"Hace treinta años fue fusilado José Antonio"

 

Juan Carlos Goyeneche

 

En un patio de la prisión de Alicante, hoy señalado para siempre con una cruz de madera, hace treinta años, el 20 de Noviembre de 1936, fue enterrado un hombre joven que acababa de ser fusilado. El odio marxista que amenazó en España a todo el mundo occidental (sin que éste en muchos casos lo advirtiera) no pudo resistir la fuerza de su mirada clara, la limpidez de su alma, la presencia segura, tranquila, de su insobornable patriotismo. Y recurrió a la muerte para acabar con su vida. Como lo hizo antes, como lo continuó haciendo después, como lo hará siempre que la ocasión se presente, a pesar de “dialogantes” ingenuos, cobardes o cómplices.

Pero en este caso quiso Dios que el marxismo lograra lo contrario de lo que buscaba: se propuso destruir a un hombre y sólo consiguió hacerlo más presente. Así su imagen excepcional quedó para las generaciones venideras, física y moralmente intacta; como la de un guía siempre joven, como la de una lección perenne.

Se llamaba José Antonio Primo de Rivera; era hijo del Dictador y Grande de España, pero hoy se le conoce simplemente por José Antonio. Porque el desinterés y el arrojo de su entrega a la causa de su Patria, cuando en España hervían, enconadas, las pasiones, hizo que empalideciera el patronímico que ostentaba con orgullo, y que el José Antonio, reservado primero a sus familiares y allegados, sirviera luego a todos los que luchaban por un mismo ideal -humildes, medianos o encumbrados- para llegar a su intimidad con similar derecho.

Don Miguel Primo de Rivera, el padre, liberal en el fondo, creyó que la corrupción de los hombres públicos de su tiempo era la causa de la ineficacia de las instituciones, y, a pesar de suspender de momento a muchas de ellas, hizo lo que pudo por mantenerlas. José Antonio estaba convencido de lo contrario: el mal está más en las instituciones caducas del liberalismo que en los hombres. Estos se corrompen en el ambiente falso y enrarecido que se respira en torno de unas formas políticas ya sin vida.

Con esa seguridad, en momentos trágicos de confusión, violencia y sangre, él, hombre de estudio y gabinete, sintió el llamado de su responsabilidad y, desechando los caminos fáciles, encendió el coraje español y lo lanzó a una empresa viril y redentora.

El 29 de octubre de 1933, en el teatro de la Comedia, en Madrid, se celebró un mitin que causó inquietud a los hombres habituados a las maniobras políticas, pero produjo, en cambio, un gran entusiasmo en los núcleos juveniles y entre los que, a pesar de los años, conservaban el fervor incólume. En él hablaron, Alfonso García Valdecasas, profesor de Derecho, Julio Ruiz de Alda, militar (uno de los participantes de la hazaña aérea del “Plus Ultra”, que finalizó en nuestra tierra) y José Antonio, que tuvo a su cargo el maravilloso discurso fundacional de la Falange.

En él señaló con índice implacable la caducidad del Estado liberal y la amenaza del marxismo; y propuso que en la unidad total de España, en su “unidad de destino”, se integrasen todos los individuos y todas las clases, más allá de la superficial división entre derechas e izquierdas: “Falange Española ha nacido para encender una fe, no de derecha (que en el fondo aspira a defenderlo todo, hasta lo injusto); ni de izquierda (que en el fondo aspira a destruirlo todo, hasta lo bueno); sino una fe colectiva, integradora, nacional”. Para ello, “queremos que desaparezcan los partidos políticos ... queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su Cultura y de su Historia ... y queremos, por último, que si eso ha de lograrse, en algún caso, por la violencia (eran los días en que las pandillas rojas mataban a mansalva sin que el gobierno tomara medida alguna) no nos detengamos ante la violencia ... Bien está, sí, la dialéctica, como primer instrumento de comunicación, pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la Patria o a la Justicia”.

José Antonio aceptó, con conciencia clara de su significado, la jefatura de la Falange: “La jefatura es la suprema carga, la que obliga a todos los sacrificios, e incluso a la pérdida de la intimidad; la que exige a diario adivinar cosas no sujetas a pauta, con la acongojante responsabilidad de obrar”.

Desde su fundación la Falange irrumpió como un río joven y caudaloso por las ciudades y aldeas de España; al frente de ella José Antonio, Ruíz de Alda y Ramiro Ledesma Ramos (cuando la posterior integración con las J.O.N.S.) daban el ejemplo de saber aunar la inteligencia con el coraje y el riesgo.

Conocedor profundo de las tácticas y los procedimientos del comunismo, José Antonio sabía que para contener la amenaza de la revolución materialista no es suficiente un dispositivo de defensa o de fuerza, es preciso oponerle una alta meta a alcanzar y un mayor entusiasmo; es “ineludible revelarle al pueblo, incapaz de encontrarlo de por sí -en cuanto masa- su auténtico destino”.

Esta seguridad lo llevó a vertebrar la doctrina que fue como la arquitectura ósea del nuevo movimiento:

“Falange Española cree resueltamente en España. España no es un territorio. Ni un agregado de hombres y mujeres. España es, ante todo, una unidad de destino. Una realidad histórica. Una entidad verdadera en sí misma, que supo cumplir –y aún tendrá que cumplir– misiones universales.

Por tanto España existe:
1º Como algo distinto a cada uno de los individuos y de las clases y de los grupos que la integran.
2º Como algo superior a cada uno de los individuos, clases y grupos, y aún al conjunto de todos ellos.

Luego España, que existe como realidad distinta y superior, ha de tener sus fines propios.
Son esos fines:

1º La permanencia en su unidad.
2º El resurgimiento de su vitalidad interna.
3º La participación, con voz preeminente, en las empresas espirituales del mundo.

Para cumplir esos fines, España tropieza con un gran obstáculo: está dividida:
1º Por los separatismos locales.
2º Por las pugnas entre los partidos políticos.
3º Por la lucha de clases.

El separatismo ignora u olvida la realidad de España. Desconoce que España es, sobre todo, una gran unidad de destino.

Los separatismos se fijan en sí hablan lengua propia, en si tienen características raciales propias, en si su comarca presenta clima propio o especial fisonomía topográfico. Pero –habrá que repetirlo siempre– una nación no es una lengua, ni una raza, ni un territorio. Es una unidad de destino en lo universal Esa unidad de destino se llamó y se llama España.

Bajo el signo de España cumplieron su destino –unidos en lo universal– los pueblos que la integran.

Nada puede justificar que esa magnífica unidad creadora de un mundo se rompa.

Los partidos políticos ignoran la unidad de España, porque la miran desde el punto de vista de un interés parcial.

Unos están a la derecha.

Otros a la izquierda.

Situarse así ante España es ya desfigurar su verdad.

Es como mirarla con solo el ojo izquierdo o con sólo el ojo derecho: de reojo.

Las cosas bellas y claras no se miran así, sino con los dos ojos, sinceramente, de frente.

No desde un punto de vista ‘parcial’ o de ‘partido’, que deforma lo que se mira, sino de un punto de vista total de Patria, que al abarcarla en su conjunto corrige nuestros defectos de visión.

La lucha de clases ignora la unidad de la Patria, porque rompe la idea de la producción nacional como conjunto.

Los patronos se proponen, en estado de lucha, ganar más.

Los obreros también.

Y alternativamente se tiranizan.

En las épocas de crisis de trabajo, los patronos abusan de los obreros.

En las épocas de sobra de trabajo, o cuando las organizaciones obreras son muy fuertes, los obreros abusan de los patronos.

Ni los obreros ni los patronos se dan cuenta de esta verdad: Unos y otros son cooperadores en la obra conjunta de la producción nacional. No pensando en la producción nacional, sino en el interés o en la ambición de cada clase, acaban por destruirse y arruinarse patronos y obreros.

Si las luchas y la decadencia nos vienen de que se ha perdido la idea permanente de España, el remedio estará en restaurar esa idea. Hay que volver a concebir a España como realidad existente por sí misma.

Superior a las diferencias entre los pueblos.

Y a las pugnas entre los partidos.

Y a la lucha de clases.

Quien no pierda de vista esa afirmación de la realidad superior de España verá claros todos los problemas políticos.

Algunos conciben al Estado como un simple mantenedor del orden, como un espectador de la vida nacional que sólo toma parte en ella cuando el orden se perturba, pero que no cree resueltamente en ninguna idea determinada.

Otros aspiran a adueñarse del Estado para usarlo, incluso tiránicamente, como instrumento de los intereses de su grupo o de su clase.

Falange Española no quiere ninguna de las dos cosas: ni el Estado indiferente, mero policía, ni el Estado de clase o grupo.

Quiere un Estado creyente en la realidad y en la misión superior de España.

Un Estado que, al servicio de esa idea, asigne a cada hombre, a cada clase y a cada grupo, sus tareas, sus derechos y sus sacrificios.

Un Estado de todos; es decir, que no se mueva sino por la consideración de esa idea permanente de España; nunca por la sumisión al interés de una clase ni de un partido.

Para que el Estado no pueda nunca ser de un partido hay que acabar con los partidos políticos.

Los partidos políticos se producen como resultado de una organización política falsa: el régimen parlamentario.

En el Parlamento, unos cuantos señores dicen representar a quienes los eligen. Pero la mayor parte de los electores no tienen nada común con los elegidos: ni son de las mismas familias, ni de los mismos municipios, ni del mismo gremio.

Unos pedacitos de papel depositados cada dos o tres años en unas urnas son la única razón entre el pueblo y los que dicen representarle.

Para que funcione esa máquina electoral, cada dos o tres años hay que agitar la vida de los pueblos de un modo febril.

Los candidatos vociferan, se injurian, prometen cosas imposibles.

Los bandos se exaltan, se increpan, se asesinan.

Los más feroces odios son azuzados en esos días. Nacen rencores que durarán acaso para siempre y harán imposible la vida en los pueblos.

Pero a los candidatos triunfantes, ¿qué les importan los pueblos? Ellos se van a la capital, a brillar, a salir en los periódicos y a gastar su tiempo en discutir cosas complicadas, que los pueblos no entienden.

¿Para qué necesitan los pueblos de esos intermediarios políticos? ¿Por qué cada hombre, para intervenir en la vida de su nación, ha de afiliarse a un partido político o votar las candidaturas de un partido político?

Todos nacemos en una familia.

Todos vivimos en un municipio.

Todos trabajamos en un oficio o profesión

Pero nadie nace ni vive, naturalmente, en un partido político.

El partido político es una cosa artificial que nos une a gentes de otros municipios y de otros oficios con los que no tenemos nada de común, y nos separa de nuestros convecinos y de nuestros compañeros de trabajo, que es con quienes de veras convivimos.

Un Estado verdadero, como el que quiere Falange Española, no estará asentado sobre la falsedad de los partidos políticos ni sobre el Parlamento que ellos engendran.

Estará asentado sobre las auténticas realidades vitales:

La familia.
El Municipio.
El gremio o sindicato.

Así, el nuevo Estado habrá de reconocer la integridad de la familia, como unidad social; la autonomía del Municipio, como unidad territorial, y el sindicato, el gremio, la corporación, como bases auténticas de la organización total del Estado.

El nuevo Estado no se inhibirá cruelmente de la lucha por la vida que sostienen los hombres.

No dejará que cada clase se las arregle como pueda para librarse del yugo de la otra o para tiranizarla.

El nuevo Estado, por ser de todos, considerará como fines propios los fines de cada uno de los grupos que lo integren y velará como por sí mismo por los intereses de todos.

La riqueza tiene como primer destino mejorar las condiciones de vida de los más; no sacrificar a los más para lujo y regalo de los menos.

El trabajo es el mejor título de dignidad civil. Nada puede merecer más la atención del Estado que la dignidad y el bienestar de los trabajadores.

Así, considerará como primera obligación suya, cueste lo que cueste, proporcionar a todo hombre trabajo que le asegure no sólo el sustento, sino una vida digna y humana.

Eso no lo hará como limosna, sino como cumplimiento de un deber.

Por consecuencia, ni las ganancias del capital –hoy a menudo injustas– ni las tareas del trabajo estarán determinadas por el interés o por el poder de la clase que en cada momento prevalezca, sino por el interés conjunto de la producción nacional y por el poder del Estado.

Las clases no tendrán que organizarse en pie de guerra para su propia defensa, porque podrán estar seguras de que el Estado velará sin titubeo por todos sus intereses justos.

Pero sí tendrán que organizarse en pie de paz los sindicatos y los gremios, porque los sindicatos y los gremios, hoy alejados de la vida pública por la interposición artificial del Parlamento y de los partidos políticos, pasarán a ser órganos directos del Estado.

En resumen:

La actual situación de lucha considera a las clases como divididas en dos bandos, con diferentes y opuestos intereses.

El nuevo punto de vista considera a cuantos contribuyen a la producción como interesados en una misma gran empresa común.

Falange Española considera al hombre como conjunto de un cuerpo y un alma; es decir, como capaz de un destino eterno, como portador de valores eternos.

Así, pues, el máximo respeto se tributa a la dignidad humana, a la integridad del hombre y a su libertad.

Pero esta libertad profunda no autoriza a tirotear los fundamentos de la convivencia pública.

No puede permitirse que todo un pueblo sirva de campo de experimentación a la osadía o a la extravagancia de cualquier sujeto.

Para todos, la libertad verdadera, que sólo se logra por quien forma parte de una nación fuerte y libre.

Para nadie, la libertad de perturbar, de envenenar, de azuzar las pasiones, de socavar los cimientos de toda duradera organización política.

Estos fundamentos son: la autoridad, la jerarquía y el orden.

Si la integridad física del individuo es siempre sagrada, no es suficiente para darle una participación en la vida pública nacional. La condición política del individuo sólo se justifica en cuanto cumple una función dentro de la vida nacional.

Sólo estarán exentos de tal deber los impedidos.

Pero los parásitos, los zánganos, los que aspiran a vivir como convidados a costa del esfuerzo de los demás, no merecerán la menor consideración del Estado nuevo.

Falange Española no puede considerar la vida como un mero juego de factores económicos. No acepta la interpretación materialista de la Historia.

Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos.

Aspecto preeminente de lo espiritual es lo religioso.

Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá.

A esas preguntas no se puede contestar con evasivas; hay que contestar con la afirmación o con la negación.

España contestó siempre con la afirmación católica.

La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es además, históricamente, la española.

Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.

Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico.

Esto no quiere decir que vayan a renacer las persecuciones contra quienes no lo sean. Los tiempos de las persecuciones religiosas han pasado.

Tampoco quiere decir que el Estado vaya a asumir directamente funciones religiosas que correspondan a la Iglesia,

Ni menos que vaya a tolerar intromisiones o maquinaciones de la Iglesia, con daño posible para la dignidad del Estado o para la integridad nacional.

Quiere decir que el Estado nuevo se inspirará en el espíritu religioso católico tradicional en España y concordará con la Iglesia las consideraciones y el amparo que le son debidos.

Esto es lo que quiere Falange Española.

Para conseguirlo, llama a una cruzada a cuantos españoles quieran el resurgimiento de una España grande, libre, justa y genuina.

Los que lleguen a esta cruzada habrán de aprestar el espíritu para el servicio y para el sacrificio.

Habrán de considerar la vida como milicia: disciplina y peligro, abnegación y renuncia a toda vanidad, a la envidia, a la pereza y a la maledicencia”.

Estas afirmaciones, claras y tajantes, se hacían en medio de una República que a poquísimos años de su instauración, se encontraba ya vieja y derrengada.

Desde sus comienzos, la República había difundido por todo el ámbito nacional, gérmenes de odio y de violencia, y pronto se cosecharon los frutos. Así se desembocó en el Frente Popular (que por primera vez se ensayó en España), en el que se alió el marxismo con sectores burgueses resentidos. El Frente Popular llevó al país a un estado de anarquía sin precedentes, durante el cual se incendiaron centenares de iglesias y lugares de tradición insigne, y se cometieron crímenes sin cuento.

Había sonado la hora para José Antonio. Porque siempre que una individualidad ejemplar enfrenta, con generoso desprendimiento de sí, el momento decisivo de un pueblo, consigue atraer hacia su persona, con un poderoso poder de imantación, a muchas voluntades dispuestas. José Antonio, que sabía discernir entre los hombres, porque le repugnaba la adulación y la cotización mundana de los falsos valores, vio engrosar las filas de su movimiento, con gentes de todas las clases sociales, a una velocidad tremenda; y, al compás de ese empuje solidario y leal creció el sentido de su responsabilidad.

Fue entonces cuando la dureza de los hechos le enseñó que lo fácil no templa el carácter y que es cierto que los héroes se forjan en la adversidad. “El triunfo definitivo sólo se consigue a fuerza de fracasos”, escribió alguna vez. Pero si bien conoció a esa fiera maligna que es la ingratitud y más de una vez le salpicó el barro de la calumnia y la ruindad, fue mayor la respuesta fiel y consecuente de los que vieron en él al portaestandarte de una España nueva.

Pero las cosas habían avanzado demasiado para que a esa España soñada se llegara por caminos normales. Ya era tarde para que cualquier intento en busca de la paz interna resultara fecundo.

El 18 de Julio de 1936, luego del asesinato oficial de Calvo Sotelo, el ejército se levantó en armas contra el gobierno rojo. Había comenzado la lucha abierta, que no da cuartel. José Antonio, preso en Madrid tiempo antes del levantamiento, había sido trasladado a Alicante. Allí un tribunal popular lo condenó a muerte y fue fusilado el 20 de Noviembre. Murió con un crucifijo en la mano y gritando “Arriba España” con que tantas veces finalizara sus discursos. Dejó escrito un testamento impresionante.

Terminada la guerra sus restos mortales fueron llevados a pié, a hombros de sus amigos y leales, desde Alicante hasta el Monasterio de El Escorial. El traslado duró nueve días. Fue su apoteosis.

Han pasado treinta años y, sin embargo, sus palabras siguen teniendo vigencia. Y si bien es verdad que muchos las estancaron en una inmovilidad rutinaria, a fuerza de recitarlas mecánicamente, y que muchos más se volvieron ante ellas indiferentes y fríos, también lo es que no han faltado los que supieron demostrar en los hechos que la verdadera fidelidad a José Antonio consiste en continuarlo, más que en repetirlo. Lo cierto es que España en sus momentos críticos tendrá que volver a su pensamiento político y al ejemplo de su conducta, si quiere salvarse.

Ese ejemplo es el que queda como un recuerdo vivo para que todos aquellos que un día sintieron el llamado de un alto ideal y respondieron “ad sum” (aquí estoy) puedan resistir la tentación del escepticismo. Ahí queda su recuerdo para estimular a quienes en las “vigilias tensas” se disponen a entregar lo mejor de sí mismos en aras del bien de los otros.

Y queda su lección de validez universal. Así sabemos que cuando en una nación ha sonado el gran aldabonazo que advierte el fin de unas formas políticas cubiertas de ineficacia y moho y de unas costumbres públicas alteradas por la mentira, de ello se sale únicamente por medio de un gran movimiento de fe colectiva. Y que esa fe colectiva tiene un nombre: Revolución Nacional.

Y que no habrá Revolución verdadera, auténtica Revolución, sino se suscita idealismo, alegría, emoción combativa, sentido nacional; sino se sabe hacer poner de pié a la nación entera uniéndola en una gran tarea común que cada uno sienta como propia.

Y sabemos también que en los momentos previos a esa gran afirmación es cuando se habla de “crisis de hombres” porque se mira únicamente a aquellos que el régimen moribundo permite que aparezcan en el escenario público; siendo la verdad que en tales circunstancias las naciones se encuentran saturadas de hombres aptos, preparados y resueltos; pero a los que no hay que ir a buscar en la nutrida fila de los que aspiran a cargos ministeriales, sino entre quienes se hallan dispuestos a ir a las trincheras, a la primera fila en el riesgo de la Patria, donde pocos se empujan para estar más adelante.

Y que las revoluciones fáciles, que equivalen a golpes de palacio, suelen ser revoluciones bobas, sin nervio, fundamentalmente arbitrarias o injustas en la selección de hombres. Y, sabemos, además, que los verdaderos jefes no nacen de un golpe de fortuna, o por el acuerdo de unos pocos que en un instante fugaz poseen la fuerza, sino de un profundo deseo del pueblo, de una necesidad de la nación que en un momento dado se siente amenazada en las razones esenciales de su existencia y reclama un salvador que la interprete.

José Antonio Primo de Rivera, mezcla de las virtudes de Héctor vencido y Aquiles victorioso, con algo de Roldán y del Cid, héroes cristianos, ha quedado como ellos detenido en el tiempo en su mejor instante. Así le vemos hoy, a la distancia, como algo también nuestro, porque su mensaje saltó hace ya tiempo las fronteras de España y llegó hasta las orillas de América, y hasta esta Argentina de su estirpe, para hacer presente también entre nosotros un pensamiento y un estilo de vida que fueron rubricados con el rojo de su sangre joven.