “enchufarse” en la cocina de los campos, y desde allí ayudaban en lo posible a sus compañeros.

EL ALMA DE LA RAZA

Han conseguido hacerse respetar incluso de sus guardianes. Los españoles que dejaron ya fama de buenos soldados, continúan siendo espléndidos combatientes incluso dentro de los campos.

Los rusos mantienen dentro de cada campo, sin éxito alguno, un activo sistema de propaganda comunista, a base de proyección de películas y agentes de captación.

Se da el caso de que dentro de las barracas conviven prisioneros de la división con antiguos izquierdistas emigrados, demasiado independientes o demasiado españoles a pesar de todo para aceptar el orden soviético. Unos y otros hacia el exterior, hacia sus carceleros, forman un frente único, un bloque unido sin la menor resquebrajadura. Es el alma de la raza.

Voy a contarles una anécdota magnífica a propósito de esto: Era allá por el año 47, en el campo de Kiev estaba pasando revista a los internados. Al llegar frente al grupo de los españoles, se detuvo y dijo con cierta insolencia: “Supongo que ahora ya no seguiréis siendo “fascistas”… el que era entonces jefe de la brigada, un antiguo intelectual republicano, se le quedó mirando fijamente y respondió como si hablase por todos: “Ahora…más que nunca.

No hay duda que hay que tener muchas agallas para esto.

La población civil rusa hermana de aquella otra población civil que alimentaron sus camaradas en días de guerra, se ha encariñado con ellos y los ayuda en lo que puede, por bajo cuerda. Raro es el español internado que no tiene en la aldea próxima una viejecita o una muchacha pendiente del momento en que puede llevarle algo de comida o de ropa. Ellos continúan celebrando las fiestas tradicionales dentro de las barracas. Han formado orquestinas con instrumentos comprados o hechos por ellos mismos , y mantienen sus equipos de fútbol. Hace dos años el equipo español ganó el campeonato del área de Shajty, donde 30 de los nuestros convivían con 300 alemanes.

El ingenio de la raza no se agota y el pabellón español se mantiene tan alto dentro de las alambradas como lo estuvo frente a ellas.

Pero van pasando los días. Los años ya.

-Yo he vivido aquello –me dice mi amigo alemán- y aunque se que el [ilegible] para su repatriación a través de terceros, le aseguro que la espera es larga. Creo que por ahora la prensa española debería ocuparse antes de estos hombres que del problema de [ilegible].

(Div. 250. Placa 12.646)

Cruces con nombres de los caídos españoles
en los cementerios de Rusia

 

12 de octubre de 1941. Los voluntarios españoles oyeron Misa de campaña. Ese día cayó la primera nevada de aquél año.

 

Los "miedos blancos" sólo es posible sentirlos en aquel pasaje de desolación. Seis meses de invierno clavados sobre el hielo.

 

Nowgorod y Wilna, dos ciudades en el recuerdo de los voluntarios españoles.

"¡Pan, dadnos pan! ¡Los españoles sois buenos...!" Estos hombres confiaban
en nosotros.

 

Un tipo ruso campesino. A él le tenía sin cuidado aquella guerra.

 

Los niños y las muchachas fueron los primeros amigos de los españoles en Rusia.

La estepa helada ofrecía este desolador aspecto en el invierno de 1942.

 

Muchos quedaron para siempre debajo de una cruz y un casco, en los cementerios de Novgorod, de Tsarkoje-selo, de Slutz... O ni siquiera se sabía dónde estaban.

Con la mayor emoción, Madrid recibió
a los héroes que volvían de Rusia.