CAMISAS AZULES



Rafael García Serrano

Diario ARRIBA, 21-9-66

 

Jaime Campmany, que está hecho un Ebro literario, largo, ancho, trotador, vario y fecundo, acaba de tocar con ternura inigualable el tema de la camisa azul. Esa "Pajarita" le ha salido a ratos "águila caudal, a ratos gorrioncillo pícaro y callejero, halcón también, y azor, y canario familiar, ruiseñor
A veces -cantando muy quedo en el mismo corazón de muchos, muchos españoles-, y se oye en ella el toque del último Parte Oficial de Guerra del Cuartel General del Generalísimo, y el "tiroliro" de cuando Ciano paseaba, de San Sebastián a Cádiz, del brazo de Serrano Suñer, y también canciones de campamento, y los últimos carrasclás de aquel momento en que, ante los ojos asombrados, curiosos, fraternos, y hasta prematuramente espabilados, de Jaime y los de su quinta, se desleían con pasaporte a la paz, al hambre próxima, al trabajo y a la esperanza, unidades militares antológicas en la historia de España. Los hombres ya no eran, a Dios gracias, "vecinos de la pólvora y la muerte", por decirlo con inolvidable verso de Dionisio Ridruejo, dedicado a Agustín Aznar. Desaparecieron de la circulación camisas azules gloriosamente desteñidas, y lo mismo pasó con las boinas rojas. Están en el fondo de armarios y arcones -a veces, oscuramente en la duermevela de algunas conciencias-, y salen a la luz muy pocas veces, sólo si repican gordo, y en ocasiones sólo cuando las campanas doblan a muerto.

La camisa azul, querido Jaime -y tu lo sabes tan bien como yo y como otros, como tú y como yo, y también algo distintos-, tuvo poca fortuna después de la guerra, y precisamente porque demasiada gente creyó que iba a tener mucha. Para empezar, nos la revistieron con un ataúd entre fascistón y poco imaginativo, la recubrieron con tantos dorados como "Pasapoga", que fue la sala de fiestas de moda entonces, donde se divertían estudiantes con paga de oficiales y abrevaban el "whisky" y el champán fácil del estraperlo infinidad de sinvergüenzas y hasta algún excepcional cliente que el pudor me impide nombrar. Por si fuera poco, le quitaron su aire legionario, con el cuello abierto, endosándole una corbata negra -luto por José Antonio, a imitación del luto por Lord Nelson de la marinería inglesa, que llevan todas las Marinas del mundo, o casi todas, incluida la nuestra-, que sin duda hubiera hecho destornillarse de risa al propio José Antonio, cuya mejor honra fúnebre hubiese sido la radical reforma agraria, la nacionalización de la banca y, en suma, el desmontar el mecano capitalista para sustituirlo por la estructura apuntada en su doctrina. Pasado el tiempo, con cierta habilidad, se fue convirtiendo en una especia de librea para uso de chóferes y ordenanzas, y bien sabe Dios que muchos de ellos dieron más honra con su humilde servicio a la camisa azul que los listos que la fueron abandonando con el gesto del soldado que tira sus armas en una fuga, con el ademán del oficial que se arranca las estrellas. Comenzó entonces un chaqueteo que todavía no ha terminado y en el que ya lucen chaqueteros excepcionales, pero casi tímidos aprendices con respecto a los que nos queda por ver.

Lo que la camisa azul había sido y aún -es- no hace falta consignarlo aquí como en un balance. Fue la mortaja de miles de españoles, el santo y seña de cientos de miles, y sobre ella se posaron laureadas y balazos, medallas militares y el áspero sol de España, el viento, la lluvia, la nieve, el chirimiri de España. La camisa azul navegó nuestros mares, y aún los ajenos, y se hundió con honor cuando el "Baleares", y estuvo en aquella anticipada Corea de la División Azul, y también albergó poesía y ciencia política, cultura y hasta novela, a través de las Ediciones para el Bolsillo de la Camisa Azul, que nos inventamos entre Carlos Valcárcel y yo, y que ahora recuerdo especialmente porque estoy metido en la dura, desconsolada amarga y esperanzada faena de escribir la vida de aquel buen camarada -¡que redonda palabra!- y también porque uno de los libritos de aquella colección fue uno mío titulado "Eugenio", que puede que fuera malo, pero que al menos tenía la virtud de ser sincero, tanto que algún tiempo más tarde fue rechazado en cierta colección por su escasa conveniencia desde el punto de vista político.

Por mi parte, no me parece mal que la camisa azul, al menos mientras lleve corbata certificando que José Antonio está muerto, desaparezca. Ya volverá, si es voluntad de Dios, cuando alguien nos diga que José Antonio está vivo, que si que lo está. ¡Y nos lo van a decir!

Ha hecho bien tu mujer, Jaime, en guardar tus viejas camisas azules. En muchos armarios y arcones españoles se guardan por miles otras camisas azules. Está bien guardarlas. Pueden hacer falta. Para que España viva. También pueden hacer falta para morir decorosamente, sin arrepentirse de nada, salvo de haber creído en unos cuantos que ahora dicen que se equivocaron después de enviar hombres a la muerte. "Para ciertas equivocaciones -creo que le dijo Eugenio Montes a uno de estos- no hay más que dos remedios: si se es creyente, La Trapa; si no se cree, el suicidio". Pienso, ahora, que ni de haber creído en ésos que ahora dicen que se equivocaron tenemos que arrepentirnos. Entonces estaban en lo cierto. Ahora están en el error. Valdría la pena -y Dios no lo quiera- de pagar por ellos el más alto precio, para que vean que sus discípulos creyeron más en ellos que ellos mismos, tan seguros, tan obedecidos, tan glorificados. ¿Cómo sabrán que se equivocaron entonces y no se equivocan ahora? En su caso, yo estaría lleno de dudas, pero, claro, yo no me lo sé todo como se lo saben ellos.

Yo, Jaime, también guardo mi camisa azul, y hasta te aseguro que me enterrarán con ella. A la hora de la muerte no hay más que la verdad, y no cuentan las modas.