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Todavía en mi hombro existe huella de su peso. Hay almas que pesan lo que
pesa todo un pueblo. Lo siento apretando en la vertical del corazón. Y
creo que ya por siempre me seguirá este peso, que me anuda el alma y me
deja clara y ligera., como nunca, la idea.
Hace poco más de veinte años supe. Comenzamos a saberlo entonces muchos,
que existía un mito: José Antonio. Descubríamos su vida cuando su voz ya
era silencio. Cuando la muerte que mató su vida, rehacía la vida sobre su
muerte. Le aprendimos primero en ajenas voces cálidas que ocultaban tras
de los adjetivos entusiastas una dramática orfandad de palabra y de
apostura. Le hallamos en seguida por todas las paredes gritadoras de
victoria, con el mismo gesto grave siempre, con aquella mirada honda que
ganaba, a despecho de tanta desafortunada iconografía. Le encontramos
finalmente, después de la barrera espesa de los tópicos, en el silencio
emocionado de una lectura mil veces repetida. Y fuimos ya, en adelante,
desolados, en pos del secreto de su estilo. Caminábamos en las noches del
20 de noviembre, senda de plata oscura arriba, por entre las sombras
pobres de los tomillos y los jarales de la tierra alta de Castilla, hasta
la piedra escueta de El Escorial, en que desde el año 39 estaba escrito su
nombre. Tomábamos la camisa azul como hábito de caballeros medievales y
hacíamos de España una doncella celada por dragones. Perdidos en el bosque
de nuestra propia búsqueda, hacíamos como aquel Ditérico de Berna del que
nos cuentan que, extraviado, se puso a cantar y se le abrió un camino en
la espesura porque su canción era el recuento de sus camaradas muertos.
Nosotros catábamos su nombre de héroe joven, de héroe clásico, en la
esperanza de hallar, mediante la invocación tan sólo, el camino que nos
llevase a la verdad creadora de España. A la razón de ser y de seguir de
nuestro pueblo. Hasta que un día, el mismo, nos dio una clave “Yo os digo
que no hay patriotismo fecundo si no llega a través del camino de la
crítica”.
A partir de ahí, todo nuestro horizonte político se transfiguraba. Por ser
fieles a esa clave fue el mito de José Antonio lo primero que sometimos al
camino de la crítica. Fue así cuando verdaderamente comenzamos un
entendimiento justo de su estilo. Quiero creer que acertamos en principiar
una comprensión inteligible de su pensamiento. Aquella acaso que hubiera
deseado siempre en sus interlocuciones. No la aprobación emocionada que
despertaba la belleza de su verbo. No tampoco la adscripción apasionada
que pudiera resultar de su personalidad, extraordinariamente sugestiva.
Aquella que encontró, con más dramático vislumbre cuando se defendía en el
Tribunal Popular de Alicante y cuyo hallazgo le dio serenidad para
escribir las más hermosas palabras de su vida. Las más prometedoras,
porque con ellas se clausuraba su voz y se hacía para siempre camino.
Me urgía decir este transitar mío, y de tantos como yo, por la figura y
comprensión de José Antonio. Me cuciaba esta necesidad porque así queda
claro y natural mi sobrecogimiento de ahora. Mi emoción de ahora. Mi
seguridad de ahora.
Después de veinte años de buscarle en el gesto de mi gente , de llevarle
cinco rosas repetidas a su tumba, de querer recrearle una palabra más allá
de la que dejó escrita, de rezar para su alma familiar de tan lejana, el
domingo 29 de marzo a las 20,05 horas, he tenido conciencia de la realidad
física de José Antonio. A esa hora con un viento campanero y hondo
aullando sobre las cristaleras ciegas del Monasterio, respaldado en las
sombras aplomadas de la Basílica, enhebrado en tensiones de corazones que
me importan, con el espíritu en vigilia, José Antonio idea, se me ha
trocado en José Antonio hombre.
Me angustia suponer que no me entienda. Pero yo sé que allí, ante la
blanca fauce abierta de una losa de 3.500 kgs. , ha habido otros como yo,
transeúntes en la búsqueda, a quiénes ha llegado en un instante la verdad
que nos centra en nuestro quiero.
Allí, en el Monasterio, está escrito que además de los que mueren en la
línea de la sangre, pueden reposar por siempre quiénes del pueblo
aventajen en gloria y méritos a Don Juan el de Lepanto. Si es verdad que
José Antonio descansaba en justo puesto y por decisión de quién podía, es
más cierto que era necesario, justo ahora, destapar la tumba escurialense.
Que ha sido hallazgo importante para España sacar de nuevo a José Antonio
a la luz y a los caminos. Y llevarlo hasta la compañía de todos sus
camaradas muertos.
Fue Séneca quien dijo: “Lo que está detrás de la muerte es la vida”. Ahora
acabamos de entenderlo muchos. Ha sido necesario echar a andar con José
Antonio carretera adelante, por entre los canchales duros y pobres de la
tierra alta de Castilla, por entre la centinela innumerable y humilde de
los fresnos cabezudos, con vientos duros tirados a rodar desde las
cumbres, con horas y cuestas por delante, con una meta al fin para
aprender que detrás de la muerte de José Antonio está la vida de España. Y
quiénes mejor debían saberlo, aquellos a quiénes la lección era más
necesaria, han entendido. Los que ya le hallamos con 3.500 kilos de piedra
de por medio, tenemos hoy en un hombro la huella de su peso, que exige y
que requiere, del alma de nuestro pueblo entero.
Aquí, en estas páginas de Arriba, donde tantas buenas palabras y tantos
nombres sonoros han quedado atrapados para el tiempo, se escribió de José
Antonio, allá en los días de del viaje de Alicante a El Escorial, del
tránsito hecho pueblo que tantos no alcanzamos: “Un terrible silencio para
que el destino fuera revelado en la llanura de las almas” El silencio de
España, este que Sánchez-Silva dijo que rehizo José Antonio, ha vuelto
ayer a los caminos. Y en la llanura de las almas el destino de España ha
sido de nuevo revelado. Han venido a conocerlo, por aquello de que nuestro
pueblo bebe las noticias en el aire y sabe a donde debe ir sin
preguntarlo, hombres de las ciudades abiertas a la luz del mediodía,
labriegos de las tierras de pan llevar, gentes de Galicia y de la
Extremadura, y de la entrañada Cataluña y del Levante, y del Norte, del
Sur y del Centro, no ha sido necesario convocarlos ni aligerarles el
camino. Sabían otra vez rehecho el silencio y abierta la ocasión de
conocer el signo del tiempo venidero. Dos cartas les bastaron, y todos los
caminos de España se hicieron una noche senda común para las gentes de
corazón entero y alma limpia.
De El Escorial a Cuelgamuros hay catorce kilómetros, que ayer han hecho a
paso pronto y fuerte, no se cuantos miles de hermanos míos. Son muchos y
no es cuestión de millares más o menos. Estaba allí, asido a Cuelgamuros,
todo mi pueblo. Viejos y jóvenes, rubios y morenos, los de manos callosas
y palabra torpe y los de apellidos conocidos, los que lucharon y los que
no lo hicieron., los que piensan de un modo y los que no piensan de igual
manera. , los sin suerte y los felices, los altos y los chicos: estaba
allí todo el pueblo disputando por sentir en su hombro el peso de la vida
que nace de la muerte. De la vida que nace, crece y se esperanza en el
saberse unidos en la ilusión de algo que es para mañana y tiene conceptos
por los que bien merece la pena arrimar el hombro a todo evento.
Ayer, en fin, cuesta arriba, la cruz de Cuelgamuros a grito de
“¡Presente!”, un viejecico requemado por más de sesenta cosechas cereales,
enclaustrado en su pelliza parda pidió aquello que no podía ganar en la
porfía de tantos brazos: “Por favor, ¿me dejáis llevar un poco a José
Antonio?” Y cuando aquél que había encontrado al hombre le cedió su
puesto, el viejo sólo dijo: “Que Dios te lo pague”.
Acaso nosotros, como el viejecico, hayamos de decir a José Antonio,
después de ponerle piedra nueva, después de encontrar otra vez en el
silencio de unidad y empresa para todos, sólo eso: “José Antonio, que Dios
te lo pague”.
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